Gilead: un deja vú con sabor amargo

el cuento de la criada

Por Camila Soto @camilaesoto

La exitosa serie norteamericana “The Handmaid’s Tale”, basada en la novela de Margaret Atwood, relata lo que sucede en Estados Unidos en un futuro relativamente próximo, en donde un gobierno totalitario asalta al poder. El golpe de Estado es comandado por un selecto grupo de hombres y crean los cimientos de este escalofriante país, la República de Gilead. El acontecimiento irrumpió con nuevas formas de organización social, en la cual existe un fuerte retroceso de políticas de derechos humanos, dictaminado de antemano roles que llevaran a cabo hombres y mujeres, siendo estas últimas las principales perjudicadas.

La baja tasa de natalidad que acechaba al mundo en ese entonces fue la excusa perfecta para poner en marcha esta forma de gobierno. El grupo ultra religioso a cargo del poder se ampara en los versículos de la Biblia para justificar sus actos, anulando cualquier tipo de consideración en cuanto a la integridad de las persona. La ficción ofrece en exceso escenas de violencia, homofobia y machismo que se desarrollan con naturalidad. La homosexualidad se considera una traición al género y está totalmente prohibida: aquellos que osen a enfrentar las escrituras del libro más antiguo del mundo se enfrentarán a los peores castigos. Sin embargo, existen destellos de sensibilidad que enriquecen la ficción haciendo amena la angustia inherente de la trama, permitiendo constantemente comparar nuestra realidad con la de Gilead. Cada capítulo intenta y logra abrir un espacio reflexivo sobre diferentes cuestiones como por ejemplo la libre elección sexual, la maternidad, la sororidad, la violencia de género, entre otras.

Resulta atractivo el papel de las verdaderas protagonistas de esta historia: las criadas. Ellas son las encargadas de la reproducción. Su función es estrictamente biológica: se limitan a parir. Aquella ecuación mujer es igual a madre se hace presente y es el principal eje de esta historia, dejando por fuera todo tipo de deseo femenino de autonomía e independencia. Una vez que las criadas tienen a los bebés inmediatamente se lo quitan y son criados por las familias asignadas. Las criadas son literalmente incubadoras: no se las permite generar ningún tipo de apego con sus hijos. Se los roban. Esta macabra jugada es conocida, nos da escalofríos de tan solo escucharla porque nos remite a lugares muy oscuros de nuestra historia. Atwood se inspiró en los robos de bebés en Argentina que tuvieron lugar en la última dictadura militar para escribir “The Handmaid’s Tale”. La escritora se basó en varios hechos aberrantes que tuvieron o tienen lugar en el mundo y los unió en un escenario extremo y terrorífico, en el que el hombre vuelve a ser el peor enemigo del hombre.

Las brillantes interpretaciones del equipo de reparto abonan a la calidad de la historia, destacándose el trabajo de Elizabeth Moss  que personifica a June Osborne, la protagonista principal. Es inevitable señalar la versatilidad de la actriz para este papel en particular, ya que logra dar en el blanco en la intensidad de las emociones construyendo un personaje tenaz y a su vez vulnerable. Actuaciones conmovedoras como las de Yvonne Strahovsky (Serena Waterford), Alexis Bledel (Emily), Ann Dowd (Aunt Lydia), Madeline Brewer (Jannine) y Samira Wiley (Moira), son dignos de mencionar y valorar. La fotografía y la banda sonora también se hacen presente y son excelentes partenaries de la historia, logran ambientes sumamente atractivos para el espectador

El género, en el que se enmarca esta historia, sería el de drama distópico. ‘Dis’ es un prefijo de negación, utópico proviene de utopía que alude a una “sociedad ideal”. Entonces distopía es lo contrario a utopía por ende sería una sociedad indeseable. Ahora bien, a lo largo de las dos primeras temporadas se pueden ver sesgos de realidad, y eso nos lleva a preguntarnos: ¿qué relación tiene esta ficción con la realidad? Plantea las mismas coordenadas que Black Mirror, nos interpela en lo más profundo porque algo de verdad se juega ahí. ¿Hasta qué punto no deja de ser real?  Lo interesante que propone radica en que dinamita cualquier imaginario que tengamos de sociedad para llevarnos a un escenario extremo sumamente abrumador. Arrasa con nuestras herramientas simbólicas para re-pensarnos, porque a eso apunta la serie a volver a pensarnos desde cero. Nos arranca nuestra pequeña “huerta” de saber pero desde la raíz. Nos demanda desde el momento que intenta sucumbir derechos ya conquistados. Derechos fruto de conflictivas luchas, que cobró a sus víctimas. Derechos que engloban autonomía y libertad. Propone un borrón y cuenta nueva en cuestiones que son intocables. El interjuego dinámico entre pasado y futuro da vida a esta realidad distópica. Es ineludible alojar la angustia para permitir esbozar el ¿qué haríamos? y desde ese punto de partida repensarnos, volver a de construirnos.

 

Foto: HBO

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