La fe en el lenguaje

 

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Por @belencharpentier

Ilusraciones de Sonia Basch

 

A los 12 le dije a mi mamá que no creía más en Dios, pero seguía armando el arbolito de Navidad y rezando cada tanto para aprobar matemática. Intenté apostatar en 2013 pero fue justo cuando Francisco asumió y aún no había reemplazo de Obispo. Volví a mandar mi carta en 2018: ahora sí. Cuando llegó la respuesta del Arzobispado, se estaba debatiendo el Aborto en el Congreso: todo tenía más sentido. La Iglesia aseguró que harían la nota marginal en el Libro de Actas de Bautismo y pensé “acá termina mi relación con la Iglesia”. Tampoco es que tenía mucho de lo que despedirme. Pero sólo me llevó investigar un poco para enterarme que el Vaticano dice que, aunque alguien apostate formalmente, el vínculo con el Espíritu Santo es indeleble y “aún los apóstatas permanecen bautizados”. Yo, atea desde la primaria y ahora con un papel que lo confirmaba, ¿cómo que seguía bautizada?

En un país donde el 95 por ciento de las personas recibió este sacramento, ¿qué implica que una institución religiosa no respete, entre otros, nuestros derechos de afiliación? ¿Qué significa que unas palabras nos sellen para siempre? ¿Qué herramientas tenemos para apostatar?

Tengo una hipótesis: el lenguaje puede librarnos de la Iglesia Católica.

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Según la Coalición argentina por un Estado Laico, la Iglesia Católica es la institución que mayor nivel de representatividad se adjudica y, al mismo tiempo, la que menos transparencia ofrece a la hora de demostrarla. Si bien no es claro cómo determinan la cantidad de fieles, dan indicios de que lo hacen a partir del número de bautismos que registran en sus libros. Como la creencia religiosa es considerada información sensible, no hay censos al respecto. En la primera encuesta sobre creencias y actitudes religiosas en Argentina, realizada por investigadores del CONICET, leemos que hace once años 9 de cada 10 entrevistades decía creer en Dios.

Me bautizaron el 24 de marzo de 1990, tenía algo más de un mes. El Código de Derecho Canónico indica que el consentimiento de les padres y madres es suficiente condición para realizarlos en recién nacides. El cura que ofició mi bautismo dejó los hábitos inmediatamente después, igual que el que casó a mis padres. Elles se divorciaron después de mi bautismo, yo apostaté. Mi vínculo con la Iglesia ya empezaba trunco. Mi padrino fue mi tío, que unos años antes se había escapado de la dictadura y era ateo. Era un 24. Si hoy pudiera, le agradecería el gesto y tal vez nos reiríamos de cómo terminó todo esto.

En el catolicismo un sacramento es un acto en el cual se manifiesta la relación de une creyente con Dios. Si lo pensamos desde la lingüística, todos los sacramentos (por ejemplo el bautismo, la confesión, la comunión y el matrimonio) utilizan las palabras como signos para fundar los distintos momentos de la relación con Dios y darle entidad a un nuevo estatus: bautizade, comulgade, casade.

 

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El bautismo es un sacramento de iniciación católico indeleble que consiste en verter agua en la cabeza de una persona como símbolo de purificación. El sacramento se realiza a través del uso de las palabras con la invocación de la Trinidad “Yo te bautizo en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén”. El bautismo es una figura simbólica de identificación espiritual con Jesús: de la misma manera en que Cristo se bautizó con agua con Juan el Bautista, lo repiten en la actualidad les creyentes. Para explicar los efectos del sacramento, el Vaticano dice: “Puesto que nacen con una naturaleza humana caída y manchada por el pecado original, los niños necesitan el Bautismo para ser librados del poder de las tinieblas y ser trasladados al dominio de la libertad de los hijos de Dios, a la que todos los hombres están llamados. La Iglesia y los padres privarían al niño de la gracia inestimable de ser hijo de Dios si no le administraran el Bautismo poco después de su nacimiento”.

Fui al jardín de infantes “Esclavas del Sagrado Corazón de Jesús”. Mi mamá enseñaba en la primaria y había hecho el colegio ahí. La echaron cuando se enteraron que se había divorciado. “Esta es una casa familiar, Marcelita”, le dijo una monja. Mi mamá empezó a trabajar en reemplazos y a mí me cambiaron a una escuela laica.

Hace poco le pedí a mi mamá todo lo que hubiera guardado sobre mis ceremonias católicas. Me dio un libro de mi bautismo y uno de mi comunión. En ellos aparecen las firmas de mi familia, mis compañeres y la lista de los regalos que me hicieron. El libro registra una especie de contrato que al parecer firmé con Dios: yo le prometo cosas, él me promete otras. “Ser fiel ante él”, “Creer siempre en él”, eran algunas de las mías. Los dos incumplimos varias.

 

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La comunión es un sacramento de iniciación católico. En ella, tras la consagración del pan y el vino, se toma el cuerpo y la sangre de Cristo comulgando bajo la hostia. Como acto de fe, también condiciona compromisos futuros: se espera de les creyentes que todos sus actos estén en concordancia con el catolicismo y honren la unión alcanzada con Cristo.

Recibí la comunión en 1999, a los 9 años. En el video aparezco metiéndome la mano adentro de la boca porque se me había quedado pegada la hostia en el paladar. Mi mamá me dice que no me preocupe porque ella, en su comunión, se equivocó y dijo “Ave María Purísima: con pecado concebida”. Qué importantes las palabras.

Para tomar la comunión hay que hacer muchas cosas. Primero, me confesé: había pellizcado a una amiga. Me mandaron a rezar ocho Padres Nuestros y seis Ave Marías que hoy me acuerdo a medias. También tomé clases de catequesis y mi único recuerdo es sobre una tarea de dibujo. En uno de esos cuadernos de tela de araña, nos pidieron que de un lado dibujáramos un camino de la vida: una montaña a cuya cima llegábamos sin inconvenientes. Brillante, llano, arioso. Del otro lado, el camino difícil: rocas, pozos, truenos. Después nos preguntaron: “¿cuál camino tomarían?”. El fácil, por supuesto. Me echaron de clase.

 

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En el 2002, mi mamá me dijo “Está bien”, sentadas en una fuente en Córdoba, cuando le dije que no creía en Dios.

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¿Cuándo sos apóstata? ¿Al pensarlo, decirlo, dejar de participar, mandar una carta, tener una confirmación?

La apostasía es la negación, la renuncia o la abjuración de la fe, en una religión. La apostasía es reclamada como un derecho a la libertad de conciencia​ y de culto para que se elimine todo registro de pertenencia a un determinado grupo de creyentes. Hoy, la Ley de Hábeas Data protege nuestros datos de instituciones como la Iglesia Católica, por lo que podemos usarla para desafiliarnos sin aparentes problemas. La constancia de apostasía es una nota en el margen del libro de bautismos, ya que éste es el sacramento que sella la adhesión de las personas a la Iglesia Católica.

Dice el Vaticano: “es posible la desafiliación de la Iglesia católica por un acto formal que debe implicar: a) la decisión interna de salir de la Iglesia; b) la manifestación externa de esta decisión; c) la recepción por la autoridad eclesiástica competente. Sin este acto formal nadie queda excluido de ella, ni siquiera por los actos más graves de infidelidad”. Hasta acá estamos bien. Sería una decisión personal comunicada al receptor competente. Pero dice el Vaticano que “la apostasía manifestada debidamente por ese acto formal tampoco constituye una exclusión de la Iglesia”. La apostasía será anotada en el Libro de Bautismos, pero aclara: “en cualquier caso, el vínculo sacramental de pertenencia a la Iglesia es una unión ontológica permanente y no se pierde con motivo de ningún acto de desafiliación. Con o sin apostasía, debido al carácter sacramental del Bautismo, aún los apóstatas permanecen bautizados. El sacramento confiere, además de la gracia, un carácter sacramental o “sello”. Esta configuración con Cristo y con la Iglesia, realizada por el Espíritu, es indeleble y permanece para siempre en el católico”.

 

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Ahora mi pregunta es ¿cómo revocarle esta afirmación a la Iglesia? Si yo declaro y efectúo mi apostasía como corresponde, ¿cómo puedo seguir siendo considerada parte de la Iglesia por un sello ontológico indeleble? Decíamos que con la Ley de Hábeas Data podíamos apostatar, pero la Iglesia no reconoce este derecho y su respuesta va más allá de la legalidad: estamos hablando de fe. Entonces, ¿qué otras herramientas tenemos?

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Mientras tramitaba mi apostasía estudiaba en la Facultad. Cuando leí sobre los performativos en una materia, todo se cruzó. ¿Qué está por sobre la fe? El lenguaje. ¿Es posible usar la teoría de los actos del habla para apostatar? ¿Qué pasa si pensamos los sacramentos católicos como performativos?: éstos son palabras que generan un efecto, una acción o transformación. El filósofo Austin definió las palabras performativas como realizativas, conectando lenguaje y acción. La repetición de actos performativos consolida la norma. Es necesario creer en las palabras para que tengan validez de acción. Por ejemplo “Los declaro marido y mujer”. Palabras, acción, norma.

En mi caso, con un mes de vida me dijeron: “Belén, yo te bautizo en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén” y con esas palabras me sellaron ontológica, permanente e indeleblemente con el Espíritu. Esto sólo pudo ser posible después de que se realizaran millones de ceremonias iguales y se conformara una convención social de que éstas palabras significaban la acción del bautismo.

Pero tenemos algunas herramientas del lenguaje para defender nuestras apostasías:

Primero, un argumento: el performativo exige la creencia en el mismo, en el código o contexto en el que se funda, por lo que podemos decir que no creemos en el efecto de las palabras con las que nos bautizaron, y que menos lo hacíamos en el momento de ser bautizades, donde ni siquiera habíamos introyectado el lenguaje.

Segundo, una oportunidad: Derrida dice que los performativos no son ejercicios libres o expresiones de la voluntad individual, sino que son acciones reconocidas por la convención social. Butler explica que la repetición constante de actos performativos consolida la tradición pero, de todas formas, para Butler, el acto performativo permite la subversión de la norma porque la suma de acciones corporales de varias personas, como un ejercicio de performatividad, tiene una enorme potencialidad para la transformación de relaciones sociales y de poder. Si Butler cree que los performativos pueden subvertir la heteronormatividad y el género binario, ¿podemos nosotres creer en el uso de los performativos como una herramienta más para la apostasía colectiva?

La fe en el lenguaje indica que sí.

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Para apsostatar armé mi carta modelo en apostasia.com.ar, la mandé por correo y el Arzobispado me contestó a los pocos días. La Parroquia no. Llamé y un tal Francisco me dijo que la iban a hacer, que no me preocupara. Fui a constatar personalmente a la Parroquia Nuestra Señora de la Rábida que se hubiera realizado la nota al margen en mi Acta, porque la confianza se construye. Dudé si entrar con el pañuelo. Hoy no recuerdo si lo hice. Me avisan que Francisco había renunciado (otro que abandona la Iglesia en mi camino). Me recibió un adolescente voluntario de la administración de la Iglesia que estaba tan incómodo y le daba tanta vergüenza que no sabía cómo hacer el trámite. Empezó a desempolvar Libros de Actas de Bautismos que parecían viejos, pero eran sólo del 2000. “Buscá más abajo”, le dije a este voluntario que probablemente estaba registrado en uno de los primeros estantes. Lo encontró: al lado de mi Acta de Bautismo color amarillo escrita a mano hace casi tres décadas brillaba una A4 blanca con mi nota de apostasía. No tenían fotocopiadora, así que le saqué una foto con el teléfono. ¿Ya está? ¿Ésto es todo? Mi mamá me esperaba afuera y me filmaba orgullosa mientras caminaba hacia el auto. Al chico le quedaron dudas de si el trámite estaba terminado y me aconsejó que llame a la señora del turno tarde. Me atendió: pregunté si esa era suficiente confirmación de mi apostasía y me dijo: “claro, con este papel digamos, así digamos que vos ya, osea ya con la nota marginal en el libro queda registrado que, digamos que así, básicamente, nosotros damos fe que ya no tenés maś fe”.

Qué importantes las palabras.

 

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Belén Charpentier

Febrero, 2018

Esta crónica primero tomó forma de escenificación de investigación. Cómo hacer cosas con palabras es una conferencia performática musical que se realizó en los ciclos Drama es Acción en Club Cultural Matienzo y MacriTeatro en Estudio Los Vidrios entre Octubre y Noviembre de 2018, junto a Laura Preger y Sonia Basch.

Si querés saber más sobre cómo apostatar ingresá en apostasia.com.ar o consultá en coalicionlaica.org.ar

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