Alberto Laiseca: “¡Que se guarde memoria de mí!”

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Escritor de culto difícil de encasillar. Durante décadas sus libros circularon de mano en mano a espaldas del gran público. Ya en el siglo XXl, el canal I-SAT le dio un espacio para contar cuentos de terror que lo hicieron popular. Hoy desde una casona en Caballito su preocupación es el olvido: “Quiero ser traducido al inglés para perdurar”.

Por @matias-mrp. Foto: Alejandro Santa Cruz – Télam.

La condición para visitar a Alberto Laiseca es llevar un paquete de cigarrillos imparciales y una lata de Heineken bien fría. Con eso basta para una charla de horas.Todavía conserva sus facciones características. Su bigote es menos tupido y más canoso respecto al que se veía por televisión. Su pelo sigue crecido detrás de la nuca, y su voz no ha perdido la cadencia. Se encuentra en el último espacio disponible en la tercera y última sala de una vieja casona, en el límite entre Caballito y Flores. Se queja de las mujeres que lo cuidan por su severidad. De todas maneras, quizás por cansancio, a Laiseca le conceden ciertos permisos.

Está sentado en una silla de ruedas e inclinado sobre la mesa. No está solo, hay dos libros. Uno de ellos “Ante la Ley” de Kafka. Cuando le avisan que tiene visitas se alegra: le trajeron cigarrillos.

No te permitas el nihilismo porque es un gas venenoso e insidioso. Que atraviesa todas las paredes, incluso la más gruesa. Nada de nihilismo, flaco.

Laiseca no tiene vueltas, contesta a cualquier pregunta con énfasis. Profundiza y teoriza. Es un maestro sabio, enseñándole a las nuevas generaciones. Tiene una fuerte necesidad por dejar en claro varios puntos. Se toma su tiempo para responder, pero no deja ningún concepto sin redondear. “Ojo, cuesta bastante ignorarlo. Pero es el único camino”.

Laiseca tiene ganas de charlar. Su tema no es otro que la literatura, a lo que ha dedicado su vida. No solo a escribir, sino también a leer, aunque en los últimos años estuvo peleado con las letras. “Por odio había dejado de leer y de escribir. Ahora por lo menos estoy leyendo y me estoy haciendo la cabeza para seguir y terminar un trabajo. Es una novela buenísima: Camilo Aldao se llama”. Aldao es el nombre de la ciudad donde se crió.

Ahora solo, y sin tener mayores distenciones, recuerda con nitidez su infancia, sus años felices en un pueblo límite entre Córdoba y La Pampa. Incluso sus primeras lecturas.

Su voz grave, y su tono dulzón resaltan entre los ancianos que lo rodean. “No sabés el poder que tiene el cigarrillo. Viaja en el espacio / tiempo”, sonríe como un abuelo que hace un chiste a su nieto. Una vez que sabe que ha generado una intriga, no tarda en aclarar: “Es una epopeya delirante de mi pueblo. En la novela hay pterodáctilos. No hay que fumar, porque cada vez que uno prende un cigarrillo cae un pterodáctilo. Lo pongo tan fresco como si fuera cierto”.

La enfermera, al ver su gesto suplicante, le permite un cigarrillo. Laiseca se toma su tiempo para encenderlo, sabe que por unas horas no habrá otro y se predispone al disfrute. Expulsa el humo y concluye: “No saben el poder que tiene el cigarrillo”.

Laiseca es una rareza de la literatura nacional. Desde su primera publicación (“Su Turno”) los críticos literarios ven en sus textos un desafío para catalogar. En sus narraciones hay pasajes históricos mechados con acontecimientos sobrenaturales, cierto barroquismo y atemporalidad. Algunos han resuelto la encrucijada encasillándolo en el “Realismo Delirante”.

Hasta en sus influencias, que se pueden catalogar como decimonónicas y que Laiseca no da demasiadas vueltas para asumirlo, se diferencia de los autores nacionales. Entre sus más queridos escritores se encuentran Edgar Allan Poe y Franz Kafka, pero por encima de todos ellos, Oscar Wilde.

En el país de Borges, Laiseca no reacciona de la mejor manera cuando se lo nombra. “¿Borkus? Ni me nombres ese bicho”, se muestra ofendido y amenaza con terminar la charla. Después de un silencio incómodo, retoma la palabra: “Ese bicho es muy nombrado, pero no muy nombrable”. Sí rescata a Cortázar, aunque no se extiende demasiado. Aprecia y sorprende por su conocimiento sobre José Hernández y el Martín Fierro.Cuando se le menciona a Leopoldo Marechal sonríe y  celebra: “Claro, Marechal sí. Un genio.”

Laiseca solicita un poco de cerveza y un cigarrillo. Al primer pedido acceden y le traen en un vaso azul de plástico, la mitad de la lata. Respecto al cigarrillo, le recuerdan que no hace mucho se fumó uno. Laiseca se ofusca e insulta en voz baja. Mira para los costados y trata de pensar en otra cosa. “Hay mucha creación de mitos alrededor mío. Alrededor de un tipo como yo siempre se hacen mitos”. Sonríe.

De los autores contemporáneos, Laiseca menciona a César Aira, lo cual tiene cierta lógica. Aira también se zambulle en lo delirante. También menciona a sus discípulos más conocidos: Leonardo Oyola y Selva Almada.

“Los chicos nuevos están haciendo cosas buenas. Yo era de los que decía ‘Ya no se lee más’. Y me decía ‘La puta, no quiero tener razón’. Si me equivoqué… ¡en buenahora!”. Hace una pausa y piensa un poco… Se alegra y concluye: “Por suerte me equivoqué”.

El taller de literatura fue otra vocación de Alberto Laiseca, y no menos valorable ha sido su desempeño como formador de escritores. Comenta que “hay más gente con talento de lo que uno se imagina. Pasa que hay que despertárselo. Yo soy muy bicho para eso”.

Sobre qué narrar y cómo adhiere que “se va aprendiendo sobre la marcha. Vas aprendiendo de vos mismo. El maestro, a veces sin darse cuenta hace que vos te des cuenta de vos mismo”. Las pruebas, con los años, le dieron la razón a Laiseca. Sus pichones ya vuelan solos, y bastante bien.

Leonardo Oyola hace años que viene teniendo éxito con sus publicaciones, y es colocado en el podio de “los nuevos escritores”. Su último trabajo “Kryptonita” llegó al cine y gozó de un apreciable éxito. Por su parte Selva Almada publicó hace unos años su trabajo periodístico “Chicas Muertas” por la Editorial Random House, y un compilado de relatos llamado “El Desapego es una forma de Querernos”, de buena circulación también.

Laiseca está al tanto de sus avances, y es visitado semanalmente por ambos, lo agradece con afecto. Por momentos se lo nota viejo, con sus pausas, su mirada que se detiene y contempla a su alrededor. Pero no menos lúcido. Su cansancio es entendible, como todo vanguardista a Laiseca el camino recorrido le ha costado más que a otros escritores.

Su mayor obra lleva por nombre “Los Sorias”. Es un tratado literario de 1400 páginas. Además es la novela de mayor extensión de la literatura argentina. Fue escrita en el asilo al que se sometió durante los años de dictadura, y la terminó con el advenimiento de la democracia. Una vez concluida, pasó a manos de diversos editores, que vieron su trabajo como algo inviable para el mercado. A “Los Sorias” le tomó 16 años ser publicada.

“Va por su tercera edición. Mis libros más imposibles, como ‘Los Sorias’ y ‘El Jardín de las Máquinas Parlantes’ son los que más se han vendido. Me hace muy bien eso”. Pero no le basta para sentirse realizado. Pese a todos los golpes que un artista recibe, Laiseca no se ha endurecido del todo, y tampoco tiene resentimientos. Su mayor preocupación es pensarse olvidado, que su trabajo no se valore y por ello, su última esperanza es ser traducido a la lengua inglesa. “Sigo sin ser traducido al inglés. Es lo que más quisiera, me gustaría mucho. No es ninguna garantía, como lo es nada en este mundo. Lo que me interesa es la perduración. De ser traducido al inglés podría pelear. Pelear por la memoria”. Hace una pausa, está emocionado. Toma aire, tose y concluye: “¡Que se guarde memoria de mí!”.

La posibilidad de que no ocurra esta traducción lo aflige a Laiseca. Pero no tanto como para deprimirlo. Si algo en la vida ha aprendido es a esperar: “A los 16 años de terminado ‘Los Sorias’, pensé que no lo iba a editar jamás. Eso es tener fe hasta el último día”. La única forma que tiene un artista de vencer a la muerte es por medio de su obra. Laiseca sabe esto, pero también sabe que los milagros ocurren, y más cuando se los busca. En lo inmediato recibe la mejor noticia que podría recibir, se forma en su cara una sonrisa que lo rejuvenece, sus ojos se iluminan y pide fuego. Acaba de pasar una hora y le traen otro cigarrillo.

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