“El arte no tiene género”

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Por Camila Flynn. La artista Marina Abramovic estuvo en la UNSAM: el amor, el arte, el cuerpo.
Fotos: Pablo Carrera Oser

Minutos antes del encuentro inaugural de la Primera Bienal de Performance de Buenos Aires, un juego de luces estratégicamente direccionado atravesaba la nave principal del Centro de Arte Experimental de la UNSAM.

Reanimado desde el escenario por los colores primarios de la pureza y la pasión, el monumental edificio de Almagro que funcionó hasta 1990 como subestación de la Compañía Ítalo-Argentina de Electricidad abrió sus puertas a los más de 500 representantes de la cultura, artistas, curiosos y fanáticos. Se acercaron desde distintos puntos de la ciudad para experimentar el poder hipnótico, y a la vez inspirador, de la aclamada artista serbia Marina Abramović, en su primera visita al país.

“La Universidad no tiene que ver con sus profesores, sus edificios, sus carreras o los títulos que otorga, sino con una experiencia de transformación personal y comunitaria a través del conocimiento y, sobre todo, de la creación. Si sus alumnos, profesores, investigadores y autoridades no lo viven de esta manera, entonces fracasamos. Por eso estamos aquí, tratando de arriesgarlo todo, poniendo el cuerpo como lo hace Marina, como lo hacen ustedes”, dijo el rector de la UNSAM, Carlos Ruta, en la apertura de la jornada.

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Y tras unas palabras de la directora del Centro, Andrea Giunta, Abramović, la autodenominada “abuela de la performance” subió ataviada con su ya clásica túnica negra, radiante, frente a un público que la ovacionó de pie. Sesenta años, bella y enérgica, la mujer que desde la década del 70 logró llevar la performance a territorios desconocidos, plantó en la escena porteña la bandera de su universo personal: algo así como un “Estado litúrgico del arte”, gobernado por gestos simples, de entrega del corazón.

“Un artista no debe hacer de sí mismo un ídolo; un artista debe evitar enamorarse de otro artista; un artista debe ser erótico; un artista debe sufrir; un artista no debe estar deprimido; un artista no debe cometer suicidio; el artista es el universo; debe entender el silencio; debe crear el espacio para que el silencio entre en su obra; el silencio es una isla en medio de un turbulento océano; la soledad es extremadamente importante; lejos de casa; lejos del estudio; lejos de la familia”.

Así fueron cayendo algunas de las cuentas mágicas que esta descendiente de patriarcas de la iglesia ortodoxa balcánica e hija de héroes de la armada partisana de la II Guerra Mundial echó a rodar en su primera lectura del ‘Manifiesto Abramović’ en Buenos Aires. Algo que sucedía en el marco de la apertura de la 1ra Bienal BP15 dirigida por Gabriela Casabé, que hasta el 7 de julio traerá a más de 100 artistas de todo el mundo dedicados a la performance, bajo la consigna “poner el cuerpo para vivir una experiencia transformadora en tiempo real”.

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Intercambiar dióxido de carbono en un beso interminable hasta perder la conciencia; limpiar durante seis días los restos de carne adheridos a más de dos mil kilos de huesos de vaca, amontonados bajo un retrato fotográfico de sus padres; tomar drogas psicoactivas para desafiar los preconceptos de la psiquiatría; o recorrer a pie la Muralla China para consumar una separación de amor fueron algunas de las experiencias performáticas que Marina Abramović evocó a lo largo de la charla que sostuvo durante más de una hora con la curadora e historiadora del arte Andrea Giunta, escoltadas por la proyección de imágenes y videos documentales de alto impacto.

Abramović nació en Belgrado, ex-Yugoslavia, en 1946, en el seno de una vida organizada en torno a estrictos privilegios normativos, introducidos por la “burguesía roja” del naciente estado socialista. Con el inicio de su carrera en los años ‘70, ese espíritu de sacrificio, rebeldía y disciplina reapareció en su obra bajo la forma de lo que la artista consideraría un “rito liberador”, con performances que desafiaron los límites mentales y físicos de su existencia, y propuestas escénicas que servieron para reflexionar sobre los patrones de comportamiento de las mentes y los cuerpos, expuestos a una variedad de situaciones extremas.

“La performance es una construcción física y mental. El artista que hace performance se coloca a sí mismo en un tiempo y espacio determinados, y desde allí interactúa con el público. Nada de lo que sucede entonces queda fuera de la performance. Es un contrato de encuentro y, por sobre todas las cosas, una construcción inmaterial, efímera”, sostuvo al inicio de la charla. Consultada al respecto por la diferencia entre la performance y el teatro, respondió: “En el teatro, un cuchillo no es un cuchillo y la sangre es ketchup. En una performance, en cambio, el cuchillo es un cuchillo y la sangre es real. Aquí el cuerpo es la herramienta y, al mismo tiempo, la materia. En la performance yo encontré una herramienta con la que puedo expresarme. Encontrar la herramienta correcta es muy importante para la vida de un artista”.

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Luego vinieron las preguntas por el miedo al dolor, la vergüenza en la exposición del cuerpo y los riesgos de llevar al límite la resistencia física y psicológica de las personas involucradas en cada acción: “En las performances, hay una división entre el cuerpo personal y el cuerpo-idea. Frente al público, el cuerpo deja de ser propio, se convierte en otra cosa. Lo que se presenta es un concepto. No hay lugar allí para la vergüenza o la incomodidad. Instalado en el espacio de la performance, el cuerpo se vuelve una escultura. Es entonces cuando puedo hacer foco en lo que quiero transmitir”, explicó. Sobre los distintos niveles de intensidad desatados en las respuestas de los muy variados públicos a lo largo de su carrera, sostuvo: “Antes que nada, quiero aclarar que yo nunca quise morirme. La vida me gusta demasiado. Empujar los límites del cuerpo y de la mente al extremo tiene que ver con una búsqueda del otro, con la necesidad de interactuar con su energía, la de la audiencia, quiero decir, que a veces suele ser mayor que la del artista. Allí comienza el trabajo real, la experiencia real: en el cruce de esas energías”.

Fundadora de un instituto dedicado a la experimentación con el trabajo inmaterial y de larga duración (MAI), fueron también interesantes las confesiones que hizo en torno al carácter ritual de algunas de sus exhibiciones -como la quema de una enorme estrella militar de cinco puntas, en cuyo interior se recostó desnuda hasta caer desmayada por sofocación-, lindantes para muchos con una postura inadmisible desde el punto de vista de la integridad moral, el decoro o el buen gusto. “Muchas de mis performances fueron una manera de conjurar el pasado, llaves de liberación de todo aquello que alguna vez me hizo sufrir o me asfixió. Una especie de rebelión que al mismo tiempo fue purificación. En fin, cada historia en mi vida es tan larga… Pero bueno, sigamos…”.

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En cuanto al workshop sobre el ‘Método Abramovic’ que el 28 y 29 de abril se llevará a cabo en el Centro de Arte Experimental de la UNSAM -durante todo el día y sin inscripción previa- prefirió no adelantar mucho, quizá para no quemarlo. “No quiero ampliar la experiencia de este taller ahora. Lo único que puedo decir es que tendrá que ver con la suspensión de la velocidad y con la recuperación del silencio interior. Los que vengan tendrán que transitarlo solos.”

Al cierre de la charla, esta pitonisa proveniente de un país que ya no existe elaboró una de las mejores conclusiones de la noche: “Yo no soy una mujer artista, soy una artista y punto. Sin embargo, ser artista no es suficiente. A cierta edad hay que abrir el corazón y creer en algo más”.

Toda la INFO sobre la #UNSAM en la Bienal de Performance BP15, acá.

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