Los inundados del Litoral

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Dos editores de la Comunidad Anfibia viajaron a Paraná para montar una redacción en un aula de la Facultad de Ciencias de la Educación (Universidad Nacional de Entre Ríos). Una nueva experiencia anfibia: un Cronicatón de historias sobre las inundaciones del Litoral para celebrar el Día del Periodista. Los estudiantes escribieron y reescribieron en tiempo récord: dos hermanos que tuvieron que evacuar 11 vacas, 90 chivos, 6 ovejas y 21 caballos, una mujer que le sacó una foto a la grieta de su habitación y a los meses se cayó la pared, un hombre que sentía una caballería en el techo, una inundación controlada, un perro que se acostumbró a nadar. Relatos de una tragedia anunciada.

[Ver más sobre la experiencia Cronicatón Paraná]

Producción: Tomás Pérez Vizzón.
Docentes y editores: Hernando Flórez y Tomás Pérez Vizzón.
Foto portada: isla.

Fotos interior: Hernán Vitenberg, desde Villa Paranacito.

 

I. No hay bolsa de arena que lo frene

Por Mariángeles Guerrero. Rincón Potreros, Santa Fe.

En la siesta de verano, desde el colectivo interurbano que recorre los 20 kilómetros que separan la ciudad de Santa Fe con Rincón Potreros, no se sentía aún el olor de la inundación. A través de las ventanillas mojadas del micro amarillo que recorre la ruta 1 a toda velocidad –con dirección al norte- se adivinaban las siluetas de las casas de fin de semana y de las quintas de hortalizas que crecen fácilmente en el suelo arenoso de la zona. Los pueblos se sucedían: Colastiné, Rincón, Arroyo Leyes. Los nombres de las calles, bautizadas en homenaje a los pueblos de antaño –Timbúes, Quiloazas, Mocoví-, y a las plantas típicas –Los Ñandubay, Los Urunday, Los Eucaliptus-, significan la historia profunda de la tierra que habitaron los calchaquíes. Es ese colectivo el que lleva a la casa de María Elena: vecina reciente del poblado, que llegó buscando un lugar de descanso.

María Elena tiene 53 años, y no es precisamente una lugareña. Creció al oeste de la ciudad capital, donde el Salado hernanvitenbergVILLAPARANACITO (9)fluye sin prisa detrás de los terraplenes; bordeando en silencio la zona en que proliferan los sauces y la vulnerabilidad social es parte del paisaje. De chica se acostumbró al olor terroso del río, tanto que llegó a olvidar que lo conocía. Fue en la inundación de 2003 cuando lo recordó de golpe: el aroma húmedo anunciando la bravura fluvial, el olor a barro pegado para siempre a los muebles. El agua entrando de golpe, llevándose a su cauce sus recuerdos y el mandato de empezar de nuevo. Quizás por eso, la tarde del 22 de diciembre de 2015, cuando se paró en el patio de su nueva casa de Rincón Potreros, María Elena rememoró lo que sabía: que no hay bolsa de arena que frene la creciente. Tampoco en estas circunstancias, en que las lluvias torrenciales y el viento se llaman El Niño y son la amenaza que está en boca de todos.

—El agua va a entrar —comentó con resignación.

Sus vecinos llevaban muebles, se subían a un techo, anunciaban pronósticos mientras los camalotes navegaban a velocidad de carrera. El Arroyo Potreros es un curso de agua que pertenece a la cuenca del Paraná. Si se lo compara con su vecino, el Arroyo Leyes, da la impresión de ser una laguna sin importancia. Rincón Potreros y Arroyo Leyes son pueblos que trazan su historia en el boca a boca de los lugareños: es una historia cíclica, que se cuenta en crecientes. El paso de los años dejó atrás los viejos nombres de Rincón Norte y Rincón Arriba, dando lugar a las comunas que reciben año a año nuevos vecinos que llegan desde la ciudad. La Comuna de Arroyo Leyes, por ejemplo, tiene sólo veinticinco años. En tiempos en que el río permanece en su cauce, la tranquilidad de la zona sólo es interrumpida por la guerra contra el mosquito y el jején, que se libra al anochecer. En las pocas orillas que no están cercadas por algunos propietarios, los pescadores de la zona celebran su comunión silenciosa de amarillo y patí.

Mientras María Elena sube la heladera a un flete, y una silla a la mesa, las nubes se agolpan en el cielo para ver las últimas conquistas de la creciente. El agua asoma en la vereda. Los pies se hunden con facilidad en la arena ya inundada de la calle; el cielo es un gran techo de chapa que se desgrana gota a gota, y la forma en que moja tiene los aires de un presagio. María Elena piensa en las flores que plantó en su terreno, en la huerta, en los árboles que esperan de pie el avance. Se acuerda del Salado y aprieta la boca. Pasaron doce años desde la última inundación que le tocó vivir. Piensa en que ahora el agua llega un poco más limpia, más despacio tal vez. Mira las raíces de los árboles que serán arrancadas; sabe que será ella misma quien las volverá a plantar. En el litoral, el tiempo y la memoria tienen el olor terroso de sus ríos. Las inundaciones se llevan recuerdos y dejan siempre el mandato de volver a empezar.

 

II. Los Hermanos sean unidos

Por Juan Pablo Estapé. El Kerosene, Paraná, Entre Ríos.

Una lancha cargada de chivos deja el islote el Kerosene, frente a la costa Este de la ciudad de Paraná. En ese momento, los hermanos Abud  piensan que por más de 20 días no podrán pisar el islote. Diciembre de 2015 no solo trae calor al litoral argentino, si no también lluvias y un río, el Paraná, que roza marcas históricas.

—Listo, el último— dice Amílcar.

—¿Te fijaste atrás del galpón?— pregunta Adrián, mientras la lancha comienza a alejarse de la costa.

—Más firme cumpita.

—Saltá cuando estemos cerca de tocar la tierra— dice Adrián y señala, a lo lejos, el lugar donde su hermano debía aterrizar.

—Mirá que no sabemos que hay abajo y no le quiero pegar a nada.

Los hermanos llegan a la costa de Bajada Grande donde Luchi, un amigo, los espera. Los tres se apuran, la noche se acerca y tienen que trasladar los 34 animales a un campo cercano. El agua hizo que desalojaran las tierras que trabajan desde que aprendieron a caminar. Uno por uno, traspasan los animales de la embarcación a la camioneta F 100. Media hora más tarde, el ruidoso motor gasolero se pone en marcha y salen rumbo a las tierras donde los chivos estarán hasta que el agua baje.

Adrián tiene 28 años  y Amílcar 22, tercera generación de la familia Abud. Son trabajadores rurales. Y desde hace cinco se encargan del trabajo que heredaron de su padre. No es la primera vez que el río crece, tampoco la última, pero es la primera desde que ellos están a cargo. Los animales que crían no son muchos. Son los necesarios para poder ayudar a llenar cinco platos con comida, en la casa que comparten junto a sus padres y una hermana; otras dos, ya viven solas. Este fue el último de una serie de viajes que desalojaron por completo el Kerosene. En total tuvieron que mover: 11 vacas, 90 chivos, 6 ovejas y 21 caballos.

***

hernanvitenbergVILLAPARANACITO (12)Pasó  el tiempo, las hojas de los árboles se encuentran en el piso. El calor de verano le dejó su lugar al frio de otoño y los abrigos anuncian que el invierno está próximo en llegar. Un domingo como todos, en realidad como desde que no están en la isla, los hermanos Abud se encuentran tomando mates en un mirador de Baja Grande.  “El tiempo no nos ha dado tregua cumpita”, dice Adrián mientras mira el islote desde un asiento de cemento que alguna vez supo ser verde. Las constantes lluvias en la región, sumadas a las sudestadas en el Río de la Plata, provocaron que el agua no pudiera drenar normalmente. Es por esto, que seis meses después, aún no han podido volver a llevar los animales a sus tierras.

Entre mate y mate, la tarde va pasando y las historias van saliendo como el vapor que despide el termo que contiene el agua. “No ha sido fácil”, dice Amilcar y hamaca su cabeza en señal de fastidio. Desde que abandonaron el territorio que trabajaban han tenido que vender casi todos los animales: solo le quedan los caballos. El costo del arrendamiento del campo superaba la capacidad de la familia y el tiempo que le dedicaban a los animales en el Kerosene fue consumido por otros trabajos. Adrián comenzó con tareas laborales en una empresa que se encarga de instalaciones eléctricas. Amílcar siguió sus estudios en Ingeniería Agrónoma que había relegado por dedicarse al cuidado del islote.

La noche cubre Paraná y los hermanos siguen en la costa como negándose a dejar sola la tierra que tanto quieren. La situación ha mejorado lentamente desde diciembre,  y antes de retirarse a su vivienda, en calle Estrada al final, dan una última mirada al río. Es una manera de controlar, de sacar medidas, de afirmar, que el agua va devolviendo la  tierra que ocupaba. En el trayecto, seguramente, hablarán que falta menos para volver. Si el tiempo lo permite a mediados de junio trasladaran los caballos que poseen al Kerosene. Otra vez podrán volver a galopar en las tierras vecinas, otra vez volverán a empezar como sus antecesores, otra vez pedirán que el río no vuelva a crecer.

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III. En el aire

Por Gustavo Schnodrig. Manzana 21, barrio El Pozo, Santa Fe.

El rumor de que ese verano la crecida iba a ser más fuerte que lo habitual comenzó a escucharse hacia mediados del 2015. Los medios de Santa Fe empezaron a hacerse eco del anuncio sobre una temporada lluviosa y en Manzana 21 de barrio El Pozo de Santa Fe saben que, cuando la radio y la televisión se preocupan por una problemática que se repite todos los años, es porque algo grave puede pasar. Para diciembre, cuando esas previsiones comenzaron a materializarse, e incluso el fenómeno climático ya tenía nombre propio, los temores se confirmaron: La laguna Setúbal se ensanchó y El Niño comenzó a tragarse cada vez más terreno, con una rapidez sofocante.

Fueron semanas particulares. Las lluvias se prolongaban por días enteros, que transcurrían con idéntica calma a la del caballo resignado que pastaba a un costado del rancho de su dueño. Cuando despejaba, en tanto, era como si las casillas cedieran y la angustia que se cultivaba allí dentro explotara, henchida por el constante golpeteo del agua. Entonces comenzaba lo grotesco: algunas familias desclavaban su rancho y lo volvían a armar metros más arriba (varios vecinos repitieron esta labor hasta dos veces en un mes), otras juntaban sus pertenencias salvadas y se iban a refugiar a los centros municipales. A su vez, autoridades provinciales y locales, e incluso el cura del barrio, se acercaban con frecuencia para analizar la situación y charlar con los afectados a través de cierta condescendencia pornográfica, y empleados de la Guardia Urbana Institucional (GSI) aprovechaban la ocasión para sobornar un permiso que les permitiera a los afectados el asentarse sobre una mejor ubicación.

Para fines de diciembre, les tocó el turno a los hermanos Luciano Alcides Alcaraz y Gloria Cáceres. Ambos compartían una de las pocas casitas con paredes de material. Estaba compuesta por una sala amplia —de unos cinco metros de largo por dos de ancho—, que funcionaba de cocina y comedor, una habitación pequeña donde apenas cabían las dos camas, y una salita de estar donde instalaron un quiosco. Además, tenían un patio amplio que terminaba en el comienzo de la costa. “Alrededor del 20 de diciembre empezó la crecida, y nosotros disparamos el 27 o el 28, cuando el agua ya estaba dentro de la casa”, evocó Alcides meses más tarde, en un fresco sábado de junio. “Perdimos las gallinas, los muebles, los colchones, la cama, el aparador. No pensamos que iba a avanzar tanto. Para cuando volvimos, el agua tiró incluso las paredes”, agregó resignado.

Por eso, y a sus 80 años, Alcides recibió el 2016 clavando las chapas y los tirantes de su nueva casa como un joven cualquiera. La ubicó sobre terrenos fiscales, en una toma de terrenos organizada por el Movimiento Popular La Dignidad de Santa Fe (MPLD Santa Fe). Mientras trabajaba, su marcapasos aparecía nítidamente contorneado tras su físico chupado. Su mirada era tranquila, ávida de horizonte cuando descansaba chupando el mate dulce.

“Cuando la laguna empezó a crecer, teníamos esperanza de que el agua no llegue a la casa”, recordó sentado sobre un almohadón naranja que le daba mayor comodidad a una de sus dos sillas plásticas verde. La campera de jean reforzada y el gorro de lana sobre su cabeza le daban un aspecto vulnerable, como si las bajas temperaturas hubiesen traído consigo una dosis de debilidad, que lo alejaba bastante de aquel hombre fortachón que supo mostrarle  su torso desnudo al sol de enero, con los clavos entre sus dientes.

—Nos gustaría quedarnos acá. Si no, bueno, iremos abajo otra vez —explicó Alcides.

—¿No tiene miedo de inundarse otra vez allá abajo?

—Sí… pero nos da temor seguir construyendo acá arriba porque no sabemos qué va a pasar, si nos va a echar el municipio. Nos gustaría poner un contrapiso pero no es seguro que duremos. Tratamos de ir adivinando. Mientras tanto estamos en el aire, esperando.

 

IV. Caballos en el techo

Por @alfredo, desde Paraná, Entre Ríos.

Hasta hace poco los habitantes de Paraná sólo frecuentaban San Benito para ir a alguno de sus dos cementerios, el parroquial o el privado. Pero ahora miles de paranaenses cruzan el arroyo Las Tunas y se instalan en este pueblo que ofrece terrenos a precios mucho más accesibles. Entre esos nuevos habitantes estamos mi familia y yo: recalamos en un loteo tentador, donde poco antes había sembradíos con soja, y levantamos nuestra casa del Procrear, modelo clásico.

La mañana del viernes 19 de febrero de 2016, a las 7 de la mañana, el cielo oscureció demasiado en el barrio. El aire del verano cambió de repente. La temperatura se desplomó. Los granos ínfimos de la broza que cubre la mayoría de las calles comenzaron a levitar en remolino. El viento sopló del sur tan fuerte como jamás habíamos visto, con un rugido atronador. La lluvia no tenía forma de lluvia, sino de chorros descontrolados lanzados por mil hidrolavadoras gigantes. Intenté filmar desde la ventana de la cocina, pero solté el celular para sacar el agua que entraba por debajo de la puerta, por las ventanas, por las paredes, por no sabía dónde. Sobre el techo galopaba una caballería. Yo miraba el cielorraso de madera, que tantos billetes había costado, y pensaba que en cualquier momento se abrirían cien agujeros.

hernanvitenbergVILLAPARANACITO (30)No sé si pasaron 20 minutos o dos horas. La tormenta comenzó a normalizarse. Demoré un rato más en secar los pisos y en advertir que no había luz, ni internet, ni teléfono ni agua. Cuando volví a la ventana vi autos desconocidos en la casa de la esquina. Unas personas cargaban muebles bajo la lluvia. Vi entonces que la vivienda no tenía techo, solamente unos palos cruzados, como esqueleto desnudo. La vecina –me contaron luego– estaba sola con su gurí durante el vendaval. Alcanzó a avisarle a su marido que el viento había arrancado las chapas. Él, un taxista, se volvió tan pronto como pudo. La entrada al pueblo estaba inundada. Buscó entonces el ingreso por los cementerios, pero el auto se le quedó en medio del agua. Se mandó caminando por un arroyo Las Tunas desbordado y enloquecido. Alguien lo ayudó a cruzar y lo salvó de ahogarse. Llegó a la carrera, gambeteando los árboles caídos. Cuando me asomé por el fondo vi que otro vecino, con una casa igual a la mía, también había perdido el techo pero al menos conservaba el cielorraso. Una cuadra más allá, donde vive una pareja de deportistas, el techo también se había desprendido como un papel y el agua había arruinado los muebles del dormitorio de sus pequeñas hijas mellizas. Y recién al día siguiente, por una noticia leída en internet, supe que a tres cuadras, lo que los especialistas nombraron como un grado menos que un huracán se había llevado una prefabricada completa: no quedaron en pie paredes ni nada, salvo un inodoro cubierto de ladrillos. Una semana después, a la misma hora, el cielo se oscureció de nuevo y los caballos desbocados volvieron a galopar sobre nuestras cabezas.

Abracé a mi hija y me senté a esperar.

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V. La inundación controlada

Por Lucila Tosolino. Villa Paranacito, Entre Ríos.

La antigua mesa redonda de la suegra de Araceli Chozza Moreira se fue flotando por la puerta de entrada de su casa. Se fue sin importar el valor sentimental que tenían por él. Quiso irse a navegar por Villa Paranacito y se olvidó que alguna vez fue el punto de encuentro de un asado de domingo.

Araceli miró atentamente esa escena desde el primer piso de su casa en calle Democracia sin número del barrio 10 Viviendas. Con su pijama de otoño y una linterna en la mano iluminó la planta baja de su hogar y contuvo las lágrimas. Tantos años de esfuerzo, trabajo, terminaron ahogados por las consecuencias de las interminables lluvias. Eran las tres de la mañana de un fin de semana de mayo, ya iban 23 días sin que conciliara sueño y su estado de salud le pasaba factura.

Los 22 días anteriores había repetido la misma acción. Se despertaba a la madrugada con ojos de mapache, se ponía las pantuflas y con una linterna en la mano se dedicaba a alumbran la piscina del río Uruguay que soportaban las cuatro paredes de su casa. Estaba nerviosa, paranoica. No quería que el agua subiera hasta la planta alta de su hogar y se llevara lo poco que había alcanzado a rescatar.

—Son cosas materiales. Son cosas materiales— dijo una y otra vez la mujer de 44 años, mientras un temblor interno se apoderaba de su cuerpo. Araceli había estado acostada minutos antes junto a su esposo en una cama improvisada cuando decidió abandonar la comodidad y hacer su rutina de las tres de la mañana: vigilar qué cosas se escapaban de su hogar, se separaban de ella.

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Todo empezó en diciembre del año pasado como consecuencia de la prolongada creciente que experimentó el río Uruguay en el sur de la provincia mesopotámica. Esta localidad cabecera del departamento Islas del Ibicuy, conformada mayormente por islotes del delta entrerriano y con una población de más de 5.000 personas, se vio amenazada por un elemento que es vital para el ser humano: el agua.

Pasó enero, febrero y el río creció. El número de evacuados aumentó y el panorama se puso cada vez más negro. En marzo el Uruguay se estancó y empezó a bajar, pero abril se vino con toda y las abundantes lluvias se fortalecieron, no menguaron. Esta situación llevó a que en mayo el Municipio informara a los pobladores que los diques de contención urbanos estaban colapsados y para evitar desgracias los iban a cortar. Así que se dio paso a una inundación controlada.

Los vecinos de Villa Paranacito no se alcanzaron a reponer de unas fiestas de fin de año pasadas por agua, que en mayo tuvieron que poner sus casas patas para arriba y así salvar lo que pudieran.

—La decisión que tomó la Municipalidad estuvo bien. Más allá de que se arruinó en 23 días el trabajo de toda una vida, fue acertado porque evitó que murieran personas—aclaró Araceli al tiempo que intentó convencerse de que todo es recuperable.

— ¿Querés que rescate algo más? —le preguntó su esposo Daniel Rodríguez, y ella negó con la cabeza mientras observaba el río tapar su cocina. Sabía que la consulta era inútil y la hizo por pura cortesía. Todo estaba bajo agua. Perdido. Arruinado.

Dos escalones. De los trece que separan la planta baja del primer piso sólo se vieron dos escalones durante 23 días. El día 24, el metro noventa de agua que se coló en la casa de Araceli se empezó a ir. Ella, su esposo y su hija adolescente Lucía se mantuvieron optimistas y aseguraron que lo importante es que no hubo víctimas fatales y se pudo apreciar la solidaridad entre vecinos.

Hoy el paisaje en el barrio 10 Viviendas de Villa Paranacito es diferente. El río no duerme en las casas, no descansa en los patios y abandonó las calles para tener que evitar circular en canoa o bote. Ahora se apoderó de la zona algo peor que es el excremento. Debido a que las cloacas reventaron, Araceli, su familia y vecinos están plagados por un olor inundo.

–La casa está toda cerrada para que no se sienta el olor pero caminar por el barrio es una inmundicia, insoportable –contó Araceli, que es directora de una escuela primaria para jóvenes y adultos, mientras deja entrever un interrogante: ¿Es mejor tener la casa bajo agua o padecer las consecuencias de una inundación controlada plagada de mierda y contaminación?

Aunque Araceli se muestre optimista y asegure que sólo perdió cosas materiales y algunas de un importante valor sentimental como la antigua mesa redonda de su suegra, no va a olvidar que durante esos 23 días no durmió y su objetivo era ver qué se escapaba por la puerta de su casa como también lo hizo la barra de su cocina.

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VI. El salado la trajo

Por Leonardo Pez. Barrio Alvear, Santa Fe.

Ese día no hubo fútbol en el club Santa Rosa de barrio Alvear. La furia del Salado en forma de inundación lo transformó en Centro de Evacuados. Muchas manos encadenaban la ropa y los alimentos donados por los vecinos santafesinos y de otras localidades del país. Un nene lloraba y lloraba, no había forma de que su madre pudiera calmarlo. Con sus instalaciones inmensas, con la charla de yotibenco, y con su ración puntual de comida, parecía un hotel. Pero era un centro de evacuados.

Elsa tenía el pelo rubio como Susana Giménez. Un tajo en la oreja izquierda recordaba el fuego en la cocina de San Agustín, esa vez que un pibito quiso entrar y ella ladró y ladró y ladró. Una hora entera ladró hasta que la doña le tiró agua hirviendo. “Ahí no etá la pera”, dijo un chico de 4 años. Hablaba de Elsa. Nadie vio cómo se escurrió entre las sombras de la noche, esquivando los autos y motos de los noctámbulos, y decidió reposar en el umbral de una casa. Era mi casa.

hernanvitenbergVILLAPARANACITO (3)Susana Giménez tenía un hueso que le salía por el lomo y la lengua seca afuera. “Es raza-Terbal: terreno baldío”, dijo la vecina de la cortada. No sabía lo que era un Canaan Dog. Si es un perro judío debe llevar la diáspora en la sangre. Cuando Ignacio, mi hermano, la arrimó al garaje, el plato de comida que la esperaba quedó transparente. Tenía los ojos fijos en el piso, atados, encadenados. Lo primero que pensó Ignacio fue: “viene del club”.

En esa época se volvieron comunes las Elsas. Solo que las llamaban de otra manera: Eva, apócope de evacuada. El nombre de la perrita que adoptamos lo puso el viejo, Héctor: El-salado-la-trajo. Hasta le hizo un par de canciones recordando su llegada pos-apocalíptica. Con el tiempo, supimos además que: el-salado-la-vistió-de-miedo y que el-salado-malo-le-dio-de-soñar. A veces, cuando toda la casa dormía, si alguno despertaba no era raro encontrarla así: apoyada en el piso, alternando el movimiento de sus patas, hacia adelante, como huyendo de algo. No era una pesadilla lo que marcaba su pulso. Movía una, dos, todas las patas como queriendo darle cuerda al viento. Como si estuviera combatiendo la corriente.

Habrá sido en junio que Santa Rosa volvió a ser la institución social y deportiva que fue antes de la inundación. En alguna de sus paredes quedó tatuado el llanto de ese chico que sabe que hoy no liga. Porque “hoy” nunca existió. Las ollas, vacías, perdieron su fondo de sarro y su voz de matrona. Dios nunca volvió a visitar la cucha de los humildes.

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VII. La grieta en el celular

Por Camila Frías. Santa Elena Entre Ríos.

Ana Oviedo apretó la pantalla del celular para fotografiar las grietas en la pared de su casa. Si esa barranca se seguía desmoronando, iba a tirar abajo la ilusión de criar a sus hijos en el mismo barrio donde había crecido. No imaginaba que en unos meses las cámaras llegarían directo desde Buenos Aires hasta ese preciso lugar.

Vino Clarín, vino Telefé, Malnatti estuvo en mi casa”, cuenta Ana, ya acostumbrada a las entrevistas. Un día, la grieta tomó fuerza y terminó de dividir la pared del dormitorio del bebé, el patio “se movió entero”, y su vecina se quedó sin casa. Horas más tarde el intendente, que había ignorado las fotos del celular, se cruzó con un periodista y dijo horrorizado: “Se nos va la ciudad”.

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Marzo y abril se ensañaron con el noroeste de Entre Ríos. Las barrancas que rodean a Santa Elena la protegieron de la inundación que, unos 15 kilómetros más allá, devastó a los habitantes de Paraje El Quebracho. Sin embargo, en el barrio Belgrano, la lluvia que tardó un mes en irse desencadenó lo que Ana tanto temía. Con bolsas de alimento para perros trató de contener la pared, mientras escuchaba cómo el agua caía y lograba deshacer ladrillo por ladrillo el hogar de sus vecinos.

Ahora es junio y Ana mira esperanzada a las máquinas que trabajan en el barrio para hacerle frente a la erosión del suelo, armando una contención provisoria. Sabe que tendrán que ser pacientes, porque la obra que les prometió el Presidente va a demandar “mucha plata y tiempo”. Pero todavía confía en su decisión de instalarse allí: “Por algo elegimos esta casa con mi marido”, concluye, negándose a permitir que por ese abismo se deslicen los proyectos familiares.

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VIII. Los inundados y los boliches

Por Justina Marengo.

Todo comenzó cuando a Rosa le negaron el módulo que le correspondía por ser víctima de las inundaciones, se lo negaron porque no había más. Junto  a otros vecinos que vivían la misma desolación armaron sus propios módulos, frente a sus casas para cuidarlas de los robos, a la vera del riachuelo Santa Fe, enfrente del boliche Island Corp en  la autopista 168. Son 20 las familias que permanecen autoevacuadas  y  ni siquiera figuran en la lista de la municipalidad, desprovista de cualquier asistencia.

Cuando llega la noche, el contraste se hace demasiado notorio. En los boliches, la fiesta continua sin preocupaciones, ciega, sorda y chillona. Como si el Salado no hubiera pasado sus límites, como si los evacuados no hubieran perdido sus casas, todo sigue igual.

Dos situaciones conviven en un mismo espacio geográfico: los inundados y los boliches; para la municipalidad: los boliches y los inundados, porque cuando el intendente advirtió la situación, no tardó en mandar a la fuerza policial y a la patota de la GSI  (Guardia de Seguridad Institucional) para echarlos. Hoy los autoevacuados persisten descartados de cualquier servicio municipal. “Ni luz, ni agua, ni baños. Cada uno tuvo que hacer su baño precario y su letrina. Y ahí nos bañamos. Trajeron un baño químico por equivocación y en plena tormenta lo quisieron sacar. Quizás el enojo del intendente es por el aspecto que damos frente a los boliches”, dice Rosa al explicar la presencia de la fuerza armada en los módulos que construyeron para pasar la mala racha.

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IX. Después vemos cómo reconstruimos la escuela

Por @ceciliafernandez. Esquina, Corrientes. Fotos: Alejandro Fossati.

EFA-Guayquiraró

Del otro lado del teléfono se lo escuchaba al Chino con la voz entrecortada, contenida. “Perdoname -me dijo- recién vine un rato a casa para pegarme un baño y seguir, acá me permito aflojarle. Es muy difícil todo esto, tenemos 50 centímetros de agua adentro de la escuela y familias viviendo arriba de las cuchetas”.

Sobre un papelito suelto mis manos anotaban lo que me decía el director de la escuela Guayquiraró: frazadas, calzado, medicamentos, ropa.

“Después vemos cómo hacemos para ayudar a reconstruir la escuela”, resonó fuerte en mi cabeza. Y siguió: “Todo, perdimos todo”.Aula EFA Guayquiraró

La Escuela de la Familia Agrícola (EFA) Guayquiraró está ubicada en el Paraje Rincón de Guayquiraró, en la localidad de Esquina, provincia de Corrientes. Trabajan 19 docentes y asisten alrededor de 90  estudiantes. Algunos de los chicos tienen unos 60 km para llegar, por lo que deben asegurarse un lugar en uno de los autos, camionetas o motos que hacen el viaje. Otros están a 15 km y lo hace en colectivo o a caballo, y unos 20 alumnos, viven cerca de la escuela.

En Corrientes, 17 escuelas conforman la Federación de EFA del Taragúi. Son escuelas secundarias de alternancia situadas en el contexto rural. Surgen por iniciativa de la comunidad, familias que ven la necesidad de que los jóvenes continúen estudiando sin tener que irse a la ciudad. Constituyen un proyecto educativo en el que estudiantes, docentes, familias y territorio son los protagonistas. Las EFA se basan en la Pedagogía de la Alternancia, que se caracteriza por alternar momentos de estudio y prácticas entre la escuela y el hogar del estudiante: 15 días en la escuela y 15 en la casa.

Guayquiraró no es la única escuela afectada por las inundaciones pero sí es una de las más comprometidas por las pérdidas que sufrió.

Hace unos días, junto a compañeros de la Juventud de Amsafe (Trabajadores de la Educación), del Centro de Estudiantes de la Facultad de Humanidades y Artes de Rosario y docentes y estudiantes de distintas carreras, salimos para Esquina con la chata cargada.

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El paisaje no era el mismo que había visto otras veces: el agua lo invade todo. Sobre las banquinas, la gente vive en carpas improvisadas o en las garitas de colectivo, que se convirtieron en pequeñas casas. “Campo adentro es peor, hay muchos campesinos aislados, lugares a los no llegás sino es con lancha”, dice Sandro (uno de los profesores) y continúa su relato: “nosotros entramos con el tractor de la escuela, dos días con ropa y otros tres con alimentos y agua. Nos organizamos de esta manera para optimizar los recursos. Lo más complicado es cuando hay chicos o gente enferma”.

Nos quedamos charlando un rato, sobre las lluvias, la cantidad de agua caída durante tantos días, los terraplenes que construyen las arroceras, los canales tapados por las entradas clandestinas a los campos. Con una retroexcavadora se fueron abriendo algunos de estos canales y el agua bajó. Los que estaban evacuados en la escuela pudieron salir y el agua también. Cuando volvíamos nos cruzamos con una tormenta amenazante. Esa noche llovió otra vez: cayeron más de 170 milímetros.

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X. Mucho río, poco club

Por Stefanía Bevilacqua. Paraná.

El río se comió el club. Lo escondió debajo de sus aguas, pero no justamente para salvarlo de algo. Lo maltrató, lo hizo sufrir y no sólo en lo que refiere a estructura edilicia, sino también a aquellas personas que hacen que tenga vida: los socios, el personal administrativo, los directivos, los profes. La crecida del Paraná no dio tregua, se guardó ese lugar que para muchos es como una segunda casa, pero para otros es un hogar. El río es un monstro insaciable, pero cuando todas las condiciones naturales se ponen a su disposición la monstruosidad es exponencialmente mayor.

Llegando al final de la costanera de la ciudad de Paraná, una curva pronunciada anuncia la entrada inconfundible del Club de Pescadores. Palmeras de pequeña estatura y arbustos adecuadamente podados adornan el primer tramo de ingreso a lugar de recreación, seguidamente existe un puente que posibilita la conexión con el resto del espacio. Debajo de aquella fuerte estructura de metal, que tiene sus barandas pintadas de blanco, pasa el río. Es el Paraná, siempre tranquilo pero cuando crece nada se le escapa. Y de eso supo muy bien el club que estuvo a merced de esas aguas marrones por varios meses.

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Fue en el verano cuando esas mismas aguas arcillosas que lo caracterizan, cubrieron por completo el ingreso al club, los arbustos que están en la entrada apenas si asomaban unas pocas hojas; del puente únicamente se podían distinguir los barrotes que conforman las barandas. Nadie podía entrar. El agua se había apropiado de ese terreno sin pedir permiso, como lo hace aquel que se apropia de lo ajeno sin tener conciencia de lo que puede generar. Ya ninguna persona que perteneciese a la institución podía decir “me voy a la pile” por el simple hecho de que estaba tapada, repleta, llena de río, de peces, de camalotes, de ramas, de botellas plásticas, de bolsas de basura. El club desbordaba de todo eso que el agua arrastró cuando avanzaba, sin hacer diferencias porque justamente, no sabe de qué se trata.

El club se perdió de muchas sonrisas durante varios meses de la temporada estival. Se perdió la sonrisa de esos niños que adoran jugar en la pileta o estar en el sector de la playa construyendo castillitos, de los jóvenes que en su mayoría optan por tomar sol para tener un tono tostado en su piel y de adultos que gozan de la pesca, de comer un asado con familiares y amigos o de los paseos en lancha por el Paraná.

El río se devoró el club en los meses que más vida tiene, y no tuvo piedad. Y aunque hoy, mes de junio, esa entrada está libre de la prisión de las aguas arcillosas, los recuerdos no se han ido. De los barrotes blancos aún cuelgan bolsas, botellas, zapatillas y ramas secas, el río sigue cruzando debajo del puente con mayor lejanía, pero eso no asegura que no vuelva a crecer. Todos tratan de poder volver a la normalidad que tenían antes de la inundación. Pero por desgracia nadie tiene el control sobre las fuerzas que ejerce la naturaleza.

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XI. A la madrugada

Por Jessica Imaz, desde La Paz, Santa Fe.

Héctor vive en La Paz, Barrio Luján, a 171 km  de Paraná, tiene cuatro hijos. El arroyo Cabayú Cuatiá desbordó y el agua entró a su casa. No tienen heladera, televisión, cocina, secarropas, muebles, colchones ni ropa. “Soy empleado público y puedo empeñarme y comprar lo que perdí, por suerte mi familia está bien, nadie tiene problemas de salud”, dice. Resistió el embate del agua en su casa junto a su esposa y a sus hijos adolescentes, a los más chicos Emiliano de 5 años y Camila de 6 los dejó en casa de familiares. No se autoevacuó por miedo a que le roben lo poco que les quedaba.

El agua entró con fuerza a las cuatro de la madrugada y arrastró hacia afuera juguetes de los chicos junto con sus mochilas completas de útiles escolares, destrozó el ropero, los guardapolvos, las zapatillas y los colchones. “Me da bronca todo lo que perdí. Era agua de lluvia y cloacas, superaba en altura a un balde de 20 litros. Mi mujer lloraba desesperada, a mis hijos los subimos arriba de las sillas, ellos también lloraban, nunca habían visto algo así, el varón de descompuso de los nervios”.

hernanvitenbergVILLAPARANACITO (23)Héctor usa una bota ortopédica a causa de un accidente que tuvo hace tres años, a la funda también se la llevó el agua. Hoy la poca ropa que les quedó  está en cajas y cajones. Al otro día le llevaron dos colchones y mercadería, después “se olvidaron, desaparecieron”. “No me alcanza, tengo que pagar luz, cable y comprar los muebles. Necesitamos ayuda”.

Los Aguirre hoy subsisten gracias a la colaboración de un amigo que les llevó un poco de mercadería. “Tenía algo de plata guardada y tuve que comprar zapatillas, mochilas y útiles a los chicos para que vuelvan a la escuela”.

En la Paz, en calle Alem 1386, sentado sobre un par de bolsas de arena que dejaron para frenar el agua que sigue acumulándose tras el temporal, Héctor posa junto un vecino y a Emiliano para un fotógrafo de un diario masivo de Capital Federal, no pierde las esperanzas: “Alguien nos tiene que ayudar. No me queda nada”.

 

XII. Frío en los pies

Por Evelyn Ríos. Barrio Vélez Sarsfield, Concordia, Entre Ríos.

Oscar Beguiristain tiene 85 años. Es de apellido vasco, pelo banco como la nieve y unas cuantas arrugas que el tiempo ha dejado en su rostro. Tiene una voz vivaz y eufórica. Y con ella relata su experiencia en el barrio Vélez Sarsfield de Concordia de donde tuvo que autoevaluarse.

Una mañana, Oscar se calzó la bermuda beige, la remera manga corta azul, las alpargatas y agarró la escoba con el objetivo de empezar su día. Cuando abrió la puerta de madera que da a la calle sintió que algo corría por sus pies escurriéndose y humedeciéndolos. Levantó la mirada y no lo pudo creer. Lo que el día anterior eran charcos que la lluvia había dejado, hoy habían vuelto de su hogar parte del río. El agua había subido centímetro a centímetro, día tras día en tan solo una semana. De todas maneras, como ya tenía la escoba en la mano, intento correrla, aunque ella siempre volvía hasta su puerta. Así estuvo un buen rato hasta que decidió llamar a su hija.

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En las noticias, el rumor de que el agua no pararía de avanzar comenzó a escucharse cada vez con más convicción. Por lo tanto, Oscar, tomó la decisión que no había tenido que tomar jamás desde el ´63. Y así, su familia lo llevó a otro lugar. Estuvo fuera de su casa veinte días, con miedo a no volver nunca y el temor de no volver a encontrarse con sus recuerdos, sus vecinos, con lo que simplemente forma parte de su identidad y de su vida. Algo tan simple como una foto podía ya no estar ahí cuando el volviera. Pero se fue. No sin antes admirara la capacidad de los niños del barrio para sacar de esa catástrofe la mejor parte.

-Yo los miraba desde la vereda, estaban en la calle. En 1 hora sacaron más de 10 mojarras – recuerda entusiasmado.

El barrio había cambiado por completo. Los autos que solían transitar las calles Lamadrid y Catamaca que rodean al barrio, se convirtieron ahora en canoas y lanchas que iban y venían con objetos de acá para allá. Las mascotas del barrio se eran ahora animales salvajes, víboras entre otros, que llegaban con los camalotes a cada hogar.

Oscar, pudo salir y por increíble que parezca, al regresar a su casa todo estaba intacto. Sin embargo, un recuerdo más y sin dudas uno de los más fuertes, perdurarán para siempre en su memoria como en la de tantos entrerrianos. Sabe que a pesar de todo, tuvo suerte. Pero no fue la misma que la de muchos de sus vecinos, que junto a él esperan todavía respuestas de las autoridades. Esperan algún día recuperar aunque sea un poco de aquello que se fue.

-El agua es así, avanza y se lleva todo – recuerda Oscar con su vivaz pero ahora tenue voz.

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XIII. Llamadas de auxilio

Por Fiorella Caballero. Barrio Nebel, Concordia, Entre Ríos.

Llegaron los rumores: esta vez el fenómeno del niño arrasaría con todo. Y así fue. Nos llevó hasta la navidad. Llovía sin cesar y con cada gota crecía el rio Uruguay, crecía la desesperanza y la tristeza.  En esa tarde lluviosa y helada de diciembre, sobre las precipitaciones se escuchaba el sonido del celular. Eran llamadas de auxilio.

A los amigos de Maximiliano les llegó el agua: perderían todo. Maxi fue a su casa en busca de ayuda. Los padres, con dos de sus hermanos, estaban viendo en las noticias lo que ocurría en la ciudad, acompañando con unos mates, como todo entrerriano. Esa tarde era especial entre la lluvia, el silbido del viento y el agua arrasando con los barrios cercanos solo quedaba socorrerlos.

La familia quiso ayudar. Maximiliano, con lo que llevaba puesto, un jean, el de todos los días, un buzo, zapatillas y piloto, fue a los hogares de sus cuatro amigos afectados. Con su F100 Ford, ruidosa, añeja  y con el techo lleno de goteras, con ansias de ayudar y desesperado con la situación como si los muebles, la casa, la familia fuesen propios llegó al barrio Nebel de la ciudad de Concordia.

hernanvitenbergVILLAPARANACITO (15)Era un coro de gritos entre familiares de pasame esto y te olvidaste aquello, llantos desgarradores de los bebés, ladridos y aullidos de perros abandonados en las casas. Desesperante.  Maximiliano bajó de su camioneta empapado, agobiado pero predispuesto. No sabía por dónde empezar, cómo ayudar. Se escuchaba que a los de la esquina el agua ya les mojaba las zapatillas, y sabían que en breve les llegaría. Entre todos,  defensa civil, gente desconocida pero bondadosa que fue a ayudar, otros amigos y familiares cargaban a la vieja furgoneta los colchones, algunos muebles, diplomas, elementos de trabajo. Mientras subían las camas comenzaron a sentir los pies mojados y el agobio de la lluvia sobre sus cuerpos, incesante y con cada vez más fuerza.

Entre ellos se alentaban, se escuchaba por ahí un “¡dale que falta poco!”, sabiendo que en realidad muchísimo estaba quedando. Que era más lo que la familia estaba perdiendo, conscientes de queque ya había que irse porque el agua llegaba a las rodillas y casi no se podía salir del lugar. Si o si habría que dejar lo que quedase. Perderlo. Dejar que el agua arrastrase ese collar hermoso de oro amado por la madre de Luciano, que venía de generaciones y generaciones. Dejar tu casa, nada más y nada menos. Tu infancia, tu identidad. Para que las cosas que no se perdieron, se distribuyan entre las casas de los amables amigos que te ayudaron y a los que el agua no les llegaría. Ir a vivir temporalmente o no a la casa de un pariente, ese que quizás no querés tanto pero que no le alcanza la inundación.  Y esos son de los afortunados.

Hay otros que les toca ir a centros de evacuados, donde se convive con gente desconocida, en escuelas o galpones, sin espacio suficiente. Donde el bebé de la familia de al lado no para de llorar en toda la noche. Dormir en el piso helado y quizás mojado por alguna que otra gotera, o porque mi compañera de aula dejó las ventanas abiertas para ventilar y se empapó el cuarto, hasta que lleguen los colchones que los solidarios concordienses donen.

Fueron entre cinco y seis días donde la lluvia no paraba, y cuando aparentaba que pararía se largaba con más fuerza. Al mismo tiempo crecía el río, más zonas inundadas. Más damnificados. Más desesperanza y desolación. Menos ánimos de festejo en una navidad que no fue navidad.  Ni para Maximiliano que no le llegó el agua, ni para su familia, ni para los afectados, ni para los que nunca les llegaría el agua. Muchísimo menos para los bomberos, policías y prefectos que se pasaron toda la noche atentos de una nueva crecida.

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XIV. Nico, vení a casa urgente

Por Revista Cortita y al pie, desde Barrio Alto Verde, Santa Fe.

La lluvia sigue igual de intensa como hace varios días, lejos quedó en mi memoria el recuerdo del sol. Mientras voy sumergiendo mi moto en los charcos que reflejan la oscuridad de la noche de Alto Verde, intento medir la profundidad de ellos sin éxito. De repente el celular suena y me hago a un lado del camino, freno la moto y atiendo. Era mi vieja.

–Nico, vení a casa urgente. La abuela no puede respirar. Hay que llevarla al dispensario.

Estoy a 15 cuadras de mi casa. El camino que falta está casi intransitable, avanzo aún más lento de lo que podría hacerlo a pie. La última cuadra tengo que empujar la moto, el motor ya no responde más. La situación es desesperante: ¿Cómo va a llegar la ambulancia hasta acá?

hernanvitenbergVILLAPARANACITO (13)Vivimos en la manzana 7 del barrio, desde el dispensario me piden que acerque a mi abuela hasta la 2, donde comienza el asfalto y desde ahí ellos pueden cargarla en la ambulancia. Me llené de rabia y casi mando al carajo a quién me hablaba desde el otro lado del teléfono, pero ¿qué culpa tenían ellos? El paupérrimo estado de las calles del barrio es el reflejo de la falta total de presencia del Estado en los barrios periféricos de la ciudad. Acá y en cualquiera de los suburbios alejados del centro, la situación se repite. Al final, la ambulancia no iba a poder llegar y mi abuela ya casi no respiraba.

Desesperado llamé a la policía y les pregunté si podían venir hasta mi casa con una de sus camionetas. El oficial me respondió que hasta acá sería imposible, que tratara de llevar a mi abuela hasta la esquina. Sin la ayuda de nadie, ni siquiera la de los policías que no atinaron a bajarse del auto, la cargué en mis brazos y la fui llevé, intentando no hundirme demasiado en el barro, no caerme y mirar donde apoyar los pies. Ya en la bocacalle  veo el parpadeo intenso azul de la sirena policial: llegué al móvil.

La abuela llegó al dispensario a pesar de las condiciones que tuvo que superar. La neumonía que sufrió semanas atrás, quedó en el pasado. Pero el mal estado de las calles del barrio no, eso es cosa del presente. Sólo falta que vuelva a llover y que otra señora necesite llegar al dispensario de salud, para que el sufrimiento y la desesperación se encarnen en la piel de otro vecino de Alto Verde.

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XV. Esto tiene que cambiar

Por Analí Acebal y María Teresa Schutt, desde Vuelta del Paraguayo, Santa Fe.

La Vuelta del Paraguayo es barrio que se encuentra ubicado en la costa del riacho Santa Fe, sobre su margen izquierdo, al noreste del barrio de Alto Verde y al sur de la ruta nacional 168. Se ubica en la zona de islas, porque en los últimos años sus tierras se han vuelto muy codiciadas para la explotación turística e inmobiliaria.

Es un barrio habitado por alrededor de 500 personas, aproximadamente la mitad niños y niñas. Son alrededor de 120 familias, muchas de ellas decendientes de los primeros pobladores que están construyendo este territorio hace más de 100 años.

Periódicamente el río crece  y la crecida se convierte en inundación para la Vuelta del Paraguayo, gracias a la falta de obras de los distintos gobiernos.

María es una mujer nacida en La Vuelta del Paraguayo. Sus 40 años, la vida compartida con su compañero y sus 4 hijos se encuentran atravesados por la construcción del territorio de La Vuelta y por la resistencia inquebrantable. María es una mujer de tes trigeña, el pelo largo y lacio y una sonrisa que destaca su calidez y sencillez. Es una de las mujeres del barrio que levanta constantemente su voz para denunciar las injusticias, defender su barrio y apostar a nuevas formas de vida. El agua entró a su casa a fines de diciembre. Se evacuó en la Casa de los Talleres, el Centro Cultural y Comunitario que construye Proyecto Revuelta, donde se desarrolla el Bachillerato Popular del cual ella forma parte como estudiante.

Ella cuenta en estos versos lo que vivó en estos 6  largos meses:

“Soy sólo un nombre entre tantos de los que hoy padecen las inundaciones.
Desamparo y dolor, pérdida y desolación.
Comienzo de un nuevo despertar con la ilusión de dejar lo malo atrás.
No dejarme caer, levantarme y luchar para demostrarles a todos que el poder no me puede avasallar.
Comenzar de nuevo aquí en mi lugar, de donde muchos creen que me pueden sacar, más allá del que sufre, del que hoy pasa necesidad, de los que perdimos todo, de los que no se callaran.
Una voz, entre tantas otras que pide a gritos:
Este es mi barrio, por él voy a luchar. Esta es mi tierra, mi vida, esta es mi identidad. Si no me pudo sacar el agua, menos el gobierno y los empresarios”.

 

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XVI. La Venecia de Entre Ríos

Por Kei Udrizard. Villa Paranacito, Entre Ríos.

Acceder a Villa Paranacito ya no es lo mismo, el camino es mitad asfalto, mitad tierra. Hay barro, agua, hay botes, ¿botes?

Carolina tiene que llegar a las siete de la mañana a la ruta 46, el bote que sale cada tres horas, apenas con un pequeño motor se adentra al centro de la ciudad. Las botas caña alta no alcanzan, hace frío… la situación no es buena.

Villa Paranacito pasó a ser la Venecia de Entre Ríos.hernanvitenbergVILLAPARANACITO (1)

Mientras se simula un paseo a lo Europeo, en bote y con remos, Carolina explica que las pasarelas que construyen los ciudadanos, a uno o dos metros del piso, son necesarias para desfilar sobre el agua. Algunas unen negocios, otras departamentos.

-Yo en casa todavía tengo algo de agua. Mi barrio es el mas inundable- dice Carolina.

Bajarse del bote, es dejar entrar agua en las botas, no es siquiera humedad lo que se siente en las medias, es entender que el agua no se va. Carolina vive en un complejo de departamentos de 2 pisos. El agua tapó el local, y ella sube a su departamento, agua en las escaleras, agua en las botas… agua, y más agua.

El bote municipal que traslada a los ciudadanos pasa cada tanto, a veces hay que subirse al que transporta la basura, porque otra no queda, hay que seguir laburando. Y además, porque caminar no se puede, el barro trasformado en arena movediza que te succiona hasta la rodilla.

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XVII. Sin vuelta al perro

Por @floma. Rosario del Tala, Entre Ríos.

La leyenda dice que en “Pozo de los cuatro”, uno de los tres paradores del balneario municipal Dr. Delio Panizza en la localidad de Rosario del Tala, Entre Ríos, murieron ahogados cuatro hermanos en el río Gualeguay intentando salvarse entre ellos. Eran hijos de la portera de uno de los colegios del pueblo y que por eso lleva ese nombre.

Independientemente de que “es un río muy traicionero” y que las obras estructurales que podría hacer el Estado nacional ayudarían a que la provincia de carácter insular dejara de padecer todos los años emergencias hídricas, los vecinos saben que “todos” los veranos un niño nuevo se ahoga en ese mismo lugar donde otros miles aprenden a nadar mientras sus padres se refrescan en la orilla.

Gisela Romero es periodista, tiene 41 años y no deja pasar este dato por más que desde su trabajo actual sólo se encargue de informar comunicacionalmente: “educar” a los entrerrianos para estar listos “antes, durante y después” de una situación de tal magnitud como lo es perder “todo” porque la crecida tapó tu hogar, tu bar y tu club.

Ella lo vio, lo ve. Debe acompañar al ministro de Salud entrerriano, Ariel de la Rosa, porque es directora del área de Comunicación del Ministerio de Salud desde enero y como empleada del organismo vivió no una, sino dos catástrofes que atacaron salvajemente su provincia y su pueblo de origen: Rosario del Tala.

“Hasta los dieciocho viví allá, uno de los pueblos donde en abril de este año se vivió el segundo pico más alto de inundación de la historia que tiene el río Gualeguay”, explica impactada por las circunstancias que ahogan gran parte de la geografía de Tala -una de las tres ciudades que recorre este afluente del río Paraná, uno de los mayores torrentes de la mesopotamia argentina-.

La gente “sabe que le puede pasar”, así es el pensamiento lógico. Pero, difícil es comprender que aquello con lo que uno se vincula día a día pueda llegar a quitarle todo. “Es más sentimental que otra cosa”, dice. Es como una de esas pesadillas que se repiten constantemente y de las que uno no se puede levantar.

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