Diecisiete caballos de fuerza

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Por Paula Andrea Gaviria.
Ilustración: Cristian Camilo Sánchez.

En el sur de Armenia hay un barrio marcado por un pasado violento. El sonido de una bala trastornaba la muchedumbre que circulaba las calles angostas y anunciaba en su trayecto una nueva persecución. Y había una niña a la que no solo eso le perturbaba. Su calvario iniciaba con el sonido que un motor caliente desprendía al pasar, o desde el momento mismo en el que dos matones decidían marcar las balas de su pistola bajo la ley de “lo mejor pal barrio” o  bajo el rezo del “se lo buscó”, escogían quién iba a manejar la “nave” y quién “el fierro”, se montaban uno tras el otro, encendían decididos el motor de su RX 115 y giraban el mango del bípedo hasta alcanzar unos 100 km/h… hasta alcanzar su víctima. Primero la RX 115 acercándose, luego un silencio, y tres segundos después, los tres impactos a la misma velocidad del segundero. Era la primera vez que vería morir a un padre, aunque no fuera el suyo. Por supuesto, aquella niña no era la única afectada.

Ver sangre derramada alrededor de unos cuerpos sin rostro, o con uno ya desfigurado por la muerte, era para ella como estar viviendo dentro de la fábrica de chocolates del señor Wonka, frente a un Umpa Lumpa que por error presiona el botón de una máquina y hace estallar el cráneo de un visitante, como si fuera centro líquido. Era como empezar a entender que incluso lo que uno siente que es solo de uno, como la vida, se lo pueden arrebatar otros con cualquier excusa. Entendió que lo que uno tanto puede llegar a amar o a desear, otros pueden sin reparo derramarlo, porque algo grande les impulsa o porque sí.

Tenía doce años y jugaba al encondite como antes, pero ya no por placer y diversión. Vivió parte de su infancia como si estuviera en medio de uno de los macabros grabados que Goya hizo sobre la Guerra de la Independencia Española, tan llenos de injusticia, crueldad y humillación, y en ciertas noches sólo podía pensar en cómo huirle al ruido escalofriante del fuego de las balas. Esta crónica se trata de ella, de la amiga de Bellanira, pero a ella volveremos al final. Vamos a lo importante.

Era 2007, y por aquel entonces, bajo el gobierno de Álvaro Uribe Vélez, las FARC estremecían al mundo mediático. Informaron, diez días después de lo sucedido, que el pasado 18 de junio habían muerto once de los diputados del Valle del Cauca que habían sido secuestrados, en un supuesto fuego cruzado con un grupo militar quién sabe de dónde. El impacto de esta noticia pronto contrastaría con otra realidad: la de un pequeño barrio que estaba siendo maltratado. Pero éstas, por supuesto, no eran víctimas importantes para el país, pues no eran las hijas de Carlos Barragán o de Juan Carlos Narváez. No eran vidas que hicieran tanta falta, y allí estaba ella. La primera noche de caos creyó que sería la única, pues una niña tan inocente no tenía cómo imaginar que sería más de un muerto.

En esa gran fábrica de dulces que era el mundo para ella, la amiga de Bellanira, ya no vería bolitas de bombones con goma de mascar, vería ojos desorbitados por el rojo agonía; no vería malteada de fresa lista para ser disfrutada, vería con inquietud rastros de sangre secándose en el asfalto; y por supuesto, no vería visitantes de una fábrica disfrutando de los colores y el sabor de algún chocolate, sino un montón de rostros lívidos alrededor de aquella ornamentación que el paisaje de la muerte les había preparado.

En otra casa de su misma cuadra vivía una abuela resignada, rodeada de unas paredes aún en obra negra. Solía ver todo desde una silla Rimax blanca que sacaba para “ventiarse”, y ya no se sorprendía por las desgracias del mundo. Hablé con doña Rosalba en julio de 2011, antes de que le llegara su propia desgracia: el silencio y la inmovilidad. Era una de esas viejitas conocidas y queridas en los barrios, en este caso porque era de las pocas fundadoras que aún quedaban vivas. Me decía, recordando ese 2007: “Es muy triste ver a la gente tan descontrolada, mamita. Uno no sabe cuándo es un sicario o cuándo los mismos policías desapareciendo tanto malandro por ahí regao… es que en este país los problemas más grandes los quieren tapar es con sangre. Una de vieja ya ni sufre. Pobres pero de los jóvenes como usted, a ustedes sí que les falta vivir cosas”. Y así era, un país violento. Había en ese barrio un contraste entre pólvora y silencio que aniquilaba a las familias con una sensación de angustia eterna.

Campos, porque así le decían, era un hombre mayor, alrededor de los cuarenta o cuarenta y cinco, protector incansable de su familia: esposa, dos hijos y dos hijas. Mantenía un perfil bajo, pero a pesar de eso, todos sabían que detrás de esa fachada escondía algo que lo condenaría. Todos esperaban noche tras noche que la bala marcada con su nombre saliera del recinto de hierro y llegara hasta algún lugar de su cuerpo para fulminarlo. Todos lo esperaban, incluso él mismo, pero ninguno podría advertir ni el mes, ni el día, ni la hora exacta. Campos, en todo caso, era uno de “los duros” y era el papá de Bellanira.

Según la Revista Criminalidad de la Policía Nacional, en su Volumen 50 No. 1, publicado en mayo de 2008, el índice de criminalidad para Colombia muestra que entre los principales delitos del país, el homicidio común era de un 19.0% para el 2007, con un total de 17.198 casos. Respecto al año anterior, las estadísticas dicen que había reducido la violencia. Irónico, entonces, que cuando en el país decrecía el número de muertos por delincuencia común, en esa pequeña zona del Quindío apenas comenzaba un conteo de muertes que duraría meses. El papá de Bellanira se convertiría en una de esas cifras, un número más que navegaría entre los otros, sin mayor impacto.

La hija de Campos nunca advirtió que su papá estaba siendo perseguido por quién sabe quiénes para “hacerle la vuelta”. Eso lo sé por lo que me dijo en el 2010, en un encuentro muy corto que tuvimos: “Yo era muy niña y no se me pasaba que mataran a mi papá así. Ahí sí como dice el dicho, para mí eso le pasaba a otros, no a mi familia, pero vea… yo sin ponerle mucho cuidado a todo lo que pasaba y Diosito se me lo llevó”. Pasó que una de esas noches se escuchó el motor, luego el silencio y entonces, tres segundos después, el primer disparo. Campos subió una loma, corrió herido buscando en vano algún lugar que pudiera salvarlo, y en el fondo supo que no volvería a besar los labios de la mamá de sus hijos. Los matones lo alcanzaron y, finalmente, cuando ya estuvo abatido en el andén de la esquina, el silencio hizo su última aparición para darle paso al resto de disparos. Se escuchó cargar la pistola y el segundo apretón del gatillo; luego otra carga y otro disparo, y así continuaron mezclándose los sonidos, uno tras el otro, con el silencio que llegaba después de cada estruendo… ambos matones descargaron sobre Campos hasta la última bala de sus cartuchos para después volver a bajar la loma por la que minutos antes habían corrido. Luego, encima de su RX 115, se perdieron en la oscuridad. Lo otro también lo vieron –o se lo imaginaron- todos: un taxi, la llegada al hospital, sangre, mucha sangre, y ya no habría “nada que hacer”.

Ese barrio del sur es uno de los más pequeños de la ciudad: un rectángulo insignificante, subdividido en diez manzanas de aproximadamente treinta y cinco o cuarenta metros cuadrados cada una. Allí nadie vive lo suficientemente lejos como para que se pueda decir “¡nunca lo había visto por estos lados!”, o algo así; es, más bien, de esos barrios en los que los rostros de cada habitante se tatúan en la memoria, y se puede reconocer a simple vista un nuevo residente o visitante. Es por esto que cada que desaparecían a uno de “los malos”, se notaba el vacío que dejaba en las esquinas, el humo espeso que ya no desprendería más su cigarrillo. Un policía diría después, y sin el peso de su uniforme de rutina, que “muchos creen que para nosotros es muy sencillo perseguir esos malandros, pero eso no es así. Si se hace limpieza en un barrio es porque se le quiere dar tranquilidad a la gente. No es fácil, hombre, yo que le digo, pero a veces se tienen que hacer cosas así, más drásticas, para quitar el problema de raíz, usted sabe que sí”. Aunque antes de hablar con cualquiera –policía o sicario-, ya todos sabían cómo funcionaban las cosas.

Si en la esquina del parquecito en ruinas se hacían seis, entonces ya había –como mínimo– dos o tres balazos y una ausencia asegurada. Que si fulanito, que si el sobrino de doña señora, que si el hijo de la que sacaba el carrito de comidas rápidas los fines de semana, que si un inocente, comentaban con cierto aire de angustia y chisme sobre el próximo posible candidato para ser “quebrado”. Constantemente especulaban, pero creo que nunca lograban preparase del todo, la noche de cada muerto siempre era una sorpresa y ellos, los vivos que quedaban, sólo repetían la misma reacción: esperar a que pasara el peligro para salir de sus casas en medio de miradas consternadas, luego gritos y los pasos largos de quienes corrían a reconocer cuerpos.

En noviembre de 2013, la señora del carrito de comidas rápidas me lo dijo: “vea mija, yo me acuerdo como era esto hace unos años. Uno ya no podía caminar tranquilo después de las 7:00 p.m. porque la gente era muerta e’ susto. Yo sí que más, con el hijo que tengo y que tantas angustias me hizo pasar. Yo le pedía a Diosito por él y menos mal nunca me lo mataron cuando estuvo por aquí, pero sí pasamos muchos sustos ¡eavemaría!, y mataron a varios hijos dañaditos de unas señoras que yo conocía. Yo no tenía vida, mija, hasta me parecía mejor que estuviera en una cárcel, imagínese. Ahora cuando mataban a uno, jum… ¡eso sí que era un despelote!, todo el mundo corra pa’ aquí, corra pa’ allá”. En este barrio minúsculo decenas de personas parecían familiares desesperados, y las calles se convertían en una morgue pública a la que todos acudían para hacer el reconocimiento de la víctima sin citación policial previa. Porque cuando una vida cesa, otras quedan trastabillando con el peso de su ausencia.

Fue una noche de jueves, a eso de las 10:00 p.m., a dos cuadras de la casa de Bellanira. Los diarios del otro día mostraron los comentarios de algunos testigos que “aseguraron haberlo visto todo”: a Campos suplicando una oportunidad con su mirada ya medio muerta, por mencionar solo una cosa… vagas suposiciones. Los diarios mostraron también el plano abierto de la calle que se bañó de la sangre de aquel padre, sin el padre ya. Y mostraron otras muertes, como la del dueño del billar, cinco días después de su cumpleaños número cincuenta y seis; o la del flaco vicioso que parecía no hacerle daño a nadie, más que a sí mismo. Pero lo que no mostraron las portadas de aquellos periódicos fue el sufrimiento de las niñas que callaban y aguardaban en una esquina de sus casas, esperando la llegada de aquel hombre que les regalaría un abrazo, un beso en la frente y un “te amo… mi niña”. Los diarios no mostraron la extrañeza que les causó a los vivos que quedaban el ver que esta vez sería una mujer quien abriría el billar.

No todo era preocupación. También estaban quienes sentían indiferencia y algunos incluso un profundo alivio ante lo que pasaba y hacia quienes le pasaba. Otros, como el muchacho flaco que habló conmigo empezando el 2014, “exdrogadicto”, de gorra roja, que escucha radio en esa ventana mal pintada de verde, y que cuando habla parece estar haciéndolo dentro de un tarro vacío. Ese sonido, esa voz que apenas se entiende dice que él no sabe, que no son sus muertos y que, además, algo tuvieron que haber hecho, que porque a uno no le están disparando en las calles porque sí. Que además no todo el mundo le pone cuidado a eso porque otros tienen sus propios problemas. Pero lo cierto era que estaba sucediendo. En ocasiones a las gentes se les arrebataba un personaje de la memoria, lo que dejaba angustia en unos y tranquilidad en otros. Eso lo digo por lo que hablé en marzo de ese mismo año con un marihuanero ‘decente’ del barrio; cuando le pregunté por todas esas muertes del 2007, me dijo: “Yo no soy tan caspa, pero sí tengo amigos que ¡uy quieto!… No me gustaría, porque son mis parceros, pero a lo bien que si a alguno de esos maricas les pusieran el tatequieto, muchos de por aquí estarían más tranquilos. Eso pasó esos días de los que estamos hablando, se mataban entre ellos o los mataba la ley, y muchos del barrio sentían un fresquito”.

Ahora, ocho años después, parece que pocos quieren recordar haber vivido aquella angustia. Es un martes en la noche del septiembre de 2015. Se escuchan cinco disparos seguidos y se empiezan a asomar las cabezas por los balcones y las puertas de siempre. Otros salen a la calle, ahora con un caminar lento, nervioso, que vacila en avanzar. Todos se miran sin decir nada, y una vez más se siente el silencio de hace tantos años. Un valiente pregunta, casi que pidiendo permiso, con la mirada de quien va a preguntar algo muy íntimo y vergonzoso: “¿Fueron disparos, cierto?”, a lo que todos en filita empiezan a contestar, de murmullo a complicidad, que si cierto que sí, que claro, que se lo descargaron todo, que quién y que dónde sería. Después de unos minutos, la mayoría entró sus cabezas llenas de dudas y siguieron en lo suyo, lo de afuera se mezcló con sirenas policiales y lluvia, pero se quedó allá, afuera.

Parece que las calles maltratadas sellaron las voces de los vivos y no se habla más ni del billar que ya no existe, ni de las hijas sin padre, ni de las siluetas que ya no caminan. Nadie habla más de eso, excepto la amiga de Bellanira, que decidió que sí, que era tan importante como para contarlo. Decidió que ella, a la que no le mataron a nadie, la que nadie considera como víctima de esa violencia, necesitaba escuchar lo que la gente tenía por decir ahora que “ya todo pasó” para convertirlo en eco, aunque sea en uno minúsculo e insignificante como su barrio.

Muchos rostros se han borrado de su memoria. De Bellanira y de toda su familia y de las limpiezas ya no sabe mucho. En aquel tiempo ellos estaban muriendo desangrados en los andenes mientras ella estaba en la puerta de su casa. Ahora ya no es una niña, y a veces juega a no tener miedo. Pero ahora algo la delata, porque ella, la que no es víctima, está escribiendo sobre el miedo que le da escuchar cómo se aproximan los diecisiete caballos de fuerza de una RX 115 a gran velocidad. Ahora siente que cuando suena el acelerador, todo en ella es silencio.

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Armenia, Quindío, Colombia

Armenia es una pequeña ciudad de Colombia que se encuentra ubicada en la región oeste-central del país. Fue casi invisible ante el mundo hasta el 25 de enero de 1999, cuando un terremoto de 6,2 grados en la escala de Richter afectó al 75% de la población, dejando más de mil muertos y otros cientos miles de afectados. Como capital del departamento del Quindío, hace parte del Paisaje Cultural Cafetero, el cual fue declarado como Patrimonio Cultural de la Humanidad en junio de 2011 por parte de la UNESCO. Esta ciudad, de la llamada Región Paisa, cuenta con una población aproximada de 280.000 habitantes y una superficie de 140 km2. Armenia es una ciudad mediana que se encuentra entre las tres ciudades más grandes de Colombia (Bogotá, Medellín y Cali) y es conocida como la “Ciudad Milagro” por haber tenido un rápido desarrollo y crecimiento urbano al poco tiempo de ser fundada. Nombre que revalidó con el resurgimiento que tuvo después de aquella catástrofe del 99.

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