Veintitrés minutos

Organizar cumpleaños infantiles es una buena opción de trabajo adolescente. Más aún cuando se trata de niñas de la clase alta de la zona norte de Gran Buenos Aires. Es un trabajo con cero costos de producción y una retribución de promedio 200 pesos la hora por animadora. El viernes 21 de noviembre de 2014 Angie y yo animamos uno en el bajo de Olivos.  Dos horas de hartazgo infantil que resultaron en dos billeteras llenas y dos corazones más que conformes con la productividad de esa tarde.

Ya habíamos quedado en que esa noche comíamos en lo de Pau, pero como todavía era temprano, pasamos antes un rato por el río. Hacia frío así que al rato nos pareció mejor idea apreciar el viento desde el auto. Alrededor de las veinte treinta salimos hacia lo de Pau, que vive en Martínez. En el viaje coordinamos, ella también estaba volviendo, así que nos íbamos a encontrar las tres en la puerta de su casa.

Le ganamos por dos minutos. Aunque nunca pensamos que durante esos dos minutos estábamos siendo observadas y elegidas como las futuras victimas de los Dick y Perry del conurbano bonaerense.

Pau llegó y nos bajamos del auto, estábamos por entrar cuando por el rabillo del ojo veo que desde la derecha se acercaba un hombre hablando por celular. Me dio mucho miedo, pero me obligué a no prejuzgarlo, a no ser presa de la sensación de inseguridad que nos controla hace años, decidí dejar de sentir ese miedo. Llegué a estar conforme con el control mental mientras Pau cerraba la primera reja que separa la calle de la puerta principal de su casa.

-¡¡¡Nooo!!! Por favor, ¡no!

 

Era Pau, cerrando la reja contra la voluntad del hombre que venía hablando por celular y que ahora trataba de entrar a la casa con nosotras. Pau logró cerrarle la reja encina, pero entre los barrales asomaba una pistola que anuló enseguida cualquier intento de valentía al que podríamos haber aspirado.

-A ver flaca, abrís la puerta o te quemo.

-Pau, abrile la puerta.

El instinto sorprende en casos como estos y por lo general, juega una mala pasada. Porque son segundos que el cerebro se puede tomar para llegar a una decisión acertada. En este momento y con el arma en frente, la opciones eran homicidio en la puerta o posible violación múltiple y desvalijamiento (sin que la opción del homicidio fuera totalmente descartada) adentro de la casa.

El instinto se escapó de la muerte asegurada y fuimos con la opción dos. Pau abrió la puerta.

En ese momento se acercó un compañero delincuente y se sumó a la no invitación. Sabíamos que a partir de ahí éramos tres contra dos.

Apenas entramos se disparó la alarma. Es de esas alarmas que tienen un código aparte, en caso de que quien la desactive esté siendo forzado a hacerlo. Gracias al cielo (tal vez) y a una memoria joven, Pau sabía ese código. Pero gracias a una negligencia profesional o a un contrato ilegal, el código no funcionó.

-Desactivala porque no te va a gustar ver cómo mato a tu amiga.

El Dick de esta secuencia me estaba apuntando desde atrás con su arma, mientras la amenazaba. Pau desactivó la alarma con el código habitual y nos dividimos. El Dick agarró a Pau por el pelo de manera violenta y le preguntaba si había alguien en la casa mientras la obligaba a subir las escaleras. Cuatro veces preguntó lo mismo en el tramo de subida, hasta que finalmente se convenció de que estábamos solos.

Una vez en el hall principal de la planta alta, la obligó a abrir todas las puertas. En cuanto se dio cuenta de cuál era el cuarto principal, se metió ahí y preguntó, decidido:

-¿Dónde está la caja fuerte?

-No hay ninguna caja fuerte.

-A mí no me jodas, yo sé lo que vine a buscar.

-Mirá, no sé que te habrán dicho, pero acá no hay ninguna caja fuerte.

-Bueno, ¿dónde está la plata?

-No sé, pero te ayudo a buscarla.

Él empezó a buscar atrás de los placares, mientras ella revisaba la cajonera de su mamá, en una búsqueda falsa, llorando. El llanto puso al Dick muy nervioso.

-Callate la boca y dejá de llorar.

-Estás en mi casa, llevándote todas mis cosas. Dejame llorar en paz.

En ese momento y ante la soberbia de la respuesta de Pau, el Dick se le acercó muy inquisitivamente mientras ella se hacía una bolita en el piso, desesperada, y le habló en cenital.

-Que te calles la boca porque te vas a comer un culetazo.

Mientras tanto, en la planta baja nos desvalijaban a nivel personal en la cocina.

-¿Hay alguien en la casa?

Nos había preguntado el gordo bueno, el Perry de esta historia, mientras vaciábamos las billeteras.

-No hay nadie, pero están por llegar, así que hagan rápido, vayansé y va a estar todo bien.

Sorprendió la respuesta experimentada de Angie, que no solo consiguió que Perry se pusiera muy nervioso, sino que hasta nos pidió perdón por estar robándonos. Nos dejó sacar los chips de todos los celulares y quedarnos con las cédulas, registros, tarjetas, etc.

-¿Podemos subir? Nuestra amiga debe estar muy nerviosa y la podemos ayudar, aparte ya se tienen que ir…

-Sí, subamos.

Arriba continuaban con la búsqueda, pero no encontraban nada y Dick se empezaba a poner nervioso. Pau recordó que había sacado plata el día anterior del cajero automático.

-En mi cuarto hay algo, tengo 800 pesos.

Fueron a buscarlos y al combo se sumó la computadora. Al desenchufarla con violencia, Dick casi tira una lámpara al piso y Pau no se olvida de haber pensando que “este hijo de puta encima me va a romper la lámpara”.

Cuando volvieron al cuarto, Dick nos encapuchó a las tres. Lo más raro de ese momento fue que las capuchas estaban a estrenar y que recuerdo haberme preguntado a dónde iría si tuviera que comprar capuchas para asaltar gente. Llegué también a la conclusión de que iría a Easy.

Nos ubicaron a todas en el rincón mientras ellos seguían revisando. Encontraron un par de computadoras, una cámara y una Play Station, pero querían plata. Empezaron a discutir entre ellos porque el Perry se quería ir, y el Dick se quería quedar porque estaba convencido de que había millonadas ocultas en algún lugar.

-Boludo vamos que va a llegar alguien.

-No nos vamos nada, si llegan se las damos con toda.

Le pidieron a Pau que llamara a sus papás para preguntarles dónde había plata.

-No tengo mi celular porque me lo robaste.

No tuvo desperdicio la cara de Dick cuando le dijimos que Perry nos había dejado sacar los chips de los celulares y que desde el teléfono de la casa no se podía llamar.

-Dame el tuyo que los llamo.

Propuso Pau en un segundo de clara desesperación e incoherencias. Momento seguido de una iluminación casi mágica y toda traicionera: se acordó dónde guardaba su hermano los ahorros. Fue enseguida a buscarlos. Eran dólares, el verde preferido de todo criminal, y aparentemente suficiente para que emprendieran la retirada.

-Ahora sí, vamos. Dale, boludo, vamos.

El Perry estaba ya más que conforme y se quería ir a toda costa. Era la ambición del Dick lo que imposibilitaba sus planes, quien finalmente bajó tras manotear un par de cosas más que consideró dignas en su camino a la escalera.

El cariño se apoderó de Perry en el momento de la huída.

-Dale, gordita, vamos bajando así me vas abriendo…

Le hablaba a Pau como si fuera su hija, con amor y hasta empatía.

-Che, disculpá eh… Nosotros vamos a misa, todo, pasa que no tenemos trabajo… Bueno gorda, te pido un último favor…-Como si la casa se la hubiera abierto por favor, y le hubiera entregado todo lo que tenía POR FAVOR-¿Te puedo pedir una bolsa para poner todo esto?

Pedir. El ladrón eligió el verbo pedir.

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Dick volvió a subir, convencido de que había algo más. Mientras Angie y yo seguíamos encapuchadas en un rincón del cuarto principal y pensábamos que estaba volviendo a matarnos porque le habíamos visto la cara.

Revisó de nuevo un par de muebles y finalmente se resignó y bajó. Le pidieron a Pau que les abriera la puerta y se despidieron con un simpático:

-No hagás la denuncia, gordita. Te hablamos en serio, sabemos dónde vivís.

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