VOLVER AL AULA A LOS 40

¿Cómo se vuelve a la escuela después de tanto tiempo? ¿Qué supuestos educativos se arrastra del pasado? Hay un objetivo claro: conseguir el título secundario, pero ¿qué cuestiones aparecen en el camino?

CENS es la sigla que define a los Centros Educativos de Nivel Secundario. Funcionan en distintos edificios de la ciudad de Buenos Aires, generalmente en escuelas medias, en horario vespertino. Son secundarias para adultos, organizadas en tres años de cursada.

Es común encontrar veinteañeros que se inscriben porque abandonaron la escuela media recientemente y quieren terminarla, pero también hay personas con otras historias: adultos que están transitando la cuarta década de su vida o, en algunos casos, la superan y deciden regresar.

INGRESAN MUCHOS, QUEDAN POCOS

A principio de año, la cantidad de ingresantes sobrepasa lo estipulado para las vacantes disponibles. La entrada es masiva, llena de entusiasmo y ganas de recuperar el tiempo perdido, como suelen decir ellos.

Con el correr de las semanas, van apareciendo algunas dificultades para seguir el ritmo de cursada: modificaciones en el horario de su trabajo, cuidado de hijos, familiares, principalmente. Otras veces, el abandono  simplemente se da por no poder sostener una cursada durante cinco días a la semana, tres horas por día. Y claro, las responsabilidades son muchas.

“Profe, yo estoy acá en su clase pensando en el texto, pero también tengo en la cabeza que tengo que pagar la tarjeta antes del finde, que no sé qué voy a hacer de comer hoy cuando llegue…”

El día se divide en: trabajar, cursar, atender a la familia y dormir. 24 horas parecen no alcanzar. Más cuando las exigencias del mercado laboral generalmente los llevan a tener trabajos de más de ocho horas diarias, en condiciones precarias y/o en zonas alejadas de sus hogares.

“Estuve todo el día en la parrilla y me pidieron que me quede porque echaron al lavacopas, por eso no llegué a la prueba, recién salgo de laburar, profe”

Conocer este aspecto de sus vidas se vuelve fundamental para un profesor que quizás tiene planificada una currícula que incluye trabajos prácticos para hacer en sus casas o exámenes que necesitan un considerable tiempo de estudio en los días previos.

SENTIRSE PARTE

En los primeros años, la sensación de ir sintiéndose parte del colectivo educativo se suma  a la posibilidad de tener –quizás por primera vez- una persona dedicada exclusivamente a responder a sus inquietudes frente a alguna temática –desde un profesor hasta directores y preceptores.

 

Esto hace que, muchas veces, sus preguntas no se relacionen con una materia en sí:

“Profe, tengo que ir al ANSES ¿usted sabe cómo se hace este trámite?”

“Profe, mi hija vino con todas las materias bajas, no me gusta nada, no sé qué hacer”

“Profe, mi esposo me dice que no me sirve estudiar, no quiere que venga acá”

La escuela como espacio de contención, de sociabilización, de ejercicio de ciudadanía.

“Yo llego siempre temprano para que no me saquen el lugar. Hay gente re atrevida que no respeta la mesa que es de cada uno… es como esa gente que va a un banco y se te cola en la fila”

Porque está cerca de la ventana, de la estufa, o porque sí, la apropiación del espacio parece decidirse en un ejercicio de justicia meritocrática improvisada:

“yo que vengo siempre ya tengo mi lugar, capaz otro que viene de vez en cuando se quiere hacer el piola y lo saco cagando”

 

EXPECTATIVAS EDUCATIVAS vs. TIEMPOS DE APRENDIZAJE

“El de Historia nos baja puntos por la ortografía… haga algo, profe, usted da cuentos y más cuentos, ¡para leer cuentos me quedo en mi casa!”

La ansiedad por ver los cambios parece ponerlos a la defensiva a algunos, frente a dinámicas de clase al estilo taller de lectura. Otra vez aparece la premisa recuperar el tiempo perdido.

-¡un dictado, profe! eso tiene que hacer… dicta diez palabras y después las corregimos…
– ¿10 palabras? ¿y qué hacemos con las otras miles?
– no sé, usted sabrá… pero acá vengo a aprender, no a leer cuentos. A mi hija le dan dictados…

Hoja, lapicera, dictado y nota numérica. Lo concreto. Las clases en las que no se escribe nada en la carpeta parecen generarles desconfianza. Para ellos Horacio Quiroga, Silvina Ocampo y Mario Benedetti pueden esperar.

Con el correr de los meses, la actitud cambia. Parecen aceptar las distintas estrategias de cada profesor y, en los mejores casos, su propia curiosidad por la lectura los toma por sorpresa:

“Profe, con esto de los cuentos de terror que venimos viendo, el otro día, esperando el subte, vi un librito de Stephen King y dije ´a ver qué onda esto’ y me lo compré…”

 

LA PALABRA SAGRADA

Los adultos, muchas veces,  arrastran concepciones clásicas sobre el deber ser de un estudiante.

La palabra del profesor no se cuestiona. Si la cuestionamos, puede perjudicarnos. Eso es ley.

 “La profe de cívica se zarpó… me dijo que un nene de primaria lee mejor que yo… ¿qué querés que le diga? Después me tiene de punto -seguro- y no la apruebo más…”

Muchos no conciben posibilidad de enfrentamiento a la palabra sagrada de quien profesa la materia. Su impotencia se queda en el estado de la queja. Parecen tener una estrategia: si no la enfrentamos, hay más posibilidad de aprobar. Pero ¿hasta qué límites puede llegar esto frente a una profesora que se desubica?

Esta fue una situación que se presentó con una estudiante adulta, casi de la misma edad que la profesora que la juzgaba. Tras descargarse contándolo, vino y me dijo profe ¿me enseña a hacer una carta?

El escrito intentaba dejar en claro que los dichos de la profesora eran discriminatorios y que ella se estaba esforzando mucho para recibir tal desaliento.

Llegó el momento de entregarle la carta y otra vez el fantasma:

“me va a tener de punto después, mejor no se la doy”

Era su primer año de cursada y costó mucho convencerla de que nadie la iba a desaprobar y que lo mejor que podía hacer era no quedarse callada frente a estas situaciones.

La carta llegó a manos de la directora, la profesora en cuestión se disculpó luego.

 

AUTOBIOGRAFÍAS

“Nah, profe, no da leerla en voz alta”

Contar sus vidas en una autobiografía, parece un ejercicio simple, pero que a la hora de compartirlo, se complica. Una especie de ansiedad en forma de risa nerviosa se apodera de la persona a la que le toca leer.

Empiezan leyendo ligero, sin pausas, como queriendo terminar rápido esas carillas en las que se habían auto construido. Algunos, en un momento determinado, en medio del torrente de oraciones, se quedan en silencio, como si la ligereza con la que venían leyendo se tratase de un ejercicio premeditado: correr a toda velocidad entre las palabras para tomar envión y poder saltar ese precipicio en el texto que les dolía. Pero no: el silencio asaltaba justo en el renglón esperado.

Épocas sin trabajo estable, fallecimiento de un familiar, tener que mudarse de ciudad o de país por necesidades económicas, tener que abandonar sus estudios para trabajar y llevar dinero a la casa, y otras cuestiones aparecían en los relatos de la vida de algunos de estos adultos. Las lágrimas se hacen inevitables.

La clase, por un momento, se paraliza. Un compañero está llorando.

Parece haber un antes y un después de este ejercicio. La autobiografía, como recorte de su pasado y relato de su yo, les hace poner la palabra en acción, hacer un movimiento de adentro hacia afuera. Es el momento en el cual cuentan cómo llegaron a este presente. Escucharse y sentirse escuchados pareciera ser el equivalente de un abrazo, en el terreno del lenguaje.

Pertenecer a un grupo, sentirse parte del espacio, conocer historias de vida similares, reconocerse en el otro, ejercer sus derechos como personas y como estudiantes. Pareciera que la escuela, también en adultos, ofrece mucho más que un título secundario.

TEXTO DE LA IMAGEN:

“Esta carta es para la profesora de cívica. Me atrevo a escribir esta carta para poder comunicarme de una manera con respeto, tanto para usted, como para mí. Yo y mis compañeros le queremos pedir que usted no trate de ser discriminativa y decir palabras que a nosotros somos tocados, por ejemplo lo que dijo el lunes a uno de mis compañeros: que los nenitos de primer grado leen mejor que vos. Otra que dijo que hay cubanos que se comen entre 15 libros y que somos analfabetos. Yo me sentí discriminada porque yo soy una mujer que viene a aprender y no soy perfecta en nada, pongo todo de mí para aprender”

 

 

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