¿Estamos todos locos?

Ilustración: RadioSapiens.

Por @joaquinam (Joaquín Allaria Mena).

Al aire de un programa en una de las radios con más audiencia se escucha parte de la historia de Brian Wilson, uno de los fundadores de The Beach Boys. Presenta la información Adrián Cormillot, médico conocido por su trabajo en el área de la nutrición y la obesidad. Dice, así nomás, que el músico tuvo una carrera normal hasta que fue diagnosticado de “esquizofrénico”. El motivo de la noticia es contar lo que el artista hizo público cinco días atrás: se asoció a la campaña ‘Change Direction’, una iniciativa que proclama intentar cambiar la cultura de la salud mental en Estados Unidos.

Sin vueltas, Cormillot cuenta que hay que diferenciar “dos tipos de esquizofrenia: la que se escuchan voces dentro de la cabeza, y la que se escuchan fuera”. Sigue con “las cinco pautas de alarma” de la enfermedad. La primera, el cambio de personalidad. “Si en una reunión familiar todos se están riendo y hay uno que no… es alerta por esquizofrenia”. La segunda es agitación: “Más o menos como suelo estar yo”, lanzó como chiste. La tercera es apatía. La cuarta es poco cuidado de sí: “Yo atendí unos pacientes así… es tremendo cómo no se cuidan, no se bañan.”. La quinta es desesperanza.

La campaña original dice que son ‘los Cinco Signos del sufrimiento emocional’ (the Five Signs of emotional suffering), una breve técnica yanqui en serie para detectar de manera universal algún “desorden mental”. “Cerca de una de cada cinco personas, o 42.5 millones de adultos estadounidenses, tiene una condición de salud mental diagnosticable. La mitad de todos los casos de desorden mental de por vida empiezan a los 14 años”, explica la campaña. “Usualmente nuestros amigos, vecinos, compañeros de trabajo, e incluso los miembros de nuestra familia están sufriendo emocionalmente y no reconocen los síntomas o no pedirán ayuda”.

En nuestro país hay otro paradigma en salud mental. Y tiene marco legal vigente. La ley nacional de salud mental 26.657, que no habla de “pacientes” sino de personas usuarias de los servicios de salud mental, garantiza que las famosas internaciones sean el último recurso y lo más breve posibles, bajo determinados criterios terapéuticos, evaluadas periódicamente; garantiza incluso que las adicciones sean abordadas como parte integrante de la salud mental y no como una causa policial; aboga siempre por el consentimiento informado, protege contra distintos tipos de discriminaciones existentes que han exterminado las vidas de cuerpos ya inexistentes. Desde un enfoque de derechos humanos y sociales, la que todavía en espacios de formación se dice “Nueva Ley” (está por cumplir cinco años) reconoce a todas las personas como sujetos de derechos en pos que se valore su autonomía, sus capacidades y sus posibilidades de tomar decisiones relacionadas con el tratamiento. Que esté en juego la integración social, los proyectos colectivos, la igualdad de oportunidades: vivienda, salud, educación, trabajo. Lo dicen materiales oficiales: la salud mental comunitaria no es cosa de locos, es cosa de todos. Con todos, entre todos, para todos.

Más allá de la discusión por las especializaciones y los profesionalismos: ¿dónde está la responsabilidad de quien se formó en salud y es comunicador? Hablar por hablarle al micrófono puede ser riesgoso para oyentes que escuchen en eso que se dice algo equivocado aunque no se haya querido. Un artículo muy piola de la Universidad del Norte en Colombia plantea la cuestión: la salud mental es un reto para los comunicadores. Cierta ideología psiquiátrica (la corporativa) ancló con la biopolítica en los medios de comunicación, ahí “comienza la responsabilidad humana y social de los comunicadores y de los medios de comunicación, debido a la gran influencia que ellos tienen sobre los conglomerados humanos y sobre los individuos en particular”. “No se debe estigmatizar a las personas con el uso incorrecto de palabras que las definan”, “debe evitarse etiquetar con diagnósticos o palabras populares a quienes padecen”, “el comunicador no debe tener una visión reduccionista de la salud mental, que se centra casi exclusivamente en los factores biológicos individuales”. Incluso, el texto repite “enfermedad mental”; en nuestro país hoy se habla de padecimiento subjetivo.

Son perspectivas de trabajo distintas. En Estados Unidos, hace unos meses la American Psychological Association presentó una conferencia sobre el nuevo manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales que se llamó “Entendiendo el DSM-5: Lo que cada maestro tiene que saber”. En nuestro país, recientemente se editó en un trabajo conjunto de los ministerios de Educación y Salud de la Nación, un documento con “Pautas para evitar el uso inapropiado de diagnósticos, medicamentos u otros tratamientos a partir de problemáticas en el ámbito escolar”, dirigidas a agentes del sistema de salud, equipos de orientación, gabinetes psicopedagógicos, docentes y comunidad educativa en general.

Adrián Cormillot podrá tener estudios de excelencia (en su página web dice que se formó en Ginebra), pero está especializado en algo que hoy para el subcampo de la salud mental en nuestro territorio no debiera existir o podría decirse es ilegal: la idea de “enfermedad crónica”. Desde 2010, las personas tenemos el derecho a que el padecimiento mental no sea considerado un estado inmodificable. Más todavía: se cuenta con el derecho a no ser identificado ni discriminado por un padecimiento mental actual o pasado, por lo que la misma nominación de “un esquizofrénico” cae.

Más acá de lo que se conoce como discurso médico hegemónico: ¿cómo trabajar con quienes practican una disciplina y hablan de la compleja atención íntegra e integral en salud sólo autorizados por haber recibido una formación dominante? En Twitter, un amigo médico con mucho don de la ironía me respondió “lo mismo que con los psicólogos que denostan el tratamiento farmacológico con CERO formación al respecto: BALA Y FUEGO”. La gracia extremada por una razón valedera no tapa una realidad: nos mataríamos entre todos. Un camino podría ser el del estudio disciplinado y el trabajo interdisciplinario –hoy también legislado–, sin religiosidades ni fanatismos.

Si bien es cierto que actualmente es un problema (que no está lo suficientemente problematizado) el estar, pensar, leer en la universidad, y que los cuerpos docentes que nos forman mantienen con tenaz hegemonía esos discursos asimétricos, los años que estamos viviendo en Argentina se presentan como una oportunidad casi única (¿si no, cuándo?) para empezar con algunas transformaciones que quizá se tengan que dar en la calle antes que en las instituciones.

Se podrá decir que al aire nunca se habló de diagnosticar, que se dijo lo que dice la campaña (que está en otro idioma, para la que tiene que haber existido al menos una primera traducción, una reescritura). Se podrá decir que no se citó el DSM-V ni se estigmatizó ninguna enfermedad. Se podrá lamentar si se entendió mal. Una idea que usan y sobre todo abusan algunas personas que leyeron psicoanálisis es la de “(hubo/fue un) malentendido”. Pareciera servir para todo. Tal vez en algunas situaciones no sea necesario hacer un rescate teórico de lo enunciado, sino hacerse cargo de lo que se dice, y de lo que se está diciendo en eso que se dice –por más que no haya sido la intención.

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