VENGO A PROPONERLES UN SUEÑO

El viejo Benavente asustaba con su aspecto a algunos niños del barrio. Quizá fuera su mirada desviada o su ropa desaliñada. En aquel barrio humilde de la ciudad junto al río todos lo conocían. Lo que no todos sabían, hasta aquél célebre día en que decidió decirlo públicamente, era la extraña afición a la que había dedicado su larga vida.
Benavente había vivido con los indígenas del sur durante su niñez y de ellos y sus shamanes había aprendido a almacenar todos sus sueños en pequeños recipientes de arcilla. Había guardado en más de ochenta años sueños de todas clases. Los había de viajes, de mujeres hermosas, de fortunas incalculables y de encuentros asombrosos con seres de otro mundo y con amigos fallecidos. Protagonizaba épicos eventos en los que salvaba al mundo de males ancestrales como las guerras y las hambrunas. Era un reconocido músico, pintor o poeta sublime. En sus sueños superaba todos los obstáculos, vencía todos sus miedos y lograba todos sus deseos.
De alguno de los sueños no quería despertar más porque lo hacían sentir inmensamente feliz. Caminaba en ellos por bosques profundos, escuchaba música celestial y escalaba sin esfuerzo hasta la cima de picos inalcanzables. Caricias difíciles de describir envolvían su corazón. Muchas veces despertaba con lágrimas bañándole las mejillas y una profunda emoción mantenía la sonrisa plena en su apergaminado rostro durante varios minutos después de despertarse.
A lo largo de los años tuvo el cuidado de clasificarlos y ordenarlos en recipientes de distintos colores y rotularlos de acuerdo a criterios aprendidos en uno de sus trabajos como bibliotecario.
Cuando Joaquín, uno de sus mejores amigos , al que le había contado su secreto, le pidió uno de sus sueños para una de sus últimas noches de vida, no pudo negárselo. Como sucede habitualmente, Joaquín, pese haber jurado y perjurado mantener el secreto de su tesoro onírico, se lo contó a su esposa y ésta a una amiga. Pronto casi todo el barrio se enteró. Largas colas se comenzaron a formar en la puerta de la casa de Benavente solicitando sueños para ellos y para amigos o familiares deprimidos o enfermos.
Benavente tuvo que organizarse para repartir generosamente sus sueños durante años hasta que una noche no pudo regresar de uno de ellos. Su mujer se hizo cargo de la tarea y durante una década el pueblo despertaba tan feliz como el viejo lo había sido en vida.
Los sueños parecían darle al pueblo nuevas energías y crear nuevos comportamientos. Quienes los compartían se hacían más tolerantes con los errores de los demás, más amables y solidarios. Disminuyeron las enfermedades, se multiplicaron las actividades culturales y creativas, el delito y la violencia casi desaparecieron. Florecían los jardines cuidados con amor y esmero.
Fue por eso que la noticia alteró la calma y atemorizó a todos los habitantes del poblado. Esa tarde se sortearía el último sueño que quedaba en la alacena de Benavente.
Apesadumbrados se retiraron ese atardecer de la plaza central donde se efectuó el sorteo, después de felicitar a Pedro, el barrendero del barrio, que había ganado. Pedro prometió contarles el sueño a la mañana siguiente pero sus palabras no despertaron mucho entusiasmo. Pocos confiaron en él y además ya la vida no sería igual sin los sueños de Benavente.
Las campanadas de la iglesia los convocaron a la reunión donde Pedro haría su relato. Pocos asistieron. Dicen que los que estuvieron presentes salieron con cierto resplandor esperanzado en los ojos. Pedro había soñado con Benavente y éste le había develado el secreto de cómo guardar y hacer realidad los sueños propios. Le había advertido que al despertar debían tener mucho cuidado porque los sueños son sumamente frágiles y con facilidad se desvanecen antes de poder guardarlos en los pequeños recipientes de la vida.
RICARDO PLAUL

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