Ya no volverán

Actualmente está viendo una revisión titulada "Ya no volverán", guardada en el 26 julio, 2017 a las 7:51 am por Pedro Greco
Título
Ya no volverán
Contenido
La conciencia es ese perro que no muerde, pero que no deja de ladrar. Marcelo Ferraretto finalmente confiesa: yo la mate. Se quiebra, su vida, no él, al mismo tiempo que su faceta humana se desgarra y desaparece para siempre. Ana Rosa Barrera fue asesinada y él la mato. Cuando confiesa el crimen, lo interrogan sobre el cuerpo de la mujer, desaparecido desde el lunes anterior. Ahora, viernes, Ferraretto lleva a la policía al lugar donde escondió el cadáver. Los lleva por la ruta 5, que conecta la ciudad de Córdoba con Alta Gracia. Allí doblan por una calle de tierra, rodeado de yuyos y basura. Busca un árbol, y lo encuentra: debajo, en las sombras, hay un pozo de tierra. Ana Rosa no volverá a ver la cara de sus hijos, ni verá crecer a sus nietos, fue asesinada y su cuerpo ocultado en un descampado lleno de basura. No será un caso aislado, no en este contexto. En 2016 fueron 254 los femicidios en Argentina, un número ascendente con respecto a los años anteriores. Pero el horror jamás será un número, el horror no es cuantificable, no se puede entender con un número cada violación, cada abuso, cada asesinato, en definitiva, la degradación de la vida de la mujer en Argentina. De la misma forma que no se puede contar el miedo, la angustia cada vez que desaparece una mujer y es encontrada a los días, muerta. Ana Rosa conocía a Marcelo Ferraretto desde hacía diez años, cuando comenzaron a salir. Juntos pusieron una cooperativa textil. Diez años y un proyecto. Ferraretto engañó a todo el mundo. Durante los cinco días en que Ana Rosa estuvo desaparecida, Ferraretto dio declaraciones a la prensa y hasta tuvo el cínico valor de compartir en las redes sociales contenido relacionado a la búsqueda de Ana Rosa. Exclamó ayuda y simuló preocupación. En una entrevista televisiva el femicida ofrece un testimonio que ahora resulta repulsivo: “Lo más importante es que aparezca, que llame, que llame para ver que está bien”. En su testimonio inicial Ferraretto declaró que había encontrado el auto de la víctima, un corsa blanco, en la puerta de una farmacia en barrio Santa Isabel, lejos de su casa, en Los Cedros, y sin embargo dice haberlo encontrado de casualidad, por simple azar del destino. En la entrevista que le hace teleocho noticias a Ferraretto algo no cuadra, la periodista que le realiza la nota lo debe sospechar por sus gestos, el tono forzado de su voz, la caída de sus ojos. Le pregunta por la declaración de los vecinos, que dicen haber visto a un hombre dejar el auto. Ferraretto parece que va estallar, pero contesta y sigue. Ella repregunta, no cierra por ningún lado. “¿Usted es el que encuentra el auto?”, “Si, lo veo yo ahí”. Silencio. Le hace una interpelación, lo trampea: “¿Y porque lo deja ahí?”, Ferraretto contesta: “porque creí que ella andaba por ahí”. Desde ese momento sabemos quién dejó el auto en la farmacia. Mientras Ferraretto finge desconocer el destino de Ana Rosa, los hijos de la mujer la buscan, con la inimaginable agonía de no saber dónde está la madre, la vieja, que desapareció sin dejar rastro, que no aparece por ningún lado. “Vamos vieja, danos una señal, hacenos saber que estás bien” suplica el hijo de Rosa Barrera en su perfil de Facebook, compartiendo noticias y fotos que claman por su paradero. Y al final solo encontrará el horror, uno del que no se puede escribir. La mente de Ferraretto se retuerce, agoniza su conciencia y la contiene la fantasía de la impunidad. ¿Habrá estado ese retorcido ser toda su vida junto a él? ¿Cómo nació, cuándo? Ferraretto habrá mamado desde chico el mundo salvaje en que vivimos, no pudo escaparse de la atrocidad del hombre, que resulta ser una máquina hostil, que aniquila y destruye. La sociedad lo moldeó, como a todos, y finalmente esa forma monstruosa que se mantenía cautiva terminó por estallar. La maquinaria de la economía y la publicidad, del poder y la política, del odio irracional que finalmente alcanza a la racionalidad humana y la condena. Es fácil desnudar al ser humano, basta con un estímulo preciso para que deje relucir su verdadera fauna. La conciencia recuerda todo, no olvida esos ojos muertos. Según Ferraretto, cuando él despierta el lunes por la mañana, la mujer ya no está en la casa. Miente, la asesinó el domingo por la noche. Discuten, y el monstruo de Ferraretto la mata a mazazos. A Rosa Barrera le sustraen la vida, quedará en los 46 años para siempre, jamás podremos conocer ni entender el dolor que sintió minutos antes de morir, los insoportables golpes de la muerte que la agarra y no la suelta, que no la soltará jamás, aunque deje sus últimos alientos en ese intento desesperado por aferrarse a la vida. Ferraretto, ahora asesino, intenta esconder el cuerpo en el baúl del auto, pero resulta que no entra: la lúcida atrocidad le señala que descuartice el cadáver, y lo hace, ya perdida su humanidad. Descuartizada, Ana Rosa es llevada por Ferraretto por la Ruta 5, donde finalmente encuentra un basural y excava una fosa pequeña bajo el árbol. Después de esta confesión, Ferraretto será imputado por el delito de homicidio por violencia de género, esto es, femicidio. La palabra que esconde un crimen cultural, sistemático, donde el Estado y la sociedad civil miran para otro lado, ignorándolo, por complicidad o inocencia. En el imaginario social aparecen de forma poco nítida las responsabilidades del Poder Judicial, experto en manejar con penumbra y pudrición las sensibilidades del pueblo argentino. Pasarán los gobiernos y las muertes, pero ellos seguirán estando. Finalmente el derecho a la vida queda enterrado bajo la sombra de un árbol marchito, quedará el dolor de los hijos, para ellos este invierno no terminará nunca. De la misma forma vivirán los allegados del resto de las mujeres asesinadas. Y ya no volverán, las victimas no volverán. De los culpables no podemos estar tan seguros.   Alejandro Eloy Rodríguez
Extracto


Antiguos Nuevo Fecha Creada Autor Acciones
el 26 julio, 2017 a las 10:51 am Pedro Greco
el 14 junio, 2017 a las 9:54 pm Alejandro Eloy Rodriguez