Una paz para todos

El 4 de septiembre de 2012 no fue un día cualquiera para Colombia. Durante una alocución televisada, el presidente Juan Manuel Santos, anunciaba el inicio de un proceso de negociación entre el gobierno y las FARC. Según Santos, los diálogos servirían para poner fin a más de medio siglo de enfrentamientos entre ambos actores. Pero lo que más llamó la atención en su momento, fue el hecho de que el mismo mandatario afirmara que estas conversaciones serían diferentes a las anteriores, pues habrían de desarrollarse “en meses, no en años”.

¡Qué mala memoria la del presidente! Aquella proclama ya está próxima a cumplir tres años y los diálogos parecen de nunca acabar. Ante la opinión pública, el proceso ha perdido confianza, y en los distintos medios de comunicación se plantea una especie de hartazgo por parte de los ciudadanos. Por lo menos así lo demuestra la más reciente encuesta de Gallup, donde cerca del 62% de los colombianos no cree que las negociaciones en Cuba lleguen a buen término.

A pesar de los numerosos apoyos que el gobierno viene recibiendo de la comunidad internacional, parece ignorar la necesidad de acercar al proceso a los habitantes de municipios alejados del centro del país. Aunque no es nada fácil pedirle a la gente que apoye las negociaciones cuando son ellos quienes tienen que padecer la realidad del conflicto.

Y esto no se trata de bombas incendiarias con motivos propagandísticos como sucedió recientemente en Bogotá. Aquí, en las regiones, vivimos día a día la crudeza de las balas, la incertidumbre, y el miedo. Combates con decenas de muertos y heridos, civiles sacrificados injustamente, ejecuciones extrajudiciales, desplazamientos masivos, inseguridad, medio ambiente degradado. Todo se ha convertido en un caldo de cultivo financiado por el narcotráfico. Así como vamos, se hará cada vez más difícil morir de viejo.

Mientras se busca avanzar en los últimos tres puntos de la negociación, la población civil tiene que soportar hechos como la detonación de explosivos en torres de energía, la voladura de oleoductos petrolíferos, el derrame de crudo en fuentes hídricas o la destrucción de acueductos. Todo esto, concentrado principalmente en el suroccidente del país, donde la fuerza insurgente, en su afán de reivindicar la lucha armada contra el Estado, aún hace presencia.

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Si hay algo que en verdad se anhele en Colombia es la paz. Todos la queremos. El gran problema del proceso es no pensarlo desde las regiones. Los atentados en municipios lejanos no pasan de ser un titular de prensa o un debate radial desde la capital. Mientras tanto, la gente que se queda en las veredas y corregimientos -y es víctima permanente de la intolerancia de los violentos- clama por que en algún momento pueda concretarse una paz estable; que garantice los principios de verdad, justicia, reparación y garantías de no repetición.

Es muy fácil para los opinadores y políticos de turno asegurar que vivimos en tiempos de postconflicto. Lo hacen desde una oficina con aire acondicionado y café en mano. En cambio aquí, en las provincias, esas de las que solo se mencionan en tiempos de bajas, enfrentamientos militares o atentados macabros, nos invitan a no languidecer ante las presiones de los grupos alzados en armas. Desigualdad dirían unos, hipocresía diría yo.

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Etiquetas: Colombia, conflicto, paz

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