Ana no duerme

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Por @ines.

Los ojos de Ana se humedecen a medida que relata la escena: “Todas las noches vuelve a mi cabeza el ruido de las balas. Te están dando de atrás, me decía mi compañera. Pero yo no veía nada, sólo sentía desvanecerme”.

Ana fue despedida de la Municipalidad de La Plata luego del cambio de gestión. Se enteró el 4 de enero cuando fue a la dirección de personal para renovar su carnet de la obra social. Llevaba en la mano los últimos resultados médicos, le habían descubierto un problema oncológico en el útero y necesitaba asegurarse de que la obra social le cubriría la intervención quirúrgica, pero le tocó enfrentarse a la peor noticia: su nombre en un listado de 2600 despedidos.

El mostrador de la oficina de Personal estaba colmado. Ana miró a sus costados: no era la única. Ahí empezó la organización.

La cita programada sería el viernes 8 de enero a las 8, en Plaza Moreno, frente al Palacio Municipal. Una protesta pacífica, la idea era juntarse simbólicamente en el mismo horario de ingreso a la jornada laboral.

Ese día, Ana se despertó a las 6.30, como todos los días hace ocho años, pero esta vez como no podía ingresar a la oficina de Gestión Integral de Residuos y Mantenimiento Urbano, se bajó antes del micro y caminó hasta la plaza.

La plaza tampoco era la misma de todos los días: las vallas azules rodeaban el edificio del palacio municipal y los policías de infantería conformaban un gran muro humano, vestidos con cascos, escudos y armados con itacas. De las ventanas asomaban los altos funcionarios municipales, como esperando la revuelta y observando desde lejos.

Los flamantes desempleados fueron llegando y de a poco empezaron a encontrarse. “Queríamos que algún funcionario salga a darnos una explicación. Era un reclamo pacífico para pedir por nuestros derechos y nuestra reincorporación”, explica Ana.

La ilusión del reclamo pacífico se esfumó en el aire de los gases lacrimógenos, el gas pimienta, las balas de goma y las corridas. Ana estaba con su hija: “Ella quiso venir a acompañarme, a mí me pareció bien porque era todo pacífico y hacía años que no teníamos en el país una manifestación agresiva, pensé que estábamos en otra etapa”.

En total, fueron 13 balazos de goma, de los cuales muchos penetraron en su cuerpo y quedaron incrustados. “Nunca voy a entender ese ensañamiento, parecía que me apuntaban a mi sola. De los tres policías que tenía cerca, había uno muy agresivo. Era el líder de la manada. Ese era el que más tiraba”.

Ana tiene 3 hijos, de 20, 17 y 7 años, está separada y su casa en el barrio San Carlos está a medio terminar. “Mi principal preocupación era como iba a darle de comer a mis hijos”, cuenta ahora.

La militancia

Ana es militante peronista hace muchos años, no lo niega, ni siquiera lo disimula. Lo confirma en cada frase que menciona: No me esperaba semejante castigo por ser militante”.

La militancia es parte de su vida, nunca dejó la ideología en la puerta de la oficina pero cumplía con creces su jornada laboral. “Que me traten de ñoqui fue unos de los dolores más grandes, en personal están todas mis planillas de asistencia firmadas. Me hubiese gustado que me evalúen por mi capacidad de trabajo, si no les servía estaban en todo su derecho”.

Pasaron casi dos meses de ese fatídico viernes a las 8 de la mañana. Ana ya está reincorporada, no por su capacidad de trabajo sino porque su espalda fue tapa de todos los diarios al día siguiente de la protesta. Hoy conforma la Comisión de Trabajadores Municipales Despedidos en apoyo a todos sus compañeros que aún están a la espera de componer su situación laboral. Ella y su hija están en tratamiento psicológico por el shock que les tocó atravesar.

“Tengo otra vez ese miedo de cuando era chica, un miedo que me dejaba sin aire cuando veía un hombre vestido de  militar o un policía camuflado”, dice a los 48 años.  Y les explica a sus hijos que eso no va a volver a pasar.

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