¡Tenemos cronista!

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La experiencia de Nido Errante en Salta tendrá cronista anfibio: @marcelin (Marcela Alemandi). ¡Felicitaciones!

Gracias a los más de 100 anfibios que participaron. Viajamos por todos los rincones del mundo con sus relatos. Estén atentos, pronto habrá un nuevo concurso.

A continuación, los textos seleccionados. Elegimos un primer premio y tres suplentes con orden de prioridad, en caso de que el ganador no pueda viajar.

Texto premiado:

El lugar indicado
@marcelin (Marcela Alemandi)

Santa Sofía, el Bósforo, Estambul: lugares en una novela de Agata Christie, exóticos e inalcanzables a los once años y en un pueblo de Entre Ríos. Y sin embargo una tarde, muchos años después, me bajaba de un tranvía en Sultanahmet, el barrio antiguo, con la misma extrañeza, multiplicada por cien.

Llegar no había sido fácil: una noche en un aeropuerto, descifrar las máquinas de boletos del tranvía, aplastar a los pasajeros en hora pico con mi mochila; sucia, cansada y muerta de hambre. A pesar de eso, quince minutos de sonidos, olores y colores, más el aire de primavera, me habían bastado para dejarme invadir por los miles de años de historia agazapados en esas calles laberínticas.

“¿De dónde sos?; ¿Por qué estás sola?; ¿Dónde está tu marido?”, escuchaba al pasar. En lugar de sentarme a tomar el café que quería, una librería me pareció un mejor refugio, y ahí pasé casi una hora, hablando con el dueño y tomando el té que me ofreció. Cuando por fin me animé a salir, con un libro de Pamuk en la mano, las sutiles luces de atardecer se detuvieron en la calle. Y ahí la escuché por primera vez, viniendo de todas las mezquitas al mismo tiempo: la llamada a la oración. La ciudad entera parecía haber empezado a cantar, las palabras árabes, expresando la grandeza de Alá, se elevaban de las piedras, del cristal colorido de los vasos de té, de las especias aromáticas en las tiendas, la extrañeza se iba. Y entonces pensé: “estoy donde quiero estar”.

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Primer Suplente:

Un viaje para olvidar
@danjuniors (Dan Ruiz Castillo)

Este mar —de agua fría que lame mis pies y escapa, que captura el reflejo de la luna en su superficie, que me hace creer que estoy en una piscina gigante, vaya, ¡qué hermosa vista!, sus aguas parecen atrapadas, rodeadas de casas de playa que no puedo alquilar, de cerros que me protegen del viento en esta noche solitaria, pero la soledad me hace apreciarte más, Tortugas, balneario ancashino ubicado al norte del Perú, bendecido con agua transparente  y piedras lisas, porque aquí en la orilla no hay arena, y camino despacio para no golpearme, pero me sorprende cómo caminan los pescadores, en esta noche opaca, sin mirar lo que pisan, y uno le dice al otro ‘hoy la Martha no vino’, y el otro responde que qué importa si hay varios sitios para comer barato, y yo que vengo de la ciudad le doy  la razón, pero sin decírselo, pues hace rato cuando caminé vi varias casitas donde venden comida, me parecieron lugares modestos, pero qué va, el pescado lo cocinan fresquito, me amaneceré aquí y comeré pescado frito con harta cebolla, aunque antes disfrutaré el amanecer y acompañaré con mis ojos a los pescadores, porque la verdad respeto este mar, y no me metería a sus aguas frías, porque siempre están heladas y no he podido saber por qué,  luego recién me iré, caminaré los 15 minutos hasta llegar a la pista principal donde está la tortuga de cemento y esperaré el carro que me lleve a casa, porque solo vine para borrar sus pasos, para no ser tres, Tortugas, para olvidarla— ya no huele a ti.

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Segundo suplente:

Esperando afuera mientras ella hace las compras
@juanlinch (Juan Linch)

No me gusta hacer las compras. Me dan ansiedad los supermercados. Por esto, cuando viajamos y vamos juntos a buscar los víveres, ella entra y yo la espero afuera. Me encanta esperarla afuera mientras hace las compras. La escena es siempre parecida, no importa el lugar donde estemos o la época del año que sea. Ahora estamos en Tilcara, Jujuy. Es un supermercado chico. Hay varias personas. Ella entra y se pierde entre las góndolas. Yo me paro al sol. El clima es perfecto. Observo a la gente que entra y sale, voy reconociendo a los locales por lo afectuoso del saludo. Trato de descubrir cual es el dueño y cuales los empleados. Y si son familiares. Me entero sin querer de algunos conflictos. Dejaron 10 botellas y facturaron 12. El sábado le tocaba trabajar a Lucia y no fue. Los proveedores entran y salen con cajas. Ella me mira desde el interior, me muestra un producto y me pregunta con señas, si quiero que lo compre. Siempre le digo que sí. Empieza a hacer la fila para pagar.  Un auto frena a la par mío. Me pregunta por una calle, le explico que estoy de paso y no me ubico. El conductor me levanta el pulgar y sigue su camino. Ella está a punto de llegar a la caja. Me mira, me muestra los dientes jocosa. Es hermosa. Le tiro un beso. Alguien me ve. Me avergüenzo. Paga. Recibe el vuelto y sale. La ayudo con las bolsas y siempre, no importa el lugar donde estemos o la época del año que sea, le hago exactamente la misma pregunta: ¿serán caros los alquileres acá?

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Tercer suplente:

Aracataca y punto
@natali (Natalí Risso)

El tren sigue pasando. Las piedras blancas como huevos prehistóricos, pulidas por la corriente del río Aracataca, no eran una exageración literaria. Todavía se pueden ver algunas plantaciones plataneras, anunciando los restos de lo que algún día fue un pródigo pueblito bananero. Tampoco mentía Gabriel García Márquez cuando insistía que en Macondo se respira un aire sofocante, a cualquier hora del día. La entrada al pueblo tiene una foto de Gabito, su sobrenombre cataquero, que anuncia: “Aracataca, a la cual regresé un día y descubrí que entre la realidad y la nostalgia estaba la materia prima de mi obra”. También hay una plaza que se llama Macondo.

Aracataca queda al norte de Colombia. Como no tiene salida al mar, está fuera de la ruta turística tradicional. Sus habitantes tienen el sol en su hablar.

En 2006, los cataqueños dijeron NO en un plebiscito popular para rebautizar el pueblo con el nombre de Aracataca – Macondo. Ganó el no, ganó el “Aracataca y punto”, ganó una vez más la palabra de García Márquez, que lo había expresado públicamente ante el intendente.

Estamos en marzo del 2015. Aracataca no lleva el nombre de Macondo, pero la aldea se lo apropió de manera tal que es imposible no respirarlo. Uno camina viendo personajes de Cien Años de Soledad. Todos tienen una historia con Gabo para contar.

Aracataca es el Macondo que nos duele. No hay agua potable, hay pobreza, hay un monocultivo de aceite de palma,  no hay turismo. Este año, el pueblo cumple cien años de su fundación. Cien años de Soledad.

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3 Responses

  1. ¡Muchísimas gracias! Felicitaciones a los otros finalistas :)

  2. Ehh! Qué orgullo y alegría haber quedado seleccionada, gran motivación para seguir con la pluma! Felicitaciones a todos, especialmente el del supermercado que me pareció un relato fantástico. Saludos, y sigan con el incentivo!

  3. Imagen de perfil de juan linch juan linch dice:

    que alegría quedar seleccionado entre tantos buenos relatos! Saludos! :)

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