Venezuela. Política, palabras y comida.

Venezuela. Política, palabras y comida.

Hay quienes esperan que el próximo presidente venezolano sea Leopoldo López, ex alcalde del municipio caraqueño de Chacao y ejecutivo de Polar, la empresa de alimentos más grande de Venezuela. En Caracas, en Barquisimeto, en Mérida, es frecuente ver el esténcil que muestra a un Leopoldo López aguerrido, puño en alto, sobre la leyenda “EL QUE SE CANSA PIERDE” y no falta quien haya trazado una analogía entre el dirigente de Voluntad Popular y Hugo Chávez, preso por insurrecto antes de su consagración por la vía electoral en 1998.

El origen de semejante confusión debe buscarse a la luz de dos décadas de una metamorfosis política inconclusa y una debacle económica generalizada, entreveradas en una batalla semántica con su saldo de incomprensión y cinismo.

En cuanto al parentesco entre López y los Mendoza, familia propietaria de Polar, y su vínculo con otros grupos del rubro así como de las vicisitudes de éstos con el gobierno, las denuncias -de izquierda y derecha- son muchas y algunas muy conocidas. Baste aquí afirmar la doble condición de López, representante y parte del sector concentrado de la industria alimentaria, uno de los terrenos de disputa del poder y determinante del clima social. Desabastecimiento, bachaqueo, guerra económica, acaparamiento, son algunos de las palabras asociadas a esta  problemática.

Cabe recordar que entre los objetivos del 1° Plan de gobierno (2001-2007) se contaba el de alcanzar la seguridad y soberanía alimentarias, fin al que el primer chavismo se abocó con ímpetu estatista. Ejemplos de ello son CASA, Mercal y Fundaproal, suscritas al Ministerio de Alimentación inaugurado en 2004. Sucintamente, CASA compra en el mercado local e internacional, Mercal se ocupa de la distribución y comercialización y Fundaproal brinda apoyo por medio de programas especiales según las prioridades sociales lo determinen.

Esta primera generación de programas tuvo su auge entre 2003 y 2005 y comenzó su declive hacia 2006. En su apoyo surgieron nuevas instituciones, enmarcadas en las políticas de desarrollo del segundo plan de gobierno. Destacan allí los Mercalitos comunales por su mayor imbricación en el Poder Comunal, estamento central del Socialismo del siglo XXI. La nómina de iniciativas es numerosa y acaba en los actuales CLAP, Comités Locales de Abastecimiento y Producción, cuyo objetivo es proveer a las familias de una cesta básica de víveres, estableciendo un piso mínimo de acceso al alimento al estilo cubano.

Las causas de la declinación son también varias. Podemos aducir dificultades de orden logístico así como un alto costo de mantenimiento de las estructuras administrativas; podemos imaginarnos algo acerca de los privilegios de los miembros de la cúpula de las fuerzas armadas en su acceso a la dirección de las empresas del estado y al control del comercio internacional en una economía con tipo de cambio super-preferencial: estimulo importador, fuga de capitales, caso PDVAL; podemos indagar acerca de las lógicas corruptas y especulativas, hijas de la cultura rentística petrolera, como se las pretende, y no del capitalismo.

Cierto es que, paulatinamente, cada relanzamiento ha sido acogido con entusiasmo menor, signo quizás de fracasos que abonan hoy en muchos el descreimiento en la capacidad del Estado para dirigir protagónicamente la economía. Y aquí no se llega por medio de reflexiones profundas ni teorizaciones, o sí, pero sobre todo la cuestión toma la forma de una dualidad productos del gobierno-marcas tradicionales en una contienda que se dirime en los anaqueles del mercado. Allí están los productos de Empresas Polar, compañía fiel, proveedora del pueblo incluso en tiempos de crisis.

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Fue un estudio en torno a las políticas alimentarias, a lo hecho en materia agrícola, y en particular para la producción de caña de azúcar, lo que me llevó a Venezuela el pasado mes de mayo. Con cierto abatimiento pero también con algo del espíritu heroico del que viaja, me proponía desentrañar la razón de ser de esas curvas de producción decrecientes, de esos indicadores desfavorables adheridos a la retórica viscosa de la ineficiencia del estado, la corrupción, la guerra económica y la especulación.

Poco alentador, el panorama de partida prometía que entre el 98 y este año la producción azucarera venezolana había caído. Pero, contradictoriamente, esto sucedía en un país cuyos últimos gobiernos realizaron enormes desembolsos para expropiar un central (ingenio) privado y montar el más grande y moderno de todos ellos: el Central Ezequiel Zamora, ubicado en el estado de Barinas, tierra de Chávez. Y mucho más: la expropiación de Agroisleña y su refundación bajo el nombre de Agropatria, empresa estatal proveedora de insumos, herramientas y máquinas para el agro; la creación del sistemas de gestión empresarial con supervisión gubernamental, Sunagro; las expropiaciones de latifundios ociosos…

En la ruta, cerca del Zamora: a un lado el Centro de Producción Socialista de Semillas (Venezuela no aprueba el uso de agroquímicos), al otro el Centro Agroecológico Paulo Freire.

-Nada de eso funciona –dice el que viaja a mi lado.

Se llama Carlos Azuaje, es ingeniero agroindustrial y trabajó en el central hasta el 2016, año en que tuvo que irse tras denunciar movimientos poco transparentes. Pero he aquí que unos días antes, en Caracas, alguien me había advertido que ése era precisamente el argumento de los enchufados, es decir: de quienes se benefician contratando con el Estado. Así que le desconfío. Y cuando asegura haber sido chavista, y cuando insiste en que nada de eso funciona, aunque en efecto todo se vea un poco abandonado, le desconfío.

Y le desconfío aunque me agrade, aunque haya tenido la inmensa amabilidad de llevarme de paseo para enseñarme el llano.

Y le desconfío como desconfié de quienes, días antes, me persuadían a desconfiar: muchachos y muchachas chavista, trabajadores del estado que me hablaron de la guerra económica y la rosca oligopólica de un modo indolente y rimbombante.

Y le desconfío como me dije desconfiar de mis apresuraciones economicistas y de mi propia mirada y mis prejuicios.

Seguimos.

Nos recibe en su casa de Sabaneta Evelio Perdomo. Como representante de su comuna ante la mesa directiva del Central Zamora, Evelio tuvo la posibilidad de participar en la planificación de una serie de proyectos tendientes a integrar la actividad del central con las comunidades aledañas, un entramado que el entonces (2012) ministro Loyo pretendía presentar a Chávez como modelo de producción endógena. Se trataba de aprovechar los subproductos de la molienda y procesamiento de la caña en un complejo industrial orientado  a la producción de melaza, ron, compost, alimentos concentrados para animales y generación de electricidad, entre otros. Y todo con mano de obra local.

Ya en aquel tiempo se conocían las denuncias de desvío de fondos, comenta Evelio. Pero más le interesa explayarse en cómo pudieron sacarles setenta viviendas a las cooperativas que participaron en la instalación. Por lo demás, el sistema no mostraba los resultados esperados: pese a la existencia de diversas vías de financiamiento para los productores de las inmediaciones, la caña no llegaba al central en cantidades –ni remotamente- suficientes. Más tarde Evelio pasó a desempeñarse como gerente de comercialización del central y encontró que la causa de la parálisis se encontraba en la relación de rentabilidad entre la producción de los minifundios (10-15 hectáreas) y el costo de transporte, favorecido por el estado pero administrado por sus tenedores según una lógica de máxima ganancia en absoluto democratizante. También faltaban insumos y semillas, a pesar de Agropatria.

Al final, Evelio también fue removido de su cargo. Como Carlos, arguye haber denunciado extraños movimientos. Desconfío. Y aunque su mujer nos haya traído un café riquísimo… Lo cierto es que ahí estamos, sentados a la entrada de su casa, viendo pasar los camiones de caña que están siendo llevados a otro central porque el Zamora no opera y cuando lo hace es al 4% de su capacidad instalada.

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Durante los días siguientes, en el trascurso de varias lecturas y entrevistas, se fue prefigurando una realidad escabrosa: en Venezuela el negocio de la importación de azúcar moscabado (a medio procesar) es más rentable que la compra a un productor cañero que se apropia de algo así como el 50% del valor de las ventas del central: rentabilidad del industrial y rentabilidad del importador, un funcionario del gobierno con acceso al dólar preferencial, ayer 10 Bolivares por cada dólar contra 720 el oficial y 5.800 el paralelo.

De esto no habló el gerente general del tradicional central La Pastora. Su nombre es Pablo Jesús Zubillaga y pertenece a otra de las familias terratenientes del estado de Lara. Sí habló de un extraño caso de triangulación por el que los equipos del Zamora, adquiridos a la brasilera Interunion, ingresaron al país con etiqueta cubana. Y habló de otros bienes de uso importados y no instalados, actualmente almacenados en recónditos depósitos. Dijo que, contrario al endurecido discurso oficial, Maduro busca acercarse al empresariado para poner a producir todo ese capital.

-Eso es lo que estamos esperando –agregó.

Pero más favorecido que Zubillaga se ha visto Oswaldo Cisneros, cuyo Central Portuguesa pasó de producir del 15% del azúcar nacional en los noventa a cerca del 50%. Sus clientes principales son Nestlé, Coca Cola y Empresas Polar. La política del gobierno estableciendo precios diferenciados (uno más bajo para el menudeo, otro más alto para la industria), no acompañada con el necesario control de las cuotas impuestas para cada canal, redunda en que a menudo sea más fácil encontrar en las góndolas chocolates y gaseosas que paquetes de azúcar. Quiénes pueden acceder a esos productos es una cuestión aparte.

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Yo digo que la producción venezolana cayó, desfavorecida por el negocio importador que ha enriquecido a militares, funcionarios del gobierno, empresarios y particulares. Y digo también que se ha operado un proceso de concentración en favor de los grupos tradicionales.

No obstante es necesario aclarar que lo hasta aquí dicho no agota la cuestión del desabastecimiento: los niveles de importaciones se han más que triplicado en la última década con respecto a la anterior. ¿Cómo se explica entonces la falta de alimentos, medicinas y rubros industriales? En este sentido, el término de guerra económica acuñado por el gobierno y sus partidarios es pertinente si bien no esclarecedor.

Frente a este estado de cosas urge hacer una puesta en valor de todo cuanto puede aprenderse del proceso político y social de los últimos años así como una crítica honesta al gobierno y sus políticas. La posición obsecuente de cerrar filas, defendiendo una constituyente que la mayoría de los venezolanos desconoce, es, cuanto menos, negligente.

Una discusión orientada a la búsqueda de una salida en favor de la mayoría no puede realizarse sin la consciencia cabal de la riqueza venezolana en cuanto recursos naturales (petróleo, coltán, agua, etc.) así como la vasta infraestructura estatizada en años recientes y que los ricos de siempre procuran para sí. Es esencial el aprovechamiento de cuanto el Poder Popular tenga de real: consejos comunales, estudiantes, sindicatos de trabajadores en general y en particular los del complejo petrolero, siderúrgico y minero.

 

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