Yoga en Recoleta

Desde que me mudé a Recoleta estoy buscando lugares para hacer yoga. Los horarios no me coinciden jamás y los aranceles superan de manera indefectible a las expensas del monoambiente.
Me resigné hace unos meses y arranqué pilates. Como muchas chicas de mi edad, quiero endurecerme sin perder la ternura, sin morir en el intento como si hiciera cross fit y sin aburrirme como un hongo como yendo al gimnasio. Experiencia por la que también pasé: spoiler, fue siniestro.
Pero en las últimas semanas me estaba costando ir a pilates, cambiaba mucho de horarios y me encontraba con profesoras que no me gustaban tanto o compañeras que nos dejaban de compartir sus pensamientos machistas mientras yo intentaba abrir las piernas con un pie en la base de la camilla y el otro en la plataforma que se desilzaba, y mantener la espalda derecha. Era imposible.
Pero quedaba una última opción. Un lugar que está a cien metros de mi casa. Pasaba todos los días y veía las colchonetas en el piso, los volantes en la reja de la ventana para que cada unx pase y agarre.
Antes de ayer, después de varios días de contractura en el cuello y sin lograr coordinar mi agenda con la de pilates, me llevé un flyer. Googlée al profesor. No solo existía, sino que su sitio web estaba bien armado (qué ilusa, habiendo trabajado de hacer páginas web, me dejé ilusionar). Llamé. Me atendió el maestro mismo y quedamos para la clase de prueba de esta mañana.
Ilusionada, me desperté para desayunar dos horas antes, me puse las calzas, medias de algodón, corpiño deportivo, todo el combo yogui.
Toqué timbre y salió un personaje pintoresco. Bajito, calvo, anteojos de marco metálico redonditos, pinta de jipi exiliado al country californiano en los ochenta. Sonrisa, comentario que no entendí, abrazo. Abrazo.
Entré al departamento, velas y aceites esenciales a la venta. Incienso prendido. Seis colchonetas, cada una con la almohadita y la manta de polar haciendo juego.
Una mujer y un varón de unos cincuenta años con discapacidades motoras leves pero visibles.
Una vez fui a una clase de yoga integradora para personas con dificultades motoras. Fue interesante y movilizante, hay que estar con mucha serenidad y tener paciencia, pero el yoga de verdad (¿el yoga de verdad?) sirve para eso. Este no era el caso, simplemente iban a esta clase porque les debía quedar cerca y quizá tuvieran una indicación médica para la práctica.
Otras mujeres, que se enrubiecían para tapar las canas, flacas, poco arrugadas para su edad, muy propias del barrio. Una de ellas nos invitó a la inauguración de su muestra de arte plástica en un colegio privado a la vuelta.
Comenzamos la práctica y me doy cuenta de que no había un solo reloj a la vista, estaba totalmente entregada a la voluntad del manosanta, perdón, del maestro.
Medio loto. Ojos cerrados. Palmas hacia abajo sobre las rodillas. Respirar por la nariz concientemente, algo complejo estando congestionada. Relajación del cuello y hombros. Movilización de las piernas y los brazos. Estiramiento. Tres saludos al sol sin ton ni son. Relajación de vuelta. Ya está, me quiero ir. Necesito mi segundo café con leche, mis píes rozan la cabeza de una de las señoras rubias, la otra que está al lado mío hace ruido al respirar. Es imposible. Asanas. Torsiones, miro por la ventana e intento darme cuenta de cuánto tiempo pasó. Obviamente no lo logro. Ansiedad. Me pongo los anteojos. Está el profesor sentado con las piernas en un medio loto con los ojos cerrados. ¿Podré irme sin pagar? ¿Anoté el teléfono en la ficha al final o no? Necesito irme ya.
Pero no me voy. Siento el cuerpo relajarse con cada respiración profunda. Ahora estoy acostada y el aire, que sale por la nariz, se lleva todas las tensiones. Por lo menos las que tenía antes de entrar al monoambiente del horror hippie. Entra el aire, inflando el abdomen, me olvido del parcial que rendí ayer. De golpe la voz del maestro que dice “reafirmo mentalmente: atraigo juventud, salud y amor”. Creo que es una parodia. Abro los ojos y busco la cámara oculta, pero no la encuentro.
Relajación final. Nos tapamos con las mantitas que compró una de las señoras rubias. Hay que agradecerle, me dice el hippie mientras me ¡saca los anteojos!. A nadie en su sano juicios se le ocurre tocarle los lentes a alguien, menos teniéndolos puestos. Temblé y creo que se dio cuenta. Música hindú de fondo. Una eternidad acostada intentando no abrir los ojos. Los abro y veo que la maceta que está en el borde de la ventana sobresale. Si se cae, me rompe la nariz, la cara, todo. Se cae, no se cae, se cae, no se cae. Retomamos los movimientos del cuerpo. No se cayó. Om shanti, gracias.
Te escribo, ¿dale?
Vos vení y me das la sorpresa, los horarios ya los tenés. Yo soy muy de los abrazos, me dice mientras me aprieta fuerte.

Etiquetas: Crónica, Recoleta, yoga

Discusión (1)

  1. Hola! Me podrás decir por favor dónde queda este lugar de yoga? Gracias!

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