El sueño chileno de los haitianos

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Por @enigmagenes.

El patio es de apariencia corriente, un portón color verde lo separa de la calle que hoy, sábado a los ocho de la mañana, luce casi vacía. Es probable que muchos de los vecinos aún estén disfrutando de algunas horas extras de sueño. En la esquina que cruzan las calles Antártica con Lautaro, en Estación Central, dos hombres de piel negra y bien vestidos entonan a capela y en francés un himno que retumba en los vidrios de la capilla posterior al patio de recepción y que incluso es oído por tres vagabundos que somnolientos reposan en la esquina de la siguiente cuadra.

Con trato amable y cortés, Patrick y Julien reciben a los demás miembros de la congregación que en solo unos minutos se va aglomerando en el recinto. Hace algunos años, esta iglesia estaba conformada -en su mayoría- por chilenos, le seguían los peruanos y luego los bolivianos. Los haitianos empezaron a llegar hace tres años. “Eran uno o dos”, dice un miembro de la iglesia. Pronto, al igual que en todo Santiago, empezaron a hacerse notar.

En la actualidad, según datos del Departamento de Extranjería y Migración, los haitianos en Chile son casi 5500, cifra que crece desde el 2010. Patrick Menyant (38) llegó cinco años más tarde, para ser exactos, hace cinco meses. Nació en Puerto Príncipe, la capital haitiana que sufrió el devastador terremoto en el 2010 y que dejó al país en una grave situación económica y política.

A Patrick lo acompaña Julien. Ambos están hablando en su idioma: el culto está por comenzar. En la parte final del recinto, dos mujeres vestidas elegantemente están sentadas sobre una banca de madera. Y adelante, un hombre de estatura media -a comparación con la de Patrick, Julien y la mayoría de miembros haitianos- verifica que los micrófonos funcionen bien. Las dos mujeres y el petiso son los únicos chilenos que comparten el culto en francés, él es anciano de iglesia, una de las mujeres es su esposa y la otra, su suegra.

La Iglesia Adventista, a la que todos pertenecen, tiene una estructura organizacional muy particular. Existen, además del pastor, los ancianos, que vienen a ser miembros destacados de la iglesia y que apoyan a su dirección, los directores de departamentos, a los que se les asigna un área específica (misiones, salud, educación, comunicaciones, etc.) y los diáconos, que velan por el orden y el mantenimiento del recinto.

A Patrick le otorgaron el cargo de Director Misionero. Es adventista desde los tres años, pero dice que recién a los doce llegó a bautizarse por inmersión, como suele practicarse en esta religión. Después de eso, su vida cursaba el desarrollo normal de un joven haitiano que, como un privilegiado 50% de la población -según datos de UNICEF-, aspiraba a concluir la educación secundaria con un bachillerato técnico en la especialidad de construcción.

“Mi padre murió en el año 94 y empecé a tener dificultades económicas”, dice Patrick en un pausado, pero entendible español. Desde que se fue de la isla, lo viene perfeccionando. Su objetivo inicial era Francia, sin embargo, para hacerlo necesitaba contactar con un “pasador” que le hiciese ingresar de forma ilegal. La opción más conveniente, fue la que ya han tomado -en la actualidad- más de 600 mil haitianos que residen hoy en República Dominicana. Sin duda, uno de los fenómenos migratorios más importantes de todo el continente.

Gracias al consejo de un amigo decidió venir a Chile. “Estoy pasándolo duro”, cuenta cuando se refiere a su empleo actual. A pesar de eso, es consciente de que en este país es casi imposible conseguir trabajo sin papeles y quizás por eso prefiere obviar la palabra “explotación”. Edgar Quispe, el anciano de la iglesia, es mucho más tajante: “Los explotan, les hacen trabajar casi doce horas”.

En el contrato que la empresa de transportes Pullman Bus le hizo a Patrick especifica que se le paga el sueldo mínimo chileno, 241 mil pesos (350 dólares aproximadamente), por cubrir el puesto de “aseo”. Lejos del significado común del español para esta palabra, Patrick entendió después que ese cargo, en realidad, significaba: de todo. “Cuando hay que soldar, soldar; cuando hay que poner cerámica, poner un piso, cuando tengo que hacer de seguridad también, hacer de todo”, explica.

Pero hoy sábado, lejos de los quehaceres triviales, la función debe continuar. Esta es precisamente la única escusa que puso Patrick al momento de conseguir empleo: “Deme el sábado libre”, le pidió alguna vez –educadamente- a su jefe. Éste le contesto: “¿Trabajas los domingos?”. Patrick ahora sabe que le toca trabajar mañana, pero quizás eso no le importa.

Hoy, se despertó muy temprano. “A las seis”, dice, como todos los días. Solo que hoy no le toco ponerse los jeans, la parca con rayas fosforescentes, los zapatos de punta metálica y los lentes de seguridad que generalmente coloca en la parte posterior de su cabeza, de cabello ralo y encrespado, con las que suele llegar a los programas nocturnos que realiza su iglesia los días miércoles y viernes.

No, hoy Patrick luce un traje elegante color gris, una camisa celeste y una corbata color burdeo. Una vestimenta sobria para sus demás compatriotas, algunos lucen trajes blancos, corbatas relucientes y llamativos zapatos, mientras que, algunas mujeres lucen en sus cabellos, vistosas trenzas con llamativos accesorios. Todos, al compás de una guitarra, dan inicio a la ceremonia con un ritual de saludos y abrazos efusivos. Todos, al igual que Patrick, guardan una historia, pero hoy quizás solo quieren olvidarla.

***

Julien Lecrerc (45) apoya a Patrick tomando del otro extremo un cartel que anuncia la llegada de un pastor haitiano a Santiago. En él se puede leer claramente: “Fais-le encore Seigneur” (Lo sigue haciendo el Señor), de fondo se nota claramente la ciudad de Santiago, con el edificio del Costanera Center como atracción principal, bajo un cielo del color de un atardecer casi apocalíptico.

El mismo anuncio, en versión miniatura, ha llegado a las manos de los vecinos haitianos de la zona invitándoles a la realización de una campaña evangelista en el local de la junta vecinal. Luego, en los sábados siguientes, anunciarán que la campaña fue un éxito, presentarán a cinco nuevos miembros recién bautizados y Julien –que también es anciano de iglesia- sonreirá en el rincón de una banca. Sonreirá porque, pese a que su trabajo, también en Pullman Bus, comienza a las nueve de la noche y termina a las nueve de la mañana del día siguiente, su apoyo para este evento fue incondicional.

Julien llegó a Chile un mes antes que Patrick y ambos jamás se hubiesen conocido de no ser porque, gracias a unos amigos, encontraron esta iglesia cercana a su barrio. Además, ambos llegaron en el momento preciso y fueron los que, al darse cuenta de que habían muchos miembros que no entendían los cultos que se impartían en español, le propusieron al pastor la creación de un culto en francés que hoy es corroborado por diversos letreros dentro de la iglesia que anuncian que la ceremonia en francés se inicia a las ocho de la mañana y termina a las once.

Mientras esta se realiza, algunos miembros hispanohablantes van llegando y esperan su turno en el patio. Varios de ellos estuvieron el día en el que Rubén Chanducas, el pastor de la iglesia, les propuso la idea que Julien y Patrick le habían comunicado. “Primero estuvieron reuniendo en una casa, pero ya no cabían y decidimos comunicarle a los hermanos de esta iglesia para que los pudieran acoger, luego nos dimos cuenta que el entorno estaba lleno de haitianos, recién llegados y que no conocían de la iglesia”, comenta Chanducas.

Es precisamente con este tipo de hermanos con los que el trabajo se hace más arduo y Julien lo sabe. Sabe también cuán importante es el manejo de la lengua española al momento de buscar empleo. Para él las lenguas no son un problema, afirma saber cinco idiomas, de los cuales el español es el que menos domina. Esta situación es recurrente en varios miembros de la congregación ya sea por su estadía en otros países o por su desempeño en colegios haitianos en donde se les suele enseñar, como mínimo, dos idiomas: inglés y francés.

Sin embargo, además de los idiomas, Julien también cuenta con estudios en derecho en la Université d’Etat d’Haïti. Allí logró terminar la carrera, mas no, conseguir lo que suele llamar “memorias”. “Algo como lo que tú estás haciendo”, dice. “¿Una investigación?”, pregunto. “Si, una tesis”, afirma.

Claudia Cento, encargada de comunicaciones del Departamento de Extranjería del Ministerio del Interior y Seguridad Pública, está convencida de que la migración le hace un bien a Chile. Dice que ésta poco a poco se ha ido ampliando hasta llegar a países centroamericanos como Haití y que se trata de gente que muchas veces ha sido formada con educación superior y vienen aquí a desarrollar su proyecto de vida.

Julien probablemente encaja en este concepto a medias. Suele sonreír cuando le preguntan, aunque generalmente nadie lo hace, sobre lo que ha estudiado. Solo Patrick y algunos miembros de la iglesia saben que es abogado de profesión; los demás se limitan a saber que se desempeña como guardia de seguridad nocturno en el local de Pullman Bus, en dónde quizás uno que otro compañero se sorprende al encontrarlo leyendo algún libro de jurisprudencia en sus ratos libres.

Él y Patrick son parte de ese grupo de haitianos que residen en Chile y a los que las estadísticas no logran reflejar del todo. Los datos proporcionados por Extranjería aseguran que la población haitiana en Chile es de aproximadamente 1.854 personas, el 0,4% del total de migrantes en el país. Esto solo tomando en cuenta las visas definitivas emitidas a los migrantes de la isla. Los otros 5500, mencionados en un principio, se componen con datos de las visas temporarias y otras aproximaciones que, según Extranjería, son personas que solo están de paso por el país.

Sin dudas, muchos lo están, pero para Patrick, Julien y los miembros de la congregación, el paso no simplemente es por Chile, en realidad lo es por el mundo entero. El libro que Patrick lleva junto a su biblia y el cual estudia todos los días junto con sus compañeros de pieza, habla de un personaje del antiguo testamento llamado Jeremías a quién dios había encomendado advertir al pueblo de Israel de que pronto caerían en las manos de Babilonia. Hoy, toda la congregación está convencida de que ese mismo dios les ha encomendado rescatarlos de la Babilonia y prepararlos para su próxima venida.

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Algún sábado próximo, otro predicador tomará el púlpito de la iglesia haitiana y hablará sobre algún personaje de la biblia, contará su historia enteramente convencido de que así sucedió. Patrick lo escuchará atento en medio del público. Al final, tendrá que coordinar con algún otro hermano para la predicación del próximo sábado. Solo cuando está todo listo podrá tomar sus cosas y regresar a su pieza que queda solo a dos cuadras de la iglesia, en la calle Atahualpa exactamente.

Caminará erguido y seguro ante la mirada de sus vecinos, se detendrá frente a una casa pintada de color rojo y buscara la llave. Entrará por un pasillo en dónde a los costados verá las otras piezas dividas por maderas y cortinas, saludará en francés a sus vecinos porque en esa casa todos, a excepción del dueño, son haitianos. Quizás se encontrará con el hijo del dueño al que por lo general encuentra jugando con un teléfono celular y buscará las palabras exactas para hablarle de su dios.

Luego, entrará a su pieza, guardará su traje en los colgadores de ropa que tiene sobre su cama que, a las justas, logra acomodarse con las otras dos en un reducido espacio y hará tiempo para la llegada de otro día de trabajo. La navidad que se avecina, dice, será la primera que pasará lejos de su familia. Inclusive en República Dominicana eso jamás sucedió.

Su esposa y sus dos hijos aún viven allí y pese a las tensas relaciones entre Haití y República Dominicana, como -por ejemplo- el hecho de que Hipólito Mejía (expresidente dominicano) haya apoyado políticas antinmigración haitiana, han logrado obtener la residencia en dicho país.

Patrick tiene el mismo sueño que Julien: traer a su familia a Chile. Hace poco, en su iglesia se realizó un ritual muy especial, él tenía que lavarle y dejarse lavar los pies por otro hermano en señal de humildad. Mientras lo hacían, Chanducas -el pastor local- contaba que alguna vez un descendiente africano le comentó que los pies angostos de los de raza negra eran valorados al momento de elegir un esclavo hace cientos de años. “Simbolizaban el largo caminar”, le dijeron. Los pies de Patrick, sin embargo, son anchos. Quizás porque su camino recién está comenzando, quizás porque Chile solo es el inicio de aquel derrotero del que ha oído le dicen: “sueño chileno” y al que, sin querer, también se aferra con fe.

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