Cómo un discapacitado y el Estado juegan a buscar trabajo

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Por Andrés Terrile (@andreso)
Ilustración: Ben Heine

Eran cerca de las 11 cuando salí de casa a hacer eso que, para casi cualquier persona, no significa más que un par de clics desde la comodidad de su computadora o celular, probablemente sin siquiera tener que abandonar la cama. A menos que seas ciego –o con alguna otra discapacidad– y pretendas ingresar tu currículum en el registro laboral de COPIDIS (Comisión para la Plena Participación e Inclusión de Personas con Discapacidad).

Al igual que otras tantas instituciones del mismo rubro, COPIDIS mantiene con la tecnología una amistad bastante particular, llena de contradicciones. Como si se tratase del amigo goma pero bueno e inteligente, al que evitamos a toda costa pedirle un favor para no tener que recibirlo en casa, COPIDIS viene pateando la invitación desde hace años. Por tanto, si un discapacitado quiere dejar su currículum, tiene que acercarse personalmente a Balcarce 370 con hoja en mano para ser digitalizada mediante escáner –sí, escáner– por una empleada.

Si finalmente el CV va a ser digitalizado, ¿por qué no enviarlo ya en formato digital desde casa en lugar de imprimirlo, llevarlo a Balcarce y escanearlo?.

Una vez allí, y con esta frase hago elipsis de lo que para un ciego significa atravesar plaza de Mayo, encontrar Balcarce en una intersección de 5 o 6 esquinas, más caminar por una de las pocas zonas de la ciudad que no es plana, subiendo y bajando escalones, fui atendido por una empleada que recibió mi currículum.

Me encontraba entonces en una oficina habitada por dos empleadas y tres o cuatro escritorios, cada uno con una computadora. Tras varios minutos hasta que lograron poner en funcionamiento esa “tecnología de punta”, la empleada me dice: “Tiene que traer el certificado de discapacidad”.

—Pero yo cobro una beca por medio de COPIDIS, ¿no podrán pedirle a Becas que les facilite mi certificado?

—No, no, no. Becas es otra área, no tiene que ver con nosotros —. Me responde una chica joven de perfume muy a la moda, que estaba “trabajando” en el escritorio contiguo.

—Bueno, pero trabajan en este mismo lugar. Pueden pedirle una copia de mi certificado…

Y así caímos los dos en un bucle comunicacional del que por un momento, les juro, pensé que no iba a salir mas. A la tercera o cuarta vuelta de ese mismo diálogo, al que ella iba rellenando con un abuso del “claro” y el “o sea”, parece que tanta fricción generó un agujero en ese bucle.

—Becas es otra área. Pero igual le pedimos que busquen tu certificado y listo.

Me pidieron también el documento para digitalizar. Después de algunos minutos, su pregunta me hizo suponer que el asunto iría a avanzar.

—¿A qué categoría vas a querer postularte?

—Mucho trabajo no hay, así que a cualquiera que vaya con mi Currículum.

—Claro, pero te explico. Vos tenés que elegir alguna, la que más te interese. Así que voy a llamar a Delfina, la encargada de registros, que te va a orientar mejor sobre las categorías.

Pasaron cinco, diez, quince minutos esperando. “Acepto la de Gerente de Marketing en una automotriz, y rechazo barrendero de avenidas de mano única”, pensaba. Entonces pasaron veinte minutos sin noticias de Delfina.

—¿Sabés si son muchas las categorías para postularse? Porque si no son muchas, quizás no sea muy complicada la elección y puedas registrarme vos misma.

—No, no son muchas. Pero yo no las tengo acá.

Y mientras pensaba si tardaría mucho más en llegar Delfina con el bolso repleto –o ahora ya no tan repleto– de categorías, mi hermano tomó la palabra:

—Yo me inscribí la semana pasada y creo que eran tres: administración, servicios y una más.

—Sí, son tres. Administración, Servicios –seguridad, limpieza o monitoreo de cámaras– y Profesional, que es para los que tienen título.

—Pero entonces, si la categoría C es con título y la B es claramente visual, ¡solamente podría postularme a la A!

—Sí, pero tiene que venir la chica de Registro, no queda otra.

Y entonces, o mejor dicho, después de esperar otro par de minutos, apareció mamá Noela con el bolso de categorías. Después de corroborar brevemente que todas sus preguntas sobre mi manejo de idiomas, computación y demás figuraban en mi currículum, y llegando a la ya mencionada difícil conclusión de que solamente podía postularme a una única categoría, cerró su participación con: “Y si puede postularse a una sola categoría, ¿por qué no lo registraste vos?”. Y ese fue el peor momento de mi estadía. “Dale, decile que me dijiste que solo ella podía registrarme, decile que me dijiste que no quedaba otra”, pensé.

Silencio de las dos partes.

Y así, finalmente, agolpadas sobre la pantalla de la misma computadora en la que la primera mujer que me atendió, escaneó mi CV y mi documento, de la que la segunda empleada dijo que ella no podía registrarme, Delfina tildó la casilla correspondiente a la categoría Administración General. Y entonces sí, dije gracias y me fui.

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