El patrón del bien

padreignacio

Por @nataliapandolfo. Fotos: Parroquia Natividad del Señor.

En Rosario, el padre Ignacio Periés protagoniza uno de los fenómenos de masas más impresionantes de los últimos años. Miles y miles de personas se acercan a él en busca de un milagro. En el último tiempo se organizó un sistema de turnos sólo para casos urgentes, para evitar el descontrol.

Es domingo y la cola comienza a serpentear desde las tres de la tarde, tímida, en la vereda. De a poco, como invitados al fogón de la esperanza, van llegando y ubicándose los que cargan la mochila de un dolor y la fortuna de haber conseguido un turno.

La pequeña parroquia Natividad del Señor está ubicada en la calle Mena 2284 del barrio Rucci, de Rosario, una zona de trabajadores que se convirtió en imán de los desahuciados de provincias vecinas y de países limítrofes, que llegan a la ciudad en trafics y colectivos especiales.

En la calle hay pocos vendedores ambulantes y trapitos. Desde de la iglesia, dos colaboradores salen con sus carritos cargados de rosarios, estampitas, medallitas, almanaques, pulseras, llaveros, recuerdos – y la gente se avalancha. Algunos venden bidones, que serán llenados con el agua bendita que la iglesia reparte desde unos tanques gigantescos de acero inoxidable, ubicados a la entrada.

Cáncer, madres que piden por sus hijos, cáncer, hijos que piden por sus padres, cáncer. Lisiados, paralíticos, postrados, postergados. Leucemias, ACVs, convulsiones y adicciones. Por los que están internados y por los chicos enfermos, por los que están en terapia y por los que esperan un guiño del cielo. Para que fulanita cambie de actitud, para que el marido de fulanita tenga mejor carácter. Por los exámenes de Pedro, para que José consiga trabajo, para que la familia Ferrari tenga paz. Por las parejas que no pueden tener hijos. Un dramaturgo se haría un banquete con el listado que se lee antes de comenzar la misa: un interminable popurrí de los principales pesares del hombre.

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Conseguir el turno es en sí un pequeño milagro: hay que entrar al sitio www.natividad.org.ar, donde se puede optar entre “Enfermos” y “Embarazadas”, para aquellas parejas que no pueden tener hijos. Allí habitualmente aparece la leyenda: “En este momento la parroquia no cuenta con cupos. Disculpe las molestias”. Hasta que un día las aguas del mar de la burocracia se abren y se habilita la inscripción: son unos pocos minutos de gloria. El formulario pregunta las condiciones de traslado: las opciones son silla de rueda, ambulancia, oxígeno u otros. El turno es algo así como un pase vip: después de la misa, se podrá acceder a una bendición.

La misa es transmitida online: los sábados a las 18 y domingos a las 8.30 y 19.30, a través del sitio web.

Los asistentes son entrenados exégetas: un gesto del cura y una canción queda suspendida en el aire porque se estaba extendiendo demasiado. Parecen haber aprendido a no involucrarse con el dolor ajeno.

Parada a pocos metros del religioso, una asistente, eventual fuente, se hace añicos ante la primera pregunta:

– ¿Se quedan hasta muy tarde?

– No tenemos permitido hablar.

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Jugadores de Rosario Central visitaron a Ignacio.

Jugadores de Rosario Central visitaron a Ignacio.

Ignacio Periés Kurukulasuriya nació en Sri Lanka, antiguamente Ceilán, el 11 de octubre de 1950. Cuarto hijo de seis, se ordenó sacerdote en 1979 en Londres, dentro de la orden Cruzada del Espíritu Santo, y luego aterrizó en Rosario.

“Recién ordenado pensé que mi destino era quedarme en Londres, pero llegué a la Argentina como un milagro. Cada día que pasa me siento como un argentino más, y cuando voy de visita a mi tierra natal, no veo la hora de volver a Rosario”, dijo cuando lo reconocieron como inmigrante ilustre de la ciudad, en 2005, en un acto en el que participó la entonces vicegobernadora María Eugenia Bielsa.

Ignacio no recibe a la prensa porque, dicen quienes hablan con él, no quiere circo a su alrededor. Sólo dio un par de entrevistas a lo largo de los años que lleva en Argentina. La última se publicó en La Capital, de Rosario, después del último Vía Crucis, al que asistieron unas 300 mil personas. “Hay cosas que me quitan el cansancio: los chiquitos, sus testimonios, peticiones. Han venido a verme niños con leucemia o meningitis. Cuando ellos te dan un beso y te dicen ‘gracias, estoy vivo’, te levantan el ánimo. Cuando la gente vuelve para agradecer y te cuenta que está bien, el cansancio se va. Uno se siente útil, reconfortado, se da cuenta que vale la pena lo que está haciendo. También me llena de fuerza la gente de otras religiones. Acá han venido judíos, budistas, hindúes, no solamente católicos. A nadie le pedí que cambie de religión para darle la gracia. Y ni hablar de quienes llegan de otros países con un gran confianza. Dios me pone en el camino de muchos para darles una respuesta en la vida. Trabajo horas y horas, pero pierdo ese cansancio. La verdad es que todos vienen con una fe ciega en Dios, no en mí, porque, como siempre digo, yo soy un instrumento de Dios. Y veo que esa fe funciona”, opinó en la nota.

En 2009 le dijo a Clarín: “Cada día siento un compromiso muy grande, siempre a través de esa vocación que Dios me dio. Por eso, le pido que no me ‘agrande la cabeza’ y pueda seguir compartiendo la vida como cualquier otra persona normal. Ser uno más en medio de todos para ayudar a andar y encontrar sentido a lo que hacemos. Ser yo, no otra persona, tal como me enseñaron papá y mamá. No llegarme a creer que soy importante, como si los otros no lo fueran. Cada uno lo es según el rol que le tocó cumplir. No siento nada extraño. Ni floto, ni vuelo. Soy normal, me alimento, duermo. No hay ninguna cosa rara”.

En esa época atendía casi 17 horas por día: el sistema de turnos online vino a ordenar un poco el desmadre.

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Es una fila rara, fila de señoras que están acostumbradas a este tipo de tertulias, y entonces se van preparadas: una rueda de rumores que haría las delicias de cualquier estudiante interesado en el circuito de la comunicación informal, empieza a rodar desde temprano. El “dicen que entran 100 personas nomás en la iglesia” que alguien tira al voleo, se convierte a los diez minutos en información oficial: una señora instalada en la reposera asegura que iremos entrando de a cien, y que a nosotros nos tocará entrar en una décima, decimoprimera tanda, un decir.

Están las que se pelean por ser más curistas que el cura. “A él no le gusta que la gente se pelee por entrar”, dice una, como si fuera íntima. “Se toma un descanso cada una hora”, la desafía la otra, en un duelo de habitués que entretiene en el eterno mientras tanto.

Hay una cola aparte, que nubla la vista. Son los discapacitados, los chiquitos enfermos, los desesperados, las sillas de ruedas, las cabezas calvas. Obliga a agachar la cabeza y bajarse del estrado de los pedidos.

Las horas de nada son pesadas como mármol. Hay un señor que fuma tres atados por día y se ríe: yo sé que él magia no hace, dice, mientras pisotea la enésima colilla.

Pasó la espera, pasó el rosario completo con cantitos ad hoc, pasó el vía crucis, pasó la misa de una hora y media. Las horas que quedan son las peores. Ya todos están molestos, los chicos escupen fuego, del labial de la señora que se reía a carcajadas ya no queda ni la sombra, la noche amenaza.

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– ¿Qué pasa?

– Estoy perdiendo la vista.

El cura le toca los ojos, le pone su mano en la frente, la abraza. Le toma la cabeza, le agarra la nuca y le dice palabras ininteligibles. Hay dos filas, él va pasando uno por uno y los escanea con las manos.

La mujer llora y la asistente -una chica joven y paqueta- no se inmuta. Parece programada para no hacerse cargo. Simplemente espera que la señora escriba. La birome no anda, la mujer está empapada en llanto, hace esfuerzos para que los mocos no terminen de arruinar un panorama que ya pinta patético. La chica, implacable, dicta indicaciones:

– Tomar agua bendita con limón todos los días. Rezar cinco padrenuestros con la mano en el corazón y cinco avemarías con la mano en el vientre, y al finalizar, la Oración a Nuestra Señora de la Natividad.

viacrucis2015

Una multitud acompañó a Ignacio en el Vía Crucis 2015

El nene se desparrama en el piso, el rostro al cielo, y emite sonidos guturales. Tiene tres años, una hermana mayor con varios rosarios al cuello, un papá, una mamá y una abuela. “Yo no fui nunca a una misa”, dice la madre y resopla: la espera de tantas horas hubiera sido imposible si no fuera porque el chico se acomodó debajo de un banco y se quedó dormido como un ángel.

El auto de alta gama se estaciona en el playón de la iglesia. Baja primero el conductor, un chico joven; y su acompañante, una chica ídem. Detrás viene un hombre mayor y una mujer de unos 50 años que no puede caminar sola. Está ciega, como ida. La chica la abraza y no se le despega durante toda la tarde. Le dice mamá tantas veces como minutos pasan. Ella no responde.

La piba rollinga está sentada en el piso con su mochila: en su regazo, una nena sonríe desde la foto, sus dos colitas y sus dientes tan graciosos. Tiene dos años y está internada en el Garrahan: dos tumores avanzan como una sombra en sus riñones.

A todos el cura les ofrece sus manos: es una práctica que comenzó casi como una casualidad, y que hoy define su impronta -y a veces deriva en la expresión “cura sanador”, que él rechaza.

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Carina Busto es de Quilmes, tiene 40 años, vive con Adrián y lleva en su panza a Juan Ignacio. Sufre endometriosis, una enfermedad que le quita fertilidad, además un quiste del tamaño de una naranja en cada ovario. Tuvo que atravesar cinco operaciones: al tiempo de la cirugía, volvían a aparecer los quistes, como en una pesadilla recurrente. A modo de tratamiento, debía tomar pastillas anticonceptivas. El ovario izquierdo quedó muy averiado: la posibilidad de ser mamá se alejaba cada vez, como una zanahoria. El agotamiento y la depresión aparecieron al fin. Alguien, entonces, le habló sobre el Padre Ignacio.

“Me asombró la cantidad de personas que había. Tuvimos que esperar todo el día. Durante esas horas la gente relataba sus experiencias y decía que uno va a pedir la primera vez, pero que la segunda va a agradecer. Me daban tanta esperanza…”, cuenta.

“Es inexplicable lo que se siente al escuchar al Padre. Recibí su bendición y me dio un papel para que hiciera mi oración. Después de ese día, cada noche recé y pedí fervorosamente ser madre. En los siguientes estudios de control, los quistes no estaban. Cuando salí con los estudios en la mano no podía creerlo. Entonces me propuse volver, para agradecer”, dice.

Al terminar la misa, fue hasta el altar tomada de la mano con su pareja. Cuando estaban llegando, el sacerdote los apartó, puso una mano en el hombro de él y otra en el vientre de ella. Sin palabras. Carina salió de la iglesia y se largó a llorar desconsoladamente. Quiero ser mamá, le dijo al cielo.

El tiempo pasaba y los quistes no aparecían. Era hora de dejar de tomar las pastillas y tomar el riesgo. Pasó un año y medio de estudios mezclados con temores, de rezos rezados con miedo. Hasta que un día, hace ocho meses, llegó la noticia. “Miré el test tantas veces que a lo último ya no veía. Se me quebraba la voz, no podía ni decírselo a mi marido. Lloré tanto ese día…”, evoca. Carina tuvo que hacer reposo, así que no pudo volver a Rosario para agradecer, como se había prometido. Pero eligió homenajear al cura dándole su nombre a su hijo. “Voy a ir con mi bebé en brazos”, asegura.

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La piel oscura, los ojos negros, la barba recortada y el pelo hacia el costado: Ignacio es de estatura baja, pero hay algo -algunos lo llamarán aura; otros, energía; los católicos, fe- que lo distingue. Quizá su acento, pero no solamente. Quizá el tremendo dispositivo de seguridad que lo rodea, pero también algo más, algo que lo hace diferente a cualquier cura de barrio clase media de cualquier ciudad argenta.

Todo allí es púrpura: los mantos que cubren el altar; las flores, abundantes y ordenadas; la túnica de Ignacio. El momento de la consagración está teñido de una impronta mágica: hasta el más rebelde se conmueve con ese suave hamacar de palabras y música emotiva de fondo, con la hostia alta en el cielo. Es un momento trascendental para la liturgia católica, y el sacerdote sabe explotar su costado histriónico para convertirlo en un instante estéticamente bello.

papa

El sacerdote habla del peso de la vida como si fuera algo físico, que puede mensurarse. Habla en un castellano cruzado pero inteligible. “Sostener la vida a veces se hace más pesado que sostener con un brazo un edificio”, dice. Habla de la angustia, de la tristeza profunda, del enojo con Dios, del agobio de los que están contra las cuerdas y siguen recibiendo piñas. Les habla a los ojos, en su idioma, a los que sufren.

En los primeros bancos asienten: son los que tuvieron la suerte de conseguir turno para la bendición: después de la misa, podrán tener su ratito de exclusividad con el cura, llevarle su dolor, conseguir algo de aliento y tramitar algo que los conecte con la energía vital —sin su peso abrumador. No es él quien cura, sino Dios a través suyo: lo repiten como un mantra.

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Según sostiene el antropólogo Juan Mauricio Renold en el texto El Padre Ignacio: sanación y eficacia simbólica, “no se tienen, que se sepa, registros sistemáticos, seguimientos controlados, historias clínicas confeccionadas con protocolos médicos específicos y profesionales, que permitan siquiera tener una aproximación clínica, científica, académica a estos fenómenos de sanación. De más está decir que no existen estadísticas al respecto (en tanto vayan acompañadas con los protocolos médicos correspondientes). Por supuesto que estas inquietudes de rigurosidad científica no son tales en términos de quienes asisten y son protagonistas de estos ritos y sus efectos. Dicho esto, no hay duda que la ‘curación’ se da en otros términos, no por un procedimiento ‘clínico’ científico ya que no puede argumentarse que haya tal clase de cura por el rito mismo”.

En una entrevista de Alejandro Duchini publicada en el portal A24, el periodista Jorge Zicolillo, autor de Padre Ignacio: pasión por curar, cuenta: “Pese a que nunca pude hablar con él personalmente (todo el trabajo fue de campo) creo que es un tipo culto, carismático (como me dijo el intendente de Rosario: ‘Si se dedicara a la política muchos nos quedaríamos sin trabajo’), complejo en el mejor sentido del término, y con una determinación a prueba de balas”.

“Soy agnóstico, y mi mirada sobre los ‘milagros’ es bastante incrédula. Sin embargo, tampoco creo en ese cierto ‘totalitarismo’ de la ciencia que manda al rincón de la superchería todo lo que ella no proclama. Cuando se sangraba a la gente para curarla, ésa era la ciencia oficial; cuando se sentaba a los locos en una silla y se los hacía girar para volverlos cuerdos, ésa también era la ciencia oficial; yo no juzgo los poderes de Mario (Pantaleo) ni los de Ignacio, sólo digo: habiendo tantos testimonios de personas insospechadas de charlatanería, ¿no sería bueno observar y preguntarse si acaso no hay respuestas que la ciencia aún no ha podido darnos?”, sostiene el autor.

“A mí me dejó perplejo, entre otros, un caso en el que un paciente tenía una afección cardíaca y debía viajar a Buenos Aires para operarse. Ignacio lo vio y le dijo que era más preocupante el estado de sus pulmones. Cuando llegó a Buenos Aires los médicos lo confirmaron. A una periodista que me ayudó en la investigación le diagnosticó un problema ovárico que ella ya conocía, pero no Ignacio. Como te dije, no puedo explicarlo, simplemente lo cuento”.

Duchini también tiene algo que contar. “Yo no soy muy creyente, pero en 2010 andaba sin laburo y con problemas personales. Entonces Marian, mi esposa, me pidió ir a ver a Ignacio. La acompañé. Fue un sábado y su misa empezaba el domingo a la mañana. Era un mundo de gente. Escuchamos la misa y cuando enfilamos para que nos bendijera pasó algo para mí muy extraño, porque no creo en nada de esto. Pero el tipo nos agarró a los dos, sin saber que estábamos juntos (no había manera de que lo supiera) y nos dijo: ‘Trabajo, casamiento, bebé’. Yo me quedé helado. Cuando me iba, me susurrró: ‘Animáte’. Marian quería que nos casáramos y yo no estaba tan seguro. Además, yo andaba sin laburo. Y en tercer lugar, recién empezábamos a hablar de la posibilidad de tener un hijo. El tipo utilizó las tres palabras clave en ese momento de mi vida. No te puedo decir que creo. Supongo que no. Pero algo pasó ahí, ¿entendés? Él no sabía nada de mí”.

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2 Responses

  1. Qué buen título, Natalia. Me acuerdo que esos títulos los leía cuando hice algunos laburos para Página 12 en los 90.

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