Las cartas marcadas

Violencia-9

“Hoy perdí la fe,

la suerte juega con cartas sin marcar,

no se puede cambiar”.

Cartas sin marcar, de Andrés Calamaro

Texto: Sebastián Giménez

Ilustración: Kitsch.

Cuando las cartas están marcadas, no se puede esquivar el destino.

Kevin tenía apenas ocho años en el 2006. Era mi alumno de tercer grado en una escuela de Villa Soldati, como otros veinte pibes. Decir que tenía problemas de conducta era poco, no había forma de tenerlo dentro del aula ni que pasara un día sin agredir a un compañero o compañera sin muchos distingos. Yo me decía que Kevin tenía que cambiar en algún momento, buscarle la vuelta. Entonces probaba estrategias llamándolo a veces al orden, dejándolo hacer en otras ocasiones pero nunca daba en la tecla. Si me ponía duro, no podía enseñar a los demás porque lo tenía que estar mirando a él todo el tiempo. Si me ponía blando, Kevin no dejaba transgresión por cometer.

Pero algo tiene que haber que le haga hacer un clic, pensaba. Como la vez que agredió a una compañera dejándole un ojo en compota sin motivo. La ambulancia del SAME, el hospital Piñero, la radiografía, los huesos sanos por suerte. Todo por nada. Ni una pelea, ni una discusión. De la nada misma nacía el quilombo con Kevin.

Al día siguiente la nena faltó a la escuela y le dije a Kevin, “vamos a visitarla a su casa a la salida”. Fui ese día con un alfajor triple y un sobre para que él escribiera lo que nunca pensó ni escribió. Ella vivía, como su compañero, en medio de escaleras de un bosque de edificios derruidos por la exclusión social. Yo como maestro no lo hacía por la nena, sino por el nene. Tenía que haber algo que lo hiciera salir de ese papel que reproducía todos los días; escribir una carta, llevarle un pequeño obsequio a la compañera. Se lo llevamos y Kevin se lo dio, pero desde una distancia tal que no pareció un gesto sincero, sino un cumplido por ese maestro ridículo que lo había acompañado. Aun así, la nena le agradeció sonriendo y Kevin no dijo nada. Corrió presuroso hacia abajo por las escaleras que conocía como la palma de su mano.

Pasaron los maestros de Primero, Segundo, Tercero (quien esto escribe), Cuarto, Quinto, Sexto, y quizás Séptimo, porque no estoy seguro de si Kevin terminó la primaria. Pasaron también directoras, vicedirectoras, gabinetes, equipos de orientación escolar, psicólogos, sanciones, legajos, reuniones, premios, castigos y quién sabe cuántas cosas más.

Parece una partida de truco donde siempre gana el sistema. Que le dio a este niño  tres cartas: un 4 de copas; un ancho de espadas y un 4 de bastos. Kevin puso el 4 de copas en la primera mano, infancia sufrida, madre, padre, padrastros, hermanos, hermanastros, nadie mirándolo o echando la culpa afuera. Kevin perdió la primera mano y eso no es buen presagio en el truco, más teniendo un 4 para definir la última, la definitoria. El sistema no se dejó arredrar cuando arrojó desafiante el ancho de espadas en la segunda mano, con las armas que aprendió a manejar de joven, con los asaltos que se comentaban en el barrio, que el supermercado, que el colectivo, que el otro comercio, en esa fantasmagórica ilusión de sentirse poderoso. En la última, la definitiva, el 4 de bastos no permite ni siquiera mentir y Kevin lo jugó en el 2014 cuando, según contaron en el barrio, subió a un colectivo a robar y lo mató un policía de civil. La última carta de la vida de un niño, un joven. De esos que transitan y comparten con nosotros algún momento de su vida. Y por los que podemos hacer muchas veces tan poco para cambiar el destino al que han sido condenados. Tan poco que exaspera. Indigna. Desconcierta.

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