El baile de sombras de Pessoa

fernando_pessoaPor Paz Pérez.

Pessoa es ese teatro de sombras chinas que inspira miedo y al mismo tiempo induce a otro mundo alternativo y fascinante. Proyecta partes de si mismo como si fuesen otros personajes que batallan y crean un espectáculo bello y catártico. Es este baile de sombras el que nos habla de sus miedos, de su yo plural, existencialista e íntimo y de su espíritu indisciplinado.

Pessoa se dibuja en la historia con aspecto de falso caballero inglés, una cultura que admiraba. Lector voraz de Kant y Baudelaire y traductor de Quevedo, estuvo a punto de ingresar en una clínica psiquiátrica. Con su característico sombrero negro tras el cual quizá esté en funcionamiento una lámpara giratoria que dé vida a una pequeña historia que oculta con esmero. Pessoa fue sin duda un baile de sombras que pierden su sentido cuando miras directamente al lugar de donde vienen.

“Al despedirme, nunca me atreví a volver la cara, tenía miedo de verlo desvanecerse”, dijo Pierre Hourcade cuando describía sus encuentros con Pessoa. Si Pessoa fue en vida un fantasma enigmático, tras su muerte se convirtió en un imprescindible de la literatura universal.

Su padre murió cuando tenía cinco años tras lo que Pessoa y su madre se trasladaron a vivir a África. Aunque jamás menciona este lugar en sus escritos, parece que su cultura esotérica y su conexión con la espiritualidad marcaron intensamente al poeta. A su regreso a Lisboa y para su felicidad, nunca volvió a cambiar de ciudad, siempre viviendo en pisos alquilados y renunciando a cualquier vida abundante por el único sacrificio de escribir.

Sin embargo, su falta de constancia lo convirtieron en un hombre que abandonaba con rapidez las historias que imaginaba y sus fragmentos se convirtieron en la parte más valiosa de si mismo.  “Lo que realmente sobrevive de todos nosotros —artistas grandes o pequeños— son fragmentos”, escribió un año antes de su muerte.

Su capacidad de mutación en distintas personas no se veía únicamente en su escritura: En ocasiones mirando al espejo desaparece mi cara y me surge un rostro de hombre con barbas, u otro cualquiera”, escribía Pessoa a su tía en una de sus cartas. Pessoa disentía de que existiera un único yo. Una visión reduccionista de la que el escritor renegó en su vida y en sus escritos. Por ello, creó un numeroso elenco de escritores a los que sin duda Pessoa veía cada mañana en el espejo.

“He creado varias personalidades en mí. Creo personalidades constantemente. Cada uno de nosotros es varios,  muchos, una prolijidad de sí mismos. En la vasta colonia de nuestro ser, hay gente de muchas especies, pensando y sintiendo de manera diferente. ¿Cuántos soy? ¿Quién es yo? Soy el padre, la madre, los hijos, los primos, la criada y el primo de la criada, al mismo tiempo y todo junto”.

Todas sus personalidades fueron una forma de escapar. Todos ellos se transformaban en puentes que le permitían acercarse cada vez más a si mismo y que a su vez le servía para protegerse de sus miedos. Unos miedos que en su universo se convirtieron en dos satélites incansables: el miedo a la muerte y el miedo a la locura. El primero, creado tras tener que vivir la muerte de su padre cuando era muy joven, y el segundo, porque tuvo varias tías que padecían este estado mental.

Por tanto, sus personajes fueron también la llave que abría la puerta a un ser diletante y ambiguo que se nutría de otras mentes. Una versión más amplia de la sagrada trinidad que le impedía construirse en un reducido yo. En un siglo de desorientación sus voces supusieron un nuevo lenguaje que, sin pretenderlo, eran símbolo de una época.

 

El guardador de si mismo

En su vida apenas lograron traspasar su soledad dos personas. La más conocida fue su amor platónico Ophelia que, paradójicamente, actuó igual que aquel personaje de una obra de teatro: enamorándose sin atender a las advertencias. En este caso los avisos fueron la prudencial distancia que el portugués siempre terminaba marcando entre los dos. Una distancia tal por la que Ophelia ignoró su condición de escritor durante un largo tiempo.

Puede que Pessoa se negase a amarla porque, según decía, “el amor es cansarse de estar solo: es pues una cobardía y una traición a nosotros mismos”. También puede que las convenciones de la época impidieran que Pessoa se dejase arrastrar por la pasión. Fuera por el motivo que fuera, la relación con Ophelia se limitó a una relación epistolar y alguna caricia fugaz en sus contados encuentros.

En sus cartas, Ophelia expresa sin contemplaciones su amor por él pero también se queja de la inconstancia de Pessoa. Cuando el escritor decide cesar en su intercambio de misivas, Ophelia termina, no sin haberlo intentado, con la relación. Tras su largo silencio, Pessoa lo rompe para decirle que su última carta le ha aliviado:

“Preservémonos uno en el otro como dos conocidos de infancia que se amaron un poco cuando niños y aun cuando, en la vida adulta, hayan conocido otros afectos y seguido otros caminos, conservan siempre, en un rinconcito del alma, la memoria profunda de su amor antiguo e inútil.”

La otra persona que pudo descifrar lo que había detrás de este teatro de sombras fue el poeta Mário de Sá-Carneiro. En torno a ambos fue formándose un grupo de poetas que terminarían por formar la revista Orpheu. Sin embargo, el suicidio del escritor por envenenamiento con estricnina en un hotel de París llevará a Pessoa a una profunda depresión que le impedirá dormir, le causará abulia, desvarío, desarrollará fobias y lo llevará a enclaustrarse durante meses.

Ángel Crespo aseguraba que el dolor de este portugués le inclinaba a crear un lenguaje casi privado. Quizá fue eso, aquel dolor al que se acercaba curioso como si le afectase de una manera distinta o precisamente, que el mundo le llegaba de una manera distinta, lo que le convirtió en un gran escritor. Una manera fragmentada, imperfecta, múltiple y bella que expresaba con un lenguaje casi nuevo. Pessoa creó un espectáculo de sombras que apenas nos dejan ver quién era pero que, sin duda, nos muestra quiénes somos nosotros.

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