El disco sin hits de Virus

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Por Cristian Secul Giusti (@cristiansg)

 

Recrudece es el nombre del segundo disco de Virus y es quizás el menos notorio del grupo con Federico Moura como cantante. A 35 años de su edición, la obra destaca un universo de época conmovido, de transición hacia la democracia, aunque de crítica hacia ciertos poderes en cuestión o reales que no permitían una manifestación artística liberadora. Asimismo, el reconocimiento de las condiciones de producción del álbum también subrayan una instancia de tensión, ya que fue elaborado en los estudios Panda durante el transcurso de la guerra de Malvinas y publicado en la primavera de 1982, luego de la renuncia del genocida Galtieri.

Recrudece expone una faceta aguerrida y provocadora que supera con creces lo propuesto en la ópera prima de Virus, Wadu, Wadu, editada en 1981. A diferencia de ese álbum debut, presenta una estrategia discursiva mucho más coherente en las líricas y se sostiene a partir de un planteo divergente: se retoman vivencias urbanas enmarcadas en un ámbito dictatorial, se registran las propias discusiones de la cultura rock del momento (inofensivas, contradictorias y también llamativas), se resalta el rol de la crítica o periodismo y se marca el propio rol del régimen en un contexto de transición.

Esta continuidad de tópicos se vincula directamente con la estética y la propuesta conceptual del álbum, que contiene once canciones breves, directas y con diferentes intencionalidades. Por este motivo, la mirada contextual de las líricas postula una dimensión política de las mismas y destaca la lucha por el posicionamiento que presentaba Virus: intentaba marcar su lugar en el ambiente luego del maltrato de cierto sector de la prensa especializada y también de algunos colegas tras la publicación de su primer disco.

El guiso parece algo recocido

Recrudece es una obra que une diferentes puntas discursivas relacionadas con la situación del rock argentino en un contexto pos-Malvinas y de ocaso dictatorial. En este sentido, la canción “El banquete” oficia de maestra de ceremonia, habilitando el marco de enunciación, crítica e ironía en torno a la postura de los rockeros locales durante el conflicto de Malvinas. Por ello, el discurso de la lírica refiere al Festival de la Solidaridad Latinoamericana realizado en mayo de 1982 y organizado por las Fuerzas Armadas y empresarios del universo musical.

Dicho evento, llevado a cabo con el visto bueno de la dictadura, había generado diferentes discusiones en el seno del rock argentino por el aspecto supuestamente pasivo de los músicos participantes: Charly García, León Gieco, Luis Alberto Spinetta o Raúl Porchetto, entre otros. Si bien ninguno de ellos se encontraba en sintonía con la lógica dictatorial, las acusaciones y las críticas resuenan aún hoy como una cuenta pendiente. De hecho, tanto Virus como Los Violadores decidieron no participar del encuentro. En el caso de la banda punk, se aducía una posición de visible rechazo hacia las autoridades; en cuanto a la negación de Virus, la situación era más que evidente: Jorge Moura, el hermano mayor de Federico, Julio y Marcelo, fue secuestrado en su casa de City Bell en 1977 y se desde entonces se encuentra desaparecido.

A raíz de ello, en la canción “El banquete” se manifiesta de un modo lúdico y humorístico en algunas instancias: “Nos han invitado a un gran banquete, habrá postre helado,  nos darán sorbetes”. En esa línea, el discurso plantea una noción de desconfianza muy propia de la lógica contracultural del rock, pero acentuada también en función de las actuaciones de los partidos políticos que negociaban en la transición democrática: “Han sacrificado jóvenes terneros para preparar una cena oficial (…) los cocineros son muy conocidos,  sus nuevas recetas nos van a ofrecer.  El guiso parece algo recocido,  alguien me comenta que es de antes de ayer”.

Virus

En tanto, “Ay, qué mambo” expone una crítica directa a la prohibición de música en inglés durante la guerra de Malvinas y la oportunidad de masividad que tuvo el rock argentino tras esa decisión dictatorial. Por esto, en un primer momento, se destaca la lógica hipócrita del sistema dictatorial, quien le negaba lugares al rock y evitaba su vinculación con las juventudes: “Sólo disco disco disco disco disco disco en bares, disco en clubes, en el aire, en las nubes”. Por contrapartida, la letra también imposta una confusión, relacionada con el viraje de los represores en la difusión de música rock: “¡Ay qué mambo! ¡Hay todo un cambio! Ahora el rock vendió el stock. Nuestra canción salió al balcón. ¡Hasta cuándo será este encanto!”.

Por su parte, “Bandas chantas arañan la nada” satiriza a los artistas de rock argentino que con sus tradicionalismos generaban controversias con las nuevas bandas del momento. De esta manera, el empleo de una unidad vocal patentada por la letra a y diagramada en función de una lógica del poeta Oliverio Girondo sirve para enfocar un tono provocador y burlesco: “Andaba la banda, ¡blanda andaba ya! Cantaba baladas, mansas a la paz, machacan sanatas”.

En “Reportaje sincero y anticonvencional” se acentúa una estructura de crítica relacionada con una mirada ácida sobre el enlace prensa-músico de rock. La lírica articula lugares comunes y performances orales de un artista rockero narcisista y predecible: “En el fondo sólo soy un muchacho sencillo (…) El espectáculo es como un tentáculo que me atrapa y no me deja ser feliz en mi vida privada (…) Muchas gracias por esta oportunidad”. Asimismo, esa convivencia de voces también se advierte en “Entra en movimiento”, otra canción que referencia a Girondo y destaca la intencionalidad festiva, pero pensante propuesta por Virus: “A la música hay que levantarle la pollera”.

En sintonía con eso, el discurso de “Entra en movimiento” también presenta una trama de frases sueltas y de críticas dirigidas al propio Virus: “¡No te muevas, no te rías! La música es cosa seria (…) ¿Ahora Virus tiene mensaje?”).  En función de ello, el diálogo responde a la noción previa y sentencia una definición para comprender el planteo estético de la banda: “Estamos cansados de escuchar música sentados. A caminar, a correr, a saltar, por todos lados (…) Los críticos cacarean y nosotros ponemos los huevos”.

¿Virus tiene mensaje?

Una de las críticas más notables que ha tenido Virus durante toda su carrera refiere a la utilización de la cotidianeidad como sustento retórico y el lenguaje coloquial como soporte comunicativo. Si bien sus líricas exponen ideas de apertura y nociones renovadas del universo social o de la convivencia en democracia, existen resistencias en torno a la construcción discursiva de las canciones de la banda. En relación con ese cacareo de la crítica y la perspectiva desarrollada contra aquellos que dudaban del mensaje de Virus, conviene destacar la presencia de tres letras sumamente interesantes sobre los aspectos cotidianos en dictadura: “El 146”, “Me fascina la parrilla” y “Se zarpó”.

La primera canción presenta un enlace erótico y humorístico similar a lo enunciado en el tema “Caliente Café” (publicado en Wadu, Wadu), pero a su vez contiene una identidad propia. El desarrollo de la lírica está construido de un modo narrativo y relata el viaje de un pasajero lascivo en el colectivo 146: “Esos dos frutitos revientan la remera. El viento la despeina, un cana toca el pito. Qué fuertes esas caderas, parecen que hacen señas. Si conmigo vinieras, cosquillas y jadeos”.  

En tanto, “Me fascina la parrilla” despliega una notable secuencia de estereotipos del quehacer de los argentinos o, más bien, de los metropolitanos (porteños, platenses, conurbanos). En este aspecto, la lírica detalla conversaciones típicas de la época y también, contradicciones y descripciones sobre las perspectivas de vida, desde la grandilocuencia de los argumentos hasta la exageración de las respuestas: “En esta zona lo tenemo’ a Maradona (…) ¿Y Gardel? ¡Qué nivel! ¿Y en Mardel? ¡Qué de hotel! (…) ¿Y Porcel? ¡Qué cartel! ¿Y Entel? ¡Qué papel!”.

“Se zarpó” exhibe desde lo musical una identidad new wave relacionada con la sonoridad de Talking Heads, Blondie o The Romantics y un discurso lírico vinculado a escenas desperdigadas o descentralizadas. Esta diversificación de imágenes, de hecho, activa una constante en la decisión lírica de algunas bandas del rock argentino de los 80 que surgirían posteriormente: Zas, Git, Soda Stereo, por ejemplo. En este caso entonces, el uso de lo fragmentario como modo de comunicación de historias permite avanzar en la trama y encadenar cuadros sueltos: “Ayer César se zarpó hacia un mundo tecnicolor (…) ¡Qué loco estás! ¡Qué loco estoy! (…) Había mil en la calle, decile que se calle, dijo Quique con temor (…) Ya sé quién soy, sé dónde estoy”.

En función del empleo del lenguaje lúdico, pero también coloquial, Recrudece completa una noción de enlace entre la literatura, lo pretendidamente rebuscado de los modos de enunciación y los marcos históricos. En efecto, la presencia de “El corazón destrozado de Francisco Quevedo” explora una reflexión sobre la libertad en un marco de sátira que retoma versos del poema “Es hielo abrasador” del escritor español mencionado. Del mismo modo, “Caricia azul o si no soledad carmesí” detalla una situación obvia de lenguaje poético y literario que roza el romanticismo con lo humorístico o lo irónico. Por su parte, la última canción del disco, “Cave Canem”, articula otra intertextualidad, en este caso histórica y proveniente del latín, relacionada con las inscripciones que se encontraban grabadas sobre mosaicos en la entrada de las casas romanas: “Cuidado con el perro”.

A lo mejor es como es

Recrudece no es un disco de hits o de clásicos radiales. Es más bien un síntoma o un signo de época que a partir de las sonoridades y los versos líricos postula discursos y debates de época: sobre la cultura rock, la situación civil en dictadura y tránsitos venideros de una posible democracia. Asimismo, la recuperación del disco sumado al reconocimiento de Virus como sujeto empírico y manifiesto artístico permite generar un acercamiento a la lectura y la consideración sobre el contexto.

Dicha relación entre las líricas, el escenario social y la propia carrera de la banda admite también una consideración importante sobre la historización del rock argentino. Como fenómeno y vehículo de sensaciones y vivencias juveniles, su aspecto cultural (siempre renaciente y reconfiguración), se hace notar en función del sonido, pero también contribuye al diagnóstico y la revisión de los procesos históricos del país a partir de las líricas, entendidas como discursos y también piezas claves de un gran rompecabezas.

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