Agua, de bendición a pesadilla

salto

Texto y foto: @chanchomargarita.

El agua es como el aire y como el miedo, se cuela por todas partes, hasta por las hendijas más inesperadas. No permite el punto vacío: lo invade.

Para los que nacimos y crecimos en un pueblo con río, el agua no fue solo una foto amarronada más del paisaje, sino que se convirtió en huella y marca, fiesta alrededor del fuego, excursión, cofradía y comarca. Identidad, si es pertenencia lo que su busca.

Pero esta visión romántica agoniza con languidez ante una única circunstancia: la inundación, el desborde, la crecida. El techo bajo el agua, el auto que no arranca, el mantel que flota, el gato en la cama, el perro muerto en la cuneta, el desagüe que rebalsa.

Y esto –sea por Dios, Pachamama, Tláloc, Artemisa o los nombres que cada creencia le otorgue- se da, cada vez, y para peor, más seguido.

Hasta 2001, las lenguas de la tradición se empecinaron en contar que la peor inundación se dio allá por los 50. Otros, a principio o mediados de los 80. La memoria fraccionada aumenta el mito. Meses antes de que estallara la peor crisis de los últimos 30 años, el Río Salto (ese curso que va tomando el nombre de los partidos que atraviesa y que pertenece a la Cuenca del Río Arrecifes) llegó a un pico inesperado.

Aquella vez no necesitó de una crisis nacional. Él la determinó por sí solo. Pero esta vez fue peor. Cientos de evacuados, sin contar los afectados indirectamente ni los auto-evacuados. Miles. Tanto, que el río alcanzó el pico histórico de 9,30 metros.

Hasta el domingo 9 de agosto de 2015, día en que –casual, paradójicamente- se llevaban a cabo las PASO, las inundaciones eran patrimonio exclusivo de las clases bajas. Ahora los caserones de diseño posmoderno, dos cocheras, piletas, alarmas y palmeras también son parte del paisaje acuoso. El agua equipara para abajo.

Siembra directa o canales clandestinos para unos; falta de obras hidráulicas y omisión de políticas de Estado en infraestructura a largo plazo para otros; cambio climático para todos, frente a un flagelo como la sequía que suele azotar el centro-norte de la provincia, sector ricamente agropecuario por excelencia, la lluvia pasó de bendición a pesadilla.

***

Para los que nacimos y crecimos en un pueblo, las caras suelen ser siempre las mismas. Entre saludos repetidos, hay que esmerarse para no dar con idéntica imagen todos los días.

Ahora fueron más allá: sus historias personales están en la tele, los sitios web, los diarios. Forman parte del informe diario, la galería de fotos. El individuo es el conjunto; un dolor, lo colectivo. Cuesta no pensar en Eliseo Verón a la hora de encontrar en la realidad las fotos que antes aparecieron en las redes sociales.

Eso no importa en el acampe.

Sobre el terraplén de las vías angostas del Barrio Trocha -uno de los más carenciados de la ciudad, el más cercano al río, la primera víctima de cualquier crecida-, se amontonan fogones, parrillas, lonas a modo de techo, viviendas temporales improvisadas en camiones y acoplados. Mientras, la garúa insiste en alimentar el barro.

Más allá, sí, el azote: el agua. Se ha naturalizado ver a los botes, lanchas y chinchorros circular por esos callejones donde antes había autos y motos. Una Venecia a la fuerza.

En la noche, dicen, se oyen disparos. No falta el ratero rastrero que quiere aprovecharse de la malaria ajena. “Los policías no están preparados para esto” suelta un vecino, y encara de a pie hacia lo que queda de su casa entre las sombras de la noche. También andan por ahí Gendarmería, bomberos locales y de otros distritos, Defensa Civil. En una semana, pasaron por la ciudad el Secretario de Seguridad, Sergio Berni, el Gobernador Daniel Scioli, y el candidato a gobernador Aníbal Fernández.

Las donaciones, colaboraciones y redes de ayuda que vienen de corta, media y larga distancia se amontonan. Cada día abre un nuevo centro de evacuados, una cocina comunitaria, un lugar de acopio para los alimentos, ropa y artículos de limpieza que van llegando. Resta esperar que baje el agua, y el regreso a los hogares.

Antonio Dal Masetto, el escritor argentino que durante su niñez vivió en Salto, en un barrio muy cercano a donde ahora todo es líquido y mugre, publicó una novela titulada “Siempre es difícil volver a casa”. Hoy, ese título sigue vigente. Más aun cuando la única perspectiva desde la cual mirar lo que queda, es la de las víctimas.

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