La muerte por carisma de un personaje

Transcurridos cerca de tres años de la guerra separatista en el este de Ucrania, una guerra ampliamente registrada en videos colgados en plataformas de Internet, se hace evidente a lo largo de todo ese tiempo que los primeros combatientes, hombres de treinta años a más, ya no están. Y que quienes los reemplazan son jóvenes de alrededor de veinte años, la “edad militar por excelencia”. ¿Murieron todos esos viejos combatientes o fueron “apenas” heridos? ¿Qué ocurre en el frente diplomático? ¿Qué intereses aplazan la paz? ¿Quiénes maniobran a favor de la guerra? 

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Por Rónald Pérez (@ronald)

Fotos: Slavyangrad

Arsen Pavlov, ciudadano ruso, tuvo varios oficios. Hizo de rescatista, constructor, lavador de coches. Pero lo que iba más con él fue el oficio de guerrero, con todo lo que ello implicara: mancharse las manos de sangre o la propia muerte. Debido a virtudes natas de estratega y líder acabó como jefe del batallón Spartak del incipiente ejército de la RPD; amigos y enemigos, simpatizantes y no simpatizantes lo conocían mas por la chapa que cargaba desde la guerra de Chechenia, de la que era veterano: “Motorola”.

Motorola era huérfano desde los quince años. Hasta que ingresó a la infantería de marina rusa, vivió con su abuela. Acabado su periodo legal de servicio militar se reenganchó por otros dos períodos. Fue durante ellos que participó en la guerra en Chechenia. Y contra lo que puede esperarse de una persona normal, que acabe traumado, golpeado por las vicisitudes bélicas, egresó con una normalidad rayana en la anormalidad: una serenidad casi sublevante ante las explosiones y la metralla que se hace visible en los vídeos registrados en el este de Ucrania a lo largo de los años catorce, quince; hasta octubre del dieciséis, cuando lo matan en un atentado con explosivos.

La guerra en Ucrania es, en realidad, irrelevante por estos lados; no golpea tanto como, por ejemplo, la falta de agua que por unos días agobió a Lima en el reciente verano. Alguien que sabía de ella apenas lo necesario la aludió en redes sociales solo para bromear con una foto: la de un par de rubias turgentes, aparentemente ucranianas, en traje de baño bajo el membrete de “huérfanas”. La noticia que visibilizó de modo conmovedor la guerra por la carnicería que implicó fue el derribo de un avión de pasajeros en una zona de combates del que tanto Ucrania como separatistas se acusaron mutuamente en julio del 2014. Después de eso la guerra, salvo picos de furor bélico, siempre ha estado al fondo del menú de noticias.

Cuando el infierno ha reventado en el este separatista de Ucrania, la prensa peruana le ha dedicado una foto algo simbólica y un pie, a lo sumo, de tres líneas. Incluso, tuvieron que pasar varias semanas desde el comienzo de los combates francos para que registros en vídeo aparecieran en YouTube. Nuestro personaje grabó los suyos desde el comienzo, cuando apenas integraba una pequeña unidad y atacó un blindado ucraniano con un misil antitanque. De este lado del mundo, pocos o casi nadie parece estar enterado que allá en Ucrania hay una guerra que, de alguna manera, aviva un clima de tensión parecido al de la guerra fría de décadas pasadas.

Hay vídeos del 2014 que tienen a Motorola como protagonista, y que se acercan al millón de vistas sin un solo comentario en español. Todos los comentarios hechos tienen trazas del alfabeto cirílico. No es imposible que, por igual, opinen quienes simpatizan y los que no. En uno del 3 de octubre del ‘14 con cerca de 800000 visitas, Motorola prueba a tiro de pistola, a alrededor de un metro de distancia, un chaleco antibalas que lleva puesto uno de sus hombres, el joven Shustry. El miliciano tiene las manos detrás. Y su jefe, Motorola, le dispara a bocajarro. El chico, muy sereno, confía; el jefe sonríe y gatilla sobre el pecho “blindado” varias veces. El registro dura poco mas de un minuto; al final hay carcajadas y otro miliciano, otro de los pocos chiquillos que integra el grupo, abraza y besa al chico que calzaba el chaleco.

La apariencia que lleva durante la guerra en el Donbass es llamativa. Es un hombre muy pequeño pero bastante proporcionado. Lleva aretes. Tiene barba rojiza y puntiaguda. En algunos de los vídeos que protagoniza, mientras escucha preguntas o las responde, suenan al fondo ruidosos compases de rap ruso. Su sonrisa muestra dientes cariados. Es carismático, ocurrente. Los primeros registros de su unidad los graba él mismo; ya después se hace acompañar de reporteros y cámaras. Advierte la importancia del componente mediático de una guerra pero parece no apreciarla totalmente, omisión que tendrá que ver, de alguna manera, con su muerte. Sonríe cada tanto.

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En Semyonovka, donde tuvo lugar la primera batalla seria contra el ejército ucraniano, conoció a Lena, treinta centímetros mas alta, quien meses después será su esposa. Como prueba de la relevancia que había alcanzado Arsen Pavlov como comandante miliciano, The New York Times y Daily News publicaron fotos de su boda, a la que asiste Igor Strelkov, líder de la resistencia entonces, dándole al mismo tiempo, al separatismo, estatus confrontacional.

El único de los comandantes de la primera hora que sigue en pie es Abjaz; los otros, Givi, Motorola, Batman, Mozgovoy, están muertos. Todos ellos tenían en común registros en plataformas de Internet. Quienes más parecían solazarse ante cámaras eran Motorola y Givi; quien menos, Abjaz, el que sobrevive a todos. No es exagerado suponer que algún jefe de nivel medio renunció desde el comienzo a airear su identidad y se mantiene vivo todavía y quizá llegue así hasta el final de la guerra si esta se alcanza. Vivo y, además, desconocido.

El tipo viaja a Ucrania cuando estalla el golpe que echa del poder a Yanukovich. Uno entre miles. Combate en Ilovaisk, en Slaviank, en el aeropuerto de Donetz, en Devaltzevo, en muchos lugares. Su nombre es Arsen Pavlov, pero es más conocido por la chapa que trae desde la guerra de Chechenia: Motorola.

Cuando han transcurrido mas de dos años desde el comienzo de la guerra y han ocurrido batallas memorables la mayoría de los rostros de los hombres que ahora son parte de su unidad, el batallón Spartak, no son reconocibles. Han desaparecido todos los “viejos”, que en la primera hora eran así, de treinta años para arriba, en su mayoría; y apenas con tres o cuatro jóvenes sin mucho apego a la vida entre ellos. Ahora esos viejos y esos jóvenes ya no están. La mayoría son otros jóvenes, que parecen haber heredado la voluntad de los muertos o de los que fueron dados de baja por heridas. El mismo Motorola tampoco está. Quien era su adjunto comanda ahora la unidad.

¿Dónde queda Ucrania, qué diablos es Donetz? Mientras integraba de modo formal Ucrania, Donetz era la quinta ciudad mas poblada del país. Hoy es la capital de la RPD, República Popular de Donetz. Shakhtar Donetz era el nombre del equipo de fútbol originario de la ciudad y figurante de la liga ucraniana. Desde que Donetz es zona de guerra, Leópolis es su sede, a cientos de kilómetros de distancia. Fuera de Ucrania, en la Champions, el equipo es apenas un telonero que encaja derrotas vergonzosas pero algo suyo no regateable es la terca eufonía de su membrete, un salmo pronunciable hasta dormido. La mayoría étnica de Donetz es rusa y tiende, por ello, a mirar a Rusia como el hermano mayor presto a acudir en ayuda suya en caso de necesidad; “viento del norte”, le llaman.

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Motorola conocía y explotaba el efecto de la exposición mediática. Durante la retoma del aeropuerto de Donetz a comienzos del 2015 fue su unidad una de las que estuvo a la vanguardia y fue él quien dio la orden de demoler con explosivos las últimas posiciones ucranianas; eso fue grabado en video y publicado en portales noticiosos novorusos. El presidente ucraniano Poroshenko lo culpó de la muerte de los ciborgs -así llamaban en Kiev a los últimos paracaidistas que resistían en el aeropuerto- y prometió venganza. Se solicitó a Interpol una orden de captura sin resultados. Para el estado ucraniano, Motorola era un terrorista.

Las fotos del día del entierro de Motorola, o Arsen Pavlov, muestran una avenida llena de asistentes a lo largo de cientos de metros acompañando el féretro. Antes de que se recapturara el aeropuerto, este era aprovechado por el ejército ucraniano como base de morteros y de sus baterías de cañones y como lanzadera de cohetes Grads que disparados de modo indiscriminado alcanzaban tanto a combatientes separatistas como a civiles. Reconquistar el aeropuerto significó alejar el alcance de la artillería ucraniana sobre grandes áreas de la ciudad de Donetz. Probablemente era esto lo que los miles de asistentes al entierro recordaban al acompañar su féretro y despedirse de él.

El problema que sobreviene cuando se ha combatido por mucho tiempo, es que le llena al soldado la sensación de que lo peor ha pasado, de que lo visto, vivido y hecho es suficiente merecimiento para una buena muerte o de que se ha vuelto invulnerable. El problema es que el combatiente ha pasado a “normalizarlo” todo y cree que la guerra muy bien puede dejarse por unas horas para visitar a la familia. Y que nada, o buenamente todo, podría tocarle sin ninguna trascendencia. El riesgo no es tanto la muerte del soldado como la de su familia o la de los vecinos que estarían, de pronto, en medio de una batalla entre los atacantes y él. Nadie se lo dijo, nadie tuvo el valor de hacérselo notar, de recordárselo, tanto era su carisma. Precisamente en su regreso a casa le mataron y fueron, tiene que decirse, “quirúrgicos”: murieron en la explosión en el ascensor solo él y su guardaespaldas.

Deja esposa, dos hijos pequeñísimos y uno de nueve años que, en el momento del entierro, cargaba en un cojín la máxima condecoración dada en vida por la naciente República de Donetz al coronel Arsen Pavlov: la medalla al valor. Pero el chico lloraba desconsoladamente y a la distancia parecía tronar una tormenta. O un combate.

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