Gracias a la muerte que me ha dado tanto

altar

Por @gbullrich.

Marcelo Guillermo Pellegrino tiene 49 años y vive en el barrio de San Blas, en Bella Vista. Es grandote, dice que tendría que bajar de peso porque tiene mucho dolor de cadera. Tiene una tela de araña tatuada en la cara y en la parte posterior de la cabeza, a falta de pelo, tiene la cara del diablo también en tinta.

Sus vecinos lo apodan “el gordo Tinelli”, no solo porque se llama Marcelo, sino por sus esporádicas participaciones en televisión. Hacía personajes en la época dorada de Videomatch (minuto 6.27) y tuvo un pequeño papel en Relatos salvajes, pero su hito, según él dice, fue el largometraje que protagonizó: Nadie me cree. Esta producción, de bajo presupuesto y con apariciones como la de Martín Campi, trata sobre San La Muerte, santo del cual Marcelo es devoto.

En la entrada de su casa hay una calavera en cemento, con dos velas a los costados, debajo de la leyenda “RIP”. La casa es chica y común, pero en la antesala del living-comedor hay un altar a su santo, con velas, estatuillas, huesos humanos, balas, flores, dinero y un sinfín de amuletos.

-Relacionan mucho la adoración a San La Muerte con la violencia, ¿qué hay de cierto en eso?

-Tiene cierta relación con las vidas más violentas. Algunos se entregan al santo en vida para que los proteja de las balas o de muertes violentas. Por eso el culto es muy popular en la cárcel, es el santo de los ladrones.

-¿Está mal para el practicante de este culto matar a otra persona?

-Depende de lo que uno haya prometido; si se promete una vida, va a estar bien. En México toda la gente que está en el sicariato (sicarios) le reza a la muerte antes de salir a luchar, es como ofrecerle sangre. En Argentina muchos pibes antes de salir a robar se hacen un tajo y dejan un poco de sangre en el altar, o después de un enfrentamiento le traen el fierro o un cuchillo con sangre.

-En el altar tenés balas y dinero, ¿por qué están ahí?

-Las balas que tengo ahí no las usé yo, me las traen algunos pibes que no tienen altar propio para que yo las vele. La plata en cambio sí es mía… En realidad no, la puse yo pero ahora es del santo porque se la ofrecí a cambio de algún favor. Yo trato de no tocarla pero cuando no llego a fin de mes, estoy obligado a sacar un poco.

-También hay algunos huesos que parecen humanos…

– Sí, son ofrendas que me hice traer de un cementerio. Antes, cuando uno mataba a un enemigo, se quedaba con una parte y esa parte se la mandaba a un tallador. Yo en el hombro tengo incrustada la tráquea de un bebé que murió apenas nació, que me la trajeron de Corrientes. En Buenos Aires, el mercado groso está en Liniers.

-¿Qué pasa si no cumplís una promesa?

-Si no cumplís las promesas, él (San La Muerte) te lo hace ver. Yo, cuando filmé la película de San La Muerte, hice un gesto grande con él, pero no es lo que le había prometido. Le había prometido insertarme un amuleto bajo la piel y tardé mucho en hacerlo. Y ahí es cuando digo que te  lo hace ver: fue tal la locura que me agarró que casi mato a un tipo. Gracias a Dios no pasó y me fui al culto evangélico, pero me di cuenta que en esa religión todo era guita y me terminé alejando.

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Hay  varias  versiones  sobre  el  origen  de  San  La  Muerte,  catalogado  como un  santo pagano por la Iglesia Católica. La versión más popular es la de un sacerdote jesuita que en el siglo XVIII se abocó mucho al cuidado de los leprosos en el litoral argentino. En ese momento la Iglesia estaba en contra del curanderismo, por eso, después de varias advertencias, lo encarcelaron. Cuando el sacerdote murió, lo encontraron en la celda, parado, y con un callado en la mano que es lo que se representa con la guadaña.

Este culto que se expandió por toda la Argentina, Paraguay, México  y  otros  países  centroamericanos,  es invocado  por  sus  devotos  para sentirse  invulnerables  al  daño  y  aumentar  su  suerte en  lo  económico  y  en  lo sentimental. Las promesas tienen un papel fundamental en la práctica: se le  ofrece algo  al santo  a  cambio de un favor,  y si el favor es  concedido, la promesa se debe cumplir, de lo contrario el devoto será castigado.

-¿Cómo te enteraste de la existencia de este santo?

-Mi viejo vivía con una chaqueña que tenía una abuela correntina, que  a veces se quedaba con nosotros y a mí me quería mucho; siempre me defendía de mi papá. Allá en Corrientes la movida de San La Muerte es mucho más fuerte y ella era muy devota.  Fue ella la que me enseñó todo.

-¿Y tú primera experiencia cómo fue?

-Me inicié con 15 años. Fue muy jodido, mi viejo nos castigaba mucho a mí y a mis dos hermanos. Uno de los castigos era atarnos con cadenas a la pata de la cama. Un día me había pegado una paliza, me fui de casa, y cuando volví le pedí al santo que se lo llevara ya. A los diez minutos le agarró un paro cardio-respiratorio y palmó, tenía 37 años. Después me dolió mucho, pero en el momento estaba enojado y pedí  eso.

-¿Se te apareció el santo alguna vez?

-Sí, y me pegué un cagazo bárbaro, ja. Por lo general el santo se presenta en sueños. En las experiencias que tuve, él (San La Muerte) se me apareció y me mostró a mis enemigos o las cosas que estos hacían y decían a mis espaldas. También una vez me mostró cómo tenía que poner las velas para rezar.

-Hay  varios crucifijos en el resto de la casa, ¿sos católico también? ¿Te sentís discriminado en la Iglesia?

-Sí, soy muy católico, voy a misa, estoy bautizado, comulgo, hago todo. No me sentí discriminado nunca, igual nunca lo hablé con un cura. Nosotros (los adoradores a San La Muerte) necesitamos de los curas, porque para que una imagen tenga poder las tenemos que hacer bendecir por siete sacerdotes en siete viernes distintos. Si les pedís directamente no te van a bendecir los amuletos. Yo, por ejemplo, al cura le pido que me bendiga una estampita de la Virgen y atrás escondo un amuleto para que también quede bendecido. Cuando le pido a un cura que me dé la bendición, también queda bendecido el pedazo de hueso que tengo en el hombro, porque es parte de mí.

-¿Cuándo recurrís al rezo para pedir venganza?

-Cuando me cagan o se meten conmigo. Si yo soy bueno y no jodo a nadie, que no me vengan a joder. Igual trato de no pedir mucho, porque se me cumple casi siempre y más allá de que yo pueda tener razón, nunca es lindo que a los demás le pasen cosas malas.

-¿Cómo es el procedimiento? ¿Te enojás con alguien y qué haces?marcelo-pelle

-Hay trabajos de cementerio que son más jodidos. Armás un cajoncito y ponés la foto de tu enemigo. Vas a un entierro y esperás a que se vaya toda la gente. Una vez que se van todos, removés un poco la tierra que está sobre el cajón que acaban de enterrar y apoyás, sobre la madera, el cajón chiquito de tu enemigo. Lo dejás ahí y tapás todo. También hay un trabajo con los sapos en el que le abrís la boca a un sapo vivo, le ponés la foto de tu enemigo con una gotita de mercurio o un poco de pimienta negra y se la cosés para que quede cerrada. Después lo enterrás o lo colgás de un árbol.

-¿Hacés trabajos para otras personas?

-Sí. A veces vienen tipos que quieren que se muera el amante de la mujer o la mujer misma, o vienen mujeres que quieren que se muera el marido porque las maltrata, o prostitutas que quieren clientes con más plata  porque no les alcanza. Yo me alejé un poco de esos trabajos, aunque hago algunos. Ahora estoy con una piba del barrio que me pidió que la junte con otro chico. Estoy en el período de endulzamiento, que es poner en un frasco con miel las fotos de las caras de las dos personas para que se enamoren.

Marcelo estuvo tres años preso en el penal de La Plata por tentativa de robo. En la cárcel, de casualidad, conoció a un señor mayor que coleccionaba estampitas de San la Muerte y comenzó a pedirle a su santo que lo cambien de pabellón, ya que en el que estaba sufría malos tratos.

– Al otro día de haber hecho el pacto me vino a ver el jefe del penal y me dijo: “Te vamos a trasladar porque me enteré que estuviste casi dos años en el Ejército y los empleados y ex empleados de fuerzas de seguridad van a otro pabellón”. Desde el cambio todo fue mejor: había más orden, se me permitían visitas y me dejaban trabajar y leer.

-¿Crees que de alguna manera el santo te ayudo a atravesar este período en la cárcel?

– Sí. Después, ya en ese pabellón, un día pedí el diario y en una página había muchas fotos de San La Muerte por una nota que habían sacado sobre el culto. Las recorté, las pegué en pedazos de cartón y les prendí una vela. Desde ese momento los guardias me dieron whisky, cigarrillos y me dejaban recibir más visitas que al resto.

-¿Cómo esperás a la muerte? ¿Te da miedo?

-No, hay que aceptarlo. Uno le reza al santo en vida para que en la muerte lo proteja.

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4 Responses

  1. Textos como éstos solo permiten profundizar la estigmatización que sobrellevan los devotos de las devociones y religiones populares. Puede que el autor haya tenido buenas intenciones, pero por lo que pregunta (“¿Está mal para el practicante de este culto matar a otra persona?”) y como direcciona la entrevista (“También hay algunos huesos que parecen humanos…”) creo que termina cayendo en los típicos prejuicios que, replicados en este medio, terminan fortaleciendo la estigmatización y la criminalización de los devotos. Entiendo que es un personaje interesante y que el tema es llamativo, pero la práctica periodística debiera tener un momento de reflexión sobre los alcances y las repercusiones que una nota puede llegar a tener. Incluso pensando en el propio entrevistado. Abordar un tema desde el prejuicio no puede llevar a otro lado que no sea afirmar ese prejuicio. Cuando arrancó esta comunidad escribí algo al respecto (http://comunidad.revistaanfibia.com/chantas-locos-y-demoniacos/) pero veo que lamentablemente los nuevos periodistas siguen cayendo en las mismas viejas visiones parciales y preconcebidas. En “Chantas, Locos y Demoníacos” dije que “salirse del canon establecido por las narrativas hegemónicas implica casi siempre algún tipo de condena social: el aislamiento, la persecución, la estigmatización y la criminalización son algunas de las sanciones que los miles de devotos de estas religiones y devociones populares sufren a diario”. Sin dudas, este texto es un aporte más para la condena social de la que hablaba en aquella nota.

    • Darío, ¿cómo estás? No creo que la entrevista esté encarada desde el lado del prejuicio, si no desde el de la curiosidad. San La Muerte, por lo que investigué y por lo que hablé con un colega mexicano, tiene alguna relación con el sicariato en México, entonces me pareció apropiado preguntarle si estaba mal o no matar a una persona. Sobre los huesos humanos, estaban ahí y no preguntar hubiese sido una omisión absoluta, no escribirlo también.
      No considero que sea mi deber cuidar al entrevistado, pero de todas maneras, hubieron algunas cosas que las tuve que dejar afuera para no comprometerlo.
      Saludos.

      • Gonzalo, no solo es prejuiciosa sino que la entrevista no tuvo una investigación previa para fundamentar las preguntas. Es irresponsable argumentar que la simple curiosidad guió la entrevista. Entonces podríamos confundir que cualquier curioso puede ser periodista, pero sabemos que no es así. Además, ¿hablaste con un colega mexicano? ¿Para qué? ¿Qué tiene que ver San La Muerte con La Santa Muerte mexicana? Nada. Tienen orígenes y representaciones actuales que no se vinculan en lo absoluto. Salvo la relación con el crimen, que es sobredimensionada por el periodismo en general, después son dos devociones que nada tienen que ver.
        Y evidentemente no considerás que debés cuidar al entrevistado, ni considerás las repercusiones de tu nota tampoco. Pero es entendible, porque es habitual en la práctica periodística (no siempre, no todos los periodistas son iguales, pero sí es habitual). Pero creo que es algo que el periodista debiera (re)plantearse. Es irresponsable creer que lo que uno escribe está exculpado de toda secuela gracias a la práctica periodística per se. Los medios de comunicación cumplen un rol central en la construcción de la realidad social y hay que hacerse cargo constantemente de eso. Puede importarte o no, pero, reitero, este texto solamente sigue naturalizando preconceptos erróneos sobre la devoción a San La Muerte y que nada tiene que ver con la gran mayoría de sus devotos. Me/nos pregunto: ¿en la práctica periodística no es más interesante romper con el sentido común que reforzarlo?
        Abrazo!

  2. Podríamos seguir bastante, pero ya sería ridículo. Insisto en que yo entrevisté a una persona que habló a cuenta propia de sus experiencias, y para darle un contexto, le pregunté algunas nociones básicas sobre este culto. Y sí, es interesante ir en contra del sentido común, pero no fue lo que pasó en este caso. Tendría que haber manipulado los testimonios totalmente para que eso pase y, lógicamente, no lo iba a hacer.
    Abrazo!

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