El hombre lechuza que camina entre libros

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Por Gustavo Arias (@gustavoa)

Sebastián Manuel Rodríguez nació en Lanús. Su lugar es San Cristóbal. Y lo adoptó Parque Patricios. No tuvo suerte con las mujeres. La sangre que le bombea el corazón está hecha de palabras y de libros. Su rostro es el de un librero, de aquellos hombres sabios que existieron en 1800, de los que ya casi no quedan. Los anteojos gruesos como lupas, la barba mota que nace de las patillas le tapa la boca: lo camuflan. Se lo puede confundir con un rabino del barrio de Once. Tiene pelo largo, atado atrás. Su andar es pausado y encorvado. Es un hombre con una memoria extraordinaria y un sentido del orden aún mejor. Voz aguda, agradable, rasposa, suave. Viste polera, pulóver en gama de grises, vaquero y zapatillas negras.

***

Sebastián abre la puerta de su local a las 9 de la mañana y la cierra a las 9 de la noche. Para él, no hay domingos, ni lunes, feriados, lluvias, invierno o verano. No usa reloj en la muñeca, lo tiene en el bolsillo izquierdo y casi no lo ve.

Un obrero a principio de siglo que tenía 5 o 6 hijos, a duras penas, le compraba un pantalón o un par de zapatos. Más difícil era comprarle un libro. En gran parte de Europa el obrero ganaba poco y los libros no estaban al alcance de su mano. Hoy no es muy distinto, los libros siguen siendo muy caros. Los libros terciarios, de medicina, de ingeniería, pueden salir hasta la mitad de un sueldo básico, tres mil o cuatro mil pesos. Por eso existe el mundo de la fotocopias. Alguien que vive al día, que estudia, trabaja, paga alquiler, desayuna, almuerza y cena, —lo normal—, no puede gastar tres mil pesos en un libro. Lo mismo sucedía a principio de siglo, nada nuevo. Es la razón para que existan librerías como la de Sebastián. «La lechuza, Compra, venta, canje de nuevos y usados», dice el cartel que de chapa blanco que está en la vereda de Avenida Caseros al 3000.

***

La lechuza de Patricios está al borde de Buenos Aires, en el límite. Jorge, un linyera que dice que no tiene apellido, entra a La lechuza cada vez que encuentra algo tirado. Sabe que a Sebastián le puede interesar. Carga una bolsa de consorcio negra, pesada, rota que deja ver la punta de una colección de quince tomos de una Enciclopedia Universal. Tienen la tapa dura, de cuero, con los ribetes dorados, de oro, dice Jorge. La enciclopedia está desactualizada. En la primera hoja dice edición de 1953. Es un hermoso libro, pero ya no sirve, está obsoleto.

—Te dije que no me traigas esto porque no se vende, Jorge. Ahora que existe Internet, esos libros van a parar al fuego —explica Sebastián—. Si encontrás de un tema puntual, náutica, arte, aviones o guerra, tráelos, pero esto no. Ya no sé qué hacer con los que tengo.

—Te traje un libro del general.

—Eso puede andar —dice Sebastián observando el cuero de los libros—. A verlo.

El general, era el general Perón. Las memorias del general, dice la tapa del libro que hojea Sebastián. De su bolsillo trasero izquierdo sacó un manojo de billetes de dos y de cinco. Cuenta treinta pesos en billetes de cinco pesos, blandos, gastados de tanto ir y venir.

—Lo primero es por las enciclopedias, pero no me las dejes porque ya tengo muchas, fíjate si las vendes en el parque. Esto es por el general —dijo Sebastián cuando le entregó uno cuarenta pesos.

***

Al igual que los oficios más tradicionales, carpinteros, herreros, mecánico o vidriero, el librero hereda su oficio. Para ser librero no se estudia en una institución, no es necesario ser lector acérrimo, no se aprende en YouTube, no se aprende en cinco años, ni se hace un master después. El librero nace entre libros y muere entre libros. Conoce cada hilo, cada costura, cada cartón, tela, estilo de mecanografiado y tipográfico que se usa. Sabe de encuadernación, restauración, tiene un olfato extraordinario, una velocidad de lectura inusitada y la memoria capaz de retener títulos, autores, fragmentos, prólogos enteros, editoriales, años y el nombre de cada cliente. Sabe si un libro tiene una o más ediciones, quién lo edita, quién hizo la traducción y, lo más llamativo; con tan solo hablar unas pocas líneas, Sebastián, sabe qué libro recomendarte. Para ser librero no se aprende en ningún lado, se transfiere por sangre.

Los dos hermanos menores de Sebastián, también son libreros, ellos tiene un local sobre Avenida Corrientes, la central es ésta, La lechuza, dice la madre sonriendo.

El primero de la familia Rodríguez en trabajar como librero fue el padre. Tanto él como su mujer, eran asiduos lectores, y cuando podían, compraban un libro. Trabajaba en una fábrica que cerró a principio de los 80, quedó desempleado, pero a los operarios se les pagó un dinero extra. Con ese dinero, el padre de Sebastián, compró un puesto en Parque Rivadavia y comenzó a vender sus propios libros. Todos sus ejemplares pasaron a estar en la calle. En aquel entonces, la madre de Sebastián trabajaba en una imprenta que le permitía conseguir libros nuevos a bajo costo, o le daban las impresiones con fallas, las sobrantes, las de mala costura, o simplemente eran regalos semestrales o anuales. Las que también iban a parar al puesto del parque.

—Mi marido empezó con trescientos libros. Al año teníamos mil. Al año siguiente, el doble. Pero en el ’84 un Senador que vivía frente al parque, se mudó y quiso vender su departamento. Por medio de una inmobiliaria y sus influencias en el poder, pidió que nos levanten, porque nuestro puesto y otro vecino, le devaluaban la propiedad —cuenta la madre.

Los uniformados llegaron en una camioneta para cargar los sesenta metros de libros. Fajaron el puesto y les entregaron un número, como de carnicería. El 34, para hacer la fila, para pagar la multa y para retirar sus libros.

—Me acuerdo que fuimos con mi viejo al depósito de la Municipalidad, donde tenían los libros. Entramos y vemos que están todos ordenados en dos tablones de unos treinta metros de largo en un patio. Nos dicen que volvamos al otro día. Volvemos al otro día, llovía, y encontramos un cuarto de los libros que teníamos, y todos mojados. Decían que esos eran todos los que habían secuestrado.

—Perdimos todo —dice la madre.

En aquél entonces la Municipalidad con una ordenanza limitó las ventas y canjes a los sábados en el Parque Rivadavia. Los libreros perdieron sus puestos y migraron a Parque Centenario, Plaza Italia, Parque los Andes y Primera Junta. La libertad laboral duró un año. La Municipalidad comenzó a regular los puestos, a cobrar por ellos y por medio de sorteos, se definía donde le tocaba a cada librero ir.

***

En 1988, los padres de Sebastián caen enfermos de gravedad. No pueden hacerse cargo del puesto de Parque Centenario. Según la ley, para ejercer el comercio se debe tener 21 años o más y Sebastián era el mayor de los hijos, pero sólo tenía 18 años. Por segunda vez, la familia Rodríguez pierde su fuente de trabajo y pasaron tres difíciles. Vivieron de ahorros y trabajos esporádicos de los hijos. Con 21 años, Sebastián y su madre recuperada, se instalan con un puesto en Parque Patricios. Por ese entonces, era la única plaza que no estaba autorizada para tener puestos metálicos. Sólo se daban permisos para vender, comprar y canjear libros, pero no para tener un puesto metálico.

—El puesto era una mesa con caños que hacían de soporte, lo tapaba con lonas de camión. Tardaba tres horas para abrir y tres horas para cerrar. Todos los días y durante 17 años estuve luchando para que me autoricen un puesto metálicos. Lo consigo, pero me piden que haga una presentación judicial. Hice la presentación judicial. Pedí que me autoricen el puesto, me autorizan. Lo saqué a pagar en un año y medio. Lo instalo y a los dos meses, vienen con que lo tengo que levantar.

Los puestos ubicados en la esquina de calle La Rioja y Avenida Caseros, fueron cerrados para la construcción de la nueva estación de subterráneos, la línea H. La situación desborda a los dueños de los puestos y presentan denuncias por amenazas. Cortan calles con protestas pidiendo respuestas. La respuesta llega del Gobierno de la Ciudad, ofreciendo a los libreros un puesto en comodato. Los libreros se niegan al comodato y en 2012, consiguen que los puestos vuelvan a funcionar en la esquina del parque, ya con la boca del subte H casi terminada.

Pero la suerte no estaba del lado de los libreros. Ese mismo año un tornado azotó el sur de la Ciudad de Buenos Aires. La zona más afectada, Parque Patricios. Los vientos huracanados, rompieron todos y cada uno de los árboles y uno de los cinco puesto metálicos de la esquina, el de Sebastián. Una rama cayó sobre el techo del puesto deformando la chapa y dejando entrar el agua. Trece meses después, con el puesto soldado, reformado, y funcionando llega otra tormenta. Un rayo alcanza un árbol, que cae sobre el mismo puesto, esta vez lo parte al medio.

—Ahí dije, ¡no, no! Otra vez no —dice Sebastián, con un sonrisa.

Junto al popular restaurante “El globito”, haciendo honor al globo del escudo del Club Huracán —Parque Patricios es sinónimo de Huracán—, en diagonal a la estatua del mano dura Ringo Bonavena, se alquilaba un pequeño local. Allí se trasladó Sebastián con su puesto, La lechuza, que para ese entonces ya tenía 50 mil ejemplares. El local no era grande, se entraba de costado y se caminaba por dentro de a uno, en fila. Desde la puerta los clientes pedían los libros y Sebastián los buscaba. Algunas veces llegaban personas a preguntar por un libro, solo para poner a prueba a la memoria y el orden del librero, que todavía no usaba computadora.

***

A menos de cien metros de donde estaban instalados, junto al Cine Teatro Urquiza abandonado desde 1922, un zapatero, tenía una zapatería. «Ventas y arreglos», dice una inscripción con letras rojas en la vidriera que todavía existe. De un día al otro la zapatería funde, sin motivos, quedando el local para alquilar o vender. Con un salón principal de unos veinte metros de largo por diez de ancho, techo altísimo. Detrás, separado por una pequeña puerta, un baño, tres habitaciones y un patio. Era el local ideal para un librero. A finales de 2015, Sebastián con su madre y uno de sus hermanos, lo alquilaron, rascaron pintura vieja, limpiaron, revocaron la humedad, hicieron muebles, pintaron. Aprendieron de soldadura, a poner Durlock y una vez restaurado el local, mudaron los más de 50 mil libros.

—Con lo único que no nos animamos, fue con la plomería. Porque viste que si haces cagada con los caños no hay vuelta atrás —dice Sebastián.

La lechuza se instaló en el corazón de Parque Patricios, como mirando a la gran ciudad, con camionadas de historias envasadas en pequeños rectángulos de papel. En la vereda hay un cartel, de chapa, blanco que dice: “La Lechuza de patricios”, compra venta y canje de libros nuevos y usados. No solo llegaron muchos más libros que encontraron en un lugar, también llegaron a venderle una gallina, una puerta, un juego de cubiertas de tractor, palos de golf de madera. Llegaron con Peugeot 405 repleto de cascos alemanes y hasta una consola de Family Game, nueva.

—A veces es inevitable que no compre algunas cosas —dice Sebastián mostrando un juego un Game Boy.

***

A esa hora de la tarde, a La lechuza de Patricios llega un hombre de saco y corbata, canas, serio, arrastrando sus pies. No habla, no mira más adelante de lo que ve. Bajo el brazo sostiene un ejemplar de la Biblia de la editorial Codex, —editorial argentina que fundió en 1978—. El libro está impreso en papel pergamino. Es el mejor papel para la lectura, dice Sebastián. El hombre todavía mudo mira el libro.

—Este es un ejemplar de los que ya no se encuentran. El que lo tiene no lo vende. Seguramente éste habrá sido de algún viejo que se murió y la familia lo tiró.

El hombre que escuchaba atento a las palabras del librero, saca de su bolsillo un puñado de pequeñas fotografías antiguas.

—Debe ser éste —habla por primera vez el hombre y señala—. Deber ser éste porque está en todas las fotos.

Uno que había entrado al local, antes, en algún momento de la tarde, que estaba sentado en un sillón de cuero negro junto al ventanal que da a la vereda, se levanta. Deja a un lado el diario La Nación de dos días antes que leía para acercarse a ver el ejemplar.

—La última vez que vi este libro, fue en el ’99. Se hicieron pocas ediciones, todas en el ’72.

Efectivamente, el ejemplar de esa Sagrada Biblia era del ’72. El viejo vuelve silencioso al sillón de cuero y Sebastián saca de su bolsillo trasero derecho un manojo de billetes de diez y veinte pesos. Cuenta ochenta y le paga al hombre que silencioso se voltea y sale local, despacio, arrastrando sus pies. La lechuza se queda en silencio un instante, pero en seguida vuelve a la normalidad cuando entra Moisés. Usa gorra, musculosa y arrastra una bolsa de arpillera con agarraderas. De la bolsa saca un picador de carne rojo y oxidado, un muñeco de Star Wars, un vaso de Star Wars «¡mirá que es yanqui eh! Mira el culo, dice hecho en U-S-A», dice Moisés. De la bolsa, saca una caja con revistas de historieta. Se las ve viejas, alguna vez estuvieron mojadas, pero ahora están secas. Algunas tapas casi no se leen, pero el librero muestra sus dientes al reírse. Parece un niño que encontró un juguete perdido. Es la colección completa de la tira “El tony”, una revista que fue lanzada por Ramón y Claudio Columba en 1928 dedicada exclusivamente a historietas argentinas, que interrumpe la edición en 1967 para volver con tirada trimestral y anuarios hasta mediados del 2000 cuando se cancelan todas sus revistas de antología.

De su bolsillo delantero derecho, Sebastián saca un manojo de billetes de cincuenta y cien. Cuanta quinientos y se los entrega a Moisés, que se excita al ver la suma. Lo abraza. Es la primera vez que el librero le paga tanto. Esto lo vale, dice Sebastián.

—¿Con el resto qué hacemos?

—No nos sirve nada de eso. Mira todas esas cajas que tenemos ahí. Son de tus amigos que las dejan y nos piden que las cuidemos.

—Dale papá. Sebita. Amigo. Hermano. Haceme la gauchada.

—Bueno, te doy diez por el vaso de Star Wars.

—Te dejo un rato la bolsa, ¡eh! Mañana la busco y se lo vendo todo al chabón del parque.

—Mañana te vas a olvidar.

—Mañana la busco. Si no vengo, el domingo te haces un asado y prendes el fuego con esto.

Seba y su madre se ríen.

—Hacés un asado hermano. Si tenés harâm amargo, cortalo con Pepsi— dice Moisés saliendo del local, imitando el sonido del detector de metales de la puerta.

***

Aunque tiene tres hijos libreros, entre ellos Sebastián, la madre, sostiene que ella no es librera. Elba de Rodríguez tiene 74 años que parecen menos. Hace la misma rutina que su hijo. Llega a las 9 am y se va a las 21 pm. Le gusta cocinar y lo hace una o dos veces a la semana para que alcance, para tres o cuatro días. Ella se ocupa de llevar en tupper su comida y la de su hijo. Usa un saco color tierra, camiseta blanca, pantalón de jean, zapatillas negras y su cabello rubio, algo descolorido, recogido. Mientras su hijo atiende a un fanático del cómic que entró, ella con una plasticola en la mano revisa una pila de libros. A cada libro le hace una línea de pegamento en la costura. Cuando hay una hoja suelta se detiene y la pega. Lo hace automática. Con una goma borra anotaciones en lápiz que encuentra. Si a un libro le falta un hoja, se tira, no sirve. Revisa también que los manuales no estén cortados, no tengan cosas pegadas. En la primera página de cada libro anota el año. Es para saber cuándo entró a La lechuza y se lo revisó. Cuando el libro vuelve por canje se le borra el año y se escribe el nuevo. El canje es la sofisticación con ganancias del trueque. Llevas cuantos libros quieras. Se revisan, lo cotizan y te pagan o tenés crédito para “comprar nuevos libros”. En La lechuza, al crédito se lo puede fraccionar hasta que se acaba y se vuelve a empezar. Este banco tiene nombre de animal, y no maneja ni transfiere divisas, es el banco de papel y de las palabras. Sebastián es el banquero, y su madre… es su madre. Ella no quiere tener rol pero este cronista sabe que lo tiene.

***

Hay lectores, lectoras, lectorcitos, y diversos géneros, también hay una raza de lectores que lee ediciones particulares. Primeras ediciones, ediciones limitadas, cosas extrañas que muchas veces no importa quién sea el escritor, el tema o el año. Sebastián es uno de esos lectores. En su local, que es inmenso, con paredes repletas, tapizadas por dos o tres líneas de libros. Con una mesa central enorme con libros abajo y arriba. Con pilas de libros en cada rincón. Con cada sección ordenada en pilas. Eso no es todo. Al fondo hay una puerta, común, de madera, chiquita, como de baño de bar. Luego un pasillo con zócalos hasta el techo de libros. A la izquierda del pasillo hay un pequeño patio, abandonado, no es importante, no tiene techo, no sirve para el libro. A la derecha, a lo largo del pasillo hay cuatro puertas. Un baño y tres habitaciones que no tienen camas, ni mesas de luz, ni ropero, ni ventanas. Son pequeños laberintos con olor a viejo, a guardado, a hoja amarillenta, a biblioteca de la abuela. En la última de las habitaciones, después de incontables libros apilados, hay un escritorio con una lámpara y una silla. A un lado un mueble con estantes, con libros envueltos en tela de pana roja, bordó, casi marrón. En el último estante hay un envoltorio más grande. Es la primera edición de tres tomos de una recopilación de cuentos de Borges. Me lo muestra pero no me deja tocar. «Acá nadie entra», dice Sebastián. En el resto del estante hay primeras ediciones que no me dice de qué son, ni de quién. No es algo que comparta el librero, no se vende, no se presta, no se ve, solo él los toca y lee.

—En Argentina hay un mercado para esto pero es muy reducido. Una vez un cliente me quiso comprar estos tres libros. Llegó con 20 mil pesos. No se los vendí. Eso fue hace 4 años, estábamos en el local anterior y no tenía un espacio como en este para guardarlos. Si vuelve quizá lo pienso. Está difícil la cosa.

Además de lectores-coleccionistas como Sebastián, existe el lector ocasional, que lee novelas para pasar el tiempo. El lector que sigue a un autor determinado, o a una temática. También está el bibliófilo, que es el que tiene un conocimiento enciclopédico del libro, y el que busca ediciones específicas. Por último, existe el biblio-maníaco obsesivo.

—Yo también soy uno de esos —dice Sebastián—, pero me abstengo y me quedo con una mínima colección para mí, porque si le diera rienda suelta a mi obsesión, complicaría el negocio.

***

—No te miento, casi no leo. En mi habitación tengo alrededor de dos mil libros que me llevo porque me gustan, porque son raros, porque son primeras ediciones. Quizá leo uno por mes. No tengo tiempo. Llegamos a casa a las diez de la noche y soy ama de casa. Cocino, lavo la ropa, acomodo la casa. Cuando me voy a acostar quiero leer, leo dos páginas y me duermo. Me levanto a las siete, preparo el desayuno y veo las noticias. Por lo menos así me entero de algo que pasa en el mundo. A las ocho y media salimos con Seba para el local —dice la madre de Sebastián, también biblio-maníaca.

—Pero están muy caros los libros nuevos. Capaz que un librito de 150 páginas cueste 300 pesos. Si haces las fotocopia del libro, que es un proceso artesanal, totalmente anti comercial, cuesta más barato que el libro terminado.

El caso típico es la primera edición de “Cien años de soledad”, que apareció como una edición berreta, económica, con un sistema de impresión offset y una encuadernación ni siquiera cosida, que hoy cuesta 15 mil pesos en el mercado del librero. Solo porque es la primera edición, porque como objeto, hoy no tiene valor. Por supuesto que la suma tiene que ver con el autor. Pero así como está eso, una primera edición de un libro de un autor argentino desconocido, en una librería de usados se compra a 10 pesos. Hay un valor intrínseco y un valor de la escritura del autor. También tiene valor la dificultad de conseguir el ejemplar. Oferta y demanda.

La ganancia de una librería de compra venta de usados, es difícil de saber con exactitud. Los libreros manejan el porcentaje librero. Hasta para un contador es difícil de comprender el negocio. Sin embargo, Sebastián también hace ajustes de gastos por la suba de luz, y con la insinuante destrucción de la clase media. En la librería de los hermanos, sobre Avenida Corrientes, en pleno centro porteño, con miles de turistas y ávidos lectores que recorren cada día, en 2016 las ventas cayeron un 50%. En Parque Patricios, un 40%. Llegar a fin de mes cuesta, pero para libros usados siempre hay clientes más o menos estables. Es una de las razones de “La Lechuza de Patricios”.

—Tengo stock, y en el peor de los casos, no compro más y vendo todo lo que tengo. Pero las librerías de libros nuevos están condenadas.

***

Comienza a anochecer en La lechuza. Muchos libros entraron al local y muchos salieron. Entran cuatro pibes, de bermudas de jean, zapatillas Adidas, gorra. El primero lleva una mochila. Los cuatro pasan como dueños de casa al mostrador repletos de libros del fondo.

—¡Eh, qué me vienen a patotear! —dice Sebastián—. ¿Qué me traen hoy?

El que tenía la mochila, saca 17 libros. Son manuales de matemática, lengua y ciencias. Tienen una falla que el ojo común no detecta, o por lo menos el mío. Parecen en buen estado, son los que piden las escuelas. Sebastián ya tiene anotado los pedidos de esos manuales.

—600 por todos.

—Listo. Usted es el jefe acá —dice el que carga la mochila.

Sebastián saca de su bolsillo derecho seis billetes de 100 pesos y paga. Los cuatro pibes salen prometiendo que para el próximo partido —de Huracán—, van a llegar temprano para verlo en la pizzería de la esquina. Ahí hay otro negocio, los papeleros. Ellos compran en papeleras o imprentas las devoluciones de editoriales, las tiradas que salieron con alguna falla y las venden en escuelas o en librerías de usados. Los manuales escolares son las figuritas que más valen. En cuanto los cuatro se van, entra un linyera a la librería con una doble bolsa negra, llena de libros, la deja en el suelo para que Sebastián elija y les ponga precio. Según lo que cuenta el hombre, son de una casa a unas diez cuadras de allí.

—Están sacando cajas de libros y cosas. Yo creo que se murió el viejo —dice el hombre mientras saca un álbum de fotos—. Mirá, creo que es éste.

Repite lo mismo que dijo el hombre silencioso que llegó más temprano. El hombre de la foto es el mismo.

—Ahora entiendo por qué hoy me trajeron tantos libros con la firma de Fermín Quiroga —dice Sebastián, y le pregunta—. ¿Cómo estás con los de la esquina?

—Mal, no puedo pasar por ahí.

—¿Por qué? —pregunto.

—Soy nuevo, hace un mes que estoy en el parque. Y la otra vez, cuando fueron a la plaza a darnos de comer, yo estaba cagado de hambre y me chorie dos bolsas de comida, me tocaba una, pero bue. Y el domingo pasado, me olvidé y pasé por esa esquina; la gente que vive ahí me cago a patadas. Para llegar acá tengo que dar toda la vuelta —dice mientras mira por la ventana hacia la esquina.

—Bueno, te doy 300.

—Seba, puedo dejarte mis cosas, mañana a la mañana las busco.

—Si, dejalas por ahí —señala unas cajas con libros—. Abrimos a las 9. Me contó que es de Paraná y se vino a buscar laburo.

El hombre dejó su bolsa donde le señalo el librero y salió del local. Miró nuevamente a la esquina y se fue por donde llegó.

***

El mundo de lo usado puede ser un mundo extraño, lejano, pero todos tenemos algo usado que se puede vender, o tirar para que alguien lo levante y lo venda. Para estas cosas, hay ferias americanas, hay desarmaderos, hay locales de compraventa de cosas insólitas. Los mismo sucede con los libros. Algunos libreros compran por kilo de papel, otros por libro.

—Yo no soy Jesús, yo hago mi negocio. Les compro los libros al precio que le compro a toda la gente, la mitad del valor comercial —explica Sebastián.

La situación de calle de la Ciudad de Buenos Aires se hace notar en Parque Patricios. Muchos de los linyeras que vivían bajo un puente, o en una vereda poco transitada, están migrando a los bordes. Parque Patricios fue, es, y siempre será un borde de la ciudad. El borde sur donde hasta hace poco la policía no echaba a la gente de la calle. Con el hospital Borda cerca, el Moyano, el Garrahan, Churruca, Penna, Muñíz, Tobar García, el de Gastroenterología y el Británico, el barrio aunque el gobierno lo incluya como polo audiovisual, o traslade parte de las oficinas detrás del parque, sigue siendo una zona marginal. Detrás de La lechuza, más al sur, a tan solo catorce manzanas, está uno de los asentamientos de mayor densidad habitacional del país. La Villa 21, la 24 y el barrio Tierra Amarilla frente al Riachuelo, el límite geográfico de Ciudad de Buenos Aires. Entre avenida Caseros y el Riachuelo viven más de 50 mil personas. Las tres villas tienen solas, 27 mil habitantes y el 40% desempleados. Para las personas en situación de calle, Parque Patricios y el trasporte que pasa por ahí, posibilitan llegar al centro, a donde pasa todo, a donde están los presidentes, es un lugar común de tránsito. Además hay comedores, paradores, organizaciones sociales que brindan ayuda, iglesias católicas, y una docena de templos evangélicos, pentecostales y otras ramas.

—Hasta hace poco, Parque Patricios era una zona donde la policía no nos echaba, ahora eso lamentablemente está cambiando y eso hace que la gente se movilice y reaccione —me cuenta otro hombre que llega a La lechuza a vender una colección de novelas de Página 12, que encontró a pocas calles.

—Igualmente hay de todo. Hay gente laburadora y otros no tan buenos, como en todos lados. El problema es que se generaliza, y ahora con las nuevas pautas nacionales de seguridad se los persigue mucho —cuenta Sebastián.

Desde principio de año, el nuevo gobierno propuso que la ciudad debía estar limpia. Activaron unidades para asegurarse que las calles estén estéticamente aceptables, de modo que no tiene que haber gente durmiendo en ellas.

—Está complicado para ellos y entiendo que eso a algunos los llena de ira. El hecho de que los rajen de todos lados, que no los dejen dormir… No hablo de que los dejen dormir a las tres de la tarde acá en la vereda. Pero no es lindo para nadie que a las tres de la mañana te echen un balde de agua fría y te griten, “andate o te cagamos a palos”. Los entiendo y trato de ayudarlos en lo que puedo. Comprando libros —dice Sebastián.

***

A Sebastián le decían “lechuza” en su adolescencia, por su parecido facial con el ave. Hoy con barba prominente camina entre el millar de libros que fue comprando a lo largo de los años. Libros de Ursula Leguin, Soriano, Ray Bradbury, Roberto Arlt, Oliver Sat, algunos autores rusos y japoneses, descansan en uno de los estantes del local. Son los autores predilectos del librero.

—Pero tienen un problema, lo mismo que Kafka: los tenes que leer cuando estás sano, cuando estás feliz y cuando no tenes quilombos, porque si no, los lees y te tirás abajo de un tren. Para mí que tanto vodka los afectó.

En la librería hay de todo, se encuentran historietas de Patoruzú, alguna primera edición de Borges, hasta las cosas más inverosímiles. Está subdividida por tema, por autor, por edición. Los del fondo están amontonado, y en el depósito los libros que van entrando y se van apilando y los tesoros del librero.

—La gente se reía cuando llegaba al local anterior, que era un cuarto de este. Me preguntaban, “¿tenés un libro de náutica?”, entonces yo corría la mesa, metía la mano, corría tres o cuatro pilas de libros, sacaba el de abajo de todo sin que se me cayera nada, “acá tenés”, le decía. Antes de eso, en la plaza si llovía, tapábamos las chapas con lonas y cuando nos pedían algo, metía la mano, tanteando las pilas y salía el libro. Después de muchos años de librero uno conoce las texturas, las tapas, el tamaño, el grosor… Además que siempre los estoy ordenando, con nuestro propio orden, porque sino, me pierdo.

Sebastián me recuerda a aquellos libreros que se tienen en el imaginario. Un hombre que no necesita viajar para vivir en otros mundos, un hombre que tiene el conocimiento de miles de años en su local y acude a él cuando lo desea. Un hombre que conoce todo a través de la palabra. Sebastián ya no busca libros, los espera en su local.

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