Historia de amor devenida en secreto de estado

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Por @floma.

Ciudad de La Plata, 29 de noviembre de 1945: el General fastidiado y encerrado con sus custodios en la Casa de Gobierno. A pesar del silencio de los familiares, la absoluta reserva religiosa y todas las precauciones tomadas, la noticia de que algo importante iba a suceder en la Parroquia San Francisco de Asís fue comentada por el diario “El Día”. Se presumió, incluso, de un posible atentado.

Quería casarse de manera íntima, mantener en secreto uno de los grandes momentos de su relación amorosa, pero una multitud le impidió llegar a la Iglesia en donde su amada lo esperaba, a metros del altar, viendo pasar el tiempo con una lentitud exasperante.

Fray Pedro Errecart, hermano lego de la orden franciscana, que se encontraba también dentro del templo, al enterarse de la fuga del marido, salió de la Iglesia, se subió a un coche y fue a su encuentro.

Entró en la Casa de Gobierno a los tropezones. Sorteó a los custodios y dio con el General que estaba sentado atrás de un escritorio mirando por la ventana. El monje, sin vueltas, confrontó al robusto y cincuentón general: “Si usted no se casa en este país de católicos, como se lo dije ya tantas veces, no creo que progrese ni vaya muy adelante”.

Las palabras del fraile resonaron en la cabeza del fugitivo por unos instantes. El General sonrió y se aflojó el nudo de la corbata. Aunque hasta hace unos días jamás había tenido preocupaciones religiosas, captó la importancia del enunciado.

Sabía que el poder eclesiástico presionaba y lo seguiría haciendo en caso de no concretar esta situación -los líderes religiosos estaban disgustados por el prolongado y notorio concubinato con su viejita-. Asimismo, el militar sabía que casarse por Iglesia le daría acceso al poder nacional –desde el 17 de octubre que estaba convencido de su posición frente al pueblo y su apellido se coreaba por las calles de los barrios bonaerenses-. Además, aunque llevaban un mes y siete días de casados por civil, comprometiéndose de esta manera eliminaba de manera total la situación de desamparo que tenía su chinita querida.

Aceptó las palabras del religioso pero impuso una condición: ni este ni su amada sabrían cuándo sería la próxima fecha. “Se van a enterar una hora antes”, dijo y suspiró.

Desde que estuvo preso en la isla de Martín García entre el 13 y el 17 de octubre se decidió por enfocarse en su mujer. Nada le preocupaba tanto como el bienestar, la salud, la tranquilidad y el futuro de su adorada –como le escribió en su carta al segundo día de estar detenido: “Si sale el retiro, nos casamos al día siguiente, y si no sale, yo arreglaré las cosas de otro modo, pero liquidaremos esta situación de desamparo que tú tienes ahora”-.

Para aquellos tiempos la pareja simbolizaba una unión nada convencional y bastante transgresora que sólo se podía entender de dos formas un tanto contradictorias.

Por un lado, se veía a Juan Domingo Perón convertido en uno de los militares más respetados del ejército argentino, ofreciéndole “respetabilidad” a través del matrimonio legal y religioso a su compañera -la actriz con quien convivió en el edificio de la calle Posadas 1567 entre Avenida Callao y Ayacucho, Ciudad de Buenos Aires-.

Por otro lado, se notaba que el también líder, a pesar que para sus colegas cometía la más grave ofensa para la imagen de la institución a la que pertenecía, no estaba incómodo en su evidente noviazgo. Él, que además era conocido por su facilidad para el abrazo y por una permanente sonrisa, no perdía su humor. Se burlaba constantemente del qué dirán y se animaba a decir: “Me reprochan que ande con una actriz… ¿Y qué quieren, que ande con un actor?”.

En cuanto a la posición de María Eva Duarte, que también era el blanco de todas las miradas, antes de comprometerse, con esa carta de amor y con el reencuentro en la madrugada del 18 de octubre había comprendido que podría transformarse en la esposa de un candidato a la Presidencia de la República Argentina.

Así se lo confesó a su hermano, Juan Duarte: “Es mucho más de lo que me atreví a soñar”. Lo único que ella quería por ese entonces era estar con Perón, todo el tiempo, para siempre; y justificó su decisión de renunciar a todo sin intentar resistencia alguna.

Él la amaba, era un buen partido y la había elegido a ella para acompañarlo. Era suficiente y por eso, debía darse por muerta para renacer como la mujer del General. Dejar a la actriz para convertirse en un gorrión y jurar su lealtad eterna ante él y su causa.

Si bien su aspecto había cambiado en los primeros meses del año –su cabello oscuro ya era de un tinte rubio permanente, se vestía con atuendos que le confeccionaba un modisto y sus uñas eran cuidadas por una manicura-; debía borrar los rastros de su verdadera identidad.

Primero, cambió su nombre: María Eva Duarte sería el definitivo. Éste, no era más que una combinación entre su nombre de pila, Eva María Ibarguren; el que eligió su madre para documentarla en el colegio primario de Junín, Eva María Duarte; y el nombre con el que decidió llamarse al llegar a la Gran Ciudad, Eva Duarte.

Luego, escondió su condición de hija natural. Nacida el 7 de mayo de 1919 en Los Toldos, provincia de Buenos Aires; era la última hija fruto de la relación extramatrimonial entre Juan Duarte y Juana Ibarguren. De este modo, en los días previos al enlace civil, ocurrió un hecho curioso: el acta de nacimiento de Eva fue arrancada violentamente del registro de Los Toldos correspondiente a 1919 y, en su reemplazo, en Junín, se reprodujeron cuatro actas de nacimiento.

Uno de esos documentos era del mes de mayo de 1922 y llevaba el nombre de María Eva Duarte, hija legítima y de domicilio de pertenencia en la calle José Arias 171 -donde vivía doña Juana en Junín-.

Así fue como el compromiso por civil, una ceremonia realizada con la mayor sencillez, se concretó el 22 de octubre frente al escribano Hernán Ordiales y que constó en el acta inscripta en el Libro de Matrimonios, año 1945 y folio 182 del Registro Civil de Junín –un documento en el que no sólo abundaron los datos falsos de Eva sino también los de Perón respecto a su edad y estado civil-.

Un mes después, el 29 de noviembre, dispusieron consagrar su unión matrimonial ante Dios, en virtud de la intervención de fray Pedro y el oficio del jesuita Hernán Benítez –que acompañaban a Perón desde 1943-. Sin embargo, ese día, la pareja que había viajado por separado desde Barrio Norte a la Ciudad de La Plata para prestar juramento frente el altar de la Iglesia franciscana, pospuso el compromiso por la multitud que invadió la cuadra y por la negación del General.

El 10 de diciembre fue el día indicado: la provincia de Buenos Aires amaneció templada, la temperatura y la sensación térmica aumentaron a medida que corrió la mañana de primavera y los matutinos informaron que el acto de la Unión Democrática había dejado como saldo cuatro muertos y que dos personas habían sufrido heridas por una colisión entre dos automóviles.

Por la tarde, fray Pedro recibió el llamado esperado. Esta vez, habló ella: “Hoy, Pedrito”. Un mensaje breve seguido por un corte en el teléfono. Asumido en su misión como de agente secreto, el monje franciscano preparó entonces la Iglesia con flores blancas y convocó a sus hermanos religiosos para la ceremonia que se celebraría a la noche.

El sol se puso alrededor de las 20 cuando la pareja que viajó desde la Capital, se acercó a la Parroquia en La Plata. Eva vestida con un traje corto de sastre con flores estampadas y el cabello caído sobre los hombros. Perón, en un impecable ambo claro y peinado a la gomina.

Se confesaron dentro del templo con el padre Fidel Rossell y con el padre Bernardino Bermúdez –respectivamente-; y bajo la luz de la luna nueva se casaron a las 20.25. La segunda ceremonia casi clandestina en la que también, sin contar a los religiosos, pocos fueron los que presenciaron y aplaudieron el acontecimiento.

Entre ellos, además del franciscano, estuvieron presentes los confesores; los frailes José González, Avelino Paz y Nicolás Lecouna; el asistente diácono Carlos De La Fuente; y el párroco y superior de la casa, Francisco Sciammarella, que presidió el casamiento.

Los padrinos de boda fueron doña Juana Ibarguren y el Teniente Coronel Domingo Mercante, íntimo amigo del matrimonio –también testigo del civil, de innumerables encuentros de la pareja en sus dos años de concubinato y muy cercano a Perón en su círculo militar-. Los demás partícipes, los hermanos de Eva: Blanca, Elisa, Juan y Erminda.

Aunque fue una pequeña y austera ceremonia de menos de media hora de duración, tanto los novios como fray Pedro eran toda emoción. Para finalizar, el fraile rezó un Padre Nuestro y pidió al Señor para que Perón fuera Presidente. Los tiempos apremiaban: el Gobierno Nacional asumió el compromiso del llamado a elecciones a efectuarse el 26 de febrero próximo. En pocos días el General debía presentar su fórmula presidencial y al mismo tiempo, planear una gira proselitista con el fin de visitar algunas provincias del país.

La esposa recibió como regalo un collar de oro con un broche en forma de flor. Así se fotografiaron. Ambos sonrientes, él a la izquierda y ella a la derecha. Ella que soñaba con ver su nombre brillante hasta en el cielo, finalmente convertida en María Eva Duarte de Perón –o como ella quería llamarse, Evita Perón-; mientras que él, viudo de su primera esposa Aurelia Tizón, podría disfrutar de todos los beneficios del Poder Ejecutivo si consiguiese el mando a través de las elecciones.

El festejo siguiente fue simple, sólo una pequeña reunión acompañados por los invitados en la Gran Confitería París sobre la Avenida 7 y calle 49. Después, el matrimonio partió a una quinta en la ciudad de San Nicolás, provincia de Buenos Aires, –residencia donde solían pasar los fines de semana cuando no se escapaban a la quinta de ambos en San Vicente-, y que pertenecía al abogado y amigo de Perón, el Doctor Román Subiza.

La historia de amor entre el General y la actriz quedó sellada como secreto de Estado, escondida en esa Parroquia de estilo neoromántico ubicada sobre la calle 12 entre 68 y 69. Un templo católico que se construyó a fines del siglo XIX por el Ingeniero Santiago Botillana y que en momentos del compromiso se encontraba en plena refacción -los pisos todavía no tenían baldosas, sólo estaba el contrapiso y se acaba de inaugurar la torre principal ubicada al frente-.

Tanto el enlace civil como el religioso no fueron apuntados por los diarios locales. Tampoco se publicó al día siguiente en los matutinos nacionales. El único documento que testificó la unión religiosa quedó registrado en el Libro de Matrimonios de la Parroquia San Francisco de Asís de La Plata, expediente número 2937 y firmado por el párroco Sciammarella.

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