Ignacio Montoya Carlotto: kilómetros con la música en la memoria

Foto: Mauro Rico/ Ministerio de Cultura de la Nación

Foto: Mauro Rico/ Ministerio de Cultura de la Nación

Por Soledad Castellano (@soledad)

La Plata, 4 de septiembre de 2017

Google indica que son 346 kilómetros los que separan Olavarría de la ciudad de La Plata. La comunicación se dará a esa distancia. La tecnología permitirá una entrevista telefónica con alguna que otra interrupción por pérdida de señal.

La charla comenzará a las 16.13. La primera impresión será la de un hombre bien predispuesto y con tiempo. Se lo nota amable y cálido, con fluidez en sus respuestas. En ese ida y vuelta, dejará conocer cómo es su risa, tocará algunas teclas para hacer sonar su piano quizás con la idea de dar fuerza a ciertas respuestas. Y lo logrará: la imagen será más fuerte para el receptor. También dejará oír el ruido del agua cayendo en lo que seguramente sería el mate que lo acompañó desde aquel sudoeste del centro de la provincia de Buenos Aires donde se crió y donde vive.

Casi tres horas durará la entrevista con Ignacio, el hijo de Laura Carlotto y Walmir Oscar “Puño” Montoya. Ignacio, el nieto de Estela y Hortensia.

DESCRUBRIMIENTOS

Buenos Aires, 26 de junio de 1996

“En tu corazón y en tu mente llevás todos los arrullos y canciones que Laura, en la soledad del cautiverio, susurró para vos cuando te movías en su vientre (…) Descubrirás que te gusta la ópera, la música clásica o el jazz (¡que antigüedad!) como a tus abuelos…”, dice un fragmento de la carta que Estela de Carlotto escribió por las dieciocho vueltas al sol de su nieto.

Dieciocho años cumplía Ignacio. Dieciocho años aún restaban hasta el encuentro. Dieciocho años para que esta misiva fuera tomada casi como un augurio.

***

-Tu abuela Estela, durante su búsqueda, supo hacerte una carta donde mencionó cómo sería ese descubrir del gusto por la música. Vos has contado que el amor por la música, hoy tu vocación, lo encontraste cuando tenías nueve o diez años, ¿Cómo fue ese momento?

-Las vocaciones le dan un sentido y rumbo a lo que uno hará de su vida. No solo del modo de ganarse la vida sino del modo de ver el mundo. Esas vocaciones, como es la mía, no se descubren un día y ya está, necesitan que sean puestas a prueba. Y uno debe poner a prueba lo que le gusta ser para saber si en realidad tiene vocación. Aún con las dificultades propias de la disciplina, toparse con la dificultad de ser tal cosa que quiero ser, las cuestiones que tienen que ver con el alrededor, sortear obstáculos para ser lo que se quiere ser. Cuando no es fácil ni tan fluido, uno pone a prueba la vocación.

Ese momento de mi niñez, de haber encontrado el hecho musical, no solamente es el objeto disparador de lo que yo quería ser sino también el retrato de una condición de vida muy austera que era cómo vivía en el campo: alejado, sin luz, sin agua corriente, sin ver televisión. Sin escuchar música, porque las radios que llegaban hasta ahí eran únicamente AM y tenían por rol dar servicio a la comunidad, entonces no pasaban mucha música y, cuando pasaban, era siempre la misma y poca. Por eso, al hecho musical no lo tenía muy presente.

Ver a un grupo tocando fue sumamente impactante. El contexto favoreció que así sea. Y yo, en ese momento, interpreté que algo de lo que pasaba ahí podía ser muy importante para mi vida. Después eso se transformó en mi vocación, cuando sorteé todos los espacios y comprobé que era lo que quería ser y hacer.

-Cuando hablás de las pruebas para descubrir y afianzar cuál es la vocación, pienso en ese niño que fuiste, que –según has contado– hacías kilómetros en bici hasta llegar al lugar de la lección y volvías a tu casa haciendo kilómetros con la música en la memoria para no olvidarte nada de lo aprendido. ¿Podría decirse que esas fueron unas de tus primeras pruebas?

Sí. Cuando yo vi esa música y me gustó tanto, quedé impactado. Me fui de ese baile, de esa primera vez que escuché música en vivo, pensando mucho, armando cosas en la cabeza. Y se me ocurrió la posibilidad, nació el deseo de aprender a tocar. Lo sugerí en mi casa y generó una especie de debate porque había muy pocos recursos, los básicos: comer, vestirse e ir a la escuela.

Tras eso, fuimos a hablar con un profesor y me dijeron de probar. Yo podía ir, me podían pagar la clase pero, como no había para la nafta, no me podían llevar. Entonces para ir a tomar mi lección tenía que hacer 15 o 20 kilómetros de ida y vuelta, dos veces por semana, en bicicleta.

Los hermanos Martell daban clases de música. Ellos vivían de tocar música en ese poblado cercano donde yo crecí en el campo, que se llamaba Colonia San Miguel. En una casa prefabricada funcionaba la sala de ensayo. Era la banda de música del pueblo y quien daba clases ahí era Omar Martell.

Había otros alumnos pero en mi clase estaba yo solo. Generalmente llegaba muy temprano porque iba con mucha ansiedad. El profesor me pasaba las cosas que iba a aprender ese día. Recuerdo que me enseñaba algo y lo tenía que retener en la memoria e irme cantándolo hasta mi casa, situada a unos cuantos kilómetros. Llegaba y podía prender un teclado y tocar un poco. Podía tocar muy poco porque no teníamos luz eléctrica, el teclado funcionaba con unas pilas grandes y carísimas, por eso podía tocar diez o quince minutos por día.

Era muy frágil la situación de aprendizaje. En la primera o segunda clase, me explicó muy por arriba cómo era el sistema de escritura musical y los nombres de las notas. Y yo tuve la sensación muy hermosa de que en esas dos clases había aprendido todo lo que necesitaba saber sobre la música.

-¿Cómo estas vivencias han influido al momento de crear tu música? ¿Cómo son esos instantes donde surge la composición de una pieza musical?

Nada de lo que viene, de lo que hay ahora en cuanto a mi acerbo musical, está separado de lo que descubrí en ese momento. Ya no tiene tanto que ver con el medio ambiente y sus características pero sí tiene que ver con una cuestión que aprendí estudiando música y que sigo aprendiendo a medida que la música me va enseñando cosas. Es eso de auto-comprenderse y entenderse a uno mismo, verse y observarse.

Conmigo estudiaba otro muchacho, sobrino de Omar -mi profesor. Además de ser su sobrino, vivía al lado, tenía luz eléctrica, todos los instrumentos y una característica maravillosa: su capacidad como pocas veces he visto de tener un oído musical infernal. Era un dotado y yo un voluntarioso.

Él tenía una gran capacidad de hacer algo que a mí me costaba mucho: sacar las canciones de oreja. Y en ese momento se usaba así, no había Internet, menos partituras. El material que me pasaba Omar eran cosas que él escribía, que también sacaba de oreja. Mi profesor también era un tipo con mucho oído. Todos los hermanos eran así. Pero el sobrino era una cosa de locos, un avión. Y yo era el voluntarioso, el sordito que iba a tocar cada tanto.

Lo primero que me pasaba era que él me enseñaba una cosa, yo iba, la practicaba y, cuando me salía, no sabía mucho más qué hacer. Entonces me di cuenta que me resultaba mucho más fácil inventarme mis propias canciones que sacarlas de oreja, lo cual era un problema porque él quería que yo desarrolle mi oído para poder escuchar mejor. Pero a mí me resultaba muy fácil componer. Se me ocurría algo y armaba una idea y con eso ya la podía tocar. Muy rupestre y rudimentario, pero me era mucho más fácil que sacar algo de oído, además sin los elementos, porque no teniendo pasacassette era más complejo todavía.

Creo que ahí nació la vocación de escritor musical. Eso sumado a que yo estaba solo en el campo. Buena parte de mi universo de niño funcionaba cuando me disparaba a crear, a inventar mis juegos y mis historias.

Cuando empecé a leer se me abrió un mundo gigante. Empecé a inventarme el mundo a través de lo que la novela me decía. Todo ese contexto quizás haya favorecido a que esté constantemente escribiendo música, que es lo que más hago: componer mucho y estar mucho en ese trabajo.

Para componer ayudó el medio ambiente y entender las fortalezas y debilidades propias. Hoy eduqué mi oído y ya no tengo esa dificultad pero me sigue resultando mucho más interesante tocar mi música que tocar la música de los demás. De hecho, no tengo casi grupo. Solamente uno que es un dúo de tango y no hay nada de composición ahí, es el único donde no hay música propia. En todos los otros sí estoy tocando mi música y, cuando no es mi música, la arreglo y toco como si fuera mía.

***

Argentina, 5 de Agosto de 2014

En un post mediodía invernal se conoció la noticia de que las Abuelas recuperaron al nieto 114. E inmediatamente se multiplicó la buena nueva: se trataba del nieto de Estela, el hijo de Laura Carlotto.

La piel de gallina, los cosquilleos en el cuerpo, los ojos brillosos, la emoción, son algunos de los condimentos de sentires que embriagaron el cuerpo de quienes empatizaron, defendieron y acompañaron la lucha de esta mujer de cabello ondulado y canoso que, por aquel entonces, ya llevaba treinta y seis años buscándolo.

***

LOS OJOS DE IGNACIO

La charla telefónica con Ignacio transcurre tres años y un mes después del día de su encuentro con la abuela. Narrará la historia vivida y sentida desde la piel del nieto. Abrirá su corazón para contar cómo fueron sus días posteriores. Y revelará un dato de color más que interesante: la modificación que sintió en su vínculo con la música.

-¿Qué te pasó cuando te enteraste que tu papá y tus dos abuelos tenían una relación con la música?

Mi abuelo y mi papá tocaban un instrumento. En la familia Montoya todos son músicos. Solamente cierta predisposición se transmite genéticamente. El resto es adquirido. Yo también podría haber sido otra cosa. Siento que lo que me pudo haber pasado en torno a esto es un descubrimiento más interesante para los demás que para mí. Mi mamá estudiaba historia y yo me la llevé todos los años. Hay una insistencia en la búsqueda de coincidencias que es más hacia afuera que hacia adentro. Me asombra cómo eso impacta en los demás.

Hay algo que tiene que ver en cómo se ha leído la historia desde afuera y desde adentro. Cuando se piensa en este encuentro, se piensa siempre en el lugar de las Abuelas, de mi abuela que me buscó más de treinta años. Para ella fue la resolución de una historia muy larga, con un final feliz. Para mí ese momento fue como una colisión en mi vida. Fue intenso.

Desde el 5 de agosto del 2014 pasaron dos cosas muy importantes en cuanto a mí y mi relación con la música. Primero, mi vida se aceleró muchísimo. Era como cuando te subís a un avión, está carreteando y levanta la potencia para tomar impulso. Así fue. Vivir con la espalda contra el asiento durante muchísimo tiempo. Eso hizo que tenga menos tiempo para otras cosas porque todo era muy acelerado. Ese sacudón que me sucedió hizo que se me cayeran algunas cosas que no estaban muy bien adheridas pero que evidentemente, cuando uno va creciendo musicalmente, va agarrando cosas que se te pegan como si fueran abrojos y van quedando, algunas forman parte tuya y otras no. Quedó lo más importante. Y muchas cosas que andaban dando vuelta por ahí -que quizás no eran súper sólidas ni necesarias para mi lenguaje musical- se cayeron a pedazos y quedó lo importante. Es un proceso que a veces lleva mucho tiempo pero fue rápido. La otra cuestión es que cambió mi relación con la música. Hoy solamente puedo relacionarme con la música de manera afectiva. Antes tenía otros ganchos, tocaba algo porque me resultaba atractivo técnicamente, porque me gustaba como sonaba, por decir “lo puedo tocar”. Ahora no. Ahora toco la música que quiero y esto no es desde el deseo sino desde el afecto. Hoy mi relación con el repertorio es netamente afectiva. No puedo tocar algo que no quiera afectivamente. Es raro para mí ahora. Y lo demás vino a sumar elementos poéticos a ese discurso.

-¿Qué significa el compromiso social desde el rol de músico?

Yo creo que un actor artístico tiene que estar en estricta correspondencia con la época. Y esto es una cuestión de trabajo estético, de conexión con lo que está pasando y eso no escapa para nada a lo que tiene que ver con el mundo en el que se vive. Las estéticas han ido retratando el mundo. Nosotros escuchamos la música barroca y nos lleva a esa época aunque no la vivimos. Las estéticas a lo largo de la historia de la humanidad han sido consecuentes en sus referentes con respecto a lo que estaba pasando en el momento, tanto desde el mitin artístico hasta las cuestiones sociales. Lo que pasa es que a veces no son explícitas, y las cosas que no lo son siempre se han perdido.

Creo que los artistas tienen que estar hondamente comprometidos con el momento que viven pero eso no implica que sean cronistas periodísticos. El hecho de que vos veas lo que sucede y que lo retrates en tu obra no te tiene que transformar en un reportero que en lugar de escribir la noticia, la canta. Uno tiene que retratarlo, decirlo pero con los elementos que uno tiene y yo el elemento que tengo es la poesía y la música, que es aún más abstracta que la poesía. Yo puedo dar mi apoyo, y de hecho lo hago y me mantengo en la misma línea de siempre.

***

-¿En qué proyectos estás ahora?

Estoy, como siempre, tocando mucho el piano. Y componiendo algunas cosas para un concierto que vamos a hacer a fin de año en el CCK, junto a la Orquesta Nacional Juan de Dios Filiberto. Siguiendo la presentación de un disco que grabamos con mi Sep7eto, tocando y prontos a grabar mi disco con el dúo de tango. Estoy trabajando también con un trío, estamos muy prontito a lanzar el primer disco de una banda de rock de Olavarría en la que toco y se llama Forasteros Blues. Y preparando una gira de piano solo, que me va a llevar por Estados Unidos, España, Egipto, Bruselas, Italia y Francia. Estaré todo noviembre y mitad de diciembre viajando. Acabo de terminar la música de una película de Sabrina Farji que se llama ‘Sobre reído, llorado’ -título tentativo-. Trabajando mucho, haciendo muchas cosas que me gustan.

***

Argentina, 7 de septiembre de 2017

El pibe que llegaba a sus lecciones de piano temprano, hoy es reconocido pianista, compositor y arreglador. El pibe que a esfuerzo hizo kilómetros en bicicleta para ir detrás de su sueño, hoy proyecta una gira por varios países. El pibe que a sus diez años descubrió que tenía que llevar la música en la memoria y agudizar su oído, hoy es un hombre que supo escuchar su voz interior y construir quizás la melodía más importante de su vida: La identidad. Ignacio Montoya Carlotto, un hombre con vocación de ser quién quería ser.

 

Entrevista realizada por Soledad Catellano para www.laperinola.net

LECTURAS RELACIONADAS

Deja un comentario