El boxeo, nene, ya no es lo que era antes

Por Juan Carrá. Un hijo y un padre esperan la pelea de Mayweather y Pacquiao. 

Mayweather Pacquiao

El 2 de mayo es la cita. El combate entre Floyd Mayweather y Manny Pacquiao promete ser una de esas peleas que, dentro de 20 años, vamos a recordar. Como Alí vs Frazier o Foreman; o para los que tuvieron la suerte de ver a Monzón con Benvenuti o a Uby Sacco llevándose el título contra Gene Hatcher. En mi caso no pude vivir ninguna de esas. Tengo las mías: el KO de Locomotora en la última mano, Luis Lazarte coronándose después de los 30, por puntos, contra Carlos Tamara, las dos del Chino con Mayweather (una rodeado de colegas escritores en un encuentro de literatura negra) y las de Maravilla Martínez. Sobre todo su deslucida defensa en el estadio de Vélez. Esa fue para mí la noche soñada.

***

Sí.

Fue la noche soñada. No tanto para Maravilla. Sí para las más de 50 mil personas que colmaron el estadio de Vélez bajo la lluvia.

La velada del 27 de abril de 2013 quedó en el recuerdo cómo el evento deportivo –fuera del fútbol– más convocante de la historia argentina. A pesar del paso del los años, todos sabrán qué estaban haciendo la noche en que Maravilla retuvo el título bajo la lluvia del otoño porteño. Será, también como el “fenómeno” Bergoglio: desde que es Papa, no hay un argentino que no tenga una anécdota que lo involucre. O como el día que Maradona hizo su primer gol en primera: no hay marplatense que no diga que estuvo en el Estadio San Martín.

Yo soy de los que va a poder decir: “lo vi pelear a Maravilla bajo la lluvia”. Aunque lo que menos haya hecho es ver la pelea. Esa frase será lo mismo que decir que me empapé; que desde donde estaba, el ring parecía un accesorio de playmovil; que el boxeo quedó en deuda –peleas preliminares de baja monta y un Maravilla deslucido y de triunfo cuestionable-. Que el espectáculo fue fantástico, que me emocioné con el himno de Bajofondo y con René cantando Latinoamérica; que grité, lloré y me divertí como nunca. Todo eso junto a mi viejo. Con casi 60 –ahogado no por agua, sí por las interminables escaleras del estadio, se bancó como un duque la lluvia. Y sé que no lo hizo por él. Sino para no romper la magia de volver juntos al boxeo.

maravilla

Foto: Télam.

Esa noche, la pelea parecía una pantomima muda. El sonido de los golpes no llegaba a la platea alta. Se desvanecía entre los cantos de la gente más acostumbrados a un partido de la Selección que a una velada boxística. Los puños quedaron en segundo plano, ocultos detrás de la cortina de lluvia. Mojado, envuelto en una capa de agua verde, con la lluvia en cara que no le permitía ni fumar. Así volvió mi viejo a encontrarse con parte de su historia que también es parte de la mía.

***

Creo que no tenía diez años. Hasta ese momento el Superdomo era el lugar donde en los veranos íbamos a ver algún circo que llegaba a la ciudad para hacer temporada. Ahí, en esa carpa gigante, lo había visto a mi papá hacer equilibrio arriba de un caballo blanco. No me acuerdo bien en qué circo fue. La cosa es que mi viejo se ofreció para la prueba que, obviamente tenía truco. Antes de subir le pasaron una soga en forma de lazo y la ciñeron a su cintura. De esa soga, explicaba el animador, lo tendría un payaso por seguridad. La prueba era sostenerse arriba del caballo por una serie de vueltas a la pista de aserrín. A cambio: un premio que, con el paso del tiempo, se diluyó en el recuerdo. Entonces mi papá se agarró fuerte empezó a dar las vueltas. Creo que fue en la tercera que el payaso tiró de la soga y lo sacó de arriba del caballo. No ganó el premio mayor. Pero sí me trajo una espada de plástico, parecida a la que usaba He-Man. También fue en el Superdomo cuando papá agarró en pleno vuelo la pelota gigante, amarilla como un sol, que había lanzado de una patada la elefanta del circo Vostok.

Pero aquella noche de invierno (me acuerdo que hacía mucho mucho frío), en la calle Juan B Justo no había muchos autos, tampoco tantas luces. El Superdomo estaba más triste que cuando venía el circo. Entramos por el costado, por una puertita de reja en el alambrado de una de las calles laterales. Papá saludaba a todos y yo iba atrás. Seguro que alguno me habrá hecho algún chiste, me habrán tocado la cabeza, me habrán saludado diciéndome “Carrá chico”. No me acuerdo. Sí me acuerdo, como si fuera hoy, que adentro estaba todo oscuro, menos en el centro. Ahí, donde mi papá había ganado la espada, ahora había un ring.

Creo que nunca había visto boxeo. Hasta esa noche el único cuadrilátero que me importaba era el de Titanes en el Ring o, ya por entonces, Lucha Fuerte.

Entonces mi papá me dijo que me quedara sentado en una de las sillas de plástico azul que conformaban el ringside. Era la primera de la punta. Ahí me senté y él se fue por unos minutos. La sensación era extraña: estaba solo delante de un ring de boxeo en una enorme carpa donde alguna vez había comido sugus confitados. Me puse las manos en los bolsillos del Montgomery de paño azul y me quedé balanceando las patas que no me llegaban al piso.

Hasta que llegó mi papá y me dijo que lo acompañara. El iba adelante y yo atrás. Entramos a un lugar que se parecía más a un baño público que a otra cosa. Azulejos blancos rajados. Y en el fondo una balanza, de esas que sólo tenía el médico y alguna que otra farmacia. Ahí un hombre grande –muy grande– se pesaba vestido solo con unos calzoncillos extraños. “Hueveras” me dirá mi papá después, y me explicará que son por las dudas que alguna piña vaya a esa zona. Entonces, un tipo gritaba el peso y mi papá anotaba en un papel. Mientras, otro subía a la balanza.

De a poco la carpa oscura tuvo un poco más de luz. Llegó gente. Mucha menos que cuando iba el circo. Y empezaron las peleas. Mi papá se puso pegado al ring y anotaba en una tarjeta que después se la daba al referí. Cambiaba de lugar cada vez que sonaba la campana. Mientras, yo miraba todo, fascinado, sentado en la misma silla azul de plástico.

Me acuerdo de un boxeador que se llamaba Díaz. Tenía el pantalón azul y blanco. Era morocho y musculoso. Su entrenador era un hombre de canas. Vestía de blanco: remera y pantalón. Usaba zapatillas. Me acuerdo que papá lo saludó y se dieron un abrazo. Papá le preguntó por su hijo. “¿Cómo anda Uby?”, le dijo. El otro lo miró y puso gesto de dolor.

Pero lo que más me acuerdo de esa noche es el ruido. Ese que no se compara con nada. El de los guantes chocando contra la carne. Un plaf plaf que retumbaba en mi cabeza. Piñas por todos lados y al final un abrazo. Los que se pegaban se abrazaban.

Pasó mucho tiempo hasta que volví a escuchar ese sonido. Ya era grande y no fui con mi papá. Tampoco era el Superdomo el lugar. Creo que por entonces el coliseo de lona era una montaña de basura. Lo que sí me acuerdo es que mi abuelo Juan todavía vivía. A él –que había sido como su papá y su hijo un hombre del boxeo– le contaba las peleas que había visto y él siempre me decía lo mismo: “el boxeo, nene, ya no es lo que era antes”. Y después me contaba sus eternas noches en el Bristol Estadio y me mostraba cada souvenir que guardaba de algunas peleas.

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1 Response

  1. Buenísima! Bien vívida como es el boxeo. Saludos!

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