K-popers

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Se cumplieron tres años desde la primera Talgui Fest, una fiesta de K-Pop, pop coreano, que convoca a más de seiscientas personas. Tomás Plibersek cuenta la experiencia. 

Por @totopliber (Tomás Plibersek).

Son las doce de la noche y una fila de una cuadra de pibes se forma en la puerta del boliche VOX, ubicado sobre la calle Hipólito Yrigoyen a media cuadra de la Avenida 9 de Julio. Van vestidos con ropa oscura, jogginetas, buzos de béisbol, gorras de visera, camisas a cuadro y gorros de lana. Algunos usan piercings en el labio o la nariz. Hoy se cumplen tres años desde la primera edición de la Talgui Fest, una fiesta de pop coreano, K-Pop, que se realiza una vez por mes. Esta edición se espera una gran convocatoria de más de seiscientas personas.

El K-Pop es un género musical proveniente de Corea del Sur que sienta sus bases en el pop, pero que está mezclado con recursos de otros géneros muy variados, desde el heavy metal hasta el hip hop. Nace a principios de los noventa como consecuencia de la influencia del pop europeo y el rap, hip hop y la electrónica norteamericanos. Esta apropiación de los estilos extranjeros empezó a finales de la década del cincuenta, con la conclusión de la Guerra de Corea en el año ’53, que marcó la separación en las dos Coreas que existen hoy: la del Sur, que se siente atraída por la cultura y forma de vida norteamericana y europea, y la del Norte, último bastión socialista que mantiene su industria cultural fuertemente aferrada a “lo tradicional”.

Sin embargo, el K-Pop es todo lo contrario a repetición. Su rasgo más característico es lógicamente el idioma, que se mantiene a lo largo de todas las canciones, a pesar de que, con la escalada mundial que ha vivido el género, los temas se suelen titular en inglés y tener alguna frase del estribillo en ese idioma. Más allá de eso, puede verse adentro del propio género una variabilidad de subgéneros o estilos propios. Bandas que recurren a los riff de guitarra y a los pelos largos, bandas con versos hiphoperos y ropa de beisbolista, solistas que cantan baladas románticas como Lionel Richie, pero los más populares son los grupos de varias personas, generalmente del mismo sexo. Porque el K-Pop no se trata sólo de la música, sino también de la presentación del artista y del show. Cada uno de los temas está acompañado por una coreografía que la banda ejecuta en los shows en vivo y en los videos de sus temas que se suben a las redes sociales. Los fanáticos pasan horas frente a las pantallas de sus dispositivos mirando los movimientos de sus ídolos, los practican en solitario, y se juntan una vez al mes a lucirlos en esta fiesta en la que únicamente se pasan temas de este género.

En la entrada está parado el organizador del evento. Se llama Maximiliano Kim, tiene treinta años y es descendiente de coreanos. Los habitué pasan y lo saludan. Es una celebridad: lo apodan Max. Usa una camisa negra lisa, jeans achupinados y lentes de marco ancho. Me dice que es empresario, pero no quiere especificar en qué rubro; más tarde me enteraría por otra fuente que tiene varias tiendas de ropa parecida a la que usan los que asisten a sus fiestas. Estudió Taekwondo, el arte marcial coreano por excelencia, gastronomía, hotelería y es barman y DJ.

-A mí el K-Pop mucho no me interesa. Yo no vivo de esto, en realidad pierdo plata.

-Pero si te da pérdida y no te interesa, ¿por qué lo organizas?

-Es que en realidad el K-Pop es más como una subcultura que va a durar, no es pasajero como el animé o las cosas japonesas.

-Tiene algo que ver con tus raíces, con tu familia…

-Sí, un poco.

En la fila, Adriel, un pibe de 18 años, me diría lo mismo. Estaba parado con un grupo de amigas, y mientras esperaba para entrar repetía los pasos de una coreografía.

-Por ejemplo, a mí sí me gustan las cosas japonesas. Yo sí soy otaku, pero ellas no, no les interesa. Lo que sí miran son por ejemplo son los dramas.

-¿Los dramas?

-Sí, son como novelas pero coreanas.

El drama coreano, o K-Drama, es un tipo de serie de televisión proveniente también de Corea del Sur, cuya estructura narrativa y temática es muy similar a las telenovelas occidentales, con lo cual fueron eficazmente exportadas a varios países del mundo. En Argentina, el primer caso fue “Jardín Secreto”, transmitida en el país de origen entre el 2010 y el 2011, pero que llegó a nuestro país recién en el 2015 en el canal Magazine. Después se transmitieron tres más; la última fue “Mirada de Ángel” el año pasado en Telefé.

Pero esa no fue la única aparición de la cultura coreana en la televisión argentina. En el año 2014, Marcelo Tinelli incorporó en su programa “Bailando por un Sueño” este ritmo en varias galas. Esta incorporación vino de la mano de la popularidad del tema “Gangam Style” del solista coreano PSY, que popularizó el ritmo en todo el mundo con su baile parecido al trote de un caballo. Sin embargo, a pesar de ser visto en la televisión y escuchado en los principales boliches del país, la expansión del ritmo fue sólo una moda pasajera que murió a mediados del 2015.

-Entonces no sólo les gusta la música.

-No, también la ropa, la comida y eso. Pero lo principal es la música. Somos K-Popers.

-¿Entienden la letra de los temas?

-Sí, muchas cosas sí. Es que las letras son parecidas, y si no entendemos algo usamos el traductor.

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Para los K-Popers, el sistema de ídolos es muy importante, tanto que reemplaza la letra de los temas. Ellos imitan a sus ídolos de la otra parte del mundo. Se cortan el pelo como ellos, usan ropa parecida, se delinean los ojos, se hacen peircings en los labios. Copian sus bailes.

El cuento es muy sencillo: en Corea del Sur, existen un par de empresas productoras, siendo S.M. Entertainment, YG Entertainment y JYP Entertainment las tres más importantes, que se encargan de producir no sólo los nuevos temas que van a salir en el mercado sino también a los nuevos ídolos: los aspirantes a miembro de una banda pasan por un extenso entrenamiento en donde se les enseña a cantar, a moverse y se les “corrige” el estilo para ser llamativo y atraer al público. No hay un tiempo estipulado para ser aprendiz, pero en cierto momento cuando “están listos” los postulantes debutan en un show en su país, filman sus videos musicales y los suben a YouTube. Y saltan a la fama.

Los shows suelen ser muy llamativos, llenos de luces, colores, humo y música frenética. Las empresas productoras invierten mucho dinero en producir los videos que los promocionan; es estratégico: ésta es la forma en la que sus artistas se hacen conocidos en todo el mundo.

El K-Pop es perfección, es llevar al máximo el detalle en el cuerpo esbelto y limpísimo, es moverse rápido en un ritmo programado y perfectamente sincronizado. Es color, mucho color y fluorescencia. Es llamar la atención.

El boliche tiene dos plantas. Son prácticamente iguales: paredes lisas color oscuro con dibujos extraños de calaveras, alienígenas, budas y dioses hinduistas de muchos brazos, una barra que vende tragos estándar y de baja calidad, un baño de azulejos blancos mojado y lúgubre y con las puertas de los inodoros rotas y llenas de inscripciones. No hay publicidades de cigarrillos ni de bebidas energizantes, sólo fluorescencias. En la planta baja, pasan música más tradicional: cumbia, reggaetón, algo de electrónica, hits conocidos por todos. En el subsuelo, “sótano” para el lugar, exclusivamente K-Pop. Mientras bajo las escaleras, me recibe un cartel escrito sobre la pared que las separa de la pista, en pintura fluorescente verde: “Otra noche en el paraíso”.

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Una pista de baile pegada a la cabina del DJ, bien iluminada, con luces blancas. Suena a todo volumen un tema en un idioma que no puedo entender, de ritmo rapidísimo y electrónico. Un grupo de pibes alrededor gritando de emoción. En el medio, ocho pibes bailan con envidiable sincronización una danza rápida, coreografiada. Hacen los difíciles movimientos todos a la vez, como si la hubiesen ensayado horas antes.

El tema termina. Todos aplauden y gritan. Las luces se apagan, la ronda se deforma. Cambian de tema. Los pibes se juntan, en sus grupos, a bailar un poco y repetir coreografías.

La ropa que antes era oscura, como oculta, ahora brilla. Afuera no había notado los detalles blancos de las remeras y los buzos, que acá adentro brillan por la luz fluorescente. En una esquina, una chica con varios tarros de pintura flúor de muchos colores, pinta los brazos, las manos, el pecho y la cara de los que se forman frente a ella. Después me enteraría que era parte del staff de la noche, junto con la fotógrafa.

Prácticamente nadie toma alcohol. El barman está aburrido, y cuando me acerco tímidamente a la barra, me saluda. También se llama Maximiliano pero tiene un aspecto diferente. Es alto y de espalda ancha, gordo, de pelo rapado a los costados y largo en el medio, con una remera blanca con muchos adornos. Parece sacado de otro lugar.

-¿Vos trabajas sólo acá?

-No. Vengo cuando me llaman.

-¿Y qué te gusta más?

-Y, acá. La música es una mierda. Pero la gente es buena.

-¿Cómo? ¿No te llaman la atención estos pibes?

-No, es lo más. Acá hay mucha buena onda. Te tratan bien, te piden todo bien. Hay mucha buena onda.

La música sigue sonando. Los pibes siguen bailando. Cada tanto, suena un hit que yo no conozco, y todos gritan de la emoción. La mayoría son mujeres, y no están vestidas como las del resto de los boliches “comunes”. No usan maquillaje, ni vestidos, ni calzas. Tienen un estilo más rebelde. Shorts, jogginetas, buzos y zapatillas suelen ser las preferidas, junto con polleras a cuadros como de colegiala. Pañuelos en la cabeza. Algunas vinchas con orejas de gato.

A mi lado, dos pibes conversan. Uno es se llama Yongoo, es coreano de Seúl y tiene el pelo rubio teñido con una raya al medio. Está en Argentina estudiando en una academia de música para aprender a tocar el contrabajo. El otro se llama Nicolás, es argentino, tiene veintiocho, una camisa manga corta con pintitas y baila tango en la misma academia que estudia Yongoo, de ahí se conocen. Le pregunto a Yongoo si entiende la música y si vienen acá para que él pueda estar más cerca de su cultura, de su juventud.

-Entiendo, sí, pero no me gusta. Yo estoy acompañando a mi amigo.

Nicolás me cuenta que el fanático del K-Pop es él. Lo conoció en su academia, a través de un amigo que participa de las competencias de Pump It Up, un juego de máquinas árcade que consiste en bailar un ritmo que aparece en una pantalla pisando unas flechas en el piso. Dice que la mayor cantidad de temas en este juego son de K-Pop, y que, como bailarín, cuando lo vio le llamó mucho la atención, y empezó a practicarlo un poco también, aunque no profesionalmente.

-Mi primer show de tango fue para la comunidad coreana cuando tenía 14 años. Pasaban música coreana, hacían comida coreana. Me gustó todo y me interesé. Después conocí el K-Pop y lo empecé a escuchar.

-¿Cómo lo definirías?

-Con los videos. Le diría a cualquiera que mire los videos.

Una chica desbloquea su celular. De fondo de pantalla tiene la foto de un cantante coreano. De ojos azules y pestañas largas, pelo corto, bien maquillado, y con un aro largo en una oreja. Abre WhatsApp y entra al grupo “Talgui Fest”. La invitación a ese grupo la había mandado días atrás el propio organizador, Max, a través de su cuenta de Facebook, y en la página de la fiesta. Lee los mensajes, lleno de emoticones. Se ríe y lo guarda.

Se me acerca un chico de remera roja con un dibujo grande en negro. Un flequillo largo le tapa toda la frente, para un costado. Tiene un pilón de tubitos fluorescentes, de esos que se enganchan con un tubito transparente. Me da dos y me los guardo en un bolsillo. De repente, miro como toda la pista se volvió fluorescente. Los tubos ahora son anillos en las manos de los bailarines, collares en sus pechos, coronas en sus cabezas. Y se mueven rápido, con ritmo, de golpe parecidos, sin que se vea la figura que los hace mover.

A las dos de la mañana, un animador sube a la cabina del DJ. Anuncia que esta noche, como muchos saben, se va a sortear una entrada para ver a KARD, una banda de K-Pop que se va a presentar en el Teatro Vorterix el 3 y 4 de Octubre. Anuncia que comienza la batalla de fandancers, con premios de 1500, 1000 y 500 pesos en efectivo para el primer, segundo y tercer lugar, respectivamente. Un fandancer, como se adivina de la palabra, es un bailarín amateur que se junta con un par de amigos y forma un grupo de baile tributo, copiando las coreografías de sus bandas preferidas. Aprenden a bailar entre ellos, entrenando solo con los videos de sus ídolos que ven en internet. Casi tienen un rigor profesional, de culto.

Gabriel baila en uno de los grupos que se presentan, los K-Jokers. Es morocho, alto y usa una remera de béisbol blanca con una gorra de visera derecha. Es bailarín casi profesional; estudia danzas clásicas y baila en festivales de hip hop, pero no vive de la danza. Se anota en fechas importantes, sobre todo cuando hay premios en efectivo, porque a él le interesa ganar.

-Lo diferente del K-Pop con los otros estilos de danza es la personalidad. Tiene que ser más marcada, más exigente. Es una danza mucho más técnica, con más compromisos.

-¿Se les complica la coordinación entre ustedes?

-Se hace con práctica. Hay que escuchar bien los temas. Pero lo fundamental es la amistad. Aporta mucho. A mí no me cuesta bailar con mis compañeros porque son mis amigos, y hay que hacer eso, ser amigos.

Bailan todos los fandancers; son cinco grupos. Algunos mixtos, otros sólo de pibes del mismo sexo. Tras cada ronda hay aplausos, ovaciones. La fiesta sigue.

Cerca de las cuatro se buscan los ganadores. El animador se para junto al DJ, y va pidiendo aplausos, grupo por grupo. El grupo SWITCH se los lleva todos, junto con el primer premio. Después, se sortea la entrada.

La noche del K-Pop termina a eso de las cinco. Termina de la misma forma que terminan otras noches de otros boliches en otros lugares. Gente yéndose, de golpe, del lugar en el que pasaron las últimas horas. Casi ninguno sale borracho, la policía no ronda mucho el lugar: sí están los patovicas, imponentes pero invisibles.

Los K-popers se van a su casa después de haber disfrutado de cinco horas en exclusiva de su música preferida, tan poco conocida para el común de los porteños. Cinco horas en las que sus ídolos de la otra parte del mundo fueron su centro, el lugar común. Cinco horas en las que se sintieron a gusto en un lugar que era para ellos, y no tuvieron que excluirse como hubiesen hecho en otro lugar. Cantaron un idioma que no conocen, bailaron una danza que les fue mandada por YouTube, gritaron por sus bandas favoritas.

En el piso quedan gotas y charcos de líquido flúor. Algunos tubitos no sobrevivieron.

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Foto 1: extracto del video del tema “DNA” de la banda BTS subido en YouTube / Foto 2: extracto del video “Cheer Up” de la banda Twice / Foto 3: Talgui Fest, Facebook.

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3 Responses

  1. Y pensar que en un comienzo, cuando el interned empezó a ser una posibilidad para la mayoría de la población en Argentina, uno pensaba que este tipo fenómenos sociales eran exclusivos el anime, los otakus y la cultura japonesa. Hoy en día, mirando en retrospectiva, me doy cuenta de que el fenómeno no era lo japonés si no más bien lo oriental.
    Muy ineteresante la nota.
    Saludos.

  2. Imagen de perfil de Alvaro Alvaro dice:

    Amo la cultura K pop y todo lo que tenga que ver con Korea :3

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