Los primeros secretos anfibios

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Tres anfibios rompieron el hielo: se animaron a contar sus secretos. Contá el tuyo en el Concurso y ganate un gran combo de libros.

* Estos tres relatos no participan del Concurso.

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Puertas abiertas

Por Ericka Díaz

Claudia, la psicóloga, dice que esto me va a ayudar. Dice. Yo no le creo.

Estoy sentada al lado de mis padres. En las manos tengo una hoja.

– Estamos acá para resolver los problemas, hablar de las actitudes que nos molestan. Hablar es la solución- dice, como si disfrutara este momento.

– Sí, estoy de acuerdo – dice mi madre con firmeza.

Está sentada con la espalda erguida. El esmalte de sus  uñas brilla, su pelo está domado y su ropa no tiene arrugas. Está como siempre.  Mi padre se toca la pierna,  se toca el bolsillo del pantalón. Él está atento al celular: también como siempre.

– ¿Querés empezar leer?- me dice Claudia.

Pienso que no, no quiero leer. No me gusta hablar en voz alta, me pone nerviosa, me pongo colorada y me tiembla la voz. Y creo que estos ejercicios no ayudan. Pero no le puedo decir eso así que asiento con la cabeza y leo.

“Quiero decirles que me afecto mucho el día que se olvidaron de ir a buscarme al colegio. Me dolieron mucho sus llegadas tarde. Tarde a  la comunión,  tarde a la confirmación y tarde a la entrega de diplomas. Tarde a todos lados. Me molestó  y me molesta muchísimo que nunca cierren las puertas.

-¿Y eso qué tiene que ver? –dice mi  madre.

No respondo. Esa noche, yo tenía 10 años y mis padres se habían a comer afuera. Juliana, la chica que me cuidaba, me hizo la comida y después me acompañó a terminar de hacer la tarea. No recuerdo en qué momento me quedé dormida, pero algo me despertó.  Abrí los ojos, miré el techo un rato y después escuché algo, no supe bien qué. Desde la cama busqué a Juliana, pero ya no estaba. Salí de la habitación. Caminé despacio. Sentí que la casa era más grande porque tarde en atravesar el living. Escuché un golpe y me tiré al piso. Tal vez para esconderme. Había algo o alguien en casa. Llegué a la puerta de la habitación de mis padres. Al principio no veía nada, pero sabía que el problema estaba ahí.

Recuerdo el colchón el piso, la mujer ahogándose con la almohada, el hombre sobre la mujer, olor a transpiración, olor a alcohol, gemidos, el hombre tirándole del pelo salvajemente. Mis padres desnudos.

-Nada, solo no me gusta que no cierren las puertas.

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Jacqueline

Por Joaquín Lafranchi

top secretLa cerveza tibia circulaba en una botella de plástico cortada a la mitad, que había sido preparada a las apuradas en la casa de Fito. Sus padres habían dejado que nos juntáramos en el quincho del fondo, pero sólo hasta las doce y si no poníamos la música fuerte.

La noche estaba fresca y, aunque Fito viviera cerca de la ruta 63, Lo de Vanesa quedaba lejos para ir de a pie. Sin embargo, preferimos ahorrar en remís para tomar algo adentro.

Entre los cuatro no llegábamos a los cien pesos.

—Es al pedo que vaya —les dije antes de salir—. No tengo el documento.

—Dale, boludo. Si con eso, no joden.

Hacía tiempo que los chicos habían prometido debutar en Lo de Vanesa, pero creí que el pacto del viernes a la salida de la escuela sería otro impulso que iba a quedar en el intento.

Jacqueline era famosa en el pueblo, decían.

Cuando la caminata se empezó a poner pesada, entre la banquina cuesta arriba y la cerveza caliente, la mezcla de humedad y transpiración había humedecido nuestras caras. Al fondo de la arboleda, destellaban las luces. Ya de lejos habíamos visto la flecha roja de neón que indicaba el ingreso a Lo de Vanesa, un cabaret de mala muerte situado a las afueras de Dolores, provincia de Buenos Aires.

Había autos y varias motos frente al portón principal, una enorme chapa que iba a tono con el rosa gastado de las paredes y, bajo el umbral, una mujer de rodete tenso que fumaba con delicadeza. Estaba junto a un hombre, de musculosa blanca y pantalones nevados.

—¿Cuántos son?—preguntó y sin que nadie respondiera dijo:

— ¡Adentro!

Entramos y quedamos en fila junto a la rocola. No había mucha gente: bajo una luz verdosa, algunos tipos echados sobre los sofás, con copas y cigarrillos, y otros sentados en las banquetas conversando con los cantineros y las mujeres. La voz aguda de Dalila sonaba de fondo.

Mauro era el que más dinero tenía encima y el único que ya había cogido. Aunque durante un tiempo se habían mantenido distanciados por no llevar el mismo apellido, el ídolo era su padre: un hombre de la noche. Mauro cargaba con esa suerte de legado que en el fondo, muy en el fondo, dudo de que lo enorgulleciera.

—Hagamos una vaca y sorteemos quién pasa—dijo él.

Yo sólo pensaba en cómo sería la vida en ese lugar ¿Cuánto les pagarían a las chicas? Todo el pueblo sabía que las mujeres del lugar eran extranjeras y que trabajaban cama adentro. ¿Tendrían hijos? ¿Vivirían con ellos? Me estaba haciendo todas esas preguntas, cuando me asustó el grito de mis amigos que gritaban mi nombre: había salido sorteado. Debería afrontar el glorioso honor de un par de tetas gigantes, las piernas adobadas de sudor y sexo.

Se mostraban contentos con la suerte que me había corrido. Jacqueline sería la prueba del hombre hecho y derecho que al fin y al cabo había resultado.

Como en una pasarela, del fondo del pasillo venía caminando la mujer de pelo pajoso y platinado, cuyo nombre corría de boca en boca en todo el pueblo. Se acercó a la cantina y, luego de hacer fondo blanco a un vaso de cerveza que había sobre la barra, al rincón donde estaba la rocola. Parada frente a los cinco con los brazos cruzados, Jacqueline miró cómo preguntando quién era el que iba a pasar. Ahora se escuchaba Walter Olmos. Di un paso adelante. Me guiñó el ojo y, de la mano, me llevó por el pasillo. Prendió la luz, me pidió que me pusiera cómodo y cerró la puerta.

—¡Estás muy abrigado, corazón!

Mientras se miraba al espejo y se desabotonaba la pollera de jean, me senté en la esquina de la cama y supe que no iba a pasar nada, que jamás iba a pasar nada con esa ni con ninguna otra. Le dije que así estaba bien, que por favor no insistiera. Tuve ganas de que me contara su vida. Le hice preguntas. Le pedí que por favor no me delatara. Me fascinaban las historias, las de todos, menos la mía.

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Rush rosa claro

Por Agustina Heb

El sábado 2 de mayo de 2008, sentada en una banqueta de la cocina, mi abuela Esther escuchaba la radio como todas las mañanas. En un momento se levantó. Como si viera, caminó tanteando las sillas de la cocina y la pared, atravesó el hall y fue a la habitación que compartía con mi abuelo Jaime. Conocía de memoria cada espacio de la casa, como también la ubicación de la cama, el placard y la cómoda con cajones donde guardaba su ropa. Estaba vestida de entrecasa, con una remera manga corta gris con rosas estampadas a la altura de los pechos, una calza negra y pantuflas. Del placard eligió su ropa más elegante. Hacía años que no salía a pasear: prefería que sus hijos y nietos la visitaran. Sólo en casos de fuerza mayor, como los cumpleaños, podían convencerla y conseguir que saliera. Se puso una remera de seda con detalles brillosos, una pollera negra, unas medias color piel y zapatos con poco taco. Fue a su baño, el “rosa”, como le decíamos sus nietos, porque mi abuelo tenía uno con los azulejos azules. El de ella era más grande y con azulejos blancos con flores rosas. El lavatorio, cercado por tres grandes espejos, estaba separado de la ducha, el inodoro y el bidet. Cuando aún veía, se miraba de frente y de ambos costados hasta la altura de la panza. Sobre el mármol que rodeaba la pileta acomodaba cremas, perfumes, maquillajes y dos peines.

Del portalabios sacó un rush rosa claro. Se puso frente al espejo y, aunque sólo veía sombras, se empezó a pasar el labial sin salirse del contorno de la boca.

– Jaime, ya estoy lista –le gritó a mi abuelo.

Un día y medio después, lunes a las tres de la madrugada, mi papá me despertó y en voz baja me dijo que quería contarme algo de mi abuela. Mi mamá y mis hermanos dormían. Con los ojos a medio abrir, bajé las escaleras, crucé el comedor y entré a la cocina. Papá, que recién llegaba de trabajar, estaba apoyado sobre la mesada, con un cigarrillo en la mano. Lo primero que hizo fue disculparse por haberme despertado. Entendía que tenía que levantarme temprano y que me esperaba un día largo. Mientras me hablaba, trataba de acostumbrarme a la luz. Noté que todo estaba intacto: sobre la mesa de comer, las milanesas que le había dejado preparadas mi mamá seguían envueltas en una bolsa; la ensalada, tapada con un plato y el envoltorio plástico que cubría el pico del sifón seguía en su lugar. Sobre el respaldo de una silla colgaba su pantalón y remera de dormir. Al lado, en el piso, las pantuflas acomodadas. La televisión, prendida y sin volumen.

Todavía tenía la ropa y los borcegos que usa para trabajar. Eran las tres y media de la mañana cuando pensé que iba a dormir poco y amanecería fastidiosa. Empezó por la promesa: no se lo iba a decir a nadie. Me aguantaría hasta que tuviera más seguridades para luego contárselo a mamá y al resto de mis hermanos.

Dije que sí, lo prometo, y recién ahí me contó que después de decir que estaba lista mi abuela agregó dudosa:

– No, esperá, me falta elegir la cartera.

– Mamá, ¿qué hacés? –le había preguntado mi papá, detrás de ella, en silencio, observándola. Un rato antes mi abuelo le había pedido que fuera urgente a ver a su madre.

Mi abuela se dio vuelta. De espalda a los espejos, trató de focalizar la sombra desde donde venía la voz:

– ¿Vos quién sos?

A papá se le ablandó la voz.

– Tu abuela no me reconoce.

– ¿Cómo que no te reconoce?

–  Parece que el fin de semana empezó a confundirse, a viajar al pasado.

Con los ojos llorosos, mi papá me contó que el sábado le había propuesto a mi abuelo ir a una fiesta. Me dijo que la había visto vestida y maquillada para salir.

Le costó, pero finalmente me lo dijo: era probable –muy probable- que mi abuela hubiese sufrido un ACV.

Antes de ese momento había creído guardar secretos importantes, esos que al decirlos podían modificar las cosas o hacer enojar a papá y mamá: que con mi hermana y una de nuestras mejores amigas salíamos a andar en bicicleta por las calles de Victoria a escondidas de nuestros padres. O que varias veces no había ido a dormir a la casa de una amiga, sino que había salido con el chico que me gustaba. Pero la confesión de mi papá era seria de verdad: anunciaba que se acercaba el momento que preferimos mantener lejos.

Nos dimos un abrazo fuerte. Callados. Esa madrugada lloramos, le prometí que la abuela iba a estar bien. Hizo una afirmación con la cabeza, como si quisiera creerme. Me fui a acostar de nuevo. Me costó dormir. Pensé mucho en mi abuela y la miré a mi hermana, deseando que despertara. Se lo quería contar, necesitaba compartir el secreto, pero los secretos se guardan y a pesar de las lágrimas me quedé dormida.

Un rato más tarde, internaron a mi abuela. Había tenido un ACV. Murió un 8 de mayo, seis días después.

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1 Response

  1. 18 junio, 2015

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