El viento y la lluvia en la cara

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Por @santino73 (Santiago Laffaye).

El célebre Camino de los Siete Lagos es el preámbulo ideal. La ruta asfaltada de banquinas anchas parece pensada para que La Blanquita, mi fiel compañera, entre en calor. Los bosques atajan la llovizna diagonal, el aire tiene el aroma violeta de las lavandas que explotan junto a la ruta.

Viajar en bicicleta es, ante todo, sentir el viento y a la lluvia en la cara.

En Bariloche nos recibe Emilio, miembro de Warmshowers, más que una red social sin fines de lucro, una hermandad de cicloviajeros. Cuatro ciclistas vamos a celebrar la llegada del 2016 en su casa. Bala, un indio de Bombay, admirador del colonialismo inglés con quien me enfrasco en apasionantes  discusiones, viene bajando desde California con su set de especias: la primera noche se despacha con un pollo al curry memorable. Kurt, un austríaco con quien acampé ayer en Bahía Manzano, trae desde Viena un mapa de la Patagonia a prueba de lluvia y de precisión germana, acorde a su GPS. Rafael, músico polaco, viaja en bici hace diez años, un personaje digno de un film de Kusturica. Lleva en su bici un porta látigos anti-perros y un estrafalario portaequipajes para su guitarra, que toca en las plazas para financiarse.

Emilio es carpintero y maestro en una escuela waldorf. Esta noche se va a festejar el Año Nuevo con amigos y, sin dudarlo, nos deja las llaves de su casa. Mientras tomamos unos mates en la terraza -la casa hace equilibrio entre árboles encaramada en la ladera del cerro Otto-  me cuenta que fue criado en los `70 y sus padres adoptivos, ya fallecidos, se lo ocultaron. Esto lo llevó a una intensa búsqueda de sí mismo y de sus padres biológicos. Temió ser uno de los bebes robados por la dictadura, pero encontró a su madre y a seis hermanos tehuelches en medio de la estepa patagónica.

-Fue duro pero agradezco a la vida el aprendizaje. Hace unos años la vida me regaló otra mamá y seis hermanos. Tengo la educación que no hubiera tenido y me legaron esta casa. ¿Cómo no la voy a compartir con viajeros que están cumpliendo sus sueños?

Lago Binacional General Carrera

Lago Binacional General Carrera

El paso a Chile por Lago Frías implica navegar tres lagos: Nahuel Huapi, Frías y De Todos los Santos ya del lado chileno. Los tramos de ripio entre los lagos, empinadísimos, que los turistas hacen en buses, nosotros los pedaleamos con gusto y nos ahorramos 200 de los 300 dólares del costoso cruce. Mientras la guía que nos acompaña el primer barco nos tortura con su voz de directora de escuela a un volumen  insoportable, el brazo Blest, parte de la reserva virgen del Parque Nacional Nahuel Huapi me hipnotiza: cipreses, arrayanes y coihues hacen equilibrio sobre las pendientes imposibles a ambas márgenes.

Ya montados en las bicis, la cara norte del Tronador vista desde los claros la Selva Valdiviana y el volcán Osorno mojando sus pies en el lago de Todos los Santos, pagan con creces el ticket. La suerte está de nuestro lado: toca un día radiante en la región que vio nacer a Neruda, una de las más lluviosas del mundo.

Hace un par de días le escribí a Marcela, socia de Warmshowers por iniciativa de su hijo que viene bajando en bici desde Canadá. Nos lleva todo el día llegar a Puerto Varas, son las once de la noche. Marcela y Héctor nos reciben con la mesa lista. Mientras charlamos del viaje y la Patagonia,  Héctor insiste en regalarme un mapa impecable de la Carretera Austral. Comemos como quien ha pedaleado 80 km. De postre me despacho con varias porciones de Ponche, un potaje de frambuesas remojadas en vino dulce, que sumadas  a las botellas de Carmelier que corrieron durante la cena me hacen sonreír  mientras trepo despacio la escalera de madera,  pensando que voy a dormir como un bebé.  Ya en la planta alta, desde un póster enmarcado, de bigote finito arqueado hacia abajo, gorra blanca, ojos chiquitos y mirada penetrante, el dictador Augusto Pinochet  me saluda con la venia militar.

bici3Por la mañana espío del otro lado de la escalera. En la biblioteca hay fotos de Héctor de uniforme entre libros y medallas militares. Marcela está ocupada con su jardín, Héctor sale de compras con su bici y nos acompaña hasta el cruce de rutas. Más temprano me había conseguido un tornillo para el porta alforjas trasero,  el original se perdió en el traqueteo del ripo. Ese tornillo provisorio es más largo, pero encaja perfecto, resistiría hasta el último día de mi travesía.

Mientras pedaleo hago cuentas: en 1978 cuando las dictaduras militares de que gobernaban Argentina y Chile estuvieron a punto de llevarnos a una guerra -¿es necesario decir estúpida?- por el Conflicto del Beagle, yo tenía cinco años, Héctor era un joven oficial del ejército chileno.

Viajar en bicicleta es desdibujar las fronteras.

Partimos de Puerto Montt a después de algunas compras y de una obligada visita al puerto para hartarnos de mariscos. El plan es alejarnos de la ciudad y acampar a mitad de camino al puerto de Pargua, desde donde cruzaremos a Chiloé.

Luis nos permite acampar en su chacra junto a una laguna entibiada por el sol, perfecta para bañarnos. Como nos pasará una y otra vez en el camino, la timidez inicial de los patagónicos se torna hospitalidad y generosidad, Luis se nos regala el pan casero y los huevos que queremos comprarle para el desayuno.

-Cuando lleguen a O’Higgins acuérdense de mí, yo no puedo viajar ahora, pero así viajo con ustedes.

Luis vivió en Argentina doce años, trabajó en pozos petroleros en Comodoro Rivadavia, ahorro y volvió para comprarse esta chacra.

El Canal del Chacao, de 3km de ancho, separa Pargua de la Isla Grande de Chiloé. En épocas prehispánicas  el mar no fue obstáculo para que las tribus originarias poblaran la isla. Hoy se cruza en transbordadores subvencionados por el Estado, gratuitos para peatones y bicis. Un cartel anuncia la construcción del “Puente del Bicentenario”  que unirá ambas costas, un polémico proyecto que fue desechado y reflotado varias veces los últimos 40 años por su costo. El  presupuesto es de 700 millones de dólares y lo construirá una empresa noruega.  No encontré en toda la isla ninguna persona que estuviera de acuerdo con el puente. Todos prefieren vivir desconectados del continente. Temen que la isla se pueble mucho más y haya un boom agrícola-inmobiliario con el consecuente aumento del valor de la tierra y el fin de la vida provinciana. Los pescadores ya saben de qué se trata: los criaderos industriales de salmón instalados en los `90  generaran un fuerte impacto en el medio ambiente y ponen en peligro la subsistencia de la pesca artesanal.

Ya en la isla, armamos las carpas sobre una palaya de caracoles, aprovecho el calor para darme el gusto de nadar en el insólitamente tibio Mar Austral. La marea sube mucho, tememos por las carpas y las alejamos unos metros más de la costa. Con los últimos grises de la tarde, un grupo de lobitos llega a la bahía y hace un número digno de un acuario. Comen mariscos y juegan. Es la única noche que no duermo de un tirón, me despierto de madrugada soñando con una inundación. Asomo la cabeza: el agua llegó a un metro, pero la marea ya está bajando. Con la bajamar, somos nosotros los que recogemos almejas y choros para un desayuno diferente.

De Chaiten  hacia el sur la ruta es impecable. Nos internamos en los  valles húmedos de la Selva Valdiviana que buscan los pasos entre montañas, casi siempre siguiendo el curso de un rio. Luego de medio día de pedaleo  el asfalto termina sin aviso, la numeración del kilometraje cambia de criterio y comienza un camino ripio en el que vemos trabajar algunas máquinas.  En breve pasa a ser solo apto para camionetas 4 x 4, y bicis, claro. Luego de 30 km reaparecen las obras, luego  el asfalto y el criterio de conteo de km cambia de nuevo. Llegamos a Puerto Ramírez. Comento mi sorpresa a unos amigos ciclistas de Santiago, me cuentan que la construcción de la ruta se concesiona por tramos, casi siempre arrancando de un puerto al que se puede llegar con máquinas y materiales: cada empresa cuenta los kilómetros a su antojo, a pesar de que se trata de la Ruta Nacional que es la virtual columna vertebral de la Patagonia Chilena.

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Cada cuatro o cinco días nos aburguesamos,  cambiamos lago helado y carpa por ducha caliente y cama. En La Junta, el primer pueblo bien aprovisionado al sur de Chaiten, Maricel, la dueña del Hostal, nos trata como una abuela. Es la jefa del próspero clan, mientras revuelve el guiso de cordero que me humedece el paladar,  grita de memoria  los precios que le consulta su nieta desde el almacén. Me cuenta que recorrió Argentina  desde Bariloche a Ushuaia. Además,  va todas las semanas en camioneta al hospital de Esquel a 300 km de distancia, tiene cáncer y se está haciendo un tratamiento totalmente gratuito.

Me pregunto, cómo harán los que no tienen auto, ni la planta para hacer ese viaje al otro lado. Maricel  me despierta de mis divagaciones filosóficas cambiando de tema: me muestra entre lágrimas la foto de su ex pololo, la carta con la que la dejó hace poco y me pide consejos que no creo poder darle. Mientras intento consolarla, llega Kurt sonriente con dos tintos y se disipa el melodrama a la sonar el primer descorche.

El cicloturismo, incipiente en Sudamérica, es muy popular en Europa. Existen circuitos exclusivos para bicis que recorren países. Tengo varios  libros de viajeros que han dado la vuelta al mundo en bici. La Ruta de la Seda dese Turquía hasta China y el trayecto Alaska-Ushuaia son travesías épicas soñadas. Siberia, Alaska y La Patagonia son los mítico rincones del mapa en los que todos los cicloviajeros soñamos pedalear.

Prefiero los caminos montañosos, la bici en el llano es monótona. Pedalear cuesta arriba es duro  pero tiene su encanto: uno sabe que hay una cima, donde se  deja de putear por el esfuerzo, por esa alforja rota que necesita una costura, por la carpa mal acomodada que se bambolea, por ese rayo que se partió esta mañana. Uno disfruta del descanso y se apropia del paisaje infinito, saca fotos y renueva energías para lanzarse en descenso como un chico.

-¿No te matan las subidas?  Me preguntan muchas veces

– Me cansan sí, pero no son lo peor.

bici4Nuestro peor enemigo es el viento. Sobre todo si se nos mete en la cabeza. Cuando hay viento, nadie sabe cuándo va a parar, menos en la Patagonia, y si uno lo piensa, el desánimo puede cansarlo el doble. Después de una subida, casi siempre hay una bajada. Después del viento, en Patagonia, hay mas viento.

Por las tardes a partir de las cinco estamos atentos buscar  una pampita junto a un lago o rio para acampar, bañarnos  y cocinar con luz. Unos kilómetros antes de Coyhaique, pedaleando por la quebrada del Rio Simpson, encontramos un lugar perfecto. El río serpentea entre piedras, bajando despacito la pampa que se estira entre dos paredes de roca. Escucho los salmones saltando, están voraces. Hago mis intentos con la línea y las cucharitas que me regaló un pescador en Chiloé. No hay caso, la pesca no es lo mío. Surge un pescador entre los árboles que viene  bajando el rio y charlamos un rato. Antes de irse, cuenta las carpas con la mirada, abres su morral y sin inmutarse me da tres salmones. Sigue rio abajo sin aceptar nada a cambio.

-Hoy pesqué cuatro, con uno me alcanza. Cuando quiera comer salmón, vuelvo a buscar.

Kurt y Bertrand me miran incrédulos cuando llego al campamento con las presas.

Viajar en bici por Patagonia, a veces, es comer salmón a las brasas.

Hace un par de días pedaleo con Bertrand,  un francés de la Provece  que  vivió el último año en Mendoza y además del idioma adoptó el mate, las bombachas de gaucho y el boludo. Kurt hizo una parada para hacer treking, nos tomaremos unas cervezas cuando pase por Buenos Aires.

Llegamos a Chile Chico  navegando el lago binacional General Carrera-Buenos Aires, el más grande de Sudamérica. Tengo una diarrea que me debilita, no tengo ganas de comer y por delante tenemos 200 km –cuatro días- con las pendientes más duras de todo el viaje. En tres días me tomo una caja pastillas de carbón que no hacen efecto. Abono las tierras patagónicas 6, 8 veces por día, los chistes de los primeros días pasan a ser preocupación. No tengo hambre y necesito combustible, tomo litros y litros de agua para evitar deshidratarme. Soy un autómata, por momentos  pienso en rendirme.  ¿Que hago acá? ¿Quién me mandó a meterme en esto? Pero La Blanquita parece cobrar vida y sus pedales  empujan a mis piernas que no dan más. Estoy seguro de que en este camino perdí  seis de los siete kilos que dejaría en el Patagonia.

– ¿Qué carajo haces que no te vas a una playa en Brasil? Me dijo un amigo antes del viaje.

Viajar en bicicleta por la Patagonia es saber sufrir.

Ya a pocos kilómetros de Cochrane,  con una gran cuesta por delante, mi orgullo cede en la lucha interna. Mientras trepo a paso de hombre decido  hacerle dedo a las camionetas que pasan a cada rato. Si una para, aceptaré la amnistía. Soldado que se retira, sirve para otra batalla.

Maneja Martín, investigador de la Universidad de Concepción. Viaja al sur todos los veranos a sacar muestras del fondo de los lagos, así descifra la historia ambiental de la Patagonia. Me cuenta la forma en que los colonos tomaron los valles para transformarlos en campos de pastoreo para las vacas que traían del  norte, cruzando por Argentina, a finales de Siglo XIX. Quemaban los bosques casi sin aprovechar la madera y muchas veces provocaron incendios inmensos que duraban años, así diezmaron valles enteros. Eso explica la cantidad de troncos caídos y árboles muertos de pie que vimos en los campos.

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-Fíjate en el mapa; dice Martin.

-Chile es un país fronterizo.  Con 5000 km de Norte a Sur y 200 km como ancho máximo, nadie en Chile vive a más de 100 km de sus bordes, sean mar o montaña. Tiene 7800 km de frontera;  Argentina tiene 10.000 y cuatro veces más territorio.

-¿Será por eso tan común ver flamear la bandera en las casas en toda la Carretera Austral? Pregunto. Como si quisieran decir: Yo soy de acá, no vayas a pensar que soy del otro lado, aunque estemos muy cerca.

-Es posible. Y también porque de Puerto Montt al Sur, mi país ha sido poblada inicialmente por militares. Aunque me duela decirlo, La Carretera Austral fue un proyecto y una obsesión de Pinochet, para conectar un país desmembrado. Una caso buena hizo es señor. Aunque la hizo pensando en una posible guerra, que hubiera sido nefasta. Ahora nadie piensa en entrar en guerra por suerte. Aunque aquí tuvimos a Pinochet hasta los 90 y senadores vitalicios militares hasta 2005. ¿Puedes Creerlo?

Hay varias teorías sobre el origen de la palabra “Chile”. La que más me gusta es la del historiador y lingüista chileno Amunátegui Reyes, provendría de la voz aymara “chilli” que significa: ‘donde se acaba la tierra’

La farmacéutica de Cochrane me explica que el color verde que me preocupaba era mi flora intestinal muerta. Su santo remedio me devolvió las ganas de comer y el humor. Hoy me levante feliz a pesar del frío y la lluvia. Después del vía crucis de cuatro días, puedo pedalear. Disfruto el camino, siento en mis manos el traqueteo de las piedras y las gotas repiqueteando en la capucha, mis piernas reviven  y a la fiel Blanquita surca el camino, firme. Cruzo los charcos por el medio, salpicando como un chico y dando gritos de alegría.

Ya hice setenta kilómetros y no encuentro el pañuelo rojo atado a un árbol, la señal que indica el lugar del campamento.  Una 4×4 viene de frente, el conductor baja el vidrio. Es una pareja joven:

-¿Estai con los franceses que van más adelante?  ¡Dale que vai mucho más rápido, a ese ritmo ya los alcanzái!

Al los pocos minutos me sorprendo al verlos volver por detrás de mí.

-¿De donde vení? ¿Cuánto pedaliai por día? ¿No tenei frio?

-Hoy, desde Cochrane. Depende, hoy ya hice setenta km. No, pedaleando entro en calor.

-¿Pero dónde enpezai? ¿Cuántos kilómetros  vai?

-Salí de San Martín de Los Andes hace más de tres semanas. Ya hice mil quinientos.

-¡Chuuuta wewon, vos si que estai  loco amigo argentino!

-No no,  para nada, se disfruta, te aseguro que se disfruta y mucho. ¡Tenes que probar, es mucho mas divertido que el treking!

-¿Queri una cerveza amigo? ¿O una Gatorai?

-Una Gatorade mejor, la cerveza cuando llegue, ja.

-Tenga esta y también un plátano y una barra de cereal.

-¡Gracias! No sabes lo que vale esto en medio de la ruta, amigo chileno.

-Seguimos a buscar a tus amigos a ver si necesitan algo para tomar  ¡Suerte!

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No me falta comida ni agua, pero el gesto solidario me emociona y me da fuerzas.  Sigo adelante, cinco, diez kilómetros sin encontrar a Bertrand y su pañuelo. Ya no tengo ganas de parar. Me estoy desquitando por lo que no pude pedalear la última semana, son las siete de la tarde y quedan cuatro horas de luz. Fantaseo con mi revancha mientras mastico frutas secas y pasas, combustible nuclear:  quiero llegar a Yungay esta noche y tomar el primer ferry de mañana. Son 120 km en un día, jamás pedalee tanto. Me encanta la lluvia sobre la bici, pero armar la carpa mientras llueve me da mucha fiaca. ¿A que vine al final? ¿No es este un viaje de aventura? Hasta Yungay solo me cruzo con una camioneta. Es un carabinero que para a saludarme y se repite la escena del aprovisionamiento.

En la cima del camino que trepo ya casi de noche,  paro a descansar y a sacar unas panorámicas del fiordo que van a salir en sepia; de algún modo quiero guardarme este momento. Fue un día tan perfecto que no quiero que termine. Súbitamente siento a mi lado un zumbido intenso, giro imaginando algún tipo de abejorro  y encuentro un colibrí a 20 cm de mi cara. Pienso que confundió el rojo intenso de mi capucha con una flor gigante. Voltea su cabeza curioso y aleteando suspendido detiene el tiempo mientras, clava en mis ojos  su mirada curiosa que me dice:

-¿Qué carajo hacés acá? ¡A esta hora, solo, en bici!

Llego a Puerto Yungay  ya en noche cerrada intuyendo el camino, mi linterna es de las buenas pero con este clima apenas sirve para esquivar pozos, llueve a baldes y entra viento desde el mar. Cocino algo rápido y acomodo mis cosas en la sala de espera del puerto. Cuatro ciclistas que vienen desde el sur roncan hace rato.

Clásica pregunta: ¿No te duele el culo después de andar todo el día en bici? Nunca me paso, contesté siempre. Esta es  la primera vez que me duele, y bastante. No me importa nada.

Salvo que vengamos enfrascados en una cuesta, cuando nos cruzamos un una bici de frente nos saludamos y compartimos información. Un buen lago para acampar, estado y dificultad de los caminos, horarios de transbordadores. Los refugios ciclistas son un capítulo aparte. Hace un par de días le pasaron el dato a Bertrand. A mitad de camino entre el fiordo y Villa O`Higgins, envueltos por la lluvia arremolinada y un frío que nos corta la cara, llegamos a un refugio mágico escondido en el bosque. Una cabaña chiquita nos protege del viento y la lluvia, tiene un hogar y leña cortada para el que llegue, mesa, sillas y catres armados con tablas. ¿Qué más podemos pedir? Está decorada con grafitis y mensajes de cicloviajeros que pararon acá en los últimos años, encuentro firmas de varios de amigos cuyas largas travesías conozco. La cabaña parece no tener dueño, pero es de todos.Sobre la puerta se lee:

”Dejá este lugar mejor de lo que lo encontraste, limpio y con leña para los que vienen mañana”

Hago mi aporte a la bolsa comunitaria de repuestos. Una cubierta que, espero, ya no voy a necesitar.

Viajar en bici también es, por momentos, acercarse a la Utopía.

Llegamos a Villa O`Higgins, el fin de la Carretera Austral. Acampamos en el Hostal El Mosco, un punto de encuentro de cicloturistas. Después de la semana más dura del viaje, cosas tan simples como una ducha caliente, un guiso de lentejas con una copa de tinto sentado a la mesa con amigos me hacen el tipo más feliz del mundo.  Aprovechamos para ajustar las bicis y reponer fuerzas, debemos esperar un par de días el barco que cruza dos veces por semana el Lago O`Higgins.

Charlando con Fili, la dueña del hostel, le pregunto por las piezas de bicis que adornan las paredes de la galería

-Son de viajeros que pasaron y los dejaron de recuerdo. Con esa rueda partida, a la que le faltan 4 rayos llego a duras penas un español que estaba terminando la vuelta al mundo el año pasado. Estuvo pedaleando 8 años.

-¡No me digas que es la rueda de la bici Salva Rodríguez! ¡No lo puedo creer ¡

Poco tiempo antes de partir me devoré los tres libros de Salva, un andaluz que partió de Granada en 2006 para recorrer África, Asia y América en ocho años. A mitad de camino decidió contar sus viajes y comenzó a financiarse con sus libros. Son las crónicas de viajes en bici más inspiradoras que haya leído, tan bien escritas que fueron  adoptadas por muchas escuelas en España como libros de Geografía. En cuanto terminé de leerlas le escribí agradeciéndole y mantuvimos una conversación por mail que retome con la excusa de la rueda maltrecha. Recuerdo la anécdota, su bici casi lo deja a pie en el final de su travesía y todo el pueblo de Villa O`Higgins unió fuerzas para conseguir el repuesto. Le mandé  una foto posando con la reliquia.

-Ja, ja, ja!  Santiago, dile a esa buena gente del Mosco que echen ese hierrajo a la basura, que me dejó tirado en medio de la ruta!

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Tras dos horas de navegación llegamos al control de migraciones. Las ruedas de La Blanquita se hunden en la tierra suelta del último ascenso hasta la divisoria de aguas. Siento en mis pies  los mapas que estudie mil veces. Las gotas nacen de la tierra y los chorrillos se transforman en arroyitos que metro a metro van tomando rumbo al Pacífico y al Atlántico, un escenario que parece armado para que el Perito Moreno exponga sus razones: suena tan lógico que la procedencia del agua que riega los campos sea el límite con los vecinos de otro lado de la montaña.

El camino termina  en un claro de bosque en la cima del cerro donde el hito, un poste de hierro  en el que leo ARGENTINA, señala la línea imaginaria de la frontera. Detrás, veo por primera vez al Fitz Roy desgarrando las nubes que le arrojan los hielos continentales. Es la entrada más linda que jamás hice al país y la atravieso caminando. Unos metros a mi derecha la naciente de un chorrillo, que baja junto a la senda, confirma el cambio en la dirección de las aguas. Allá arriba dos cóndores planean en círculos, parecen querer  mostrarme que el cielo, las montañas, los lagos y los bosques, no tienen  dueños ni  fronteras, que ese hito y esa línea imaginaria no significan nada para ellos. Sé que tienen razón, pero igual me emociona pisar nuevamente tierra argentina.

Distingo la senda que se interna en el bosque. A partir de aquí son seis kilómetros de descenso entre los árboles. Sostengo a La Blanquita que se arroja ansiosa cuesta abajo, como un pingo que reconoce su pago. La huella se transforma en un surco de medio metro de profundidad  y hago malabares para frenarla. Varios árboles caídos cortan el camino y las ramas rasguñan las alforjas; es imposible pedalear en este bosque. Tardo casi dos horas en bajar hasta el puesto de Gendarmería en la costa norte de la otrora disputada Laguna del Desierto.

Los doscientos kilómetros de Chalten a Calafate los hago en un día y medio con Eolo soplando a mi favor. Llego con un día de tiempo para descansar y embalar la bici sin apuro. En la monotonía del asfalto y la estepa  infinita hago un repaso del viaje. Pedaleé casi dos mil kilómetros en cinco semanas, hice muchos amigos en una ruta increíble y la blanquita se portó muy bien,  con cuarenta kilos de equipaje encima solo partí un rayo y un par de tornillos de la transmisión y el único pinchazo fue a 15 km del Chalten en el último tramo de ripio. Sin embargo tengo un sabor amargo. Traigo en mis alforjas las fotos de mi paso por la Estancia Cancha Carrera hace veinte años, doscientos kilómetros al sur de Calafate, a dónde planeaba  llegar. Los días que me faltan se los robaron la recorrida por Chiloé y las esperas en los puertos.

En enero de 1996 hice mi primera travesía  en bici con cuatro amigos. Pedaleamos mil kilómetros desde Ushuaia  hasta Torres del Paine. Después de un mes de viaje, entramos  a Argentina  por el paso Cancha Carrera. En la estancia homónima pedimos permiso para acampar en un galpón. Fabio, el cocinero, nos abrió la barraca de los esquiladores. Cuando vimos las camas y las duchas con agua caliente nos abrazamos como sobrevivientes de un naufragio.

-La comida es a las 8, muchachos.

Al otro día desayunamos  al calor de una enorme cocina a leña. Compartimos  mates y cuentos del viaje con Fabio, que no nos quería dejar ir sin almorzar.  Al despedirnos salió de la cocina con una bolsa de arpillera llena de tortas fritas para el camino. Hicimos la promesa de volver a pasar y traerle las fotos.

Aún le debo a Fabio la foto en la que posa orgulloso en su cocina junto a un grupo de viajeros ciclistas. Un motivo más para volver a pedalear por la Patagonia, la madre  de viento y  las estepas infinitas.

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