«Yacer porque alguien no viene»

Aquí yacen entre muchas otras cosas unos sentimientos putrefactos; una carta que ella quiso escribirle al mundo o una que el mundo le escribió con letra desprolija y zigzagueante; días agotados de acciones y demandas febriles de atención y distracciones; miles de oraciones inconclusas; palabras tales como «mejunje» y «polip»; miradas que nunca llegaron a sincerarse en un vínculo unilateral y atemporal; la tecnología que irrumpió unas reflexiones en solitario y —¿por qué no?— las carencias propias proyectadas en el otro, en ese «otro» que no es más que un «distinto», que nunca ni por gracia de las paradojas podría haber conjugado un «nosotros».
Aquí yacen entonces tres acordes: a) tristeza b) soledad c) nostalgia. Las tres vibran en torno a una ciudad conglomerada de individuos robotizados. Los «unos» y los «otros» vagan sin encontrarse en una ciudad que es eso —incluyendo las maldiciones—, una ciudad, y solamente una ciudad.

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