Día de la madre: el homenaje anfibio

Fue un concurso express. Rápido, sin mucho tiempo para escribir. Pero evidentemente alcanzó: llegaron unos cuantos relatos para el Día de la Madre. El que más nos gustó fue “Por las dos”, de @karola, que publicamos más abajo ↓.

También queremos hacer una mención a estos dos textos que por distintos motivos, nos conmovieron. La primera es una historia difícil, de esas que no todo el mundo se anima a contar, “Ser el 1%“, de @vdoraado (Virginia Dorado). Y la otra, “No vas a poder“, de @gisela (Gisela Romero).

¡Gracias a todos los que participaron!

Por las dos
@karola (Karina Carestia).

A las 10 de la mañana de un sábado lluvioso, la situación en el Hospital Italiano es desesperante. En la habitación 1, encierran a mi mamá con dolores tan fuertes que se revuelca en el piso. Ella asegura que son contracciones, pero el médico dice que no puede ser.

Lo primero: repetir la ecografía que le hicieron el día anterior. Después, instalar a su alrededor todo un equipo de monitoreo conectado con cables. La llenan de aparatos. En la cabeza. En la panza. Ella, sin perder la calma, dice que el bebé va a nacer, que lo siente ahí. El médico insiste en que todavía falta y le da un botón rojo que debe tocar cada vez que tiene lo que ella llama una contracción. Minutos después, contrario al pronóstico médico y cumpliéndose la profecía de mi mamá, rompe bolsa. Recién ahí se enciende la alarma: descubren que el líquido amniótico está en mal estado. El único médico que sigue el minuto a minuto hace el último control: tiene una dilatación de 9 centímetros. Ordena trasladarla en camilla a la sala de parto y sale de la habitación.

El enfermero que queda a cargo, y que la acompaña en el traslado, trata de tranquilizar a mi mamá, que está a los gritos:

– No pujes, esperá.
– ¿Cómo hago para no pujar?
– No sé.

La pregunta de mi mamá es desesperada. Quiere obedecer pero no tiene idea cómo puede impedir algo que se da naturalmente. No hace fuerza, es un impulso. Todas las palabras del médico son de una reacción, también, desesperada. Busca retrasar el parto porque sabe que algo está mal y, además, todavía no llegó la partera.

En la habitación 2 mi papá está cambiándose para ingresar a la sala de parto. Aunque el médico dijo, minutos antes, que todavía falta, le cree a mi mamá cuando dice que el bebé está por nacer. Un doctor lo encara:

–Es un embarazo de riesgo. ¿Si tengo que hacer un esfuerzo por alguna de las dos por quién lo hago?

La pregunta lo descoloca:

–Por las dos.
–Con la madre podes tener más hijos, con la nena no– insiste el médico.

Como si no hubiera escuchado, vuelve a decir:

–Por las dos.

El médico abandona la habitación y se dirige a la sala de parto. Mi papá, mudo, lo sigue.

***

El día anterior, 7 de diciembre de 1984, mi mamá había almorzado dos platos enormes de fideos con salsa y engordó un kilo y medio. Se lo confirmó el doctor después de hacerle la última ecografía. No estaba prevista pero fue necesaria. Tenía muchos dolores que en el embarazo anterior no había tenido. Los dolores que ya conocía los llevaba con tranquilidad. Los que experimentaba por primera vez la inquietaban. Aparecieron, por sorpresa, en el séptimo mes. Hasta entonces el embarazo lo había transitado con normalidad. Como el anterior: tres ecografías, algunos vómitos, pocos antojos. La incertidumbre de si era nena o nene. Las ganas, esta vez, de que sea nena.

Según la última ecografía realizada, el doctor le dijo a mi mamá que había dos revelaciones. La primera era que todavía faltaba un mes para dar a luz. En algún momento la cuenta falló: estaba en el octavo mes de embarazo, no en el último. Mi mamá desconfió. La segunda, era que los dolores intensos que padecía eran producto de una infección. Pero no tenían claro donde se encontraba y por lo tanto no tenían la menor idea de cómo tratarla. Mi mamá se asustó.

Un mes antes de que empezaran los dolores la única preocupación que tenían era el nombre que le pondrían al bebé. Querían que fuera una nena. Y si lo era, a mi papá le gustaba Victoria y a mi mamá, María Soledad. No lograban ponerse de acuerdo. Mi papá no quería el nombre María porque era el de mi abuela. Tampoco quería que tenga dos nombres. Y, también tampoco, quería solamente Soledad. Cuando aparecieron los dolores, la discusión desapareció.

Ese mismo día, después de los platos de tallarines con salsa, de la ecografía que diagnosticaba un error de un mes de embarazo y con dolores que no se quitaban producto de una infección, mamá seguía con hambre. Desajustó un poco el moño de su camisolín celeste que usó durante el embarazo, como lo hacía a medida que crecía la panza. Por la tarde, coordinó para el día siguiente rearmar la vidriera del local de ropa que tenían en una galería de la ciudad. Cerca de la noche se dirigió con mi papá a una cantina en Ingeniero White llamada Mitcho´s y, recuerda, comió un exquisito plato de langostinos. Ya pasada la medianoche pidió helado. A la una de la mañana empezaron los dolores otra vez.

Mi papá con mi hermano, que ya tenía poco más de un año, durmieron toda la noche. Mi mamá la pasó despierta sentada en una silla soportando el dolor.

A las 10 de la mañana, finalmente, decidieron ir al hospital. El equipo de médicos que estaba preparado para asistirla se encontraba iniciando un viaje que con antelación habían programado. Inmediatamente después de la noticia lo cancelaron. Era feriado, llovía torrencialmente y en el hospital prácticamente no había nadie.

En la habitación 1, mi mamá sabía que tenía razón, que estaba por parir, y que no faltaba un mes. En la habitación 2, mi papá se enfrentaba a la posibilidad de que el bebé no naciera.

***

El 8 de diciembre de 1984, a las 11 de la mañana, nací. Cuando mi papá llegó a la habitación, mi mamá ya había ganado la batalla. El peligro había desaparecido. Era una nena sin nombre que pesó 2 kilos 750 gramos. El equipo de médicos aún no había llegado. Seguía lloviendo torrencialmente.

Ya en los brazos de mi mamá y, como tradicionalmente sucede en el Hospital Italiano, un grupo de monjas se acercaron a recibir a los recién nacidos. Fue una de ellas la que hizo la pregunta más básica: -¿Cómo se llama? Mi mamá no tenía la menor idea pero sabía que tenía que dar una respuesta. Tímidamente soltó un: Karina. Dice que se le ocurrió en el momento. Miró a mi papá buscando una señal de aprobación que no encontró, pero igual dio por hecho que papá aceptó. Por las dudas, se aseguró: Karina con K. Con el dilema resuelto, mi mamá le comentó a la monja que preguntó sobre los nombres que venían analizando. La monja, a modo de sugerencia, le recalcó que María sería significativo por el día. Mi mamá no la escuchó.

La verdad se supo a la tarde: el problema estaba en la placenta y era el líquido amniótico lo que estaba infectado. Mamá dice que la palabra que usó el médico fue fea pero que, cree, era cierto: estaba, sencillamente, podrido. No fue hasta ese día que supieron que no había error de cálculo en las fechas sino que, producto de la infección, en el último mes dentro de la panza de mi mamá, el bebé no creció.

Supe esta historia de casualidad, un día cualquiera que mi mamá decidió contarla en una reunión. También supe ese mismo día que, cuando el médico le confirmó a mi papá que debía elegir entre la mujer que ya conocía y la beba que estaba por conocer, de tener que tomar sin más remedio una decisión, hubiera elegido a mi mamá. Eso estuvo lejos de molestarme, me pareció lógico. Supongo, porque me convencí que en ese momento mi papá tuvo un gesto con mi mamá del que ella podría aferrarse cada vez que sintiera que algo estaba mal. Desde entonces la historia se contó solo dos veces más. Todos esos dolores que le causé, curiosamente, no los recuerda con dolor. Las pocas veces que la escuché contarlo, se ríe. Como si fuera uno de esos días en la vida que se quieren olvidar por la tragedia y que con el tiempo se convierten en una anécdota de la que está permitido reírse. Nuestro vínculo no se modificó en nada una vez que lo supe. No está atravesado por el dolor que padeció, y tampoco es perfecto. Es bastante simple: yo no siempre tengo la risa fácil y ella tiene mucha facilidad para hacerme reír.

 

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4 Responses

  1. Increíbles los tres!!! Me re re re gustaron!! Felicidades!!!

  2. Felicitaciones. El de Karina muy bien contado; respetando el estilo de la crónica.

  1. 19 octubre, 2015

    […] FINALIZADO: Relatos ganadores. […]

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