“Escribir es el arte de ver los detalles”

Por Laura San José. Hebe Uhart y  una conferencia sobre algo más que literatura.

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Fotos: Eduardo Carrera

-Yo sabía que venía mucha gente de las provincias y quería dar algún palo sobre lo que significa escribir en provincia.

Dice Hebe Uhart en el centro del salón sin levantar el tono de su voz. Todos los que están cerca de la máquina de café se sientan en sus sillas como obedientes alumnos de primaria. Hebe -la mejor escritora argentina según Fogwill– habla en la redacción de Revista Anfibia. Los finalistas del Concurso Federal de Relatos –organizado por el Ministerio de Cultura de la Nación- escuchan.

-Hace unos años di un taller en Santiago del Estero y tuve a una chica que había publicado su libro a los 21 años (a esa edad un escritor es un bebé) y enseguida le habían empezado a hacer notas en la radio y la televisión. El libro es un bodrio. Por eso hay que rodearse de gente crítica y no de falsos aduladores de textos. Un palo a tiempo es una bendición para el que va a escribir.

Quiere dejar en claro la idea de que quien publica no siempre es bueno. Que no depende tanto del lugar de existencia. Que no significa nada triunfar en Buenos Aires. Esa es Hebe, una mujer que parece no importarle ser condescendiente con nadie. Una maestra de modales ingleses, pero cuya espontaneidad le permite decir “perra vida”; “bolastruna”, “es un bodrio” y hace que escucharla sea una experiencia y no una tarea.

Muestra un espíritu antropológico palpable. Tal vez por eso siempre lleva una especie de anecdotario. Abre su cuadernito azul tapa dura y aparecen unas hojas pálidas escritas con marcador negro y letra redondeada.  Apoya sus anteojos en las hojas, como una lupa sobre el papel. Hace trampa. Habla de Flannery O’Connor y la cita: “Los personajes hablan como si los personajes hubieran escuchado el lenguaje neutro de la televisión”.

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– Para narrar tengo que tener sentido del lenguaje. Los que hacen crónicas de viajes tienen que ver cómo habla la gente- dice. Porque a ella, cuenta, le gusta meterse en los pueblitos, caminarlos indagar, tomarse un café en uno de sus bares y escribir ahí mismo las historias, en caliente, antes de regresar.

“El lenguaje de Paraguay está hecho sobre el Gauraní, sobre una composición de palabras”, explica. Y suelta ejemplos: la que roba coches se llaman “la robacoches”, las casas que miran al lago se llaman “miralago”. Esos tesoros del habla local se encuentran en ese cuadernito, de tapa azul, escrito a mano alzada, con fibra negra. De ahí cita más palabras, mientras bucea en el lenguaje de distintas regiones.

-Ella está sentada a favor del rio. “A favor del rio”, es una. “Yo avanzo en la vida sin pordelantear a nadie” esa es otra, es divina. En Perú dicen “come lo que te provoca”, no lo que quieras:  lo que te provoca. Acá hay expresiones lapidarias muy fuertes: “ni cerca”, “como se te ocurre”, “fulano de tal no existe”, “fulano es un aparato”. ¿Qué clase de aparato es?

Se ríe. Cuando lo hace su cuerpo se encoje aún más y se encorva en una timidez que no es tal, sino picardía. De tanto que hace el gesto uno se contagia, el ambiente se llena de ternura y los presentes acercan sus orejas para poder escuchar su voz suave y nada ingenua.

***

En sus crónicas, la pluma de Hebe muestra una observación minuciosa. No se dispersa con los miles de estímulos que le proponen las calles recorridas. Busca narrar el detalle sin caer en lo pretencioso, porque la vanidad estropea el texto, lo aburre, lo achata.

-Cualquier hecho a procesar se puede ver de diferentes puntos de vista. Escribir es el arte de ver los detalles, de ver lo particular. O’connor dijo: “muchos no se fijan o porque son demasiado vagos o demasiado vanidosos”. Porque el que es vanidoso piensa “yo no voy a escribir sobre un perro que da vueltas para sentarse, estoy por encima de eso”. Y sin embargo hay un refrán que dice “una mujer que da más vueltas que un perro para echarse”. Ahí se había observado al perro.

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Sobre la mesa hay: un platito con una medialuna, un sándwich, un alfajorcito que no tocará. Una jarra de agua y un vaso lleno que no tomará, un marcador, dos grabadores de voz, su cuaderno de tapa azul, sus lentes y el propio estuche. Detrás, Hebe, que cuenta historias. Su charla está hilvanada por anécdotas que se van encadenando como una brocha pinta los conceptos. Arma escenas donde ella actúa, en vez de decir la idea. Pero cuando habla de ideas es sintética, clara:

-Algunos escritores noveles ponen todo lo que saben en el texto. Por vanidad. Hay que mirar lo invisible: si veo  a una pareja que está en la calle, puedo decir hace cuánto están juntos. Veo lo invisible. Miro personas. Miro sus cuerpos.

***

-Casi todo lo que sirve para la literatura sirve para la vida.

Y sí. Si recortamos las frases de toda su conferencia hay algo más que literatura. Ella está hablando también de otra cosa.

“Todas las dicotomías son falsas”; “hay que huir de todas las obsesiones- ¿es un cuento o una novela?-”; “dejar de lado la idea de que si no escribo me muero: podés hacer muchas cosas más en el mundo”; “saber acompañarse en el proceso”; “las cosas no son de una sola manera”.

Los que la fueron a ver aguardan en silencio. Y así como es, a cara lavada, con la sonrisa en el borde y con un gesto que destella picardía, cierra:

– Después de toda esta consejería, quiero decirles algo, la experiencia no es transmisible. Ustedes tienen que hacer su propia vida.

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4 Responses

  1. Así quiero redactar yo, la mirada de ella , sin filtros , y la tuya, breve pero eficaz

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