Al vacío

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Por Alejandro Eloy Rodríguez (@alejandroeloyrodriguez)

Lo asfixian a golpes. Le llega un puñetazo que le pega en la cara, junto a la oreja, y una patada que lo deja contra la baranda de la tribuna. Abajo hay tres metros, abajo le aguarda el final de su vida. Ya contra el fierro de soporte, sin aire, extremado por los golpes, Emanuel grita, con su último aliento, su única identidad. Las palabras se pierden entre el griterío de las bestias, quedarán pérdidas para siempre, no existirán nunca. El último golpe, el empujón fatal, y el joven cae al vacío. En la caída, intenta agarrarse del caño, pero no puede, su fuerza ha sido demolida en todas sus formas, lo han condenado sus propios adeptos, todos hinchas de Belgrano igual que él: para Emanuel Balbo, fue como si lo matara su propia familia.

Por el impulso del empujón, no logra aferrarse al caño de la tribuna. Emanuel desciende. En la caída quizás sintió la cercanía de todo su ser, sintió el abrazo de su vieja en la plaza de Ampliación Ferreyra, cuando era chico, una tarde de invierno en que habían quedado solos. Se acordó de los fulbitos en la vereda de su casa con su hermano Agustín, y sintió su dolor también, esa noche en que lo encontró casi muerto, que lo acompañó, agarrándole la mano, hasta que ya no hubo más nada que hacer. Abrigó esa tristeza más que nada. Recordó los clásicos que vio con su viejo, que todavía le debía un asado, que ya no lo compartirán nunca. Pensó en ella, volvió a sentir su sonrisa, las ganas de comerse el mundo cuando la veía, pensó que el desamor era una porquería, pero que al final siempre queda el primer beso y el último abrazo, y que ese sabor no se olvida nunca. Se preguntó por sus amigos del barrio, que no veía hacía semanas, los extrañó, imaginó su vida sin ellos y se dio cuenta de aquellas tardes y noches compartidas, que fueron un obsequio de la vida. Le llegó en ráfagas la última comida familiar, los chistes de su tío, la mirada de su abuela, la última charla con la vieja. Sintió todo, apreció la vida que tenía, y concibió bronca por todo lo que le faltaba vivir.

O quizás nada de eso. No tuvo tiempo ni para despedirse a sí mismo, no sintió nada de aquello, no recordó nada. Quizás lo único en lo que pensó fue en lo último que vio: las caras de sus asesinos que lo miraban desde arriba. Uno de ellos era un rostro conocido: era la misma cara que hacía cinco años había matado a su hermano.

Le dicen el Sapo. Es un rostro que Emanuel y su familia conocen lastimosamente. Por sus manos pasó la muerte de un hijo, de un hermano. El Sapo es el asesino de un crimen que sucedió hace cinco años, y sin embargo está libre, y lo más trágico, está en la misma tribuna que el hermano de aquella víctima. Después de la muerte de Agustín, el Sapo hizo todo lo posible para esquivarse, y la justicia se lo concedió, o mejor dicho, el poder judicial se lo aseguró, provocando una renovada descarga fatal. Allí se encuentran, entonces: sonriente está el culpable de la mayor tristeza que Emanuel soportó en su vida. El Sapo, en su lucidez brutal, lo señala a Emanuel y grita que es hincha de Talleres. Esa es toda la excusa que necesitan los barbaros para desatar la violencia, única fuerza que poseen los animales. Segundos más tarde, Emanuel cae por la tribuna.

Un reflejo celeste, y eso es todo. El cráneo de Emanuel se revienta contra las escaleras de la popular Willington, tras tres metros de caída. Desde arriba, los tétricos miran, algunos filman con su celular, otros ríen, con satisfacción, como si se tratara de una venganza íntima. Cuando llega la policía, ya no hay mucho que hacer, el cuerpo no se mueve, no responde. A partir de ahí nadie lo toca, con la excepción de un carancho que se acerca a robarle las zapatillas al cuerpo inmóvil. Mientras algunos comienzan a tragar culpa, otros muchos bajan por las otras escaleras de la tribuna y empiezan a festejar, excitados por tan macabro espectáculo. Saltan y cantan al compás de la víctima, que yaciendo totalmente inerte en el suelo, ya todos saben que se trata de un cadáver. Mientras la sangre de Emanuel desciende por los escalones, las bestias continúan festejando.

La tribuna se convierte ese día en el matadero grotesco de la instrucción argentina, donde carencia la sensibilidad, y donde estalla la adicción por la violencia. La cultura cae al vacío y revienta en la tribuna, ante la atenta mirada de todos los espectadores, cómplices, que luego continúan viendo el partido, como si nada hubiera pasado. Emanuel está muerto, oficialmente, 48 horas más tarde. En los escalones de la tribuna queda un charco de sangre y la basura desparramada por las multitudes. Todo se limpia rápidamente, porque a los pocos días el estadio albergará otro partido, y el artilugio no debe detenerse nunca.

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