Unidos por la rutina

Las paradas están repletas de personas con la resignación de viajar sin asiento en el ómnibus que esperan. “Sí, Matí, cuando me baje en el barrio, compro algo para que lleves al cumple”, avisa por su celular una señora con tono maternal. En su hombro carga una cartera y en su brazo una campera. En la espera muestra su ansiedad: se mueve hacia el cordón, baja la vereda y vuelve sobre el negocio que ocupa la esquina. A su lado, una pareja se mira con la intención de discutir, pero se avisan entre ellos con sus labios quietos que deben contenerse por la cantidad de personas que hay alrededor. Están nerviosos por llegar a destino y uno le carga al otro la culpa por haber salido tan tarde de trabajar. Todos están preocupados por diferentes asuntos, pero comparten la inquietud de que pase su ómnibus por 8 octubre.

 

En la calle, una camioneta de fletes baja la velocidad de golpe para evitar atropellar a un hombre en moto que lleva un carro enganchado al asiento y cargado con caños y lonas verdes. El conductor saca la cabeza por la ventanilla y le increpa por la velocidad. El motociclista le responde de forma violenta, y ambos siguen sus caminos. Los dos intentan imponerse en el tránsito para acelerar su trabajo y llegar antes a sus respectivas casas, porque para ellos el paso por 8 de octubre es un estorbo, una calle angosta para la cantidad de líneas de ómnibus que pasan y con demasiados negocios, que llenan las veredas de compradores y vendedores y las esquinas de transeúntes. No obstante, saben que es necesario pasar por esa zona porque es el nexo con la ciudad.

 

El barrio de la Unión, carga con el nombre que se le asignó a la zona por la función que cumplía durante la Guerra Grande. Y hoy, un siglo y medio después, se le adjudica la misma responsabilidad. Incluso, como todo lo que cumple una función por antinomia, cumple también la opuesta. Su vena arterial, 8 de octubre, une a todo laburante: aquel que viene y va en ómnibus a trabajar, aquel que está buscando el mango con la venta de torta fritas o de ropa en la feria Serrato. y a aquel que cumple sus ocho horas en las mueblerías o en las casas de préstamos. Sin embargo, genera la frontera entre el centro y la periferia; entre las oportunidades y la desolación; y entre el ruido y la tranquilidad.

 

Las casas se esconden atrás de los carteles como tímidas para no mostrar lo que una vez fueron: caserones donde vivían familias numerosas y que contrataban a yeseros para hacer las terminaciones. Hoy, se lucen despintadas como apáticas al movimientos que las rodea. Sin embargo, atrás de sus puertas hay residentes, que sufren el murmullo del día y la desolación de la zona comercial a la noche. Una señora que se queda mirando por uno de los ventanales enfrente a la parada es testigo de esa migración, con las horas ve como un grupo de desconocidos comparten la rutina del laburante haya “boom económico”, crisis o recesión; para luego, minutos después, dispersarse para seguir con sus vidas y volver al otro día.

 

 

 

Attachments

Discusión (0)

No hay comentarios para este documento aún.

La generación de comentarios ha sido deactivada en este documento.