Una niña llamada Luana

Cuando Manuel tenía tres años ya había aprendido a esconderse para jugar.

Gabriela, su mamá, lo encontró un día con una remera de ella en el patio de la casa, solo. La casa era un hogar humilde de la zona oeste de Buenos Aires, en Merlo. El frente era del color gris del material sin pintura; el patio, un terreno en el fondo saliendo por la cocina, lleno de plantas crecidas, maleza y algunos árboles. Gabriela había lavado y tendido la ropa hacía un rato y cuando volvió, vio a su hijo Manuel, la tez blanca, el pelo negro azabache, con la remera que él mismo había descolgado de la soga y se había puesto. Estaba todavía mojada y le quedaba como le queda una prenda de un adulto a un niño: grande, larga hasta los pies, como un vestido. Ella se enojó, como tantas otras veces, pero esta vez notó algo. Su hijo empezaba a tenerle miedo.

Manuel nació el 3 de julio de 2007 como nacen los que vienen de a dos, primero uno, minutos más tarde, el otro. El otro era Elías, su hermano. Así, Gabriela Mansilla fue mamá por primera vez y de mellizos. El papá de los nenes fantaseaba con un electricista -como él- y un mecánico. Las paredes del cuarto celeste y verde, las cunas haciendo juego. Los varones iban a estudiar en una escuela técnica, iban a trabajar juntos, iban a tener novias. Pero cuando Manuel tuvo edad para elegir algo, eligió cosas como éstas: la película de La Bella y la Bestia, el cepillo de dientes color lila, una muñeca para el día del niño, figuritas de princesas, el fibrón rosa, un trapito en la cabeza de peluca, la remera de Gabriela larga, hasta los pies como un vestido.

-Mamá, me llamo Luana y si vos no me decís Luana no te voy a contestar -dijo.

Era 31 de julio de 2011, Manuel tenía cuatro años y una decisión.

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Argentina tiene una legislación líder a nivel internacional en la reivindicación de los derechos de la comunidad trans. La Ley de Identidad de Género (Ley 26.743), sancionada el 9 de mayo de 2012, dice que todas las personas tienen derecho a elegir con qué género se identifican y solicitar la rectificación del DNI con el solo requisito del consentimiento informado. Es decir, sin una evaluación psiquiátrica, ni informe psicológico, ni dictamen de ningún juez; así como tampoco se requiere que el solicitante haya pasado por una cirugía de reasignación de sexo o tratamiento de ningún tipo. Para ser más simples, lo que defiende la ley es que, si la persona quiere, es suficiente. Sin justificativos, ni pesquisas. Esta legislación es pionera en el mundo por adherir a la línea despatologizadora que reclama el colectivo LGBT. En Suecia y España hay leyes anteriores pero ambas solicitan, como mínimo, un diagnóstico médico. Dinamarca y Malta, en cambio, promulgaron en 2014 y 2015 sus códigos continuando con el modelo argentino.

Para los menores de edad en Argentina, las reglas son las mismas con una única salvedad: los padres o tutores del niño tienen que autorizar el pedido.

El día que el papá de los mellizos decidió abandonar a su familia, había dejado firmado su consentimiento. Así, el 9 de octubre de 2013, Luana -la niña que había sido inscrita en su partida de nacimiento como Manuel- se convirtió en la primera nena trans del mundo en obtener un documento acorde a su identidad de género autopercibida, sin proceso judicial mediante.

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-Luana es una máquina de generar situaciones -dice ahora Gabriela en el living de su casa en Merlo, mientras su hijo y su hija, los mellizos de ocho años, juegan en la habitación con un amigo-. No le para la cabeza. No se conforma con absolutamente nada.

Apenas supo hilar algunas palabras, esa disconformidad quedó clara.

-Yo nena, yo princesa- dijo.

Algo pasaba. Manuel tenía problemas para dormir, se le caía el pelo, vivía angustiado. Por indicación de una psicóloga a la que acudieron en busca de ayuda, comenzaron un tratamiento correctivo para reafirmar la identidad masculina del niño. Cualquier manifestación de incongruencia con su condición de varón debía ser castigada. Y cualquier manifestación era todo el tiempo. El padre sostuvo una firmeza gélida y las crisis de llanto se hicieron rutina. La procesión de Gabriela, en cambio, calaba por dentro. Ante el no como única respuesta a todo lo que hacía, Manuel aprendió entonces a disimular, a esconderse y a temer.

-La pasó tan mal, sufrió tanto. Más claro no me lo podía decir. ¿Cómo fue que no me di cuenta? -dice Gabriela, los ojos negros fijos.

Fue su hermana Silvia, la tía de los mellizos, la que le recomendó un documental de NatGeo sobre infancia trans.

-Cuando lo vi, me levanté y me fui a llorar a la cocina. ¿Viste ese llanto que no tiene consuelo? Si yo lo intuía, ¿por qué no la escuché?

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En el consultorio de un edificio descascarado del microcentro de la Ciudad de Buenos Aires, el humo espeso de un cigarrillo negro vicia el ambiente proyectando sombras grises en el aire. Detrás asoma Valeria Paván (psicóloga y coordinadora del área de salud de la Comunidad Homosexual Argentina -CHA-) que, sentada en un sillón retaco, evitará hacer generalizaciones y dirá que a las personas trans no les pasa absolutamente nada más que un montón de complicaciones porque el resto les ponen todo el tiempo palos en la rueda. El resto son la sociedad, la cultura, las instituciones.

Como la homosexualidad, que fue considerada una enfermedad mental hasta 1973, y siguió figurando en el Manual estadístico y de diagnóstico de los trastornos mentales (DSM, por sus siglas en inglés) de la Asociación Americana de Psiquiatría hasta 1986 como “homosexualidad egodistónica” (bajo el supuesto de que un gay o lesbiana padecen angustia por el hecho de serlo); en 2013, en el mismo manual, se trocó “trastorno de la identidad de género” por el término “disforia de género” (bajo el supuesto de que una persona trans padece angustia…). La OMS, por el momento, insiste en conservarlo en su clasificación de enfermedades mentales, directamente.

-El sufrimiento empieza cuando a la persona se la excluye y discrimina. Tenemos que empezar a pensar que no hay géneros, ni cuerpos aptos. Cada persona hace su construcción identitaria -dice Valeria.

En algún momento, Silvia encontró el contacto de Valeria Paván en internet y se lo acercó a su hermana. Fue una de las primeras profesionales que supo dar una respuesta: Luana era una nena trans y había que dejarla ser.

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Primera reunión de padres en la escuela. Tu seño Andrea comunicó que ya no habrá fila de varones y fila de mujeres, sino de niñxs. Mezclados. Porque hay niñxs trans. Cada unx que se forme a donde desee. Toda la escuela. (…) Lograste que el mundo te escuche. Tu voz es la de muchxs niñxs, Lulú… ¡Vamos por más! ¡Orgullo de tanta lucha!

Es 14 de marzo de 2016, son las 9:51 horas, es el muro de Facebook de Gabriela Mansilla.

El jardín de infantes Nicolaigården en Estocolmo, Suecia, es el primer jardín neutral en términos de género. El gobierno de ese país elaboró en 1998 una política que establece que los jardines tienen que trabajar contra los estereotipos y educar en igualdad de oportunidades a niños y niñas. Esto se traduce, entre otras cosas, en evitar las clasificaciones binarias varón-nena y los estereotipos clásicos que asocian -por dar un ejemplo muy simple- los autos con lo masculino y las muñecas con lo femenino. El objetivo de desdibujar estas definiciones, además de la inclusión de la diversidad, es fomentar que el abanico de posibilidades de una vida no esté determinado por el sexo de la persona.

De este lado del Océano Atlántico, en la escuela de Luana, el trabajo con las autoridades y maestras del colegio se fue haciendo a través de reuniones periódicas que continúan hasta el día de hoy, en las que participan Valeria Paván de la CHA junto a otros profesionales de salud mental. Desde 2012, incluso antes de la sanción de la ley y antes del DNI, Luana comenzó a asistir al establecimiento con esa identidad.

Pero la escolarización de Luana, no es quizás el ejemplo más representativo de una historia en la que las instituciones educativas fueron espacios de expulsión de la población trans. Según una encuesta realizada en 2014 por la Fundación Huésped, en conjunto con ATTTA (Asociación Travestis Transexuales Transgéneros Argentinas) y ONUSIDA, más del 67 por ciento de los encuestados (mayores de 18 años) abandonó sus estudios durante la secundaria o antes. En 2012, otra encuesta -piloto- realizada por el INDEC en el Municipio de la Matanza, arrojaba números aún más trágicos (alrededor del 79 por ciento) y agregaba un dato más: la edad en la que estas personas habían expresado socialmente su identidad de género coincidía con esa etapa, antes de los 17 años en un 80 por ciento de los casos.

-Son necesarias políticas transversales educativas a nivel nacional donde la perspectiva de género esté instalada como una expresión más de la diversidad, para que no se particularice en un niño y se pongan todas las miradas en esa persona que está en proceso de maduración -dice Iñaki Regueiro, abogado integrante de Abosex (un equipo de activistas legales comprometidos con los derechos de la comunidad LGBT).

En un café de la calle Corrientes, acompañado por dos colegas, Iñaki introduce el concepto “peregrinar” a la conversación: peregrinar para una inclusión sin discriminación en las aulas, peregrinar para una atención en el sistema de salud. Peregrinar: ir puerta por puerta, sorteando burocracias e instituciones, para lograr algo tan básico como vivir como el resto.

La coordinadora del área de juventud de la FALGBT (Federación Argentina de Lesbianas, Gays, Bisexuales y Trans), Julieta Calderón, también considera que en el ámbito escolar la discriminación y el acoso son habituales y que se necesitan herramientas a nivel colectivo, no solo para no revictimizar al acosado, sino también para no sobre-culpabilizar al agresor.

-Esa persona no nació discriminando, se lo enseñaron. Hay que tratar de abordar estas cuestiones desde la educación, la comunicación, la cultura y de forma colectiva -dice Julieta.

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Gabriela siempre supo que en algún momento de la historia, el papá de Luana y Elías se convertiría en un recuerdo velado. En el libro Yo nena, yo princesa. Luana, la niña que eligió su propio nombre (Ed. UNGS, 2015) -que años más tarde dedicó a su hija- le escribe: “Nada tenés que ver vos en todo esto, Lulú. Cuando conocí a papá tenía tres hijos a los cuales no quería ver (…) mi miedo era que huyera de nosotros también”. Y así fue, sin más pormenores que un episodio cargado de violencia y dejando, además de una familia -por segunda vez-, algunas deudas a nombre de quien pasaba a ser su ex mujer.

Con la letra de la ley a favor, el trámite de rectificación del documento no podía ser más complejo que eso: un trámite. Pero pudo. El Registro Provincial concluyó que Luana era todavía muy chica. En definitiva, son las personas -con sus prejuicios y preconceptos- quienes se ocupan de hacer cumplir las leyes. O de entorpecerlas.

En Estados Unidos se hacía conocido el caso de Coy Mathis (una nena transgénero que terminó convirtiéndose en ícono de infancia trans allá, como lo es Luana acá) y los medios locales se hicieron eco de la noticia. Esa fue la entrada de Gabriela en la prensa. El 28 de julio de 2013, la foto de Luana estaba en el diario. Con la visibilización se abrió el debate, y con el debate, opiniones de todo tipo.

El tema instalado en las pantallas, un dictamen que la Secretaría Nacional de Niñez, Adolescencia y Familia (SENAF) emitió a favor del reclamo y dos cartas: una dirigida a la entonces presidenta Cristina Fernández y la otra al gobernador de la provincia de Buenos Aires, Daniel Scioli, fueron las fichas jugadas. La respuesta llegó de con un llamado de Alberto Pérez, en ese momento Jefe de Gabinete bonaerense, y el llamado trajo -por fin- la gran noticia: un DNI para Luana.

“Esta entrega es una emoción y tiene que ver con la decisión del gobierno de la provincia de Buenos Aires de poner en vigencia nuevos derechos y la Convención de los Derechos del Niño”, dijo Pérez en el día de la entrega del documento y de la partida de nacimiento rectificados.

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El living de la casa no es muy luminoso, ni muy amplio, pero tiene una mesa en la que Gabriela invita a sentarse y convida unos mates para contar su historia una y mil veces.

-¿Viste lo que es? Es una ternura, es hermosa, es femenina. No encaja en otro género. No quise yo armar esta niña- dice ahora.

Es una tarde de febrero sofocante y Luana acaba de irrumpir en el salón, la voz potente. Pide permiso para ir a jugar con su hermano Elías y su amigo al patio.

La sonrisa en el rostro, la tez blanca, el pelo negro azabache largo.

Larguísimo.

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