La cumbia como un destello

tito

Por @diesal.

“¿Listo Tito Caycho?”, pregunta mientras coge el micro con una mano y empuña el mástil con la otra. “Sí, Enrique”; responde una voz escondiéndose del protagonismo. “Vamos con Caminito Serrano, ¡entra con el bajo!”, el guitarrista sonríe eufórico y lanza una mirada de complicidad. “¡Sale!”, grita el bajista, casi omnipresente. Los punteos graves de las cuatro cuerdas resuenan y la guitarra empieza a darle voz a la alegría. La bailarina, de enterizo dorado, contornea al ritmo de los acordes y abre paso a la sonrisa voraz del compositor de aquella melodía. De saco blanco, camisa negra y lentes cobrizos como el tono de su piel, toca el bajo siendo guitarrista y compone cumbia aunque se haya iniciado con la música criolla, pues como siempre lo dice, en tercera persona, Tito Caycho toca de todo.

 

El video pierde resolución. La fecha bordea el año 1995 y los usuarios de Youtube, aclaman y rememoran el don de aquel dúo de cinco integrantes a través de comentarios halagadores. Uno de estos los hace su hija, que responde agradeciendo los gestos hacia su padre. Es sutil al afirmar que el sonido de Los Destellos es único, aunque se queda corta en comparación a los otros comentarios. Caycho casi no sale en las tomas, la bailarina de pasos histriónicos le roba cámara. Poco parece importarle, su rostro refleja el goce que irradia sus composiciones.

Sentado en el sillón más grande de su casa, la única de un solo piso en toda su cuadra, veinte años más pesado pero con unas gafas que parecen rescatadas del antiguo video, descansa las yemas gastadas de sus dedos sobre cada traste y desliza su mano derecha sobre las cuerdas de la guitarra. Se siente más cansado y se confunde algunas veces, pero no tarda en ubicar nuevamente la nota correcta. Sus composiciones las conoce y ejecuta de memoria. Un músico como él no recuerda solo las siete notas sino todo el mástil.

Un pequeño Tito Caycho observa con asombro cómo golpean en el rostro a su padre. Recepcionaba los puños con la seriedad de quien convierte el dolor en un trabajo y las fracturas en algo cotidiano. Indignado, avanza entre el rocío de sudor y le pregunta a su padre por qué deja que lo lastimen. “Para calentar el cuerpo”, le responde. Tito solo lo contempla con una mirada de desazón y extrañeza. Ya con 82 años y el cuerpo en reposo, carcajea al recordar que su padre quería que él sea boxeador y entrecortando la frase con un tocido encaja un directo: “ese ta´ huevón”.

De lo que pasó después no se habla. Tito Caycho, hijo de pugilista, pasó a ser huérfano de padre y madre. La educación no era un bien necesario, o no debía serlo, para alguien que necesitaba sobrevivir. El trabajo lo consiguió a él y llegó de la forma en que se reciben los dones, como un regalo. Un tío fan suyo, como él mismo lo describe, le regalo su primera guitarra a los catorce años, en ese momento el instrumento no era más que un objeto y eran pocos los que auguraban un futuro prometedor para el joven, aún más si se dedicaba a la música, un oficio bohemio para el que no ha sufrido.

Caycho aprendió a caminar entre trastes, escalar las notas musicales y arpegiar acordes, mirando a otros guitarristas. No tenía dinero para el conservatorio, pero ya tenía claro que iba a vivir de las seis cuerdas, o cuatro, en el peor de los casos. Consiguió a los 18 años un puesto en Radio Victoria, donde descansaba un día a la semana, pero no recuerda cuál. Comenzó tocando música criolla con el conjunto Los Trovadores del Norte, donde alternaba ritmos de boleros y huaynos. Hasta ahí llegaba caminando desde su casa en Rímac, además de para trabajar, para ver tocar a artistas criollos como Los Panchos y Los Romanceros que se reunían en la emisora para grabar sus temas.

El joven Caycho, ya de aspecto maduro, pelo con gel y camisa planchada, admiraba la técnica con que Óscar Avilés encajaba los punteos melódicos de su guitarra, disfrutaba contemplando los acordes que profería Alfredo Bojalil como abrazos que abrigaban a la voz y encaminaba su oído a disfrutar de la fortuna de vivir, o por lo menos intentarlo, de la música.

Ya con la guitarra entre sus piernas, una Falcón de color caoba y mástil negro, Caycho somete sus ojos a la oscuridad de sus lentes polarizados, reposa el cuerpo sobre un sillón gastado de tres asientos y afina las cuerdas a la voluntad del sentido que tiene mejor desarrollado. Cada clavija tiene impregnada su huella dactilar, y cada cuerda la callosidad de sus dedos.

Ejecuta un arpegio y rememora con nostalgia a Enrique Delgado. El músico de conservatorio, de lentes indistinguibles, rostro campechano y pelo ordenado, que para finales de la década de los sesenta ya era considerado la primera guitarra del Perú en música criolla, trabajaba también en Radio Victoria. Ambos, guitarristas en un inicio de los Trovadores del Norte, forjaron una amistad sobre la base de las melodías. Recorrían juntos el camino a pie desde el Rímac hacia el fortín musical ubicado en el corazón del Centro de Lima. Enrique Delgado duró poco en los Trovadores, el destino para ambos no se encontraba en los valses.

Caycho sale del estudio. Deja reposar su guitarra sobre el atril y se quita los audífonos. Había terminado de grabar con Los Pacharacos, le cuesta afirmarlo pero está casi seguro que era la canción Río de Mantaro. El grupo en el que colaboraba por esos tiempos se preparaba para una gira de meses en Bolivia y la idea aún no lo convencía del todo. A la salida del local de grabación, en la esquina de enfrente, apoyado en un poste y con la camisa rigurosamente planchada le hacía guardia Enrique Delgado. Al verlo salir del edificio se le acercó y le dijo: “Tito Caycho, voy a fundar un conjunto de música tropical y necesito una segunda guitarra”. Lo que fue un contrato, sin firmas, sino abrazos. Aquella conversación marcaba el inicio de Los Destellos y a su vez, de la cumbia tropical en el Perú.

Caycho verbaliza el punteo de una de sus composiciones más aclamadas, la acompaña cantando el coro, con una voz que se mezcla con el olvido. La letra, como muchas de sus canciones, adjetiviza a una mujer. Eres Mentirosa, una de las 87 composiciones que lo han hecho acreedor del reconocimiento de compositor vitalicio por Apdayc, ha sido interpretada por incontables grupos y ha sido versionada en ritmos de vals, salsa y reggaetón, pero Caycho no duda en afirmar que nadie la toca como Los Destellos.

Evoca recuerdos mientras desliza sus dedos entre las cuerdas, los sonidos son un aliciente y parecen refrescarle la memoria. Sonríe de su vejez y atrae la alegría de las anécdotas. Ya le dan asiento en los buses por su edad, sus 82 años lo justifican. Carcajea sin mostrar los dientes e inicia el relato de la vez que le hicieron tocar guitarra en un microbus.

“Señores pasajeros, tenemos el agrado de tener en este bus al gran Tito Caycho”, vocearon al público dos guitarristas que subieron a chivear. “Por favor, si nos puede deleitar con una canción”, aclamaban los artistas comprometiendo de inmediato al músico mientras pedían entre aplausos su despliegue escénico. La atención y el protagonismo nunca fue lo que buscó Caycho, el reconocimiento era selectivo para el compositor, pero aquella ocasión, los improvisados asistentes parecían reconocerlo. Recuerda haber tocado Alma, Corazón y Vida y algunas canciones más. Terminó el improvisado concierto y bajó del bus como siempre, con modestia y sobriedad, solo que ahora la edad lo ayudaba.

Un gallo empieza a cacarear desde el patio de su casa en Comas. Su celular suena, recuesta la guitarra en el asiento contiguo y conversa con la operadora. Al terminar, reposa su cuerpo unos minutos, siente el paso de los años y se reanima apoyando a su compañera entre las piernas. Suena la introducción de Chola María, ejecuta los acordes y acompaña los compases con el pie.

“Aquel que diga que se ha emborrachado con Tito Caycho miente”, manifiesta con una seriedad abstemia. “Nunca me ha gustado tomar. Para qué”, se pregunta. “Yo pedía comida. Llévenme a comer si quieren, pero trago no, eso es un vicio”, sentencia mientras aprieta con fuerza el mango de la guitarra. “Cuando todos estaban borrachos y tocaban feo, yo apagaba el amplificador y no me movía. Enrique, que era otro warapero alertaba al grupo. Muchachos, se amargó Tito Caycho, apaguen y dejen todo”. La amistad entre ambos era la mejor forma de curar la resaca.

El vínculo creado entre ambos guitarristas bordeaba la admiración y respeto. A Tito Caycho le sobran los halagos hacia el llamado Padre de la Cumbia, pero rememora como una de sus mejores composiciones uno que tuvo su compañero hacía él. “Caycho, tú estás adelantado”, le decía mientras apoyaba la mano sobre su hombro, “como músico y compositor estás en otro tiempo”. Y terminaba la frase acertando un abrazo. Enrique Delgado uno de los mejores guitarristas del Perú, admiraba al bajista de su agrupación, como quien reconoce la genialidad en otros ojos.

Los Destellos arribaban a Nueva York. Tito Caycho bajaba lentamente del avión. Excusándose en el temor, media cada paso. Le asustaban los rascacielos. La voracidad con que estos edificios parecían comerse el cielo le horrorizaba. Era uno de sus primeros viajes a los Estados Unidos y recuerda con claridad que horas después del descenso ya debían estar tocando. Era algo habitual en Los Destellos, la calidad de la agrupación solo hacía necesario unos minutos de ensayo para coordinar todo.

Luego de su paso por La Gran Manzana partieron a Miami la semana siguiente. El dueño de la disquera que los había llevado de gira citó al compositor en su oficina. La delegación musical decidió acompañarlo, la emoción de conocer un estudio de grabación de Estados Unidos era la de un niño que entraba por primera vez en un parque de diversiones. “¿Señor Tito Caycho? Pase, lo esperan adentro”. El resto de la agrupación tuvo que quedarse afuera. 87 mil soles recibió ese día Tito Caycho por su canción Amor Andino. Fruto de ese dinero es la casa en la que hoy vive y otra más que dejó para sus hijos.

El frío de noviembre desorienta la temperatura de Comas, Tito Caycho sube el cierre de su casaca azul afranelada. Pasa la mano derecha por su frente, más amplia por la calvicie, y acomoda sus lentes que en realidad parecen inamovibles. Muchachita celosa, acompaña el repertorio y verifica la hipótesis sobre sus canciones. Adjetivizar a la mujer parece el ingrediente carnal de sus composiciones. “Es lo que a la gente le gustaba y le gusta, y yo componía para no morirme de hambre, es así de simple”.

Un último recuerdo se compone entre acordes y notas de tristeza. Iniciaba el año 1996 y Tito Caycho entraba a una sala de cuidados intensivos. Abría la puerta lentamente e intentaba cubrir con una sonrisa la nostalgia. En la cama, luego de una operación por el cáncer de páncreas que lo aquejaba, su amigo de toda la vida, con los lentes incólumes de medida ancha, lo recibía deteriorado. “Mírame cómo estoy Caycho”, le dijo mientras se subía la camisa. El corte en la barriga y el cocido como costal devastaron al músico. Lo cogió de la mano durante un tiempo y salió de la habitación a llorar. Tito Caycho perdió a su mejor amigo el 21 de marzo, en ese mismo instante, para él, fallecieron también Los Destellos.

No le gustan los malos recuerdos y los evade con melodías. Toca los últimos acordes. Repasa sus últimas composiciones. La última vez que tocó en un concierto fue hace dos años y aprovechó la oportunidad para mostrar su genialidad. Deja la guitarra a un lado y pide ayuda para levantarse. Camina lento hacia la puerta, entre arrastrando y pisando. ¿Qué le falta vivir? “Vivir, me falta morir ya”, responde mientras sonríe con la certeza de quien dice la verdad. “¿Qué hubiera sido de no ser guitarrista?” Me hubiera muerto de hambre. Siempre lo digo, avanza mientras pone fin a la conversación. “Si Tito Caycho no hubiera tocado guitarra no habría sobrevivido. Además Tito Caycho toca de todo”. Tito Caycho, siempre en tercera persona.

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