VIDAS PARALELAS

VIDAS PARALELAS
Ensayo periodístico de Jorge Andrade.

 Antecedentes

4 de junio de 1975. Celestino Rodríguez, flamante ministro de economía de Isabel Perón, anuncia el nuevo plan económico con un brutal ajuste que implicó una transferencia enorme de recursos desde la clase trabajadora a la burguesía empresaria.[1]

Rodrigo explicó la necesidad impostergable de reacomodar las variables macroeconómicas, manifestando que había que “destapar la olla”.

Cuenta la leyenda que el incendiario de la Biblioteca de Alejandría justificó su atentado por el deseo de que su nombre quedara inscripto en la Historia. Pero su nombre se olvidó. No sabemos si Celestino Rodrigo pretendía pasar a la Historia gracias a su atentado contra el pueblo argentino, pero voluntaria o involuntariamente el acto de violencia social extrema quedó asociado a su nombre con la denominación de “El Rodrigazo”.

16 de diciembre de 2015. El ministro de Hacienda y Finanzas (antes Economía) Alfonso Prat-Gay, anunció la puesta en práctica del plan de ajuste del nuevo gobierno. Explicó que la brutal transferencia instantánea de recursos desde la clase trabajadora a la burguesía dominante era un impostergable “sinceramiento”.

Otros tiempos, otras costumbres, otro léxico más elaborado pero acciones paralelas. La Historia se repite pero nunca es igual a sí misma.

Los ajustes gemelos

  1. 1975. Rodrigo devaluó la moneda un 100% originando un traslado automático a los precios. Las naftas subieron 181%, la energía 75%, las tarifas de los demás servicios públicos entre 40 y 75%. Se liberaron las tasas de interés, se aumentaron los precios sostén para el campo y las retenciones sobre las exportaciones. El boleto de colectivo subió 50% y los de tren entre 80 y 120%. Los salarios que habían aumentado en mayo el 38% se incrementaron hasta el 45% el 12 de junio, pero ante los aumentos generalizados de precios los sindicatos no aceptaron ese límite y consiguieron en las paritarias incrementos de hasta el 140%. La inflación desatada por la puja distributiva fue la mayor conocida hasta entonces en el país.
  2. 2015. El gobierno de Mauricio Macri en la persona de su ministro de Hacienda y Finanzas, decretó una devaluación del peso del 40%, anunció un aumento de las tarifas de los servicios públicos vía quita de subvenciones y, más que posiblemente, un aumento de las tarifas de transporte por la misma vía; a la fecha de emitir este documento ya se ha anunciado el primer aumento de los combustibles, al que seguirán otros, que derramará sobre toda la economía, así como –novedad absoluta en la historia del país- la eliminación de todas las retenciones a las exportaciones excepto sobre la soja a la que se las baja del 35 al 30%.

La transferencia a precios del aumento del dólar y de la quita de retenciones no sólo no se hizo esperar sino que se adelantó.

Con respecto a las retenciones debe observarse que el propio Adalbert Krieger Vasena, ministro de Economía de la dictadura de Onganía, estableció retenciones al agro[2]. Entre la devaluación y la quita de retenciones se estima (según el Estudio Bein) que la transferencia de las clases trabajadoras (incluyendo las clases medias) al agro es de 60.000 millones de pesos a valor actual por año[3].

Personajes públicos y personajes en las sombras

El ajuste decretado por Rodrigo fue el antecedente que allanó el camino a Alfredo Martínez de Hoz, ministro de economía de la dictadura, para que éste pusiera en práctica el plan económico liberal cuando el Proceso de Reorganización Nacional tomó en forma explícita el poder el 24 de marzo de 1976.El golpe de estado que adoptó ese nombre inició el desmantelamiento del tejido industrial del país, apostando por una economía abierta, exportadora de materia primas agropecuarias, generadora de exclusión, apoyada en el costo salarial bajo y en las ventajas comparativas estáticas de la tierra. El objetivo era insertar el país en la economía global como proveedor de materias primas baratas, apuntando internamente al desarrollo de los servicios y privilegiando un modelo de valorización financiera.

Cuarenta años después, el plan que implementa el ministro Prat-Gay bajo el paraguas político del Pro de Mauricio Macri, es un típico programa neoliberal de apertura irrestricta, basado en la valorización agropecuaria y financiera que aproveche las ventajas comparativas estáticas del país. Pretende insertarse en la economía global siguiendo los dictados del Consenso de Washington de 1989. Esto implica abandonar una vez más la industria nacional creadora de empleo y mercado interno, y concentrarse en el papel de proveedor de materias primas baratas, provenientes básicamente del campo, con escaso o nulo valor agregado. Para poder competir en un mercado mundial de commodities deprimido por la crisis que dura desde 2008 y sobre cuyos precios, que fija el mercado, el país no tiene control, necesita bajar costos mediante la depresión de los salarios. El gobierno intenta alcanzar este objetivo por medio de herramientas como la devaluación del peso, que recorta el poder adquisitivo de las masas populares y genera, por la caída del consumo desocupación alta. Este último recurso, inconfesado y violento, busca doblegar la capacidad de lucha de los trabajadores. No sabemos si estos postulados suenan familiares al lector pero, en cualquier caso, nos permitimos afirmar que no tienen nada de originales.

Vamos ahora a los personajes y a los papeles que les toca jugar en este drama cíclicamente repetido en la Argentina.

Celestino Rodrigo era un tosco ingeniero industrial, un personaje “sólido” de la modernidad según la tipificación de ZygmutBauman en Vida líquida[4]. Rodrigo era un empleado del “Brujo” José López Rega, el jefe de la camarilla nazi-esotérica que se adueñó del poder a la muerte de Perón, cuando su viuda María Estela Martínez, “Isabelita” por nom de guerre, personaje débil y tal vez estúpido, en su carácter de vicepresidente asumió la primera magistratura a la muerte de su esposo.

A la sombra de Celestino Rodrigo se encubría un “monje negro”, Mansueto Ricardo Zinn, hombre que había pasado por los gobiernos militares de Levingston y Lanusse,y respondía al ideario de la consultora FIEL, thinktank del liberalismo económico que promovía la caída del salario real como condición necesaria para la acumulación capitalista local. Ricardo Zinn se pensaba a sí mismo como capitán de un ejército en guerra que, para conquistar el campo enemigo, no podía atarse a escrúpulos morales ante los muertos, heridos y damnificados que produjera su plan económico. Su objetivo era desatar el caos mediante una estampida inflacionaria como la que indujo en 1975 con el fin de licuar la deuda privada de las empresas y crear un estado de inestabilidad social que, tras la destitución de su socio y jefe de las “Tres A”, José López Rega, facilitara la vía para que las fuerzas armadas, con el consenso de la sociedad, asumieran el poder político.

Esta cruzada dejó por el camino ganadores y perdedores. Los perdedores los hemos mencionado ya: fue la clase trabajadora en la que se incluye la clase media, lo fueron los muertos y desaparecidos. Entre los ganadores estuvieron los miembros del CEA (Consejo Empresario Argentino), organismo al que estaba vinculado Zinn y que integraban entre otros el futuro ministro de Economía de la dictadura, Alfredo Martínez de Hoz, y los grupos Techint, Fortabat y Pérez Companc, luego beneficiarios de contratos suculentos con el Estado dictatorial, así como también el grupo Macri[5]. El grupo Macri y otros grupos económicos como Clarín, Renault, La Nación y Papel Prensa, lucraron además con el regalo que les hizo en 1982 Domingo Cavallo desde la presidencia del Banco Central, cuando estatizó sus deudas en dólares. El total de la deuda ilegítima –que en auditorías posteriores se demostró que en la mayoría de los casos consistía en meros apuntes contables entre las sucursales de Argentina y sus casas matrices en el exterior, es decir autopréstamos y maniobras fraudulentas-que tuvimos que pagar todos los argentinos se calculó en la cifra de 15.000 millones de dólares.[6]

El propio Zinn declara abiertamente cuál fue el propósito oculto de su plan económico recibido con beneplácito por el CEA. En el prólogo de su libro La segunda fundación de la República afirma que “Los indicadores económicos debían seguir empeorando, para obtener el necesario saneamiento sobre el cual se pueda construir un proceso de crecimiento autosostenido.” Aunque preferimos que los hechos descriptos se expliquen por sí solos, en el caso de Zinn, hijo de un severo teólogo alemán según su propia confesión, no podemos omitir nuestra interpretación de que se trataba de un fanático.

Cuarenta años después, en 2015, la Historia se repite pero con variaciones, y el protagonista es hoy Alfonso Prat-Gay

Vidas paralelas

Para entender la diferencia de circunstancias y de personajes entre dos realidades históricas similares pero separadas por cuarenta años, vamos a hacer una digresión por Zygmut Bauman. En la introducción de su antes citado libro Vida líquida, Bauman afirma que:

“La sociedad moderna líquida…” –Se refiere con esta denominación a la que otros autores denominan “sociedad postmoderna”- “…es aquélla en que las condiciones de actuación de sus miembros cambian antes de que las formas de actuar se consoliden en unos hábitos determinados…” “…La vida líquida como la sociedad moderna líquida, no puede mantener su forma ni su rumbo durante mucho tiempo…”

Los ganadores de la sociedad moderna líquida global son “individuos para quienes el espacio importa poco y la distancia no supone molestia alguna; son personas que se sienten como en casa en muchos sitios, pero ninguno en particular. Son tan livianos, ágiles y volátiles como el comercio y las finanzas cada vez más globalizados que los ayudaron a nacer y que sostienen su existencia nómada

Los perdedores de este modelo de sociedad global son los “sólidos”, incapaces de dejar su lugar de pertenencia para lanzarse alegremente a la lucha liviana por las identidades cambiantes y el éxito fugaz. Los “líquidos” tienen la habilidad de olfatear anticipadamente el cambio de aroma, color y forma del éxito. Los perdedores convertidos en víctimas no pueden concebir otro lugar, otra forma, otra variante de éxito que el que imaginaron cuando realizaron su primera elección de vida.

Tras esta digresión creemos que las diferencias entre los dos protagonistas de nuestra historia resultan obvias: Celestino Rodrigo, con sus flamantes sesenta años, llegó a la casa de gobierno para jurar su cargo de ministro de Economía en el subte de la línea “A” acompañado de su familia. Era el mismo subte que tomaba todos los días en la estación Acoyte desde hacía veinticinco años para acudir a su trabajo. Era un rudimentario ingeniero industrial sólido en tiempos sólidos, es decir era coherente con su tiempo.

Alfonso Prat-Gay es un joven adolescente de cincuenta años, padre de tres hijos, que pasea con su novia por el Rosedal de Palermo. Esto no es un juicio moral, por supuesto. Alfonso Prat-Gay es un individuo líquido de la postmodernidad, coherente con su tiempo.

Es licenciado en Economía por la UCA (Universidad Católica Argentina), tiene un maestrado en Economía por la Universidad de Pennsylvania. No es doctor.

Trabajó para el Banco JPMorgan en Londres y Nueva York. Fue presidente del Banco Central Argentino en el gobierno provisorio de Eduardo Duhalde y al comienzo del de Néstor Kirchner. Hizo carrera política en la Coalición Cívica de Elisa Carrió llegando a diputado nacional.

Es administrador de la cuenta dólares a nombre de María Amalia Sara Lacroze de Fortabat (fallecida) y de su nieta Amalia Adriana Amoedo en el Banco HSBC de Ginebra por cifras que oscilaron entre 70 y 100 millones de dólares. La cuenta salió a la luz junto con las de otros cuatro mil argentinos por un total de más de 3.000 millones de dólares, gracias a la denuncia del ingeniero de sistemas que trabajaba para el Banco, Hervé Falciani y, por lo que se sabe hasta el momento, no está declarada ante el fisco argentino.

Prat-Gay posee la habilidad volátil típica del ganador de la sociedad líquida para pasar ágilmente de la actividad privada a la función pública y viceversa.

Alfonso Prat-Gay, hoy, dirige los destinos económicos de la Argentina y, como hombre líquido de la postmodernidad, no necesitó usar un personaje pantalla como lo fue Rodrigo para Zinn. Él mismo, con la labilidad de actitudes propia de los winners del sistema neoliberal global, encarnó los dos personajes. En noviembre, desde el llano, dinamitó el proceso de inflación decreciente que vivía el país y desató el estallido inflacionario preventivo (que los grupos formadores de precios ya le han avisado que es irreversible, como simple anticipo de los aumentos que seguirán su escalada traccionados por las quitas de subsidios a los servicios públicos, por la suba de los combustibles, la de las tasas de interés para los créditos y nuevos ajustes que se irán viendo a medida que avancen los tiempos) desató el estallido inflacionario preventivo con el objeto de atribuirlo al gobierno de Cristina Kirchner. De ese modo, como Zinnprovocó el incendio de 1975 para allanarle el camino al ministro de la dictadura Martínez de Hoz, el líquido “Alfonso”, mediante su propio trabajo sucio, se allanó el camino a sí mismo, ministro de Hacienda y Finanzas de Macri desde el 10/12/2015. A partir de esa fecha él, con el resto del gobierno de la “ceocracia”, se abocó a consumar el plan de restauración conservadora. Éste, como ya sabemos, dio sus primeros pasos con una fenomenal redistribución regresiva (de los pobres en favor de los ricos); el inicio de un nuevo proceso de endeudamiento con libre ingreso y egreso de los capitales golondrina especulativos que se aprovecharán de las tasas enormemente elevadas del país para entrar, valorizarse y salir a su comodidad con ganancias inalcanzables en el resto del mundo; la apertura comercial anti-industria argentina; la desregulación de la actividad petrolífera con beneficio para las empresas privadas y perjuicio para YPF; el alineamiento automático con las políticas de los Estados Unidos; la inserción en las cadenas globales de valor como productor de bienes primarios sin o con escaso valor agregado, según el principio de la división internacional del trabajo, con las desventajas adicionales de que no es el país el que controla los precios de venta de sus exportaciones sino un mercado, el de los commodities, altamente competitivo y especulativo, con la dificultad añadida de la debilidad del comercio mundial a partir de la crisis que estalló en 2008 y que sigue vigente; la cesión de autonomía política y económica, de jurisdicción y de soberanía a través de la firma de TLC (Tratados de Libre Comercio)y TBI (Tratados Bilaterales sobre Inversión y Propiedad Intelectual) por la vía solapada del TTP (Tratado Transpacífico). Es decir un país para 15, a los sumo para 20 millones de habitantes, como lo reconoce Juan Llach, que fuera viceministro de economía de Domingo Cavallo, nada sospechoso de marxismo, en su informe sobre el empleo que suministra el complejo agroindustrial con todas sus industrias subsidiarias y que alcanza nada más que al 35,6% de la fuerza laboral del país[7].

Prat-Gay, en complicidad con los grupos económicos más concentrados del país, pretende llevar adelante su plan económico, que no tiene nada de original por repetido (plan neoliberal del FMI), para desmantelar la industria nacional. De tal suerte que busca bajar el costo en dólares de los salarios convirtiéndolos en variable de ajuste con propósitos varios: 1) Controlar la inflación de costos y como efecto secundario la de demanda, puesto que a menos poder adquisitivo de los salarios menos demanda y en consecuencia más dificultad por parte del oferente para subir los precios de venta. 2) El segundo objetivo, inconfesado, es generar despidos. La idea de Prat-Gay es llevar la tasa de desocupación, hoy en menos del 6%, hasta el 15% para disciplinar a la fuerza laboral con la amenaza de la pérdida del trabajo. 3) Una tercera finalidad es contraer el consumo interno para aumentar los saldos exportables, reducir las importaciones y, por este medio, mejorar el resultado de la Balanza Comercial. En este propósito colabora la eliminación de los cupos de exportación con absoluta indiferencia por la soberanía alimentaria.

¿Qué se puede esperar a partir de ahora?

El plan económico de Prat-Gay -bajo el paraguas de un tosco ingeniero civil de la UCA que se limita a repetir el discurso que le preparan sus asesores y es incapaz de hilvanar dos frases coherentes de su propia cosecha- persigue unos objetivos tan obvios por conocidos y experimentados que nadie puede ignorarlos.

El país que tienen en mente los neoliberales vernáculos es un país que base su desarrollo en sus ventajas comparativas estáticas. Es decir, un país sustentado económicamente en la exportación de productos del campo sin, o con muy poco, valor agregado. Nada de industria, nada de satélites de comunicaciones argentinos orbitando la tierra- Esos bienes sofisticados se compran según la teoría del “¡Que inventen ellos!”, la frase de Miguel de Unamuno que calzaba a la medida de la España tardofeudal.

Además, por primera vez en la historia, como hemos dicho más arriba, se le ha sumado la quita de retenciones; esto constituye un ingreso extra para los exportadores y por vasos comunicantes un golpe inflacionario agregado. En efecto, la rentabilidad extra que obtienen los exportadores con el efecto combinado de la devaluación y la quita de retenciones, en un ejemplo sencillo, es la siguiente:

Supongamos el caso de una tonelada de trigo por la cual, hasta el golpe de mano de Macri-Prat-Gay, el exportador obtenía el resultado que se indica a continuación:

Partimos de un precio de u$s 200 la tonelada (la cotización varía diariamente pero el precio tomado para el ejemplo es representativo). Por ella, el exportador percibía en el país $ 1.540 según el siguiente cálculo: tonelada de trigo u$s 200, menos 23% de retención igual a u$s154, al cambio de $10 por dólar, precio final en pesos 1.540. La misma tonelada de trigo post Macri, el exportador la sigue vendiendo a u$s200 en el mercado internacional. Por ella percibe en la Argentina, al cambio de $14 por dólar, $2.800. O sea que obtiene un beneficio extra de $1.260, o del 82%, de un día para el otro, sin agregar valor y sin aumento de la productividad. ¿A costa de quién? Del pueblo argentino trabajador, porque el dinero que deja de recaudar por retenciones el gobierno tiene que sacarlo de algún lado y lo saca de la quita de subsidios y de los recortes del gasto público para enjugar el costo de su generosidad con el capital concentrado. Pero no queda ahí el perjuicio para los argentinos de a pie. El nuestro es un país que come lo que exporta por lo que, al haberse eliminado, además, los cupos de exportación que aseguraban la soberanía alimentaria y protegían el consumo popular, ningún exportador, por una simple cuestión de racionalidad económica, estará dispuesto a vender el trigo en el mercado doméstico a un precio inferior de aquél a que lo vende fuera. En consecuencia, el trigo en el país, tras los anuncios del ministro, habrá que pagarlo. según el ejemplo, a $2.800 la tonelada en lugar de a $1.540, aumento compuesto por $800 por devaluación del peso y $460 por quita de retenciones, aumento que descenderá en cascada derramando sobre el pan, los fideos, la factura, etc. Es que las retenciones no sólo eran una fuente de ingresos para el fisco sino un regulador de los precios internos. En resumen, $1.260 que salen del bolsillo del consumidor y en el mismo momento entran en los de los grandes grupos exportadores.

Para controlar la conflictividad laboral que espera el gobierno a causa de la pérdida de capacidad adquisitiva del salario, procura contar con la complicidad de la burocracia sindical a la que busca comprar con concesiones como la del control de los fondos de las obras sociales, que le ha devuelto a los sindicatos mediante el decreto que designa al médico Luis Scervino, de antigua vinculación con las organizaciones laborales, como presidente de la Superintendencia de Servicios de Salud. Daniel Moyano, socio sindical de Macri, ya empezó a colaborar anunciando que en las paritarias sus camioneros se conformarán con el 28% de aumento de salarios. Habrá que comparar este aumento con el de la inflación, cuyo índice, en razón de la “emergencia estadística” que declaró el ministro, no publicará el INDEC “hasta nuevo aviso” -según lo anunció su nuevo director Jorge Todesca-es decir durante todo el tiempo que sea necesario para disimular el pico más violento de la inflación. Además, al mejor estilo del tan criticado Guillermo Moreno cuando el actual gobierno era oposición, Todesca aseguró que el famoso “índice Congreso” no se publicará más. ¿Pretenderá ahora el licenciado Todesca cerrar el Congreso? Ya veremos por cuánto tiempo la cúpula sindical consigue contener a sus bases.

¿Cómo se beneficiará el país de esta política? Según los que hoy gobiernan con arrestos autoritarios, gracias a la valorización agropecuaria y financiera, y las clases populares gracias a la teoría del derrame. La experiencia ha demostrado que el derrame nunca se produce. La minoría que aumenta su riqueza mediante la valorización agropecuaria y financiera no tiene propensión inversora sino de consumo suntuario y rentística, por lo que cuando su copa se llena, ésta no derrama jamás sino que sus propietarios la cambian por otra más grande. Es que ya sabemos muy bien los argentinos que padecimos la dictadura cívico-militar genocida y la destrucción de Menem-Cavallo-De la Rúa, y lo saben los griegos, los españoles, los portugueses, los irlandeses y un largo etcétera europeo, que los incentivos de oferta a la producción, como lo fue típicamente la reducción de los aportes patronales que instrumentó Domingo Cavallo, los contratos de trabajo temporales y la “flexibilización laboral” en general, sólo sirven para aumentar las ganancias de las empresas. Los empresarios invierten para aumentar volumen cuando crece la demanda, siempre y cuando no puedan incrementar los precios en lugar del volumen, lo que siempre les ha resultado más cómodo.

Además de lo expuesto hasta aquí, la valorización agropecuario-financiera y la consiguiente concentración de la riqueza nos hará padecer una vez más la “Enfermedad holandesa”[8].Muy brevemente, dicha enfermedad consiste en una acumulación de renta en el sector exportador que goza de ventajas comparativos (puede ser el gas del Mar del Norte, como en el caso de Holanda que le dio nombre al efecto económico, el petróleo, el caucho, el cobre, así como la soja) que, al acumular poder de compra en pocas manos genera inflación en el sector de servicios y en el de productos que abastecen a ese sector privilegiado de la población. Típicos son los aumentos de ventas de vehículos de lujo y artículos suntuarios importados y, en particular, la creación de burbujas inmobiliarias a consecuencia de la inversión improductiva. Consecuentemente, el resto del país se empobrece.

Este, en resumen, es el plan de Alfonso Prat-Gay, nada original, muchas veces probado y tantas otras fracasado.

Conclusión

Ha tomado el gobierno, gracias a una mayoría exigua, un partido conservador con maneras autoritarias. Declamó en defensa de la institucionalidad republicana desde la oposición y la avasalla desde el primer día en que se hizo con el poder.

Es que la derecha no es democrática. Particularmente no lo es la derecha argentina, acostumbrada a gobernar primero gracias al fraude y después mediante golpes militares. La derecha es autoritaria y, si se le oponen resistencias, es violenta.

La derecha del Pro es postmoderna y líquida. Una hábil operación mediática presentó a sus miembros como una troupe de jóvenes lindos, alegres e informales que ofrecen su espectáculo de buena onda. En la tiniebla de las catacumbas oficinescas los burócratas del sistema global diseñan la política de explotación popular, cuya receta neoliberal invariable aplican por todo el mundo, en todos los países; una sola receta para un diagnóstico único: ajustar para pagar a los acreedores. Mientras tanto, fuera, el público adicto y los ingenuos contemplan embobados la levedad de los globos amarillos que flotan tan ingrávidos como la nueva política.

Suena la música rock y Mauricio baila su danza macabra en la balconada de Perón.

Pero la Historia nunca se repite igual a sí misma y la sociedad argentina, tras treinta y dos años de democracia, no es la misma que la de 1976. En aquella ocasión se destruyó primero el orden social –con la colaboración que prestó involuntariamente un proyecto revolucionario poco criterioso y mal organizado- para lograr el consenso casi unánime de la población que aceptó pasivamente el golpe de estado, y a la resistencia residual se la aniquiló a sangre y fuego. En 1989 la hiperinflación doblegó al presidente Alfonsín y sumió a la sociedad en la anomia. Desmoralizada, despolitizada, ésta aceptó con indiferencia el desguace del Estado, el despojo del patrimonio nacional acumulado a lo largo de muchas décadas y se dejó engañar por el espejismo del uno a uno.

Hoy la sociedad es otra. Una nueva generación de jóvenes con conciencia política y nacional que no se avergüenza por ello. Ya la política no es una mala palabra, mal que les pese a Mirta, a “Su” y a “Mauri”. El pueblo (no la gente) hoy posee las herramientas para defender lo conseguido en estos doce

años de progreso social, para corregir errores y para seguir avanzando en las conquistas populares y en la consolidación de una República Argentina más justa, más independiente y gobernada no por grupos de poder desnacionalizados sino por su pueblo.

JORGE ANDREDE
Buenos Aires, diciembre 2015-enero 2016.

[1]El Rodrigazo, 30 años después. Un ajuste que cambió el país. Néstor Restivo y Raúl Dellatorre, Capital Intelectual, Buenos Aires, 2005

[2]“Muy pocos se llevaron todo”, Alfredo Zaiat, in Página 12, 20 de diciembre de 2015.

[3]·estudiobein.com.ar

[4]Vida líquida, ZygmutBauman, Paidós, Buenos Aires, 2006.

[5]“Capitales detrás del golpe”, Raúl Dellatorre, www.eldiariodeljuicio.com.ar

[6] museodeladeuda.econ.uba.ar

[7] Llach, en Llach et al., estimaba que todo el complejo agroindustrial proporcionaba en 2003 el 35,6% del empleo total del país. Citado por Rodríguez, Javier en Incidencia de los complejos agroindustriales en el empleo total en Argentina, comunicación presentada al VII CongresoNacional de Estudios del Trabajo, Asociación Argentina de Especialistas en Estudios del Trabajo, Buenos Aires, 2005, www.aset.org.ar

[8]“La enfermedad holandesa (y las retenciones a las exportaciones agropecuarias)”, in Cartas de Argentina (y otros ámbitos), Jorge Andrade, Ediciones Biebel, Buenos Aires, 2009.

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