Violencia, género y amor como riesgo (o como consciencia)

Actualmente está viendo una revisión titulada "Violencia, género y amor como riesgo (o como consciencia)", guardada en el 25 noviembre, 2016 a las 9:20 am por Samantha San Romé
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Violencia, género y amor como riesgo (o como consciencia)
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Quiero definirlos en una sola palabra: / ¿Cómo son? / Tomo las palabras corrientes, robo de/ los diccionarios, /mido, peso e investigo. / Ninguna responde.  Wislawa Szymborska. Cuando leo, cuando escucho, cuando escribo y cuando hablo de violencia hacia las mujeres, todo me resulta insuficiente. Nada alcanza para definirla. Nada para comprenderla. Menos para combatirla. Los últimos días circuló una nota de la guionista Carolina Aguirre en el diario La Nación, en la que confiesa que fue víctima de violencia de género por su ex pareja. Quiero partir de un planteo interesante en el que se pregunta cómo le pudo pasar a ella habiéndose formado, teniendo un carácter independiente y fuerte, participando de las movilizaciones de “Ni una menos” y escribiendo en programas de televisión sobre violencia machista. Lo que destaco es la aparición de una nueva imagen de víctima no victimizada: frente a la idea de una violencia que es posible por la relación de dominación fuerte-débil, siendo esta última aquella mujer sin herramientas para distinguir la sumisión; aparece la responsabilidad del victimario y se corre la violencia de ese lugar marginal, reconociendo que nos atraviesa a todas en todas partes. Pienso si, aún sin golpe, yo misma no he construido alguna vez un vínculo violento en una relación y cuánta de esa violencia fue posible porque soy mujer. En cuántas de mis amigas sostienen relaciones violentas. En los relatos de mi abuela, mi madre y todas las mujeres de mi familia donde descubro estructuras de sometimiento. Y pienso también en mi experiencia como lectora y productora de textos, sobre todo en el juego que posibilita la poesía, en la que descubro una condición de subordinación latente en el concepto de amor y el modo en que nos vinculamos. Un amor que aparece la mayoría de las veces como uno riesgo. Una emoción exagerada, desesperada, incontrolable, que vulnera al yo y lo debilita, en lugar de potenciarlo. Y que no se discute porque circula en un espacio libre, como la literatura o la ficción, sin tener en cuenta que también es una opinión construida socialmente. Esto me hace pensar dos cosas: que hay una idea de amor violenta y una tendencia, no importa en un principio si es real o corresponde a un estereotipo, de relacionar a la mujer con el sufrimiento. Si la violencia hacia las mujeres tuviera capas, antes de repensar conceptos hay que mencionar las urgencias como: que dejen de aparecer mujeres al costado de la ruta y de los ríos, en bolsas de residuo o tachos de basura; que se garantice el aborto legal, gratuito y seguro y que no mueran mujeres durante prácticas clandestinas, que el Estado y la justicia se ocupe de perseguir y combatir la Trata de Personas; que no haya machos clientes ni parejas, ex parejas y maridos golpeadores y que se actúe con inmediatez frente a las denuncias de violencia doméstica. Pero además de lo urgente, soy mujer y quiero poder comprender cuándo comienza el género que habito –o cuándo empiezo a habitar un género, o si la categoría de género en sí, no encierra una violencia- a ser peligroso. Repito: cuando comienzo a ser históricamente atacada. Si es en el intercambio de mujeres para afirmar la masculinidad y las estructuras de parentesco, si es en la imagen pecadora de la biblia y la costilla del hombre, en la esclavitud, en las teorías biologicistas y mi útero, en el patriarcado o en la propiedad, el capitalismo, la publicidad. ¿Cuándo? Si preguntarme “cuándo” tiene algún sentido o es sólo indignación y por qué, más allá de hablar sobre estas cosas, pienso que es probable mi propio sometimiento.   VIOLENCIA Y PODER Cuando Hannah Arendt habla de la violencia, se refiere a un uso instrumental del poder. Entendiendo a este último como un cierto ejercicio de mando y de imponer una voluntad sobre otra. En Foucault, el poder no sólo se define desde una relación de dominación y opresión, sino desde un modo de dirigir la vida de las personas. Tanto Arendt como Foucault, diferencian el poder de la violencia por la sensación de libertad y la legitimidad. El poder, sólo puede ejercerse entre personas libres y triunfa en el ocultamiento. La violencia, muchas veces, es la evidencia de ese poder o la ausencia del mismo. Decía John Stuart Mill que la primera lección de civilización es la obediencia. Sartre afirmaba que un hombre se siente más hombre cuando se impone a sí mismo y convierte a otros en instrumentos de su voluntad. Arendt sostiene que “si confiamos en nuestra experiencia (…) el instinto de obedecer y de sumisión es tan fuerte como la voluntad de poder.” Si la violencia es una lección, entonces en algún momento fue aprehendida. Si la tendencia a mandar y obedecer es innata, hay que destruir es la idea de poder y desaprender la acción violenta. La antropóloga Myriam Jimeno sostiene que la acción violenta no es sólo un acto instrumental, sino que expresa las diferencias sociales étnicas, de identidad y de género. Es decir, que se trata de una construcción cultural que reside en el tejido social y moldea determinados cuerpos como blancos a ser atacados. Cualquier violencia hacia los cuerpos de las mujeres, tiene su explicación en la estructura patriarcal, en las construcciones sobre la masculinidad y feminidad; y la jerarquía de género que rige nuestra sociedad. Bajo este paradigma, hay actitudes que se esperan de los hombres y una necesidad de los varones a encajar en determinados patrones. Lo que la sociedad espera que sean: fuertes como para ser capaces de usar la violencia, pero también de reprimirla. Mientras que de la mujer, se espera su debilidad y que demuestre sus emociones –incluso que sea capaz de llorar-. Por otra parte, está la expectativa de que todas las personas formemos una familia o nos vinculemos para obtener el éxito en la vida adulta (Niklas Luhman; 1991). Esto que parece una obviedad, necesita ser interrogado. IDENTIDAD Y GÉNERO Opto por hablar de identidad y género; en lugar de identidad de género por una razón discursiva: el término identidad de género, eleva la categoría de género por sobre la de identidad, perdiendo de vista la importancia de pensar en un sujeto libre y polisexual antes de encasillarlo en una orientación cultural determinada. Algunas corrientes feministas intentaron explicar el dualismo sexo-género a partir del dualismo naturaleza-cultura de la antropología estructuralista (Lévi-Stauss). A grandes rasgos, el autor habla de la naturaleza como lo crudo, lo dado, lo previo y la cultura como lo cocido: lo que se construye. El traspaso consiste entonces, en considerar el sexo como lo crudo y al género como lo cocido. Las teorías queer, cuestionan esta idea al plantear que la naturaleza también es una construcción social y al oponerse a cualquier categoría de diferenciación, ya que todas ocultan que en el fondo existen para afirmar una heterosexualidad masculinizada obligatoria. Esta misma deducción puede trasladarse, como afirma Judith Butler en “El género en disputa, a afirmar que existe un modo de ser mujer biológico, crudo, natural previo, a la mujer subordinada de la cultura. Como plantea la autora, esta reflexión es útil para plantearse el carácter social y performativo del género pero pensar en un origen-pasado no patriarcal y una mujer-naturaleza-no sometida, es un riesgo de convertir el pensamiento en una nostalgia que obnubila la necesidad de pensar alternativas para transformar el presente. La pregunta entonces es ¿qué opciones tenemos hoy y si sigue siendo importante la categoría de género para explicar la violencia? Para eso rescato la idea de Butler de desnaturalizar el género y recuperar la categoría de sujeto del feminismo más allá de “las mujeres” –“no como un juego del lenguaje, sino como una apuesta por la vida”-. Teniendo en cuenta que hay modos de ser mujer como personas y que el intento de definir qué es ser mujer -como qué es ser feminista- encierra también una maniobra política que mantiene efectiva la norma, ya que la “mujer” también es una construcción social. Si la mujer es una construcción, entonces no existe. Ni existe ninguna categoría fuera de la cultura. Entonces, ¿existe en realidad el sexo, el género, la naturaleza? ¿Cuánto de natural tiene la naturaleza? ¿Hay una orientación, una heterosexualidad, una homosexualidad? O en realidad, lo único que existe es el amor, las personas, el deseo de vivir y la estrategia patriarcal es el olvido.   EL AMOR RACIONAL PARA LA EMOCIÓN NO VIOLENTA. Retomando a Myriam Jimeno, en “Crimen Pasional”, cita una metáfora de Joseph Conrad que establece un paralelo entre el viaje al corazón de África y el viaje a nuestro interior “donde habitan las fuerzas oscuras del miedo, la cólera y la pasión.” Y sostiene que en estas emociones, acontece el crimen. Para el autor, las emociones son entendidas como tinieblas en el corazón. En línea con la autora, las definiciones de las emociones como parte de la psicología de cada persona y, como algo separado de la razón, contribuyeron a separarlas de otros aspectos de la vida y asociándolas a desórdenes, traumas y conflictos que justifican actitudes violentas individuales y naturalizan la violencia social. La antropóloga sostiene que en las dos últimas décadas, se empezaron a comprender las emociones como expresiones sociales modeladas por el ambiente sociocultural. El culpar a la emoción del acto de violencia y separarla de la razón, es un mecanismo de ocultamiento de sentimientos, que en realidad, fueron socialmente aprendidos. En ese sentido, la emoción y la razón se entrelazan y ambos orientan a las personas en sus actos. Si el opuesto de la violencia, es la paz. Si el opuesto de la muerte, es la vida y el opuesto del odio, el amor; ¿cómo podemos recuperar los conceptos para redimir a las mujeres de una historia de sufrimiento y sumisión? Traigo estos debates para cuestionar mi propia cosmovisión y valoración de las emociones positivas: la paz, la vida, el amor; y preguntarme(nos) por qué teniendo ciertas creencias a veces actuamos de forma opuesta. A los intentos por explicar la agresión, la propuesta de Butler sobre desnaturalizar el género y derribar los dualismos hombre-mujer, se suma repensar esa división entre naturaleza-cultura / emoción-razón y una pretensión casi sentimentalista: necesitamos aprender nuevos modos de sentir/pensar responsables y racionales para desintegrar la violencia. Esto implicaría que emoción y consciencia se fusionen para construir significados de amor naturales y racionales porque si seguimos siendo incapaces de comprender los conceptos que guían nuestras prácticas, seremos siempre impotentes para transformarlas.   Samantha San Romé Comunicación Social (Universidad Nacional de Buenos Aires)
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el 25 noviembre, 2016 a las 12:20 pm Samantha San Romé