VIVENCIAS EN EL CONURBANO

Hay algo entre nosotros, espeso, un poco denso, que flota en el aire.

El “entre” que nos rodea se compone de desconfianza, desencanto, tristeza, desesperanza, inestabilidad, inseguridad. Todas ellas hijas del miedo. El miedo que nos embarga y que se expresa de formas distintas ha pasado a ser un “ordenador” de la vida. Sentimos actuamos y pensamos en el marco del miedo, miedo como miedo y hasta miedo disfrazado de coraje, pero siempre miedo que no permite pensar. El miedo es un vulgar ordenador, y por eso, por ser tan básico, requiere de la ausencia de reflexión. Si pensamos disolvemos el miedo.

Hay un autor (Bifo) que habla del neuro magma: dice que en la pos pos modernidad ya no se piensa, sino que se intercambian sintagmas (frases con sentido) cargados de tensiones, impregnados de pulsiones. Miedo, venganza, culpa.  Es la estrategia del poder: guerras en todo el mundo. La guerra debe ser la cara mas terrible del miedo y por eso es un buen ordenador, pero mundial. Obama inició 6 guerras. Los demócratas, no los republicanos. El resto del mundo mira con temor, que no se vengan para acá. Pero los gobiernos del mundo afines a ese poder se dedican a generar ese orden, a obtener en sus territorios las mismas condiciones que produce la guerra y el miedo, a partir de otros medios. Eso es orden.

¡Otros medios! En el conurbano bonaerense se respira tensión. Hay algo de catástrofe en el aire. Las conversaciones en el almacén o en el colectivo absorben en el aire ese magma. Hay miedo, miedo pulverizado en partículas y se transmite en cada palabra, en cada frase. También por suerte hay chanzas y risas, chistes, ironías y todos nos reímos. Gran resistencia. Pero no alcanza para diluir la angustia, la bronca puesta en cualquiera, la culpa, la sensación de fracaso, la soledad, y un todavía tímido aire de venganza.

Y cada vez estamos mas solos, mas individuos, mas recortados. La vida que llevo, para mí que todavía no perdí el trabajo, consiste en encerrarme en un universo “a mí no me pasa”. Más que universo es un agujero negro. Las paredes de ese agujero negro están hechas de certezas, de seguridades, invenciones ilusorias para no caer en el miedo, ilusiones que me permiten mantenerme al margen, y… (por ahora), dar de comer a los míos, y creer que me salvo. Una vida enjaulada.

Sin darme cuenta también mi lenguaje se va achicando. Me acuerdo de esa frase de Göebbels, el ministro para la Ilustración Pública y Propaganda de Hitler:”Nosotros no queremos convencer a nadie. Lo que queremos nosotros es achicar el lenguaje, para que cualquiera que se quiera expresar no pueda hacerlo sino en nuestros términos”.

Entre nosotros se habla de “los negros”, o de los “ratas”, de “darle su merecido”, de que “no hay que ser boludo” y “meter bala…”, del armado de trampas cada vez más perversas para cazar chorros, de los “extranjeros” refiriéndose a los vecinos; de que “no se podía seguir asi”, de que “¡se terminaron los vagos!”, de que cualquier cosa es mejor que los corruptos.

Un carrito cartonero pasa por la calle de tierra de atrás de mi casa. Yo vivo en el barrio Don Sancho, Cuartel V. Moreno. El carrito es de ruedas chicas y lo tira un caballo viejo que viene al paso. Lo conduce un hombre gordo, sentado en el medio, de cara tranquila, y al que el traqueteo le va descubriendo la raya del traste. Pero eso lo vemos cuando ya pasó. Antes, cuando está delante de nosotros sofrena el caballo, nos mira tres segundos y dice: “Hay que robar hermano, ya nadie tira nada en los tachos de basura. ¿No vieron?. Hay que robar”. “Vamos Chicheeee!”. Agita las riendas y se va.

Esas son las condiciones de la guerra. Gran sabio el cartonero, que lo puede decir, encuentra las palabras justas y se toma el tiempo para denunciarlo. Para anunciar las nuevas condiciones bélicas que regirán por lo menos por un tiempo en esta parte de la Argentina.

 

 

 

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