Hola señor Chuenga

chuengaaa

Por @juanantoniomartinez

Había concluido una jornada del taller literario de Hebe Uhart, que al decir de Fogwill, es la mejor escritora argentina.

Estela Getino, Mariano Pérez Gallardo y yo caminábamos distraídos hablando sobre temas vinculados a la escritura.

Un hombre se acercó a nosotros caminando en sentido contrario, y dirigiéndose a Estela, dijo:

—¡Qué Mujer hermosa, me deslumbró con su belleza! ¡Es la musa del universo!

Luego, como yo había asentido, dirigiéndose a mí, habló así:

—Se nota que este hombre es un caballero —y me preguntó— ¿Sabe quién soy yo?

—No lo sé, si usted me ayuda…

—Soy el hijo de Chuenga.

Chuenga, tierno y dulce personaje porteño. ¡Cómo olvidarlo! Sorprendido le agradecí y me acerqué aún más para afirmarle:

—Yo le compraba caramelos a su papá cuando estudiaba en el Otto Krause entre los años 1954 y 1956 —y le di la mano. También Estela le extendió la suya.

—Mi padre se llamaba José Eduardo Pastor, pero todos lo conocían como “Chuenga” al igual que a sus caramelos. Yo también soy vendedor ambulante como era él.

Algo dijo referido a Eva Perón que no recuerdo bien. No estoy seguro si dijo que Evita le había comprado caramelos para repartirlos desde su fundación, si ella apoyó económicamente a su micro-emprendimiento o las dos cosas.

El hijo de nuestro querido Chuenga nos contó que su padre había fallecido en 1984.

Chuenga llegó a convertirse en un personaje querido y conocido por los habitantes de Buenos Aires. Vendía caramelos que él mismo fabricaba junto con su esposa Victoria Strozzo. Chuenga es una deformación del dicho inglés, chewing-gum, “goma de mascar”, y que él anunciaba al grito de “chuenga, chuenga, chuengaaaa”. El era dueño de una simpatía sin igual, vendía los dulces por puñado, metía la mano en el bolso y lo que sacaba costaba cinco centavos.

El precio fue cambiando con el tiempo.

Los ofrecía en los espectáculos deportivos -partidos de futbol, veladas de box, etc.-, en parques, frente a la escuela Industrial Otto Krause y al colegio Mariano Moreno; lugares, donde era garantizado ver la figura del inolvidable Chuenga. Allí estaba firme, infaltable, hiciera frío o calor. Era reconocible a la distancia por sus tricotas gruesas en invierno, o remeras de variados colores con rayas horizontales, o los sábados, vistiendo un traje negro entallado impecable, con camisa negra y zapatos acharolados.

El fortuito encuentro con el hijo, me trajo muchos recuerdos de Chuenga. El hombre tiene la misma verba que su padre y el vestir elegante, como su progenitor. Llevaba un traje gris oscuro, saco y pantalón de noche, camisa negra impecablemente planchada y corbata moulins negra con óptica satinada con un nudo fuerte para que no se aflojara. Aunque el pelo era un poco largo, iba muy bien peinado y unos zapatos negros con una gran punta de charol. Se destacaba en él, la elegancia y el buen gusto.

Recuerdo cuando Chuenga aparecía en algún partido de fútbol. Era el tiempo que Borocotó acuñó el apodo de “La Máquina” al equipo de River Plate, a Boca Juniors le decían “Xeneize”, que significa Genovés y a Racing Club lo llamaban “La Academia, El Primer Grande”. Mucho tiempo creí que cuando aparecía Chuenga el sonido de las matracas, los tambores y los cohetes aumentaban el sonido en su homenaje. En el estadio de Racing Club se podían oir los cánticos: “en el este y el oeste/ en el norte y en el sur/ brillará blanca y celeste/ la Academia Racing Club”.

Chuenga irrumpía en las canchas de fútbol y subía ágilmente las tribunas ofreciendo lo que los jóvenes considerábamos un manjar. Siempre se las ingeniaba para saludar al Presidente Perón que frecuentaba esa cancha de fútbol.

Los racinguistas estaban agrandados también, porque habían ganado tres campeonatos seguidos a partir de 1949 y porque en 1951 se había utilizado el lugar para los actos de Inauguración y Cierre de los Ios Juegos Deportivos Panamericanos.

Chuenga era un hombre alegre con una labia que cautivaba. Era agradable escucharlo.

A veces tenía anécdotas o chistes graciosos. Recuerdo que un día contó que había ido al Primer Festival Internacional de Cine de Mar del Plata.

—Fue fantástico —dijo—. Luis Sandrini me firmó el autógrafo. ¿Sabían que él está casado con Malvina Pastorino? ¿Saben cuál es la nacionalidad de ella?

Uno dijo peruana, otro insinuó que podía ser italiana.

—Es argentina, por supuesto —afirmó.

—¿Cómo, por supuesto? —dijo uno.

—Porque las Malvinas son argentinas —afirmó con una sonrisa contagiosa—. En Mardel conseguí como veinte autógrafos.

—¿De quienes? —preguntó un compañero mío.

—No recuerdo a todos —repuso—, pero puedo dar algunos nombres; Tita Merello, Carlos Cores, Fanny Navarro, Olga Zubarry, Amelia Bence…

—¿Y extranjeros? —repreguntó.

—…Iris Marga, Luis Sandrini, Narciso Ibáñez Menta y Juan Carlos Thorry entre otros.

—No dijo quiénes eran los extranjeros —reiteró mi compañero.

—¿Extranjeros? Bueno, Joan Fontaine, Errol Flynn y Gina Lollobrigida  —dijo—. No recuerdo más, pero te puedo decir que todo fue un éxito gracias a Perón, desde que creó el Instituto de Cine, se comenzó a hacer películas históricas, policiales, comedias y de suspenso. Ah, me olvidaba de Edward G. Robinson,  que fue el único  actor extranjero que me habló en castellano cuando le pedí el autógrafo.

—Usted es un libro abierto —le dije.

—Vos debés ser jujeño o salteño por la tonada —. ¿No?

—Jujeño —le dije— ¿Por qué?

—Yo soy amigo de un comprovinciano tuyo —dijo—, el poeta Domingo Zerpa que vive por Floresta.

—Yo soy amigo de las hijas y a veces me invita a su casa —dije.

—“Agüita de lluvia,/ milagrosa agüita de Nuestro Señor,/ cada gota tuya/ vale más que todos los deshilachados versos que hago yo” —dijo sonriendo—. Nos fuimos por las ramas ¿Qué habías dicho antes?

—Que usted es un libro abierto.

—Querido —dijo—, lo que pasa es que todavía hay gente que cree que un laburante es un tipo ignorante, pero yo leo y me informo mucho cuando vuelvo del trabajo a casa. Si te interesa, te puedo contar sobre los libros que leí de Borges, de Augusto Roa Bastos que acaba de publicar El trueno entre las hojas. Te lo recomiendo leer.

—No he leído nada de Borges —pregunté—. ¿Qué tal es?

—Es un tipo contradictorio, pero excelente escritor —dijo—. Fue un luchador hasta el 35, pero creo que su amigo Bioy lo convenció de hacerse amigo del comisario. Ahora es el hermano gemelo del viejo Vizcacha.

Ese fue un episodio que me ayudó a interesarme por la lectura de la narrativa y, por supuesto, junto con la química que ya venía haciendo. Si hoy viviera, le diría gracias. Era evidente de que lo había leído a Zerpa.

En una ocasión alguien le preguntó si le iba bien con la venta de Chuenga y él respondió así:

—¿Cómo quiere que me vaya, si el país progresa como nunca?

—¿Usted lo cree? —interrogó el interlocutor.

—¡Cómo no lo voy a creer si los pobres como yo tenemos como rebuscárnosla, tenemos trabajo y hay  ciento cincuenta y cuatro mil industrias dando laburo! Vos por qué creés que Perón sacó el sesenta y dos por ciento de los votos, porque los laburantes tenemos derechos y los niños son los únicos privilegiados.

Tenía razón, Chuenga. Los sectores populares habían sido incorporados al uso de bienes y servicios como al de los nuevos espacios del ocio, la televisión, el cine, el fútbol y el tango. La televisión en la Argentina se había iniciado en 1951, transmitida desde LR3 Radio Belgrano. Los locutores radiales Guillermo Brizuela Méndez, Nelly Trenti, Nelly Prince, Adolfo Salinas, Pinky y Antonio Carrizo se convirtieron en las primeras figuras de ese medio. El cine fue la diversión por excelencia de las clases beneficiadas por los cambios introducidos en la Nueva Argentina de Perón. Al igual que el festival internacional de cine,  los primeros juegos deportivos panamericanos, el año 1954 nos había dado muchas satisfacciones. Nuestro Pascualito Pérez había logrado el título mundial de boxeo en la categoría mosca en una pelea con el japonés Yoshio Shirai; Fangio se había consagrado nuevamente campeón mundial de Fórmula Uno, Dante Emiliozzi triunfaba en las Mil Millas y el Presidente Perón produjo un hecho de gran significación histórica al entregarle al gobierno del Paraguay los trofeos obtenidos por los paraguayos durante la Guerra de la Triple Alianza.

Yo había terminado los estudios a fines de 1956 y en los albores de 1958, después de cursar un año en la Universidad Nacional de La Plata tuve que presentarme en el estadio de Racing Club por la revisación médica obligatoria para hacer el servicio militar. Ahí estaba Chuenga en medio de una multitud de veinteañeros, ofreciendo su rico manjar.

—Hola señor Chuenga —le dije al acercarme—. ¿Se acuerda de mí?

—¡Claro que me acuerdo! —afirmó.

—¿En serio?

—Sos uno de los pocos que me dicen “señor  Chuenga” y tenés esa tonada jujeña inconfundible, igual a la de mi amigo Zerpa, ese gran poeta.

—¿Cómo le está yendo —le pregunté.

—Nadie ha comprendido igual las penas de la nación, nadie con más corazón nos libró de tanto mal nadie como Juan Perón, Presidente y General… —dijo con cara de tanguero cantando “Mi noche triste”—. El país se está endeudando de nuevo, Avellaneda se está despoblando de fábricas y los milicos, después del alzamiento del 9 de junio de 1956 que intentaba restablecer la democracia, pasaron por las armas a veintisiete personas.

—¿Me vende un  puñado, por favor? —le pedí.

—Tomá —dijo metiendo la mano dos veces en el bolso.

Era una delicia masticar esos caramelos artesanales que se pegaban a nuestros dientes, blancos y jaspeados, envueltos en papel y torcidos en los extremos.

Gracias a su personalidad y atuendo original llegó a ser muy popular durante décadas. Diferentes artistas utilizaron su figura como parte de sus trabajos. En la revista Mundo Argentino aparecía en alguna de las ilustraciones cómicas como personaje secundario, de fondo, vendiendo sus caramelos al grito de Chuengaaa. También fue aludido en distintas letras de tango y en poesía lunfarda.

A quienes lo conocimos –él nunca supo quiénes éramos sus clientes– dejó el recuerdo de su pregón y su simpatía. Fue un personaje familiar del Buenos Aires de antaño.

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