Figurita difícil: la tarántula

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Por @peterandrelo.

La tengo, la tengo, la tengo, no la tengo. Mantras infantiles que se repetían en todos los recreos. Y así iban pasando las figuritas hasta terminar el fajo que llevaba en el bolsillo del guardapolvo, debidamente atado con una gomita elástica. Luego comenzaban las negociaciones por la que no tenía. La cantidad a pagar por la que me faltaba dependía del conocimiento que tenía su dueño sobre mi álbum. Si era de la otra cuadra, podía costarme menos. Pero si se trataba de negociar con alguno de mis compañeros de juegos, la cosa se ponía más dura: sabían cuántas me faltaban. Y no iban a permitir que llenar el álbum primero. El génesis del honor, el orgullo y la competencia.

Cada paquetito que compraba, lo besaba, y lo abría como en un ritual. “Tiene que estar”, me repetía. Pero no, no estaba. Y así era como alimentábamos las arcas del kiosquito de Don Antonio, y la del vil emporio de fabricantes de figuritas. El truco es simple: alimentar el espíritu de competencia de un niño, que iría a su casa en busca de más dinero. Quebrantaría la voluntad de ahorro de sus padres, a fuerza de berrinches, si era necesario, o utilizando frases que ningún progenitor quiere escuchar, tales como: “Al Rauli la madre siempre le compra”. Nos convertían en pequeños extorsionadores.

En la colección “Mundo Natural”, la difícil era La Tarántula. Mientras la maestra enseñaba la orografía de no sé qué lugar, me puse a pintar con una fibra una de la figuritas. Un mosquito. Cuando se la mostré al cabezón Lezcano, me dijo:

—¡Uh, se parece a La Tarántula!

Ese fue el detonante para tramar el fraude. Lo consideré un acto de Justicia contra esa maquinaria infernal que hacía que, entre amigos, nos volviéramos contrincantes. Avaros. Y entre desconocidos, casi enemigos por conseguir “la difícil”.

Así fue como llegué a casa y le di los últimos retoques al mosquito devenido en tarántula. Lo pegué desparejo para ocultar evidencias circunstanciales que me incriminaran. Se lo llevé a Don Antonio. El viejo lo revisó hoja por hoja y me dijo:

—Bien hecho pibe, lo llenaste.

Esperé la llegada del premio. Lo tenía que ir a buscar una semana después. Ese día, subí despacio los tres los escalones de madera que el kiosquero había diseñado para que, los más petisos como yo, alcanzáramos la ventana.

—¿Llegó mi premio? — pregunté.

—Sí—dijo Don Antonio.  Me devolvió el álbum. Todo tachado: hoja por hoja, figurita por figurita, y con una leyenda en todas las páginas, que decía: “La número 114 está falsificada”. En rojo. En grande. Como para que no quedaran dudas que mi intento por pasarme al lado oscuro, de ser un agente de Kaos, había sido un fracaso estrepitoso.

Tenía que volver a empezar. Compré otro álbum. Mi stock me permitió llenarlo rápidamente, pero el espacio 114 seguía vacío. Una sola, una sola y ya estaba, pero no aparecía. Hasta que cierto día, bajo la sombra del eucaliptus gigante del colegio, se me acercó un chico de otro grado.

—¿Che, a vos te falta La Tarántula?

—Sí.

—Te la cambio. A mí me salió dos veces en el mismo paquete.

No podía creer lo que escuchaba. Traté de ocultar mi ansiedad para no despertar sospechas en el otro.

—¿Por cuántas? —dije indiferente.

—Por una, la que me falta—. Me miró a los ojos. Tenía la certeza de que estaba en una posición ventajosa. Había escuchado rumores.

—¿Y cuál te falta? —pregunté. Frotándome las manos contra el guardapolvos. Habían comenzado a transpirarme.

—El mosquito.

—Te veo en el otro recreo.

Corrí hacia el baño a repasar fajo por fajo, pero no, el único mosquito que tenía lo había arruinado pintándolo como una tarántula. De nada me servían las casi doscientas figuritas que tenía si él sólo quería el mosquito. Fui hasta el grado y pregunté en voz alta si alguien la tenía. Todos dijeron que no. De vuelta en el patio le pregunté a cuanto pibe se me cruzaba y la respuesta era la misma: “al mosquito lo cambié, es re salidora”.

Sólo me quedaban unas monedas en el bolsillo, las suficientes para comprar un paquete. Las posibilidades de que me saliera el mosquito eran remotas. Subí despacio los escalones hasta la ventana. Toqué el timbre. Don Antonio me miró con cara de pocos amigos:

—¿No me traerás otro álbum falsificado?

—No, sólo quiero un paquetito de “Mundo Natural”, pero déjeme revolverlas—. El viejo se sonrió.

—Sólo me queda uno sólo en la caja.

Dudé por un momento si lo compraba o no. Mejor me iba hasta la otra cuadra, seguro allí tendrían más para poder elegir. Impulsivamente dije:

—Démelo.

Cuando lo tuve entre mis manos lo besé como era habitual. Lo sacudí como para asegurarme que no rompería ninguna. En mi mente sólo me repetía: “Que salga el mosquito, que salga el mosquito”. Lo abrí despacio, las miré una por una, y cuando llegué a la última, ahí estaba, peluda, con sus ocho ojos mirándome. La Tarántula.

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