Balance (optimista) de un pequeñísimo festival de cine colombiano

Por Magda Hernández.

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Hacer un festival de cine no es fácil. De cine documental, menos. De cine documental colombiano, en la ciudad de Buenos Aires, bueno… Hace unos meses lo hicimos. No esperábamos una avalancha de público, no esperábamos grandes titulares en diarios, mejor dicho, no sabíamos qué era lo que esperábamos. El proyecto escondía -tras palabras grandilocuentes y académicas, apoyadas con cifras y datos recogidos de diversas fuentes- mi verdadera motivación: moría de ganas por ver películas colombianas. Debí aclarar primero que soy colombiana y que vivo en Buenos Aires hace casi ocho años. Muchos de mis amigos y ex compañeros de la universidad en Colombia son ahora cineastas. Así que siempre me entero de las películas que graban y estrenan allá, pero pocas veces tengo oportunidad de verlas. Si bien hay festivales (el BAFICI, como gran ejemplo), muchas de estas producciones nunca se integran a los circuitos de distribución más convencionales y comerciales. Y es así como, sabiendo de la enorme cantidad de películas que no llegaban hasta estas latitudes, decidimos apostar -al menos timidamente para empezar- por una pequeña selección de cuatro largometrajes documentales. Nombramos Colombia Doc a esta iniciativa y el 5 de noviembre (del año pasado) estaba todo listo para la primera proyección.

¿Tendríamos público? ¿Se interesaría alguien por ver cine documental colombiano? No sabíamos la respuesta y no la supimos hasta minutos antes de la apertura del evento: un sí rotundo se dibujó en cuatro días de proyección, con más de 50 espectadores por película, un verdadero éxito para las pretensiones que puede tener un festival primerizo, dependiente enteramente del voz a voz de las redes sociales.

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Es muy probable que tengamos un segundo festival pero la pregunta inicial sigue resonando y se ha ampliado: ¿por qué no existe un intercambio fluido de producciones audiovisuales entre los países latinoamericanos? O, incluso, ¿cómo podemos ser latinoamericanos todos, si no nos conocemos los unos a los otros, si no podemos -al menos- mirarnos en el espejo de nuestra propia producción cinematográfica? Sé, porque he tenido la oportunidad de viajar y conocer a cineastas de toda Latinoamérica, de la enorme potencia de nuestras cinematografías. Pero también sé y escucho constantemente quejas con respecto al problema más acuaciante en este sector: después del esfuerzo descomunal que demanda terminar una película, esta no se encuentra con un público. Como dice el refrán “nadie es profeta en su tierra” y así, muchas películas reciben premios, admiraciones y aplausos alrededor del mundo, sin que lleguemos a tener noticias en nuestras pantallas.

Muchos se aventurarán a responder que no existe público para esas experiencias, que a la gran mayoría de las personas sólo les interesa el ofrecimiento de productos empacados al vacío hollywoodense, en donde Latinoamérica sólo es el telón de fondo para historias de narcos, guerrillas y secuestros. Y esto, lastimosamente, es muy cierto. Mi país es el más vivo ejemplo: tras la aprobación en el año 2003 de la Ley del Cine, la cantidad y la calidad de las producciones va en aumento, pero no así las cifras de taquilla.

Pero me gusta pensar -como buena idealista- en las palabras de un profesor hace muchos años: un día, mientras comíamos una olorosa pizza de cuatro quesos, me dijo que el buen cine era como la buena comida, hay cosas que debemos aprender a ver y siempre es necesario educar el ojo. Yo le sumaría a esta educación, dos necesidades imperiosas: la descolonización de nuestra mirada y la generación de espacios de difusión alternativos. Esto quedó demostrado con nuestra primera versión del Colombia Doc.

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Sé que muchas de las películas que deseo ver adolecen de problemas técnicos, narrativos y, sobre todo, de presupuesto. Pero no estoy descubriendo nada nuevo cuando digo que si no las vemos, si no pensamos en quiénes somos y cómo ponemos esas realidades en imágenes, nos tendremos que contentar con lo que alguien más cuente sobre nuestra propia realidad o, peor aún, con la invisibilidad absoluta en este mundo sobrecargado de imágenes. Ya lo pensaron en los setenta aquellos que lucharon -armas y cámaras en mano- y lo siguen pensando los locos que, en contra de cualquier pronóstico negativo, siguen haciendo cine en nuestros países.

Cuando cerramos el último día de nuestro Festival de Cine Documental Colombiano Colombia Doc -con sesenta personas sentadas en la sala visionando las casi dos horas de Un tigre de papel (magistral trabajo de uno de los mejores documentalistas de mi país en la actualidad, Luis Ospina)-, cuando escuchamos los aplausos y las conversaciones en el pasillo, cuando miramos atrás y descubrimos que habíamos logrado juntar doscientas personas a ver cine documental colombiano, ese día supimos que sí hay un público dispuesto a ver y que, a veces, es sólo cuestión de tener ganas.

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