Una manchita en el vidrio del lenguaje

Estamos viendo que el fenómeno del lenguaje inclusivo está siendo furor en las redes y que no sólo se trata de un #trendingtopic sino que pone en jaque la manera en que construimos nuestras propias subjetividades: lo que somos capaces de pensar, de sentir y de ser.

Imaginemos que vamos sentades en un colectivo, escuchando música y mirando por la ventana. Esta situación, que puede parecernos tan cotidiana, no suele recaer en que, entre aquello que vemos pasar y quien mira, hay un vidrio. Si está muy limpio puede que ni siquiera lo registremos, que no nos demos cuenta de que estamos mirando a través de algo. La visión del mundo se vuelve diáfana, algo que está tan ahí que no podemos ver que tiene intermediarios.

Mientras no lo vemos, el vidrio está ahí, simplemente pasa que no le prestamos atención. Y, cuando lo vemos, tampoco deja de estar, sólo que tomamos conciencia de que hay un límite: algo que me impide el paso, que me cuida del frío, que evita que entren cosas volando. Cuando lo veo cobra vida aunque ya haya estado existiendo. Ahora, si está medio sucio ya no es tan fácil ignorarlo.

El lenguaje, como lo habíamos venido usando, puede hacer las veces, según este ejemplo, de vidrio. Son largos y enroscados los debates filosóficos al respecto de si podemos o no ver sin vidrio, ‘las cosas como son’ y es interesante pensar que, si acaso no pudiésemos prescindir de él, también importa qué tanto nos demos cuenta de que no somos ‘nosotres contra el mundo’ sino que hay una construcción colectiva bancando la parada. Lejos estamos acá de ponernos a discutir si todo es lenguaje o no y cuáles son sus alcances, pero sí estamos viendo que el fenómeno del lenguaje inclusivo está siendo furor en las redes y que no sólo se trata de un #trendingtopic sino que pone en jaque la manera en que construimos nuestras propias subjetividades: lo que podemos pensar, sentir y ser.

Esta ‘nueva’ forma de encarar el lenguaje, que archiva su emergencia más atrás en el tiempo pero que ahora hizo el boom hace, a su vez, las veces de manchita en el vidrio, de barro, de llamadito de atención que nos dice: ey, ojo con lo que estás diciendo. Así de volátiles son las palabras: podemos ver lo que decimos. Así de metafórico como da gracia también pone en juego un campo de significaciones que no por irracionales dejan de ser ciertas. El uso del masculino como genérico, si bien podríamos pensar que tuvo un comienzo inocente, de fines prácticos, de utilidad consensuada (entre quienes pudieron decidir), es hoy puesto en tela de juicio. No nos representa, en serio.

La visibilización de otras identidades que no encajan en la predisposición genérica tal como la conocemos reclama su lugar en el lenguaje. Y no sólo hablamos de las mujeres cis blancas que no nos sentimos incluidas, sino de les trans, travas, no binaries y quien quiera no sentirlo. Sin embargo, la apuesta no es exactamente ‘encajar’. La identidad, otra arista pinchuda de la filosofía, se va conformando a través de lógicas que son activadas a través del lenguaje, por y para él. Así como en un típico colegio burgués, céntrico, de una capital de la franja media del territorio argentino al decir ‘mujer’ se nos puede venir a la cabeza el prototipo cis hetero blanca rubia o castaña de falda rosada, al decir ‘el hombre pisó la luna’ qué otra cosa pensamos si no a un hombre –literal-, a un hombre-individuo, muy probablemente yankee para este lado del mundo, sin dejar que se nos ocurra ni por más mínimo asomo que ese hombre genérico universal sea mujer o trava. ¿Tiene sentido que sea así? Quizá en tanto y en cuanto sólo el hombre cis blanco ha accedido a los privilegios necesarios que le permitieran ocupar ese lugar.

Algunes, partidaries del mantenimiento canónico de ”el lenguaje”, como si existiese una entidad dividida de la práctica, apelan a que se aprenda lenguaje de señas, que eso sí es inclusivo. Sí, ojalá también, aunque la movida no esté yendo para ese lado. Es como quien para desacreditar la lucha feminista sale a decir que no están luchando por el cáncer de mama, por la desnutrición infantil o por cosas que, según elles, van mucho más arriba en la agenda: se está en la calle, luchando por un mundo más igualitario para todes, enmarañades en una lógica de identidad que se cierra en sí misma, que busca decir ‘lo que es’ en un mundo rasgado de mutabilidad.

Aquellos principios aristotélicos de identidad, no contradicción y tercero excluido no nos están sirviendo, aunque intentemos ser camaleones en el sistema vigente. La misma identificación que se reclama es puñal de doble hoja de las reivindicaciones a las que se apunta, pero la lucha está vigente y lo va a seguir estando. Las cartas de esta ronda ya están en la mesa, habrá más pero a estas vale jugarlas.

Volviendo a la metáfora del vidrio, si el cristal a través del cual se mira es azul, todo va a estar teñido de ese color. ¿Habrá, entonces, un lente que sea la posta, transparencia absoluta? Porque, si no pudiésemos sacarnos estos anteojos que tenemos pegados en los ojos, cabría, por lo menos, darnos cuenta de que las manchitas pueden cambiar nuestra visión. Y, aunque quizá el problema no sea el vidrio sino nosotres creyendo que las cosas son de tal manera y vemos ‘sólo una parte’, el lenguaje inclusivo viene especialmente a hacer manifiesto que nos hace falta cambiar la graduación: no vemos un pomo. Por eso tampoco es encajar: la apuesta de este reclamo social es la apertura hacia otras formas posibles de ser, que no sólo ‘son posibles’ en abstracto ni en potencia sino que ya están siendo. No se trata de un feto ingeniero sino de existencias que reivindican su vida en acto y quieren ser nombradas.

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