Una escuela en la base del elefante

por Gustavo Arias

El 25 de mayo de 2017, San Martín de los Andes, Neuquén, amaneció gris, frío, lluvioso, melancólico. Con el recuerdo añejo y lejano del comienzo de una revolución. Como en casi todas las escuelas del país, un día antes, o uno después, en un acto conmemoranla fecha. La cita fue a las 19 hs en el edificio de la escuela Nº 5, también escuela Normal, en pleno centro de la ciudad. Fue por la tarde para que familiares, amigos, hijos e hijas, puedan asistir al acto a ver a sus viejos, (como le llaman cariñosamente). No era una acto común, era el acto de la Escuela Para Adultos N° 10 (EPA) que une todas sus muchas sedes en un acto común.

Un perro dormía en el escalón de la puerta del salón de la escuela Nº 5, que a las 19.15 hs estaba completo, no entraba nadie más. Adentro, el aroma a torta frita y chocolatada caliente inundaba las fosas nasales. La directora dijo unas palabras. Luego entraron las banderas. Seis escoltas acompañando a tres abanderados que sostenían los pesados mástiles con las banderas de Argentina, Neuquén y la Mapuche. Más tarde hubo bailarines, otro discurso y un número preparado por un maestra y sus alumnos. Pasaron al frente a cantar el himno con leguaje de señas. Todos en la sala se quedaron expectantes, extrañados, sorprendidos por el gesto. La maestra que organizó el número era Mónica Saavedra, encargada de la sede de EPA en el ex Hotel Sol, ubicado en la ladera del cerro Comandante Díaz. Terminado el acto, salieron las maestras sosteniendo las bandejas repletas de tortas fritas. Después aparecieron bandejas con vasos humeantes de chocolatada mientras de fondo sonaban canciones folclóricas que invitaban a disfrutar las delicias.

***

Un mes después de aquél primer encuentro, llegué al ex Hotel Sol. Al elefante blanco de la Patagonia. Todos los que lo conocieron, recuerdan el lujo de ese hotel. Hoy aparece como un lugar abandonado, devastado, destruido. No obstante allí, en la parte baja, funciona la Universidad de Avellaneda, UTN, Punto Digital, Sub Secretaría de Educación, Planeamiento del Municipio, y una sede de EPA. Allí, en un aula casi al fondo del pasillo de la planta baja estaba Mónica, silenciosa, tejiendo para sus alumnos. Mónica nació en Neuquén y vivió en Centenario, ciudad a 15 kilómetros de la capital Neuquina. Al terminar la escuela secundaria, a diferencias de sus amigas y vecinas, ella sí tenía una inquietud, quería estudiar, quería hacer algo distinto. Le planteó a su padre que quería ser Asistente Social. Pero éste le respondió que no podía sostener el colectivo de ida y vuelta hasta la universidad durante cinco años, las fotocopias, gastos de libros, ropa. —Yo no lo voy a poder hacer. Ustedes son cuatro hermanos y la cosa no está fácil—, sentenció su padre. Meses después, en el 86, abría el Instituto de Formación Docente a 3 kilómetros de su casa, cruzando las chacras. Ahí se inscribió Mónica, era su oportunidad. Todos los días, durante cinco años cruzó caminando esas chacras para ir a estudiar. En cuanto se recibió viajó a San Martín de los Andes con la intención de pasar unos días, en el fondo, sabía, que no quería volver a su ciudad natal. Idas y vueltas. El amor la retuvo en la ciudad de Neuquén. Allí tuvo sus hijos, trabajo, se separó, y el día de su cumpleaños cuarenta y dos, le comunicó a sus amigos que se iba a vivir a San Martín de los Andes. El febrero siguiente, por medio de un llamado telefónico le ofrecieron hacerse cargo de la dirección de la escuela Piedra de Trompul. Así fue. Rápido. Pasó de vivir en un paisaje desértico a la montaña, cerca del lago.

Desde aquél momento que se instaló en la montaña, ya pasaron seis años. Mónica se siente sanmartinense. Amanece a las ocho de la mañana, toma mates, escucha la radio. Antes de comenzar su día laboral, cocina para su hija y su pareja. A veces almuerza con ellos, otras veces no. Sale de su casa para la escuela Nº 5, allí recoge el pan para la merienda de sus alumnos. Luego sube hasta el ex Hotel Sol. Allí trabaja de lunes a viernes de trece a diecisiete.

—Un docente no puede no planificar, no puede no corregir, no puede no prestar atención a la necesidad intelectual, cognitiva, o a la necesidad de una zapatilla, de una campera. En mi caso, el grupo que tengo en EPA es ya parte de mi familia —dice Mónica y hace una pausa para ver el reloj—. Hablando de eso, ya deben estar por llegar. A las catorce llegan.

***

La EPA, Escuela Para Adultos, existe y se mueve en una línea entre la escuela formal y la no formal que trata de rescatar a todas las personas adultas que no pudieron, por diversas razones, terminar su nivel primario. EPA, abre sus puertas como plurigrado para esas personas, y les da la posibilidad de que puedan terminar. La estructura de educación de la escuela tiene un formato que surge ordenado y organizado por los docentes que trabajan. En San Martín de los Andes, la EPA, tiene aproximadamente sesenta años, y desde los años noventa a ésta parte, la escuela se llenó de adolescentes que no pudieron terminar su ciclo primario. Por mala conducta, por sobre edad, por negligencia en las familias o porque las escuelas no supieron cuidar y brindar contención a esos chicos. Del grupo que asiste a la sede en el ex Hotel Sol, Agustín tiene catorce años, Yoli dieciocho y el más grande Alfredo con sesenta y seis años. En total, a la EPA asisten más de ciento cincuenta alumnos en todas sus sedes.

—Hola profe —dice Yoli entrando al aula. Se saca su campera fucsia furioso y se sienta cruzada de brazos.

—Hola maestra, hola —dice Agustín casi sin mirar, todo vestido de rojo, encorvado, tímido, con su equipo de River Plate, con su gorra que le hace sombra en los ojos.

—Vamos a tomar unos mates mientras esperamos al resto —dijo Mónica.

—Todos tomamos mate dulce. Para amarga ya tenemos a la vida —dice Yoli y todos ríen.

Yolanda Dina Inastosa es el nombre de Yoli, tiene dieciocho años. Hasta los quince años vivió en Junín de los Andes. De su casa llega caminando hasta el aula de EPA. Vive por la huella en el barrio Cantera. Tiene un gato llamado Mishi, que la sigue cuando va de compras y es un poco callejero. A sus cinco años la mandaron junto a sus cinco hermanas a un albergue en Malleo, cerca de Junín de los Andes. Allí tenían horario completo donde además de estudiar, le enseñaron a trabajar en la huerta, con animales, limpiaba, cocinaba. Estaban desde las 8 de la mañana hasta las 17.30. Después de esa hora tenía taller de telar.

—Nuestros papás si querían, nos podían ir buscar los fines de semana, sino, nos quedábamos todo el año. A nosotros no nos iban a buscar. Casi que no pasábamos tiempo con mi mamá ni con mi papá, solamente para algún fin de año. Así que nos quedábamos. En verano íbamos al río, jugábamos a la pelota, había juguetes en la escuela, paseábamos. Yo la extrañaba a mi mamá pero no se lo decía.

Cuando Yoli cumplió los diez años, el albergue de Malleo cerró y la mandaron junto a sus cinco hermanas al albergue de Pilolil. Allí iba de lunes a viernes, y los viernes a la tarde siempre volvían a Junín. Pero se crió en otro lugar, y volver a su casa mucho no le gustaba. Yoli prefería quedarse en el albergue. Cuando tenía catorce, un viernes antes de tomar el colectivo, (transporte escolar), le dijeron que era el último viaje. El transporte dejó de funcionar. Dejó de ser albergue. Y, como la mamá de Yoli no tenía recurso para enviarlas a Pilolil para que continúen sus clases, dejaron de ir. Tiempo después, Yoli se inscribió en una escuela pública pero no le gustó, se rateaba. Para ese entonces, su pareja que vivía en San Martín de los Andes, tenía su casa, trabajaba, y un día le preguntó si no quería ir a vivir con él, y Yoli aceptó. Poco a poco fue dejando sus cosas y de tanto ir y venir, un día se quedó. Se instalaron en una casa de la ladera Curruhuinca. Al año de estar instalada supo que había una escuela para adultos, así que se anotó. Pero el entusiasmo le duró poco, dos meses.

—Pero ahora sí sé por qué estoy acá. Porque quiero terminar mi escuela primaria, después la escuela secundaria y quiero ser maestra de jardín. Maestra jardinera es algo que me di cuenta éste año. Antes no pensaba. Ahora sí, quiero ser algo.

Agustín escucha atento a su compañera, piensa qué va a decir cuando le toque. Se esconde bajo la sombra de su gorra. Mueve las manos, las refriega con nervios. Mónica le pide que se presente, que hable, que cuente algo pero es salvado por sus compañeras. Llega Ayelén, tía de Agustín, detrás, entra Ana. Las dos saludan, cuelgan sus abrigos. Ana casi no habla, es más grande, es tímida. La mesa casi se completa. Mónica dice que faltan, quizá más tarde llegue Alfredo y Antonella, pero faltan otros alumnos. La ronda de mate, dulce, muy dulce, continúa. Hablan del almuerzo. Hablan de sus comidas predilectas. Mónica cuenta que cocinó tarta de choclo. Para Ayelén su comida especial es la pizza. Para Agustín también es la pizza. Para Yoli y Ana el asado, y cuando lo dicen, en sus rostros se les ve como las glándulas salivales hacen efecto.

—Mi pareja también cocina —dice Yoli con una sonrisa socarrona—. Para mí los hombres, en general cocinan rico pero son medios vagos para cocinar.

***

Casi todos en la mesa cocinan, se ríen y miran a Agustín que se encoge de hombros, él no cocina. Agustín, es Agustín Gustavo Ríos, tiene 14 años. Le gusta el rojo, es hincha de River Plate, le gusta el futbol. Le gustaría ser bombero. Vive a dos minutos a pie del ex Hotel Sol. Llegó a la EPA gracias a su tía Ayelén. Agus, como le dicen sus compañeros, fue la escuela primaria pero no pasó de quinto grado. Llegó hasta quinto sin problemas en la escuela 274. Allí los compañeros eran buenos, estudiaban, se prestaban las cosas, dice él. Los recreos eran cortos y los maestros los llamaba para volver a la clase. Pero como su prima y amiga con la que se solía juntar se cambiaron de colegio, él también lo hizo. Se mudaron a la escuela 161.

—Jugaba mucho a la pelota, me gustaba mucho el recreo, estudiábamos poco. Jugábamos mucho tiempo y tenía pocas horas de clases. Los maestros se colgaban también, no nos llamaban, se quedaban hablando entre ellos. Y después cuando nos tomaban las pruebas nos iba mal. Y no era yo solo, éramos todos. Ahora me arrepiento —dice Agustín—. Cuando repetí la cuarta vez, mi mamá me dijo que no podía salir más a jugar a la pelota porque no estaba estudiando, y no salí más. Antes me aburría estudiar, ahora me gusta. Para mí lo más importante en la vida es saber matemáticas. Antes no me explicaban las cosas, entonces como no entendía solamente quería jugar a la pelota y como los maestro se quedaban hablando, los recreos se hacían largos. Solamente jugábamos.

Ayelén escucha hablar a su sobrino, sonríe, se siente orgullosa de que haya retomado la escuela. Sus ojos se ponen vidriosos, se guarda lo que siente, solo se limita a asentir. Para ella también son importantes las matemáticas. A sus hijos también les dice eso. Ayelén Yesica Epulef tiene veintiséis años. Tiene doce hermanos, uno fallecido. Fue madre a los dieciocho por primera vez, a los veinte por segunda vez. Hace diez años que está casada. Vive en el barrio Cantera, a cinco minutos a pie del ex Hotel Sol. Aye, se levanta temprano y antes que anda enciende la radio. Después amanecen sus niños, desayunan, lava lo que del día anterior, lava la ropa para tener todo limpio para el día siguiente. Prepara el almuerzo, después a sus niños para ir al  colegio. Almuerzan y luego bajan la comida, caminando hasta el centro de la ciudad donde queda el colegio y ella sube otra vez para ir a su clase. Ayelén asiste a la EPA para terminar la primaria. Repitió segundo grado y tercero, y cuando estaba por cumplir sus catorce años dejó. Iba a quinto grado, era diciembre y casi terminaba el año, pero igual dejó. Su mamá no lee ni escribe y le decía que solo iba a la escuela a “hueviar”. A Ayelén le gustaba el colegio, pero hubiese querido que su madre la acompañe, y por hacerla enojar, dejó la escuela.

—Ahora me arrepiento de no haber seguido y del tiempo que perdí. Al final no me sirvió de nada hacerla enojar a mi mamá. Mis chicos son más inteligentes que yo —dice Ayelén y sonríe orgullosa—. Ellos ya saben leer. Me sorprende lo rápido que aprenden. Yo a su edad todavía no sabía leer, bueno, en realidad todavía me cuesta. A ellos no les cuesta y van re contentos a la escuela.

***

El mate continúa su ronda. Aparecen en la mesa algunas galletas. Llega Alfredo. Llega renegando pero con una sonrisa, con las manos en los bolsillos. Habla fuerte, todos lo escuchan atentos, es el mayor de la clase y el último en incorporarse en el año. Se sienta, Mónica le cuenta que es un día especial, que tiene una clase distinta y le da el pie a Ana para que comience.

—Después te toca a vos, Alfredo —dice Mónica con una sonrisa ofreciéndole un mate.

—Ana Martina Curruhuinca —dice Ana.

Ana está nerviosa, hace preguntas de cómo va a ser la entrevista, qué tiene que decir. Se sienta y cruza los pies, uno no deja de moverse. Se refriega las manos como si hiciese frío pero no, no hace frío en la sala, hace calor, son nervios. Ana tiene treinta y seis años, es una de las dos mujeres de doce hermanos. Dos de ellos fallecidos, uno por accidente, otro apuñalado. Tiene tres hijos, el mayor estudia en el albergue de Junín de los Andes, los más pequeños asisten a la primaria de la escuela Nº 5. Sus compañeros le dicen Reuteman, porque maneja muy bien. En invierno trabaja en un local del centro de San Martín de los Andes, en un Rental Ski, y en verano en un camping agreste. Ana se crió en el campo, cerca del paraje Pil Pil, desde allí la mandaban a una escuela rural de la zona. Todos los días iba con sus hermanos y con otro niños de por ahí. Allí terminó la primaria, pero para comenzar la secundaria, sabía que había mucho de la información y formación que recibió que no había sido buena. Que le faltaba mucho para asistir a un colegio secundario. Había tenido un maestro en la escuela que no se ocupaba de enseñar y mucho menos de sus alumnos, dice Ana.

—Llegaba tarde y todos los días nos daba una tarea que él la llamaba “la novedad del día”, eso nos quitaba un montón de tiempo. Tanto que de mis compañeros de escuela, ninguno pudo continuar estudiando. Algunos lo intentaron pero después dejaron. Algunos todavía no saben ni leer ni escribir bien. Me acuerdo que yo le decía a mi papá que reclame, pero ellos eran muy resguardados, y no hicieron nada.

Sus padre no tenía recurso para ir a discutir con un maestro, y reclamarle que no estaba enseñando. No estaban escolarizados. Su madre sabe escribir su nombre y apellido y no mucho más. Su papá sabía un poco más, podía hacer algunas cuentas. Así y todo,  en ese contexto, Ana fue de una de los pocos alumnos que aprendió a leer y escribir durante la escuela primaria, por su fuerza de voluntad, por su interés. Pero hubo cosas a las que no pudo acceder y aún le faltan. El tiempo desde que terminó la primaria pasó, y siempre supo que quería retomar los estudios. Un día se cruzó con una maestra de EPA en el barrio que le dijo que abriría la escuela en el ex Hotel. Ana le dijo que tenía la primaria pero que no se acordaba casi nada, que le faltaba muchos contenidos. A los días la llamaron para avisarle que podía asistir. Por ellos es que hoy asiste a EPA, para refrescar sus conocimientos.

—Lo que más me llama la atención y lo tengo como un deber son las matemáticas. Es lo que me cuesta entender. Es algo que arrastro desde la escuela primaria. El resto de materias me gustan y me resultan fáciles, pero al no tener matemática, siento que no se nada del resto —dice Ana.

—A mí lo que más me gusta es lengua —dice Yoli—. Me gustaría escribir un libro sobre mi vida y contar todo desde cuando era una niña, de lo que viví, del albergue, de mi papá, de mi mamá, de mis hermanos, y de mí de más grande, todo.

—Eso me dijo que haga una vez un psicólogos al que fuí, que escriba pero no sabía —dice Alfredo cortando el silencio y con ganas de que le toque hablar —, y me decía esto, lo otro, pero ellos están más locos que yo, viste. Y yo iba porque me sentía mal. Antes yo me ponía a cocer los cueros y me ponía a pensar porque me sentía así. Porque estás bien y de pronto se te aparecer esa porquería y yo no sabía de dónde venía eso que era como una angustia en el pecho. Ahora me voy dando cuenta que tener independencia y sobre todo, saber leer y escribir un poco más, me hizo bien, ya no me está viniendo esa porquería al pecho. Todavía me cuesta, pero ya voy bastante adelantado y sé que me falta mucho. De a poco la voy enganchando, me siento bien.

***

Alfredo Bottino tiene sesenta y seis años, todos lo llaman Bottino. Es de Buenos Aires. Cuando la madre de Alfredo fallece, su padre lo deja a él con sus hermanos en lo de un tío y siendo el mayor de tres hermanos, tenía que ocuparse de trabajar para ganar algo de dinero y aportar a la casa. Su tío lo mandaba al mercado del Abasto a las tres de la mañana para comprar la comida para los chanchos. Iba con un carro tirado por un caballo, donde cargaba lo que compraba y volvía. Soy el mayor y tenía que laburar para parar la bronca, dice Alfredo. Después trabajó en una carnicería a donde entraba a las cuatro de la mañana, recogía unas bolsas de pan y repartía a unos quinteros. Allí le pagaban una fragata grande, (unos quinientos pesos de ahora), pan y un poco de carne. Así fue que él trabajó ayudando en la casa de su tío y se sacrificó para que sus hermanos puedan ir al colegio.

Hace poco más de diecinueve años asesinaron al hijo mayor de Bottino. Ya no quería continuar viviendo en un lugar peligroso, que le inspiraba miedo y no deseaba que el resto de sus hijos se criaran en ese contexto. Pensó en mudarse a 400 kilómetros de la capital, pero un día su yerno que andaba viajando por la Patagonia lo convenció de que viaje y Bottino le preguntó a su mujer si tenía ganas de ir y ella dijo que sí. El viaje se les hizo largo, muy largo. Su hija y su yerno los esperaban en San Martín de los Andes.

—¿Qué te parece si te pones la tapicería acá? Me dijo mi yerno señalándome un local. Él sabía que yo todavía no me recuperaba de la muerte de mi hijo y me quería sacar de Buenos Aires. Él ya había alquilado dos locales por la calle San Martín y me alquiló un local a mí. Le puse de nombre “El Rápido”. Ahí me puede parar. Estaba muy mal antes. De eso hace 19 años. Ahora ya no estoy trabajando en un local. Ahora me llaman los clientes y hacemos trabajos particulares, con mi hijo que me ayuda. Nosotros no hacemos trabajos así no más, lo hacemos bien. Porque el trabajo se hace bien, sino, no le hagas un carajo. Yo fui criado así viste, lo que es derecho es derecho —dice Bottino.

La EPA hizo que Alfredo cambie los ánimos, él lo dice abiertamente. Pudo aprender a leer. Ya no se pasa más en las rutas porque lee los carteles, hace algunos trámites solo, lee los textos de la televisión. Puede mandar mensajes, aunque le gustan más los audios. Fue gracias a su mujer, que un día averiguando cosas en el ex Hotel Sol, supo que habrían la escuela para adultos y pensó en su marido.

—Quiero que vayas, me dijo mi mujer cuando me inscribió en la EPA. Noo, no voy a ir ahí, ya estoy grande para eso, le dije yo. Pero me dijo, no, nada de eso, acompañame que vamos a ver cómo es. Yo le dije bueno voy, pero si no hay gente agradable, te digo que no voy a ir. Porque soy así, viste. Pero llegamos y me entendieron bien. Mónica, es muy amable, muy dulce en su trato y los chicos también. Con ellos fenómeno. Así que bueno, me quedé ese día y empecé.

—Acá somos como una familia —dice Yoli—. Mónica es como una amiga a quién le puedo contar todo y ella me escucha, me aconseja. Ana y Ayelén también son amigas en quienes confío mucho, y Agustín es como un hermanito menor, porque es más calladito pero lo queremos. Y Silvia, Silvia también es como una amiga, como Alfredo.

***

Yoli en el barrio no tiene amigos. Con algunos vecinos se saluda, hola y chau, nada más. Ana, Mónica y Ayelén son sus amigas. Lo son porque le inspiran buena onda, dice Yoli. Agustín tampoco tiene muchos amigos del barrio. Los amigos que tiene son del barrio del centro. Del barrio Canteras solamente uno, pero lo ve a veces, lo fines de semana, va al albergue de Junín de los Andes. Allí quiere ir él cuando termine la primaria, para aprender un oficio. Durante la semana se queda en su casa, casi no sale. En el Cantera los chicos de su edad muchos roban, consumen, y para Agustín esa no es una opción.

—Si falta uno a clases ya lo extrañamos— dice Ayelén.

La tía de Agustín, tampoco tiene amigos. Antes tenía, pero con el tiempo supo que esos no eran amigos, eran personas con las que frecuentaba, con los que tomaba o consumía. Cuando conoció a su marido todo cambió. Él no consume y es un hombre que desea lo mejor para su familia. Con él tuvo dos hijos y ellos le dieron otro vuelco a la vida de Aye.

—Las malas cosas no llegan a mi casa, por eso no viene nadie a verme. Yo les digo a mis hermanos, que no me vengan en pedo, ni que me ofrezcan nada robado, no quiero saber nada de eso, y medio que se me enojan, y medio que estamos distanciados. Ellos me dicen que me hago la otra, (la importante). Pero bueno, la soledad es el precio que tengo que pagar para que mis chicos no convivan con eso. Solo nos visita mi papá —dice Ayelén con una sonrisa, con los ojos brillantes. En ella se ve una mujer firme, con un objetivo impuesto por ella misma, con un fuerza de voluntad que contagia.

Yoli en cambios, dice que no le gusta estar sola. Siempre está con alguien en su casa. Por lo general es su pareja, sus sobrinos, sus cuñadas. A su madre la ve poco porque vive en Junín de los Andes, pero se mandan mensajes de audios por whatsapp.

—A mí me gustaría que mi mamá sepa leer y escribir porque así se hubiese podido defender —dice Yoli—. Defenderse de mi papá. Pero la culpa fue de mi abuela, porque le decía a su hija, a mi mamá: no vayas a la escuela porque solamente vas a putear. Si hubiese ido a la escuela sería distinto, todo. Mi papá se fue cuando yo era chiquita, volvió cuando ya tenía ocho años. Y volvió para hacerle la vida imposible a mi mamá, le pagaba, hasta que un día lo vi y le devolví el golpe y le dije, a mí mamá no le pega ni vos ni nadie, así que ándate, y se fue. No volvió más. Ella no se podía defender sola.

—Mi mamá hizo hasta quinto grado —dice Agustín—. No sé si mi papá terminó la escuela. Mi hermano más grande sí terminó. Y el más chiquito va al jardín.

—De mis hermanos muy pocos terminaron la primaria —dice Ayelén—. La mayoría fueron y son tentados por el alcohol o las drogas. Y con mi mamá hace muchos nos amigamos, y ahora se pone contenta que yo esté estudiando para terminar la primaria.

—Mucho de lo que vemos acá en la EPA, yo no me acuerda de haberlo visto antes —dice Ana—. Muchos de los contenidos diarios son nuevos para mí. Con mi hijo más grande me pasó que hubo un momento que tenía tarea y no lo podía ayudar. Lo tuve que mandar a una maestra particular. Los más chicos van bien. Con ellos estudiamos juntos. Por las noches nos leemos un cuento entre los tres, o nos tomamos las tablas. Todos en mi casa estamos concentrados en el estudio.

—Yo siempre les digo a mis hijos… —dice Alfredo—, ustedes tienen que saber más que yo. Lo que les enseñé de tapicería, ustedes tienen saber más que yo y demostrarlo, y lo mismo con la escuela. Siempre los acompañe para que terminen la escuela, que progresen, siempre estuve con ellos. Y bueno, es por eso que siguen conmigo, vivimos todos juntos.

***

Pasaron más de dos horas de hablar con los alumnos de la EPA de la sede del ex Hotel Sol. Afuera llueve. La temperatura comienza de descender. Los vidrios se empañan. Afuera hace frío, dice Silvia, la encargada de la merienda cuando entra. Mónica suspira y comenta que le gusta el frío de acá, y que espera que llegue la nieve. Porque todo está mejor cuando nieva, porque llegan los turistas. San Martín de los Andes, vive de los turistas. Agustín dice que ya vio camionetas que suben al cerro Chapelco y que le dan ganas de decirles que lo lleven a esquiar, pero no los conoce, le da vergüenza. Dice que le gustaría ir alguna vez a esquiar. Yoli cuenta que su pareja una vez fue a esquiar, lo sabe porque en su casa tiene un retrato. Ella tampoco fue esquiar. Pero si tiene que elegir un lugar para ir, ese lugar son las cataratas.

Ana viajó, Alfredo viajó, Agustín, Ayelén, Yoli, dicen que les gustaría conocer Bariloche, Neuquén. Ir a Buenos Aires y caminar por Plaza de Mayo, ir a la cancha de River.

—Solamente fui a Junín —dice Agustín y piensa—. De Buenos Aires me gustaría ir al obelisco y la Casa Rosada, y también plaza de mayo, porque ahí paso todo lo que estudiamos. Pero mi mamá me va a extrañar. Si me voy me diría que la vuelva a visitar y que tenga cuidado.

***

Antes de comenzar con la merienda, entrevisto a Silvia. Estudió en la EPA, allí completó el nivel primario y el nivel secundario lo completó en el anexo del colegio 57. Hace tres años se anotó en un concurso para ser auxiliar de servicio en la EPA. Cada día llega al ex Hotel Sol a las cuatro de la tarde, una hora antes de que termine la clase para preparar la merienda. Nació en San Martín de los Andes, tiene trece hermanos. Se casó, se separó todavía sin el divorcio y está en pareja hace diez años. Tiene dos hijos

—Silvia Gutierres, Gutierres con “S” —dice Silvia y sonríe—. Gutierres es con “Z”, pero me llamo con “S porque hubo una confusión en el registro y ahí quedó.

Silvia en la clase es habladora, graciosa, risueña. Pero ahora está seria, con nervios. Silvia no tuvo escolaridad. Hasta los catorce años no tuvo documentos, no tenía identidad. Cuando nació, su madre no la reconoció como hija. El padre de Silvia era quién reconocía a los hijos pero falleció y ella se quedó sin documentación. Su madre tampoco tenía documentación y tuvo miedo de ir a anotarla, y como no sabía leer, no hizo nada. A sus doce años comenzó la primaria en el escuela 313, pero como no tenía documentos, no aparecía en ningún registro, la rechazaron de varios colegios. Pero insistió, y la escuela 188 la aceptó. A los catorce años acompañada por su hermana mayor, fue al juzgado donde le dieron autorización y puedo legalizar su situación, obtener su primer registro de identidad, tener su documento. Para cuando iba a quinto grado fue que quedó embarazada, el mismo años que hizo el documento, y dejó la escuela. Pero pudo reconocer a su hija, y lo hizo de inmediato. No iba a dejar pasar un segundo que su hija no tenga identidad como le sucedió a ella.

—Yo tengo treinta y ocho años pero según lo que dice mi documento tengo treinta y dos años, y según el número que comienza con treinta y seis millones, debería tener veinte dos años —dice Silvia y se ríe con tristeza—. Esos catorce años sin un número que me identifique, sin formar parte de ningún registro… los sufrí. Me quitaron los derechos. Si yo hubiese tenido antes el documento, podría haber estudiado antes. Pero lo poco que tuve en esos años me sirvieron. Siempre cuento los mismo. Cuando nació mi hija tenía catorce, era menor y con una beba recién nacida la que firmaba por todo era mi mamá. En el hospital le dieron un papel donde decía que Silvia, yo, daba en adopción a su hija. Y como mi mamá no sabe leer, casi lo firma. Pero por suerte yo sabía algo y leí ese papel y le dije que no lo firme. Si no hubiese sabido leer, hubiese perdido a mi hija.

Se hicieron las 16.30 hs y sincronizados los alumnos hicieron a un lado cuadernos, cartucheras y libros para dejar lugar a la merienda. Mónica cortó pan. Yoli pasó la bandeja sirviéndolo. Agustín le sacó el film a la pizza que llevó Ayelén. Ayelén cebaba el mate dulce que giraba infinito. Alfredo ayudó a Silvia a servir las tazas de mate cocido. Juntos, el tapicero, la maestra, el aspirante a bombero, la aspirante a panadera, la aspirante a maestra jardinera, Silvia que servía y los hacía reír. Degustaron la pizza y el pan como experto en harinas amasadas. Reían. Allí había un grupo unido y con el propósito de aprender. Cada uno mirando a sus compañeros, tímidos y pensando miles de cosas que poco a poco, gracias al trabajo de Mónica, pueden compartir. Pero a esa hora, los ojos esquivos del principio miraban sostenidos, pero cansados de abrir sus puertas más remotas, más presentantes, pero silenciadas por la falta palabras. Para ellos, alumnos, en la planta baja del ex Hotel Sol, encontraron un espacio que les pertenece, donde pueden y son auténticos.

 

 

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