El hombre satélite

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Por @machul.

Recorrí cada rincón de ese parque. Miles de tardes. Miles de noches.

Ese día paseaba por el ombú, zona de pocos árboles y mucho espacio verde, como para tomar sol o hacer un picnic, cuando me encontré con un hombre de pies descalzos y ropas viejas. Hicimos contacto visual y me invitó a iniciar una conversación. O simplemente, se acercó y empezó a hablar.

Era de ese tipo de personas que suelen comenzar el diálogo y, al notar que hay algún oyente que los escucha, siguen sin detenerse, como si fuera la última oportunidad que tienen para contar su historia.

Apenas empezó, su relato me pareció verosímil. Así que me senté a escucharlo con atención.

Tenía datos coherentes, hasta científicos, pero también, toques de mucha fantasía.

Lo que este hombre se esforzaba por explicarme, con una intensidad que parecía que verdaderamente fuera algo trascendental, era cómo funcionaban las redes telefónicas en el país. Algunos de esos datos eran los que me parecían verosímiles.

Lo fantasioso o extraño era que este hombre se creía un satélite natural personificado. Según él, era capaz de reproducir cualquier señal de radio y escuchar todas las llamadas telefónicas que se realizaran a su alrededor, en un campo de cien kilómetros a la redonda.

Le pregunté si tenía algún parlante para que yo pudiera escuchar. Respondió con una evasiva: esgrimió algo sobre telepatía, y salió con que antes vivía en Plaza de Mayo pero tuvo que escapar porque en una vuelta, luego de emborracharse con amigos, le tiró una piedra en la cabeza a un granadero. Y desde ese día, el granadero lo busca y él vaguea por las todas plazas de Capital.

Después volvió al relato: me explicó que en épocas festivas su cabeza era un mar de comunicaciones y llamadas, lo que lo llevaba a experimentar una gran confusión en la cabeza. Escuchaba las miles de felicitaciones que se dedicaban los habitantes de la ciudad, junto con las radios policiales y toda frecuencia que agarrara su radio. También le pasaba lo mismo cuando se producía un acontecimiento universal tal como un mundial o las olimpiadas.

Terminó de hablar y, sin saludo de por medio, el hombre satélite se alejó unos metros y se sentó en el pasto. Yo hice lo mismo, en el mismo lugar en el que antes estaba parado. Me quedé mirando al vacío unos veinte minutos.

De repente, el hombre satélite me gritó: “¿Te sonó el teléfono?”.

Sorprendido, dije no, pero agarré el celular. Me fijé y, efectivamente, tenía un mensaje de hace cinco minutos. Lo extraño fue que mi celular estaba en vibrador. Nunca supe cómo pudo escucharlo. Pero lo hizo. Quizá tenía razón: tenía ese extraño poder.

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