Alan y Rita Pauls: vida de libros

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Cuando Rita era chica, Alan Pauls le entorpecía su paso por la casa con toda clase de obstáculos con forma de libro. Hoy son “dealers” de textos en un mercado negro de autores. Mariana Cecillon habló con padre e hija sobre su gran amor: la literatura. Y sobre “El pasado”, el libro emblemático de Alan, que durante 10 años Rita no pudo leer: “Me daba impresión encontrar una cara de mi viejo que no conocía”.

Por @marucecillon.

Los veranos en Cabo Polonio eran un ritual entre padre e hija: dos ávidos lectores en una playa casi virgen, sin luz y lejos de la opulencia tecnológica, intercambiaban libros entre susurros. Ella, pequeña pero con ojos grandes y curiosos, se perdía por primera vez entre las páginas de Cumbres Borrascosas y de Colmillo Blanco. Él, alto, flaco y ya algo canoso devoraba 35 libros con la velocidad de quien puede leerlo todo, hasta los prospectos de los remedios. Cuando se le terminaban, buscaba consuelo en las recomendaciones que le había dado a su hija y revivían juntos la fascinación que les suscitaban cada página, cada obra y cada autor.

“Él era mi Biblia, mi texto sagrado y todos los primeros libros que leí y que me hicieron descubrir la literatura fueron los que él puso en mis manos –cuenta su hija, la joven Rita Pauls de 22 años–. Desde el momento en el que sus recomendaciones tienen un efecto increíble en mi, y que él lo ve y yo se lo digo, se funda esta relación que tenemos hasta hoy”.

El padre, Alan Pauls, escritor, 56 años, explica que su estrategia para despertar en su hija una curiosidad por la literatura consistía en dos cosas: “Leer juntos. Y entorpecer su paso por la casa con toda clase de obstáculos con forma de libro”. Hoy, años más tarde, dice que junto a su hija son “dealers” de un mercado negro de textos y autores.

La génesis

Algunas décadas atrás, un chico de ojos celestes se sumergía, solitario y silencioso, en las páginas de Julio Cortázar (el primer autor del que quiso leer todos los libros). Hoy, con perspectiva y la cabeza cubierta de hilos plateados, Alan dice que los adultos odian la felicidad autosuficiente con la que los pequeños y frescos lectores gozan sin necesitar su ayuda. “Entonces te están encima, te interrumpen, te recuerdan que tenés un cuerpo que cuidar (“te vas a quemar las pestañas leyendo”), un plato de comida que comer, horarios que respetar”.

Alan Pauls es uno de los cinco hijos del productor de cine alemán, Axel Pauls, y el único que se dedicó a un arte diferente al del resto de la familia. A pesar de ser un cinéfilo innegable, la mentira y la adicción a la lectura lo llevaron a ser escritor: “Era muy mentiroso; había que hacer algo con esa compulsión, y abandonarla no era una alternativa. Había que darle una fachada legal y también había que justificar de algún modo el tiempo que ‘perdía’ leyendo”.

“Me hace gracia cuando me preguntan qué libro me llevaría a una isla desierta. ¡Leer es la isla desierta!”, comenta divertido. Sus cinco libros preferidos son los clásicos franceses À la recherche du temps perdu de Marcel Proust y Le rouge et le noir de Stendhal, el chef-d’oeuvre censurado temporalmente de Vladimir Nabokov,Lolita, la novela póstuma del escritor chileno Roberto Bolaño, 2666 y Ferdydurke del polaco Witold Gombrowicz. “Pero mañana todo puede cambiar”, confiesa.

Y los nombres siguen. Roland Barthes, Robert Musil, Kafka, Gilles Deleuze, Proust, Manuel Puig, Robert Walser, Stendhal. Pero casi como una bipolaridad manifiesta, Pauls diferencia que como lector es sensible a la actualidad, “algo que a la hora de escribir no me mueve un pelo, o me parece más bien ridículo”.

Estudió Letras en la Universidad de Buenos Aires, donde también ejerció la docencia. Hoy es un novelista y ensayista prestigioso, calificado por Roberto Bolaño (y probablemente sostenido por varios de sus lectores) como “uno de los mejores escritores latinoamericanos vivos”.

El proceso y el resultado

Sus hábitos de escritura pueden cambiar, como si los proyectos se le impusieran caprichosamente y le exigieran hacer una hoja de ruta o improvisar erráticamente como en un delirio. Pauls asegura que no necesita mucho para escribir más que “estar en su lugar” y que ese lugar sea lo más neutro, solitario y silencioso posible. “No necesariamente escribo todos los días, pero trato de no dejar pasar día sin orbitar de algún modo —tomando notas, corrigiendo, leyendo algo alusivo, o simplemente contemplando idiotizado la pantalla que se me resiste— alrededor de lo que estoy trabajando”.

El momento de poner un punto final a sus creaciones nunca se manifiesta evidente. Para Pauls, el fin de una ficción no tiene nada que ver con el cierre categórico que promovía el dogma de Poe, sino que es “una instancia más indeterminada, que incluye —entre otros errores— dejar cosas sin decir, cabos sueltos, posibilidades abiertas”. Y entonces, elige aludir a una comparación para explicar esta sensación abstracta: “Hay señales, un poco como cuando el avión, acercándose al aeropuerto de destino, desacelera y pierde altura. Algo está por pasar”.

Su primera novela, publicada en 1984, fue El pudor del pornógrafo. Hoy tiene siete novelas en circulación de las cuales tres conforman una trilogía de los años 70 en Argentina sobre tres cosas que tienden a ser perdidas y que pueden falsificarse: las lágrimas (Historia del llanto), el pelo (Historia del pelo) y el dinero (Historia del dinero).

La ficción de Pauls, el mundo que crea cuando escribe, parece no poder prescindir de personajes psicóticos y obsesivos, inmersos en una cotidianidad minuciosamente detallada. Por su parte, en lo que respecta a su vida personal, el autor asegura que no tiene obsesiones particulares pero que cualquier cosa puede obsesionarlo. “Me gustan el funcionamiento, la lógica de la obsesión: su costado reductor, recalcitrante, arbitrario, lucidísimo. La manera que tiene de descifrar y organizar el mundo entero a partir de un solo detalle, una sola experiencia, una sola idea”, profundiza el ensayista.

El Pasado

Durante diez años existió un libro que estaba al alcance de cualquier persona que se acercara a una librería y pidiera por él. Durante diez años, un ejemplar de esa obra descansó en la biblioteca de la familia Pauls, en Gurruchaga y Santa Fe, atrapado entre muchos otros, presumiendo tan sólo un grueso lomo en el que, al inclinar la cabeza hacia la izquierda, se podía leer “Pauls El Pasado”. Durante diez años Rita Pauls escuchó críticas, rumores y expresiones de fascinación y de obsesión sobre el libro, vio su adaptación al cine por Héctor Babenco y lo vio en manos de personas desconocidas que leían al sol en la playa. Y durante diez años, ese libro no hizo más que despertar miedo y pudor en la hija de su autor.

“Lo que me costaba de El Pasado es que era un libro que tenía tanta historia que el mito se lo había comido. No podía verlo, veía todo lo que los demás me decían, todo lo que había escuchado y visto”, confiesa la joven actriz de teatro y televisión.

Además, esta obra publicada en 2003 y que ganó uno de los premios más prestigiosos de la lengua española, el Premio Herralde de novela, suponía otro desafío para la bella Pauls: era una puerta para conocer al “yo” literario de su padre de otra manera, sin mediaciones. Alan Pauls dejaría de ser tan sólo el padre que es complice de locuras como las de diseñar un pinchazo falso de extracción de sangre para justificar una de sus ausencias al colegio algunos años atrás, para convertirse en alguien más. La estrategia consistió, entonces, en aproximarse a este costado público y ajeno para ella a través de Historia del dinero, el tercer tomo de su trilogía sobre los años 70. Y una vez familiarizada con su prosa, y vencida por la curiosidad, enfrentar al libro que parecía haber cobrado vida propia, como un ser mitológico del que tanto había oído hablar.

“Me daba impresión conocer una cara de mi viejo que no conocía a pesar de que vivo con él desde que nací. Y no sólo eso, sino que es una cara pública de mi viejo, que los demás conocían y yo no. Es genial que una persona que comparte la intimidad con él, como yo, no se animaba a descubrir su publicidad”, explica Rita Pauls, que sigue los pasos de su padre y estudia Letras en la Universidad de Buenos Aires.

La idea detrás de El Pasado, la historia de amor entre Rímini y Sofía, surgió en forma de telegrama: “Mujer muerta vuelve de la muerte para atormentar al hombre que amó”. El libro desarrolla el tema del amor en su condición de mundo, de ecosistema. “No veo a los personajes de El Pasado como gente que se ama sino como astronautas flotando en una especie de atmósfera compleja que a veces los hace vivir, los hace felices, los alimenta y fortalece, y a veces los intoxica, los induce a alejarse uno del otro. Eso para despejar dudas sobre si hay culpables e inocentes, si uno ama al otro más que el otro a uno, si una está loca y el otro está cuerdo”, afirma su autor.

El cineasta Héctor Babenco llevó el libro a la pantalla grande en 2007. Pero la película no despertó en sus espectadores la misma pasión que engendra en sus lectores la obra literaria. Pauls parece disconforme y afirma tener impresiones encontradas. “Me temo que quedó a mitad de camino entre un proyecto comercial y una película personal, y siguió demasiado al pie de la letra el plot, que para mí es lo menos interesante de la novela. Pero hay algo de su tono, esa mezcla de gravedad y ridículo, que me parece bastante afín al libro”, remarca el periodista crítico de cine y literatura.

Sobre las adaptaciones de la literatura al cine su valoración es más bien negativa. Rescata algunas obras (Los muertos de John Huston, sobre el relato de Joyce; La captive de Chantal Ackerman, sobre La prisionera de Proust; La marquesa de O. de Rohmer, sobre la nouvelle de von Kleist) pero sostiene que la mayoría son malas y no merecen ser recordadas porque “el cine se hizo grande cuando se emancipó de sus dos tutorías fundamentales, la literatura y el teatro”.

El alterego cinéfilo

Un sillón rojo recorre las calles de Buenos Aires y así también lo hace Alan Pauls, como si fuera a su encuentro. Cambia su ropa, sus zapatillas, sus accesorios así como también cambian las locaciones, pero el estilo es siempre el mismo. Serio, seductor, elocuente, sintetiza y analiza las películas que transmitirá el canal de proyectos audiovisuales independientes, I Sat, ese mes. Primer plano, como se llama el programa, es uno de los aspectos más visibles del alterego cinéfilo que hierve dentro de Pauls.

Pero además de su programa de televisión, el crítico de cine escribió varios guiones como La Era del ñandú (1987) de Carlos Sorín o Los rubios (2003) en participación con la directora, Albertina Carri. Por otra parte, su carrera como escritor comenzó con publicaciones de críticas de cine en revistas como Página/30 o el suplemento cultural de Página/12. También actuó en siete películas y llegó incluso a ser protagonista en las dos últimas: La vida nueva (2011) y Cassandra (2012). Aún así, Pauls considera que su experiencia como actor es más bien una “perversión etnográfica”.

Su próximo proyecto consiste en una suerte de ensayo biográfico sobre el cineasta chileno Raúl Ruiz. Pauls accedió a la obra de Ruiz en su adolescencia cuando su padre lo llevó a ver “Tres Tristes Tigres” en el Auditorio Kraft, lugar que comenzó a frecuentar desde entonces. Pero el deseo de aventurarse en este subgénero ajeno a su literatura se desató durante la escritura de El Pasado. Pauls explica que quería escribir la biografía de un artista verdadero pero su primera aproximación fueron 50 páginas consagradas a Riltse, el extraño artista del movimiento ficticio con el nombre de “body art”.

El llamado de la droga

Alan Pauls está sentado en su oficina, rodeado por sus libros sin los cuales se siente como huérfano, serio más por el pudor de ser entrevistado que por otra razón. Su última reflexión es que el oficio camufla la pasión porque leer es “un placer total” con el que podría transcurrir el resto de su vida, mientras que escribir le resulta “un poco más tortuoso” ya que consiste en “dar forma, básicamente, pero a cosas más bien desconocidas, que sólo existen una vez que aparecen escritas”. Luego asegura que no puede estar sin leer pero puede pasarse meses sin escribir. Sin embargo se apresura en agregar: “El tirón que siento cuando necesito escribir es urgente como un llamado de droga”. Finalmente concluye que para él “escribir es, en cierta forma, la tarea productiva que legitima el despilfarro de leer”.

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1 Response

  1. Muy buena nota. Sobre el disgusto de Pauls en cuanto a la adaptación de El pasado al formato cinematográfico, me parece una incomodidad manifiesta, previa a la fimación. Un libro no entra en una película, y menos un libro como El pasado, del cual destaco, por sobre todo el primer libro o primera parte de la novela. Seguir pasando libros a formato cine es una mala decisión del escritor, o, en todo caso, un ataque hacia la literatura. La literatura no necesita del cine, es autosuficiente. Llevar una novela al cine es subestimar la literatura.

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