Hermanos motociclistas

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Por @anitaaliberti
Fotos: Fernando Ghersi.

Llovizna y sobre las tejas negras de la sede de la agrupación de motoqueros Los Lobos flamea una bandera argentina despeluchada. Quince tipos esperan al lado de sus motos a que llegue el micro del comedor Dar por nuestros hijos. Algunos visten chaleco de cuero, jeans y botas texanas; otros, pantalón militar y borcegos, pero la mayoría usa barba y lleva a una novia de la mano. Un colectivo de la línea 39 dorado que dice Chacarita-Barracas estaciona y las puertas se abren, y un pelado baja con aire solemne. Ni bien lo ve, el público rompe en un aplauso. Es Pablo, el líder de Los Lobos. Viste sencillo, sin más cuero que su chaleco de la agrupación, una remera negra y unos jeans al cuerpo, que lo hacen ver más joven.

-Ellos son del comedor Dar por nuestros hijos-, anuncia con voz ronca y el público apluade, silva, ovaciona.

Los 28 nenes bajan despacio, algo asustados. Ninguno llega a los 10 años. Caminan tímidos sin quitar la vista de los motoqueros.

Pablo señala la puerta con los brazos abiertos:

 

-Ella es Victoria, la referente del comedor.

 

-¡Diosa!-, gritan del fondo y ella levanta apenas una mano para saludar. Ni bien la ven, los chicos se le prenden. La abrazan o le agarran un cacho de ropa y así se quedan, al reparo de su cuerpo grande y acogedor.

 

-Ay, no sabés la alegría que me das– gritó Victoria una semana antes cuando se enteró que iban a ser el primer comedor invitado al Almuerzo solidario. Pablo puso en altavoz la llamada mientras le daba la noticia.

 

-No tenés nada que agradecer, esto no es política: lo hacemos todo de buena onda, todo solidariamente.

 

Los Lobos organiza dos almuerzos por mes para los comedores más carenciados de la ciudad. El menú parece el de una casita de fiestas: hamburguesas con fritas y gaseosa, helado de postre, de souvenir un muffin y una bolsita de caramelos, todo con un dibujo de lobo rugiendo, el logo de la agrupación. Los chicos almuerzan en el garaje, un tinglado negro con piso de canto rodado. Sobre el mismo escenario donde las mujeres acaban de tender dos tablones, los fines de semana tocan bandas como La Rastrojera, un trío que hace temas propios pero canta igual que Pappo.

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-Moni es la próxima ascendida-, dice Pablo, todos se ríen. Moni también, y sigue sirviendo gaseosa en unos vasitos de papel.

 

Moni es la novia de Fede, un Lobo y la única mujer de la agrupación. Lleva el pelo atado, la cara lavada y una remera negra debajo del reglamentario chaleco de cuero. Casi no durmió para tener todo listo: los muffins, las tortas, el cotillón y los juegos.

 

-Después de comer va a venir una murga-, dice Pablo por el micrófono. Los chicos se emocionan, aplauden, gritan. -Una murga son unos que bailan y cantan.

 

La que vende la carne a los motociclistas no pasa los 20 y no lleva chaleco. Es alta, rubia, culona y los tipos de la fila no le sacan los ojos de encima. Un canoso que la dobla en edad se le acerca, le pega una palmadita en el culo; “chac”, suena el jean. La chica sonríe. “El machismo en el ambiente de las motos no existe”, dice Pablo. “Si unas locas quieren ponerse un club que se llame Las malas de Longchamps y emborracharse y acostarse con cualquiera, pueden hacerlo”.

 

Los Lobos funciona en un chalet alquilado de Tolosa, diez cuadras afuera del casco urbano. No se distinguiría en el barrio clase media si no fuera porque es todo negro: las rejas, las tejas, hasta las paredes. Al frente, un pino y tres carteles gigantes casi tapan la fachada: “Bienvenidos hermanos motociclistas”, “Centro cultural Los Lobos”, “Dormicentro solidario”.

 

-Los puse porque en el barrio las viejas piensan que esto es un bulo-, dice Pablo y se ríe mostrando los dientes chiquitos en una cara grande y blanca.

 

Pablo tiene 50 y pasó más de la mitad de su vida sobre una moto. Dice que se convirtió en un Lobo por accidente, hace 10 años. Fue a ver una banda al Roxy con una chica y al pié del escenario un grupo de pibes hacía pogo agitando una bandera. Pablo les pidió ‘por favor’ que la bajen; una, dos, tres veces.

-Flaco, no puedo ver.

 

-¿Y a mí qué me importa?-, dijo el pibe y siguió en su fiesta. Pablo esperó. Cuando el chico estuvo desprevenido, lo atrapó con su remera. Lo pegó contra su cuerpo, como abrazándolo y empezó a saltar.

 

-¡Paraaaá, flaco!¡Soltaaaaame!

 

-¿Viste qué feo es no poder ver?

 

A la salida se le acercaron unos musculosos a felicitarlo: eran Los Lobos de Mercedes, la casa madre. Pablo comenzó a ir a las reuniones y a los cinco meses obtuvo su primer chaleco, un récord: el promedio para conseguirlo es de dos años y hay que hacer una pequeña carrera para ganarse “los colores”, como lo llaman. Si te mandan de seguridad de un evento, tenés que ir. Si te mandan a descargar equipos, lo hacés. Si te mandan a limpiar los baños químicos después de un festival, lo hacés. “Cualquier cosa por los colores”, repiten todos. Cuando el chaleco se gasta, se lo enmarca en un cuadrito. Es un mérito haberlo gastado, un título universitario de la calle.

 

Las agrupaciones como Los Lobos son horizontales: no tienen reglamento aunque sí jerarquías. Pero los clubes de motos o MC, como los Hells Angels se rigen por un estatuto ‘secreto’ y tienen tres categorías de socios: el ‘miembro’ o ‘escudo’, el ‘prospect’ o ‘medio escudo’ y el ‘hang around’ o ‘esclavo.

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La mañana del 14 de mayo de este año, los Hell’s llegaron al cruce de la Ruta Nacional 5 y la Provincial 47 y bajaron la marcha de sus Harley Davidson. No lo sabían pero Los Tehuelches los esperaban en esa rotonda, a la entrada de Luján. Los Tehuelches escucharon el inconfundible sonido de las máquinas enemigas y apenas los tuvieron a tiro, dispararon. La balacera duró quince minutos y dejó cuatro heridos. Los medios titularon “guerra de motoqueros” y hablaron de “grupos ultraviolentos, de fanáticos a quienes poco les importa la vida del prójimo”. Fue el primer antecedente en el país, aunque en Estados Unidos los Hell’s Angels representan más al crimen organizado que la contracultura: el departamento de justicia los define como “delincuentes”.

***

-¡Motociclista! Motoqueros son los que reparten piza.

 

Juan Carlos es un cincuentón petiso, morocho y con barba candado gris, a lo Hulk Hogan. Tapa la pelada con una bandana negra y su chaleco de tela está lleno de “parches de amistad” que le regalaron las agrupaciones amigas. Él y su amigo Emilio están formando Moteros Solidarios Independientes de La Plata Berisso y Ensenada. Los domingos, los moteros viajan a Punta Lara, la costa de Ensenada, o “agarran ruta” hasta Monte. Pero cuando no tienen plata -casi siempre- terminan en Los Lobos.

 

Juan Carlos es enfermero y en la semana recorre 16 kilómetros con su moto para llegar al único trabajo que le quedó, en la salita 16 del Barrio Obrero de Berisso. Le pagan 10 pesos la hora y trabaja de 12 a 6 am. “Yo sigo adelante, no bajo los brazos”, dice. Hace cinco años quedó viudo con una hija adolescente y un bebé.

-Él sabe que mamita está en el cielo.

 

-Mamita está en el cielo-, repite Francesco que ahora tiene 7, como si recitara un verso para la escuela.

 

Juan Carlos conoce bien la solidaridad: pasó su infancia pidiendo, durmiendo en la calle. Dice que le gusta ayudar, y que a cambio no pide nada: “mi satisfacción más grande es que me saluden, es compartir. Si hay, un guiso. Un plato de sopa, un mate, no le hago asco a nada yo”.

 

***

 

Para el Mundial Brasil 2014, Los Lobos tejieron más de 300 bufanditas de Argentina a dos agujas y con sus dedos gordos de camioneros, jardineros,  mecánicos para donar al Hospital de Niños. Las trabajadoras sociales todavía lo recuerdan como una escena de lo más bizarra. Un pelado, un barbudo y una rubia platinada de pantalón de cuero, tres motoqueros en el Hospital de Niños: “si te cruzás a un personaje es un Bob Esponja o un hombre araña, no tres viejos góticos”.

 

Después de esa experiencia, decidieron crear el primer Dormicentro sólo para padres varones de chicos internados. Las habitaciones y las camas ya estaban: Pablo quería que la sede tuviera un hostel para motociclistas porque es una vieja costumbre hospedar a los miembros de otras agrupaciones que viajan por el país, o por el mundo. Aunque dice que nunca se usó: “nunca se usó con ese fin”.

 

El hospital reconoce que mandar a un padre ahí es la última opción. Deben reservar con anticipación y llenar un formulario, “son muy estrictos con las normas”.

 

-Ésta es mi casa y las reglas son claras. En tu casa, yo no me voy a ir a limpiar el culo con la toalla.

 

***

Pablo siempre fue un rebelde ejemplar: lo echaron de cinco colegios secundarios hasta que el papá decidió meterlo en la Escuela de Mecánica de la Armada. Duró poco más de un mes: se agarró a trompadas con un cabo. Entonces, se dedicó al oficio de los árboles: plantarlos, cuidarlos, podarlos pero también –sobre todo- arrancarlos.

 

-Extraer un árbol es fácil: hay que encontrar su centro de gravedad y todos tenemos un centro de gravedad. Vos tenés un centro de gravedad. Si yo te empujo desde la frente, se te dobla el cuello pero no te caés. Entonces, yo te corto los piecitos, te tajeo las piernitas hasta calar el hueso, hasta que no tenés apoyo y te empujo. Ahí sí te caés.

 

Pablo terminó la escuela de noche y a los 36 y con cuatro hijos se recibió de Ingeniero Forestal. Fue corriendo a la casa de su papá y le mostró el diploma.

 

-Ah mirá, que bien. Te felicito-, y le tendió la mano.

 

Brablio Martín Alonso era “un tipo de un corazón de oro”, dice Pablo, pero no besaba a nigún varón, ni siquiera a sus propios hijos. Caldero naval de oficio, dirigente sindical y “bien peronista”, fue quien le enseñó el valor de la solidaridad. “Ayudar trae suerte”, decía siempre.

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El año pasado Pablo exhumó su restos. Cuando el empleado desenterró la bolsa de huesos, Pablo extendió la mano.

 

–¿Me permitís?

 

El tipo se quedó mirando, pero Pablo insistió. Tomó la bolsa en brazos como si se tratara de una criatura, caminó con mucho cuidado hacia un banco de plaza y se sentó, con su padre a upa. Recuerda que lo rodeó con el brazo como tantas veces hizo con sus hijos y “charlaron más de una hora”. Le contó todo lo que quiso, todo lo que quería contarle, todo que pasó durante esos 8 años que el padre estuvo ausente. Tal vez le habló de la separación, o le tuvo que contar que con la hermana ya no se dirigen la palabra. O quizás eligió mentir, para que no se preocupe. “Era la última vez que veía a mi papá, que lo tenía conmigo. Me tenía que despedir”, dice y se queda en silencio de golpe. Los ojos le brillan y parecen aún más claros.

 

***

-Cuando entré dije ‘Dios mio, ¿dónde me vine a meter?’,-dice Victoria por el micrófono. -Ahora sé que no me arrepiento de nada.

 

-¡Se cruzó con un motociclista, señora! – le gritan desde abajo.

 

Es la cuarta vez que Victoria sube al escenario. Ya le entregaron dos diplomas de agradecimiento, alimentos no perecederos y una pelota.

 

-¡Mis hermanos!- grita Pablo agitando las manos como un pastor evangélico. Somos los locos, los tatuados, los malos, pero también tenemos nuestro lado solidario. Gracias por venir. ¡Que siga el rocanrol!

 

Las chicas lloran de emoción y los tipos esperan para saludar a Pablo al pie del escenario.

***

Moni pasa con una bandeja de alfajores que sobraron y Emilio agarra de a dos. Muerde despacio, de costado, con sus tres dientecitos negros. Juan Carlos grita el estribillo de una cumbia que suena bajito de fondo, para cortar el silencio. En Los Lobos ya todo está muerto pero nadie quiere volver a casa.

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